Capítulo 3 La Primera Penitencia #4
Las piernas me parecen de plomo fundido, pero me aferro a la madera tallada para no tambalearme delante de él.
Me bajo la falda del vestido negro, me ajusto el escote sobre el pecho y me paso el dorso de la mano por la boca. Llevo su sangre en los labios.
—He cumplido tu regla, De la Vega —susurro, con la voz rasposa por la sequedad de la garganta—. Nadie ahí fuera se ha enterado de nada, y tu palabra de seguridad sigue en la basura. Ahora dame lo que es mío.
Gael se saca los dedos de debajo de mi falda despacio, se abotona el puño de la camisa negra y extrae del bolsillo interior de la levita un sobre de papel verjurado crema, grueso y alargado.
En el reverso luce un sello de lacre negro con la impronta de un cisne de alas desplegadas.
Antes de soltarlo en mi mano, retiene el borde entre dos dedos.
—Mañana por la noche, a las veinte horas —dice, con sus ojos de pizarra clavados en los míos a través del vano—.
Estreno de Tosca en el Teatro Real, en la Plaza de Oriente.
Palco Real del entresuelo. Las entradas y el vestido se están entregando ahora mismo en la portería de tu portal en la Calle del Amparo.
Frunzo el ceño tras la plata.
—¿El Teatro Real? ¿Quieres hacer la Segunda Penitencia en plena ópera de Madrid?
—Tres miembros del consejo superior de la Cofradía estarán en el palco contiguo con sus esposas —responde, soltando el sobre en mi mano—. Si te retrasas cinco minutos, el segundo legajo vuelve a la cámara acorazada. Llévate la máscara en el bolso.
Cojo el sobre. El papel tiene el gramaje pesado de los formularios internos de la fundación.
Sin apartar los ojos de Gael, me deslizo el sobre dentro del escote frontal del vestido negro, contra la piel caliente entre mis pechos.
Luego desclavo el bisturí número once de la madera lateral y lo devuelvo a la funda sujeta a la liga de mi muslo. Trato cerrado.
—Hasta mañana a las ocho, Confesor —digo, limpiándome el último rastro de su sangre de la comisura con la punta de la lengua—. A ver si te pones hielo en ese labio para que tu hermano no sospeche quién te ha mordido la correa.
Gael corre la reja central de nogal de vuelta a su sitio y gira el pestillo de latón.
Descorro la cortina de terciopelo carmesí y salgo a la sala capitular.
El aire más fresco y la luz de los cirios me reciben en la cara, pero mantengo la barbilla erguida en el ángulo exacto que aprendí observando a duquesas estúpidas en las inauguraciones del Prado.
Mis pisadas sobre las alfombras persas son firmes, a pesar de que el encaje roto de las bragas me roza la piel sensible a cada paso y de que la humedad que me dejó la boca de Gael todavía me gotea por el muslo. Pose de hierro.
Paso a dos metros del juez Valdivia. Me mira la cara oculta bajo el cisne de plata, baja los ojos por mi cuello marcado por los dedos de Gael y vuelve a darle un trago a su vino, complacido con el espectáculo.
Ahí arriba, en la tribuna de cedro, Don Rodrigo de la Vega contempla mi marcha en silencio y le hace un único y pausado gesto con la cabeza a los dos guardias de las puertas de bronce.
Las pesadas hojas de metal se abren de par en par sin que nadie me ponga una mano encima.
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El viento de la una de la madrugada en la Sierra de Guadarrama corta como vidrio molido cuando cruzo el patio de grava hacia los coches aparcados fuera de la muralla.
A mi izquierda, las aguas negras del estanque artificial brillan bajo la niebla baja de noviembre, donde los dos cisnes negros de la abadía picotean trozos de higo morado abandonados sobre las losas frías.
Me ciño el abrigo de paño a los hombros. Un frío que cala hasta los huesos.
Me subo al asiento trasero de la última berlina de cortesía que regresa a la capital a medianoche y media.
El chófer lleva guantes negros, gorra oscura y la mampara de cristal tintado subida entre su cabina y los asientos traseros, el protocolo habitual de la Cofradía para los invitados con máscara plateada.
En cuanto el coche mete primera y emprende las curvas de bajada hacia la autovía A-6, me quito la media máscara de plata de la cara y la dejo en el asiento contiguo.
Apoyo la nuca en el cuero frío del respaldo y suelto el aire de golpe. Las manos me tiemblan en el regazo.
Me miro los dedos bajo la penumbra azulada del salpicadero.
Bajo la cutícula del pulgar derecho aún queda un trazo rojizo de pigmento de cadmio de la tabla que restauré por la tarde, junto al olor tenaz a trementina y a los restos de cera negra del confesionario.
La tapicería de cuero de este Mercedes huele a ambientador cítrico barato.
Revendido en el mercado de ocasión de Madrid, el coche andará por los cincuenta y ocho mil euros, quizá cincuenta y dos con el raspón que le vi en la llanta delantera. Viejas manías absurdas.
El conductor ha puesto la calefacción trasera a tope y luego la ha bajado a la mitad sin que yo le dijera nada.
Cierro los ojos durante treinta segundos mientras el vehículo gana velocidad en los carriles rápidos de la A-6, atravesando la madrugada gélida rumbo a las luces lejanas de Madrid.
Sin poder evitarlo, el recuerdo que siempre me asalta en las noches de helada me invade la cabeza: el crujido seco de la pastilla barata de resina de colofonia partiéndose en dos en la funda del primer violonchelo de Clara.
Fue hace once años, en aquel piso sin calefacción de Toledo donde las dos nos calentábamos los dedos morados en la puerta abierta del horno de gas antes de la clase de las ocho. Le juré que cuidaría de ella.
Me paso la lengua por el labio inferior.
El sabor metálico de la sangre de Gael sigue pegado a mi boca.
El cuerpo entero aún me vibra con una electricidad sorda entre las piernas que me empuja a desear tomarme tres cafés solos en vaso de caña en cualquier barra grasienta de Lavapiés. Necesito cafeína urgente.
Cuando las hileras de farolas de vapor de sodio de la entrada a Madrid empiezan a proyectar franjas rítmicas de luz amarilla por las ventanillas del coche, meto la mano en el escote del vestido y saco el sobre crema. El papel está tibio por el calor de mi pecho.
Le doy la vuelta y rompo el lacre de cera negra con la uña del pulgar.
Dentro hay un pliego timbrado en papel de seguridad de la Fundación De la Vega, rellenado por ambas caras: el Registro Interno de Acceso y Movimiento de Personal Contratado de la Abadía de Santa Águeda, de la noche en que Clara desapareció.
Acerco el papel al cristal de la ventanilla para aprovechar la luz de las farolas.
En la mitad superior, los datos ratifican lo que Clara me mandó por mensaje antes de desvanecerse.
Acceso por la Garita Sur a las veintiuna diez, DNI 05489211-K, cometido de violonchelista solista para la Vigilia de Otoño, con traslado a las veintitrés treinta y cinco hacia el Ala Norte.
La firma de entrada de Clara figura en la casilla del visitante, con esa «C» redondeada en forma de clave de fa que dibuja desde que era cría.
Mis dedos arrugan el borde del papel. Subió esa escalera.
Bajo la vista hacia el recuadro inferior del documento, reservado al visado de seguridad y a la autorización de salida pasada la medianoche.
El asiento indica cese de custodia interna a las tres y cuarenta de la madrugada del sábado, con evacuación por la salida subterránea de servicio en un vehículo privado de la Fundación bajo protocolo de contención médica.
Justo debajo aparece el campo del acompañante responsable del traslado y la custodia.
Espero leer el nombre de Beltrán de la Vega. Espero encontrarme la rúbrica ostentosa del heredero que maneja las subastas clandestinas del Ala Norte, o el sello oficial del juez Valdivia.
Una farola de luz potente ilumina el interior del vehículo en el preciso instante en que mis ojos alcanzan la última línea del documento.
El aire desaparece de mis pulmones.
Allí, trazada en tinta china negra con el pulso firme y afilado de un hombre zurdo, la firma que autorizó la evacuación de mi hermana a las tres y cuarenta de la madrugada pertenece a Gael de la Vega.
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