Capítulo 3 La Primera Penitencia #3
—Mira qué mal miente la pequeña falsificadora cuando le quitan el barniz de encima —susurra en mi oído, con la voz quebrada bajando una octava entera—. Cuarenta segundos en mi mano y ya me estás goteando entre los dedos, Cisne. ¿Con esta boca seca de rabia ibas a jurar que odias estar aquí?
—Cállate y haz tu parte —le espeto entre dientes apretados, sin dejar que el sonido pase de mis labios.
Desplaza dos dedos hacia delante y me rodea el clítoris hinchado con la yema áspera del pulgar mientras el índice y el corazón tantean la entrada de mi sexo.
Recoge la humedad tibia y la reparte de vuelta en un compás lento y circular, calculado para enloquecerme antes de darme alivio, mientras el rumor húmedo de su roce compite con el tictac del reloj suizo. Las rodillas me flaquean.
Para mantener la línea de mis hombros inmóvil ante la rendija de luz, me veo forzada a abrir más las piernas en la sombra y apoyar las caderas contra el travesaño inferior de la celosía.
Gael se da cuenta al instante y me introduce los dos dedos hasta el segundo nudillo, con las puntas curvadas hacia arriba en un ángulo que hace estallar una corriente eléctrica tras mis párpados. Un jadeo agudo me sube por el pecho.
Antes de que el sonido se me escape de la garganta, su mano izquierda sube desde mi cuello y me tapa la boca, ahogando el gemido contra su palma encallecida que sabe a sal, a cuero y a hierro.
—Chist —sopla contra la sien de mi máscara de plata, con los dedos dentro de mí entrando y saliendo a un ritmo hondo e implacável mientras la base de su palma me golpea el clítoris en cada envite—.
Trágate el grito. Eso es. Mira hacia fuera, embustera perfecta.
El juez Valdivia acaba de mirar hacia aquí.
Si te tiemblan los hombros un solo milímetro, te saco la mano de la falda y te dejo ardiendo vacía hasta que salga el sol.
Por la rendija de dos dedos de la cortina, veo al hombre de la máscara de Cardenal detenerse a tres metros del confesionario con la copa de vino en la mano, con la vista fija en la franja estrecha de mi espalda descubierta.
Al mismo tiempo, dentro de la penumbra con olor a cera negra, Gael añade un tercer dedo y me ensancha la entrada hasta que el escozor se transforma en un calor líquido que me obliga a morderme la cara interna de la mejilla. La presión resulta insoportable.
Todo mi cinismo se desmorona ante semejante sobrecarga física: ya solo quedan esos tres dedos gruesos entrando despacio y hasta el fondo, el acero gélido de su reloj rozándome la barbilla y las hojas de acanto del nogal marcándoseme en las costillas.
El sudor frío me resbala por el escote y el olor a trementina me brota de las manos mientras le clavo las uñas cortas en su antebrazo derecho. Todo mi cuerpo vibra por dentro.
Me retira la mano de la boca despacio, dejándome los labios libres en la oscuridad para comprobar si soy capaz de guardar silencio por mí misma.
—Así —murmura, bajando con la lengua caliente por mi yugular hasta apartarme el escote del vestido hacia abajo con los dientes y dejar mi pecho derecho al aire en el ambiente viciado de la cabina—.
Sin guardarte nada. Te pasas el día limpiando barniz viejo en el museo para fingir que eres de piedra, Valeria, pero mira cómo me aprietas los dedos.
Mira cómo tu cuerpo suplica que te abran en mitad de una iglesia profanada.
Su boca se cierra sobre mi pezón erecto a través del hueco de la celosía y succiona con fuerza antes de rozarme la punta sensible con el borde de los dientes.
Un temblor violento me recorre los muslos y la cabeza se me va hacia atrás, pero freno los músculos del cuello en mitad del movimiento al acordarme de Don Rodrigo ahí arriba en la tribuna de cedro.
Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula.
Gael me saca los dedos de golpe.
El vacío repentino me arranca una queja sorda de la garganta y mis caderas buscan por sí solas el borde del nogal para recuperar el contacto perdido.
En la penumbra, distingo el brillo de sus ojos de pizarra cuando se lleva los tres dedos brillantes de mi sexo a su propia boca y se los chupa despacio. Provocador de mierda.
—Sigues pensando demasiado —susurra.
Sus dos manos me agarran las caderas por debajo de la falda del vestido negro.
Con una fuerza bruta y contenida, me alza diez centímetros en vilo y me sienta sobre el travesaño ancho de nogal de la divisoria, con una pierna dentro de su departamento y la otra en mi reclinatorio.
Mi espalda sigue tapando la rendija de dos dedos de la cortina exterior, pero de cintura para abajo estoy completamente abierta hacia el lado del Confesor. Sin escapatoria.
Gael se hinca de rodillas en las tablas del suelo de su lado de la cabina.
Mis manos vuelan en la sombra y se aferran a su pelo castaño oscuro en el mismo segundo en que su boca caliente se cierra de lleno sobre mi sexo.
La columna se me arquea en una sacudida muda y la frente se me estampa contra el arco superior de madera tallada cuando la lengua ancha y firme de Gael me lame de abajo arriba, desde el perineo hasta el clítoris congestionado.
Veo destellos blancos en mitad de la negrura.
Fuera, un violín y un violonchelo arrancan con Vivaldi al fondo de la sala capitular.
La primera nota de la cuerda la está desafinada un octavo de tono, un fallo que en cualquier otro momento me habría sacado de quicio, pero la música se apaga a lo lejos cuando Gael me absorbe el clítoris y me clava dos dedos hasta el fondo.
Me empotra las caderas contra su propia cara con un hambre salvaje.
La barba incipiente de su mandíbula me lija la piel suave de los muslos y el cuero frío de su máscara me choca contra el pubis mientras hunde el rostro aún más entre mis piernas.
Su lengua trabaja en círculos cortos e inclementes sobre el centro del nervio mientras los dedos curvados me masajean la pared interna al mismo compás. Me quedo sin aire en los pulmones.
Mis dedos le tiran del pelo con una fuerza feroz, debatida entre el impulso de apartarlo antes de que grite su nombre en mitad de la Cofradía y la desesperación de aplastarle la boca todavía más contra mí.
Gael suelta un gruñido ronco contra mi carne que me retumba en el clítoris como gasolina ardiendo.
Me sube la mano izquierda libre por el vientre, me rodea el cuello con suavidad para vigilar mis cuerdas vocales y me mete el pulgar entre los labios entreabiertos.
—Muérdeme el dedo si te hace falta, pequeña falsificadora —jadea contra mi sexo mojado, con una voz amortiguada y obscena que me sube entre las piernas antes de volver a chuparme con más saña—.
Pero córrete callada para mí. Deja que escuchen la música ahí fuera mientras te deshaces en la boca del Confesor.
Le muerdo el nudillo del pulgar. Siento el regusto salado de su piel y el metal gélido de su reloj chocándome en la barbilla.
El placer se me acumula en la base de la columna como un cable de acero tensado más allá del límite.
Intento frenar la marea. Cuento los segundos a oscuras como hago en el taller: un milímetro, dos, tres, cuatro.
Su lengua me propina un latigazo firme justo sobre el nervio en carne viva.
Sus dos dedos en mi interior se abren en tijera y empujan hacia arriba.
El cable se parte.
En el último instante antes de que el abismo me trague, mi instinto se impone. Si voy a perder el control en esta caja oscura, él va a sangrar conmigo.
Le suelto el pulgar. Le clavo ambas manos en las solapas de la levita negra y en el pelo de la nuca.
Le tiro de la cabeza hacia arriba con toda la fuerza de mis brazos hasta arrancarlo de entre mis piernas.
Sus dedos continúan enterrados hasta el fondo en mi sexo, en un bombeo implacable.
Le estampo la boca directo contra la suya a través de la celosía abierta.
El primer espasmo me desgarra como hierro al rojo vivo.
Para tragarme el alarido que me raja la garganta, cierro los dientes sobre el labio inferior de Gael. Muerdo hasta abrirle la carne.
El sabor cálido y ferroso de su sangre me inunda la lengua.
Mi sexo palpita y se contrae con violencia alrededor de sus tres dedos.
El cuerpo entero me tiembla desde la nuca hasta los talones.
Cabalgo su mano sobre el travesaño de nogal a un ritmo ciego y mudo.
Gael ni siquiera se aparta del dolor. Suelta un gemido áspero dentro de mi propia garganta, me invade la boca con su lengua impregnada de mi sabor y de su sangre, y me sujeta la nuca con la mano del reloj. Acero, plata y sangre.
Me corro a oscuras, en un silencio sepulcral, con la sangre del Confesor en los labios mientras a tres metros de mi espalda veinte monstruos brindan al son de un violonchelo que le pertenece a otra chica.
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Los temblores tardan medio minuto en calmarse.
Cuando la niebla roja empieza a disiparse tras mis párpados, mis muslos aún sufren pequeños espasmos alrededor de la muñeca de Gael.
Mi frente descansa contra su barbilla, con la filigrana de plata y el cuero negro pegados por el sudor.
El aire entre nuestras bocas huele a sexo puro, hierro, mirra y trementina. Perfume de iglesia profanada.
Aflojo los dientes despacio y le suelto el labio inferior.
Gael aparta la cara dos centímetros en la penumbra.
Su respiración me llega rápida y pesada contra la boca, con su hipercontrol glacial resquebrajado por fin en los bordes.
Un reguero oscuro le baja por la herida que mis incisivos le han abierto en el labio y se funde con el trazo seco que el bisturí le dejó en la garganta minutos atrás. Dos cortes míos.
Alza el pulgar de la mano izquierda, se lo pasa con lentitud sobre el labio herido, contempla la mancha escarlata en la yema y luego me mira a los ojos.
Una risa corta, ronca y franca le brota del pecho.
Es un sonido tan fuera de lugar en esa sombra que parpadeo, todavía jadeando por la nariz, con el vestido arrugado en la cintura y el corazón martilleándome en los oídos.
—Ya te advertí que eras incapaz de pedir clemencia —dice en un susurro, pasándose la lengua por la herida del labio.
Bajo las caderas del travesaño de nogal y deslizo los pies de vuelta al suelo de mi lado de la cabina.