La Penitencia del Cisne Capítulo 3 La Primera Penitencia #2
19%

Capítulo 3 La Primera Penitencia #2

—Lo supe en cuanto te subiste al coche en la Plaza de Oriente —corrige, tirando de mi muñeca hasta aplastarme el pecho contra la reja—.

Si hubiera querido entregarte a mi padre o a Beltrán, te habrías quedado inconsciente antes de llegar a Las Rozas.

Te dejé pasar, pequeña falsificadora. Quería ver hasta dónde eras capaz de llegar con esa hoja.

—Suéltame el brazo o te clavo este bisturí en el ojo izquierdo.

—Vamos a hacer un contrato —dice, calcando mi propia muletilla en un tono sombrío que me eriza la piel de la nuca—. Siete encuentros. Siete penitencias.

Pestañeo en la oscuridad, con la respiración entrecortada golpeando la madera que nos separa.

—¿De qué coño estás hablando?

—Necesito diez días para desviar los fondos de la fundación y acorralar a Beltrán y a Don Rodrigo sin que quemen los archivos del Ala Norte junto con tu hermana —explica Gael, a cinco centímetros de mi boca—.

Tú necesitas las siete pruebas de la cámara para averiguar dónde tienen encerrada a Clara y sentarlos a todos en el banquillo sin que te empuren por expolio del patrimonio.

—Yo ya tengo el Códice.

—El Códice les revienta el banco, pero no te dice en qué clínica o en qué convento tienen sedada a tu hermana ahora mismo —zanja él, cruel y exacto—. Si el escándalo estalla mañana, Beltrán borra el rastro de Clara en veinte minutos. Por eso estás negociando conmigo.

Trago saliva. El sabor a barniz y a rabia me seca la lengua. Tiene razón, y el hecho de que la tenga me da ganas de arrancarle esa máscara de cuero a zarpazos. Maldito bastardo.

—¿Cuál es el precio de esas siete pruebas, De la Vega? —pregunto, con la voz baja y cargada de veneno—. ¿Me vas a pedir un Zurbarán falso para el comedor de tu casa?

Gael desliza el pulgar por la cicatriz blanca en la base de mi pulgar izquierdo, que aún sostiene la tira de pergamino.

Después baja los nudillos por la piel desnuda de mi escote, justo sobre el borde del vestido negro, dejando un rastro de calor allí donde el acero frío de su reloj me roza la clavícula. Un pulso psicológico puro.

—En este claustro todo se paga con la moneda de la Cofradía —murmura—.

Siete noches. Siete penitencias bajo mis reglas.

Por cada penitencia cumplida, pongo en tus manos un sobre lacrado de la cámara acorazada, empezando hoy mismo por la ficha original de la garita y el registro de salida de la noche en que Clara desapareció.

En la séptima noche, abrimos la caja fuerte juntos.

Suelto una risa corta y seca por la nariz.

—Mírate, excelencia —susurro, alzando la barbilla a pesar de tener la muñeca atrapada—. El bastardo de los De la Vega quiere jugar al señor feudal en la sombra porque le da vergüenza pedir las cosas por favor.

—Mujeres sumisas mi hermano se las compra todos los viernes, Valeria —responde, y la gravedad ronca de su voz barre cualquier atisbo de burla del aire—.

Quiero ver cuánto te dura esa lengua viperina cuando te vaya quitando el control milímetro a milímetro.

Quiero tu rabia, tu hambre y tu garganta rendidas en mi mano mientras intentas destruirme.

Mi vientre se contrae en un espasmo caliente y traicionero que detesto admitir. La adrenalina de sostener un filo ante un hombre de un metro noventa mezcla la furia con un vértigo oscuro que me baja directo a la entrepierna. Mi propio cuerpo me vende.

—¿Y si me da por degollarte en la tercera noche? —lo desafío.

—Puedes intentarlo en las siete —dice, soltándome despacio la muñeca para rozar el pestillo de latón en la base de la celosía de nogal—. Solo hay una regla de seguridad. Una palabra. Ceniza.

Miro sus labios bajo el cuero negro.

—Ceniza —repito en voz baja.

—Ceniza —confirma—. Si en cualquier instante, hoy o en las próximas seis noches, pronuncias Ceniza, me detengo en el acto, doy un paso atrás y te abro la puerta para que salgas intacta.

Lo mismo se aplica si la digo yo. Pero quien diga Ceniza pierde la apuesta y la prueba de esa noche. ¿Ha quedado claro?

—Me ahogo antes en mi propia sangre que pedirle tregua a un De la Vega —digo.

—Contaba exactamente con eso, Cisne.

El chasquido metálico del pestillo de latón corta el silencio del cubículo.

✦ ✦ ✦

Gael aparta el bastidor central de la celosía de nogal hacia un lado.

El panel entero de madera tallada, de sesenta centímetros de ancho desde la altura de mis rodillas hasta los hombros, se desliza sobre unas guías embutidas en la pared divisoria.

De pronto la barrera desaparece y el torso macizo de Gael invade toda la penumbra entre las cabinas, desprendiendo ese olor a lana fría de la sierra, cuero, mirra y sangre caliente. Ya no hay reja entre nosotros.

Antes de que pueda retroceder hacia el banco de terciopelo de mi lado, su brazo derecho cruza el vano abierto, me pasa por detrás de la espalda y tira de la cortina exterior de mi departamento. Deja una rendija exacta de dos dedos entre el terciopelo carmesí y la columna de piedra.

El corazón me golpea seco contra las costillas.

Un haz estrecho de luz dorada procedente de los candelabros de la sala capitular corta la oscuridad y me ilumina el hombro izquierdo y la curva de mi espalda descubierta.

A tres metros, justo en la línea de esa rendija de dos dedos, el juez Valdivia departe con un banquero de máscara plateada y tamborilea el anillo de rubí en una butaca, bajo la vigilancia de Don Rodrigo. Estamos en su escenario.

Para cualquier invitado que mire hacia la esquina norte, la rendija solo muestra la silueta de la espalda de una penitente de pie ante la mampara, en silencio. Nadie desde fuera puede atisbar el interior en penumbra donde Gael está sentado, ni dónde descansan sus manos. Un trampantojo perfecto.

—Primera Penitencia —la boca de Gael me roza la oreja izquierda, con un aliento cálido que me eriza la nuca mientras su mano derecha me arrebata el bisturí de los dedos con destreza quirúrgica y clava la punta de la hoja en la madera lateral, fuera de mi alcance—.

El consejo de ahí fuera necesita tener la certeza de que el Confesor ha puesto de rodillas a la nueva iniciada.

Vas a permanecer de pie exactamente donde estás, con el pecho apoyado en el marco de esta abertura y la espalda orientada hacia esa rendija de luz, para que mi padre vea la plata de tu máscara y tus hombros inmóviles.

—¿Y qué vas a hacer tú? —mi voz sale en un susurro áspero cuando siento su palma abierta posarse en la base de mi nuca, bajo la peineta de hueso.

—Voy a desnudarte por debajo de esta seda y voy a usar mis manos y mi boca hasta que te corras en la oscuridad —dice, en el mismo tono pausado y litúrgico con el que se dicta una sentencia—.

Y vas a aguantar cada dedo, cada diente y cada lametón sin soltar un solo gemido que traspase esa cortina.

Si el juez que tenemos a tres metros vuelve la cabeza porque te ha oído jadear, si tu cuerpo sacude el terciopelo, o si dices Ceniza, cierro esta celosía ahora mismo y te vuelves a Madrid con las manos vacías.

Mis palmas se aferran a los bordes tallados de la abertura de nogal, donde cuatrocientos años de barniz oscuro y hendiduras de gubia se me clavan en la piel húmeda. El aire frío de la sierra me sube por el bajo del vestido y me endurece los pezones contra el forro de seda. La suerte está echada.

—¿Te crees que me vas a hacer perder la voz en cinco minutos, Confesor? —lo provoco, clavándole la mirada en los labios—. Vas a tener que esforzarte bastante más que el resto de tu familia.

Gael suelta un gruñido sordo en el fondo de la garganta, mitad advertencia, mitad hambre pura.

Su mano izquierda, con el reloj mecánico de acero pesado en la muñeca, me sube por la garganta y me rodea el cuello por delante sin llegar a cerrarme la tráquea.

Su pulgar se apoya en el ángulo de mi mandíbula para medir los latidos disparados de mi carótida, mientras la mano derecha le desciende por mi cintura y se desliza bajo la abertura lateral del vestido negro con una lentitud exasperante.

El aire se me congela entre los dientes.

Fuera, a dos pasos de la cortina entreabierta, los zapatos de charol de un invitado avanzan despacio sobre la alfombra persa.

El tintineo del hielo en un vaso de whisky suena tan cerca que podría sacar el brazo por la rendija y rozar la manga de su esmoquin.

Aquí dentro, los dedos anchos y calientes de Gael me suben por la piel desnuda de la cara interna del muslo hasta toparse con el encaje negro de las bragas. El contraste provoca vértigo.

Cierro los ojos medio segundo, pero su pulgar en mi barbilla me obliga a levantar la cara.

—Ojos abiertos, Valeria —murmura contra la comisura de mi boca, con la máscara de cuero negro rozando la filigrana gélida de mi máscara de plata en un chasquido suave de metal y piel—.

Quiero que mires hacia la rendija de la cortina.

Quiero que veas la sala capitular entera a tres metros de tu espalda mientras tu cuerpo confiesa lo que tu boca niega.

Trago saliva con dificultad, notando cómo la laringe me sube y me baja contra su palma abierta en mi cuello.

Miro por el hueco de dos dedos en el terciopelo carmesí hacia el resplandor dorado del altar barroco a lo lejos y hacia la silueta pálida de Beltrán junto al bufé. Veinte pares de ojos ciegos.

En la penumbra del confesionario, los dedos de Gael se enganchan en el lateral de mis bragas de encaje y apartan la tira fina hacia un lado en un tirón seco que hace restallar una costura en mi cadera.

Todo mi sexo queda expuesto a la corriente fría que asciende del suelo de piedra, y contengo la respiración cuando su dedo corazón se desliza de abajo arriba entre mis labios empapados. La carne entera me arde.

Estoy tan húmeda que le resbalo entre los dedos, encendida por el peligro de muerte de esa estancia, por el bisturí clavado en la madera a un palmo de mi cara y por la certeza culpable de que este hombre conoce cada una de mis mentiras.

El pánico y el deseo se funden en una sola fiebre densa que me inunda el bajo vientre. No hay forma de disimularlo.

La respiración de Gael falla durante medio segundo contra mi cuello.