Capítulo 3 La Primera Penitencia
El acero quirúrgico número once tiene medio milímetro de espesor en su vértice biselado.
Bajo la presión de mis dedos, el filo se hunde en la piel por debajo de la mandíbula de Gael de la Vega hasta romper la epidermis sin rasgar la carótida.
Una gota de sangre oscura asoma en el metal frío y resbala hasta el cuello de lino negro. Cirugía limpia.
Ahí fuera, a tres metros del cortinaje de terciopelo carmesí que nos separa de la sala capitular, alguien suelta una carcajada.
Dos copas de cristal tintinean en la penumbra, mezcladas con el olor denso a mirra quemada, cera de abejas negra y perfume francés caro.
Veinte invitados con máscaras de oro y plata beben champán bajo las bóvedas de la Abadía de Santa Águeda sin imaginar que su maestro de ceremonias tiene un bisturí en el cuello. Pobres idiotas.
Gael baja la vista hacia la tira de pergamino chamuscado que sostengo en la mano izquierda. Después alza sus ojos de un gris oscuro, del color de la pizarra mojada, hasta la abertura de mi máscara de filigrana de plata.
Cualquier hombre corriente habría retrocedido un centímetro. Cualquier hombre con un mínimo de aprecio por su propio pescuezo habría avisado a los escoltas por el pinganillo o habría intentado retorcerme la muñeca a través de la portezuela abierta en la celosía de nogal.
Gael inclina el cuello hacia delante.
Su piel empuja el filo medio milímetro más, ensanchando el reguero rojo que le desciende por la garganta, y la comisura izquierda de sus labios se curva en una sonrisa lenta bajo el antifaz de cuero negro mate.
Su corazón late contra el lateral del acero a un ritmo pausado y firme. Ni un solo tropiezo.
—Tinta ferrogálica de agalla de roble —murmura, con una voz baja que hace vibrar las vetas de la madera tallada—. Pergamino de vitela preparado en Toledo en 1614. Has cortado el margen del folio siete, justo bajo el sello de Felipe III.
—Vaya, el perro de presa sabe de paleografía —le susurro, manteniendo el mango de hueso firme entre los dedos.
El olor a trementina bajo mis uñas se intensifica con el calor sofocante de la cabina, mezclado con el aroma a sándalo que emana de su piel—.
Pensaba que tu cometido aquí se limitaba a echar la llave y limpiar las babas de tu hermano sobre las alfombras.
Sus ojos descienden un segundo hacia mi boca, la única parte al descubierto bajo el pico curvado del cisne de plata.
—Si le has metido fuego de verdad a ese borde, el resto del Códice de Sangre ya es ceniza —dice, con una calma glacial—. Y si el pergamino original es ceniza, pequeña falsificadora, acabas de quemar el único escudo que impedía que mi mano te partiera el cuello.
—Vamos a hacer una cosa, Confesor: te guardas el teatro para los jueces de ahí fuera —replico en un soplo cortante, pegando la cara a la reja—.
Esta tira tiene un veinte por ciento de retales que compré en la Calle del Prado por trescientos euros y chamusqué anoche.
Solo los tres milímetros superiores conservan la rúbrica auténtica del escribano real.
El folio de verdad está seco y a buen recaudo en Madrid.
Gael se queda inmóvil. Por primera vez desde que me metí en esta caja oscura, veo cómo se le dilatan las pupilas en la penumbra.
—Has serrado el faldón del folio siete con una cuchilla en seco —constata, en un tono áspero que me manda un escalofrío por la espalda—. Sin humedecer la fibra y sin correr el mordiente. Hay cuatro personas en toda España con el pulso necesario para hacer ese corte sin rasgar la vitela.
—Y la más joven de todas tiene once milímetros de acero alemán apoyados en tu yugular —lo corto—. ¿Dónde está Clara?
Apoya el antebrazo izquierdo en la jamba interior de la portezuela. El reloj mecánico de acero sin marca de su muñeca refleja un haz anaranjado que se cuela por los pliegues de la cortina, marcando los segundos con un tictac seco e implacable.
—Hace once días, una violonchelista subió la escalera del Ala Norte a las once y cuarenta de la noche —dice Gael, sin pestañear—. La funda del instrumento apareció vacía a la mañana siguiente cerca de la carretera de Segovia. El juez archivó las diligencias en cuarenta y ocho horas.
—El juez lleva una máscara dorada de Cardenal y se está bebiendo un Vega Sicilia de mil doscientos euros a seis pasos de aquí —siseo—.
He visto el anillo de rubí de ese cerdo en el pasillo.
Si mi hermana está muerta, De la Vega, el lunes a las ocho de la mañana Hacienda y los periódicos reciben el Códice de Sangre completo.
Trescientos millones en fincas exentas de impuestos se van a hacer humo antes del almuerzo.
Gael inclina la cabeza una fracción de centímetro. La sangre de su garganta mancha el filo de mi hoja.
—Tu hermana está viva —dice.
El aire se me atasca en los pulmones. Mis dedos aprietan el mango de hueso con tanta fuerza que el nudillo del pulgar cruje sobre la vieja cicatriz de la gubia.
—Repítelo —exijo.
—Viva —repite, con cada consonante limpia como el choque de dos cantos rodados—. Al menos lo estaba hace cuarenta y ocho horas, cuando el último parte médico entró en la cámara acorazada subterránea.
—¿Parte médico de dónde? ¿Quién se la llevó? ¿Ha sido Beltrán?
—Baja el filo dos centímetros y mira por el hueco de la cortina a tu derecha —ordena, sin levantar el tono—. Sin mover los hombros.
Vacilo medio segundo, manteniendo la punta del bisturí apoyada en su piel, y desvío únicamente la mirada hacia la rendija vertical donde el terciopelo carmesí se une al marco de nogal.
Al otro lado de la sala capitular, cerca de las columnas de granito, Beltrán de la Vega conversa con dos hombres con máscaras de oro.
El heredero legítimo se saca el pañuelo de seda blanca del bolsillo del esmoquin, se limpia los dedos pálidos y lo sustituye por otro limpio del bolsillo interior.
Cuando un camarero enmascarado se aproxima con una bandeja de plata, Beltrán rechaza la primera copa por una mancha invisible en el pie y toma la del fondo. Manías de niño mimado.
Pero lo que me congela el estómago está tres metros por encima de su cabeza.
En la tribuna superior, tras la celosía de cedro oscuro, un hombre de pelo canoso y máscara de oro macizo apoya ambas manos en la barandilla.
Se lleva un pañuelo de lino blanco a la boca para sofocar una tos seca y breve, sin apartar los ojos de la cortina cerrada de este confesionario mientras dos escoltas custodian las puertas de bronce. Ninguna salida limpia.
—Don Rodrigo cronometra los minutos de cada confesión en la noche de apertura —la voz de Gael vuelve a rozarme la oreja a través de la portezuela—. Toda iniciada con el Cisne de Plata entra en este cubículo para que el Confesor la doblegue antes de medianoche y media.
—¿Tengo yo cara de iniciada de vuestro club de degenerados?
—Tienes cara de haberte metido en la boca del lobo con una cuchilla en el muslo y un pergamino en el escote —responde, rozando apenas el costado de mi muñeca—.
Si descorres esa cortina ahora con la espalda erguida y el vestido impecable, mi padre sabrá en el acto que has salido indemne de aquí.
Alzará dos dedos desde la tribuna. Los guardias te arrastrarán a la sacristía y registrarán cada costura de tu ropa antes de llegar al patio.
En cuanto encuentren el bisturí y la tira del Códice, le harás compañía a tu hermana antes del amanecer.
Calculo mentalmente la distancia hasta el ventanal gótico del pasillo oeste. Vidriera emplomada con reja de hierro forjado, cuatro metros de caída, dos guardias en el patio exterior. Tiene razón.
—¿Y por qué no has gritado tú mismo para que vengan a por mí, Confesor? —pregunto, deslizando la hoja hacia su yugular—. El imperio al que le voy a prender fuego también es tuyo.
La sonrisa de Gael desaparece. Bajo la máscara de cuero negro, se le tensa la mandíbula y sus ojos color pizarra se vuelven oscuros como el agua del estanque de fuera, cargados de un rencor que huele a humo y a hierro.
Cuando vuelve a hablar, cada sílaba sale medida como el corte de un diamante. Todo milimetrado.
—Llevo veinte años limpiando la sangre que mi padre y mi hermano derraman sobre estas piedras —dice—.
Don Rodrigo custodia siete legajos físicos en la caja acorazada bajo la cripta.
Contratos, vídeos térmicos del Ala Norte, recibos de sobornos y la orden de ingreso de la chica del violonchelo.
La cámara requiere dos llaves en los días de vigilia o la apertura escalonada de los siete precintos que pasan por mis manos.
—Pues abre la puta cámara ahora y dame la carpeta de Clara —susurro.
—¿Para que te vayas corriendo a la policía mañana por la mañana, antes de que haya apartado a Don Rodrigo del consejo y metido a Beltrán en una celda sin fianza? —Gael suelta un bufido breve por la nariz—. Eres lista, Valeria, pero las prisas te ciegan.
La sangre se me hiela en los dedos. El filo me tiembla medio milímetro en su garganta.
—¿Cómo me has llamado? —mi voz sale afilada como una navaja.
Los dedos de Gael se cierran alrededor de mi muñeca derecha como un grillete de hierro forjado, inmovilizándome la mano en la sombra mientras el calor de su palma traspasa mi piel acelerada.
Su pulgar presiona mi arteria radial sin prisa y cuenta cada latido desbocado de mi corazón. Lo ha sabido siempre.
—Valeria Mendoza, veintisiete años —recita en voz muy baja—.
Restauradora en el Museo del Prado hasta las tres de la tarde; falsificadora en la Calle del Amparo, en Lavapiés, a partir de las nueve de la noche.
¿De verdad pensabas que la hermana de Clara Mendoza iba a entrar en mi confesionario con olor a trementina en las uñas sin que yo supiera quién estaba al otro lado de la reja?
El odio me sube por la garganta con regusto a bilis y a cobre.
Tiro del brazo para abrirle la piel de un tajo, pero sus dedos giran mi muñeca treinta grados y me estampan el antebrazo contra el marco macizo de nogal de la portezuela.
El hueso de mi radio choca contra la moldura con un golpe seco. Me trago el grito entre los dientes.
—Hijo de puta —gruño, con la cara pegada a las hojas de acanto de la celosía—. ¡Lo sabías desde la entrada!