La Penitencia del Cisne Capítulo 2 El Confesionario de Nogal #3
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Capítulo 2 El Confesionario de Nogal #3

Con un golpe seco de cadera en el espacio mínimo, su mano izquierda, la que he dejado libre, se desliza por la abertura lateral del vestido de terciopelo. El cuero libera metal en la oscuridad.

Intento retirar el brazo derecho por el hueco de la portezuela. Demasiado tarde.

Su rodilla sube y estampa mi antebrazo izquierdo contra el borde inferior del marco de cedro, trabando mi reloj de acero contra la madera. Su mano izquierda atraviesa la ventana de la celosía por dentro.

Un destello plateado corta el hilo de luz de la vela.

El acero gélido de una hoja triangular se apoya en la piel de mi cuello, dos centímetros por debajo de la mandíbula derecha. Justo sobre mi arteria carótida.

Me quedo inmóvil en el banco.

La punta de la hoja ni tiembla. Se hunde en la piel lo justo para abrir un hoyuelo milimétrico sin rasgar la carne, guiada por el pulso quirúrgico de quien separa barniz quemado de óleo antiguo a oscuras. Es un bisturí número once engarzado en un mango antiguo de hueso torneado.

Estamos pegados a la mampara de nogal. Su pecho sube y baja contra los rombos de hierro al otro lado.

El calor de su piel traspasa la reja y me golpea en el cuello abierto.

Mi mano derecha continúa dentro de su habitáculo, con los dedos enredados en los mechones oscuros de su nuca, mientras el filo descansa sobre mi yugular.

—Suelta la cinta de mi máscara, Confesor —el aliento de Valeria me llega caliente a la boca a través del hueco—. Despacio. Si tiras de ese lazo un solo milímetro más, te abro la carótida de oreja a oreja y te desangras en este banco antes de que la música cambie de compás ahí fuera.

Le sostengo la mirada a diez centímetros de distancia. Sus pupilas están dilatadas en la penumbra, devorando casi todo el iris negro, pero el pulso que sostiene el mango de hueso en mi garganta no vacila lo más mínimo.

Aumenta la presión del filo apenas medio gramo. Una gota mínima de sangre caliente asoma bajo el vértice de acero y me resbala por el cuello.

Un calor repentino y eléctrico me recorre la columna. Mi pulso se frena hasta adoptar un latido hondo y acompasado. Antes de que pueda reprimir el reflejo, se me escapa una risa corta, ronca y baja en la garganta.

La vibración de mis cuerdas vocales hace que mi piel roce el filo del bisturí.

Los ojos de Valeria se entrecierran tras las alas de plata.

—¿De qué coño te ríes? —sisea, con el acento castizo de Madrid cortando el aire—. ¿Te crees que el metal no corta? Es acero al carbono alemán. Te abre un tendón como si fuera mantequilla.

—Me río porque hace diez años que nadie tiene los cojones de ponerme acero en el cuello dentro de esta casa —digo en voz baja, con los labios casi rozando sus nudillos—.

Y porque manejas el bisturí con la izquierda igual de bien que con la derecha.

Una habilidad muy poco común, pequeña falsificadora.

Aflojo los dedos de la cinta de seda de la máscara, pero mantengo la palma derecha pegada a su nuca. Deslizo el pulgar por su piel afiebrada. Un estremecimiento breve le sacude la espalda, aunque el filo no se aparta un milímetro de mi arteria.

—Si me abres el cuello ahora —continúo en el mismo tono bajo—, el pestillo de mi puerta sigue cerrado por dentro.

Dentro de doce minutos, cuando no aparezca para la apertura del altar, Mateo echará abajo tu cortina de terciopelo con un subfusil de nueve milímetros.

Estarás muerta antes de alcanzar el tercer peldaño.

—Mi plan de hoy no pasa por matarte, De la Vega —replica, con su respiración golpeándome en los labios—. Un cadáver no abre la puerta acorazada del sótano donde escondéis los archivos del Ala Norte. Te necesito entero y de una pieza para que me devuelvas lo que es mío.

—Has entrado aquí con una cuchilla de bolsillo y un vestido prestado, Cisne. No tienes nada en la mano para sentarte a negociar conmigo.

Los labios de Valeria se curvan en una sonrisa seca.

—Mira hacia abajo, excelencia —susurra—. Sin mover la barbilla. Detesto manchar una hoja limpia por una tontería.

Manteniendo el bisturí número once firme en mi carótida con la mano izquierda, suelta mi antebrazo y desliza la mano derecha hacia el escote en uve del vestido de terciopelo.

Sus dedos finos, con restos de pigmento ocre en las cutículas, se cuelan entre sus pechos y extraen un tubo estrecho de aluminio cepillado, todavía tibio por el calor de su cuerpo.

Con el pulgar de esa misma mano, retira la tapa a presión y saca una tira de pergamino antiguo de cuatro dedos de ancho.

Alza el fragmento exactamente en la trayectoria del haz de la vela que cruza la reja de hierro.

Mi risa muere en la garganta. Se me tensa la mandíbula.

Reconozco al instante la trama de lino y cáñamo prensado a mano que he visto bajo cristal blindado en la caja fuerte de mi padre una veintena de veces desde que era un crío.

En el centro de la tira brilla la filigrana carmesí de la corona marquesal de Montiel, atravesada por la rúbrica en tinta ferrogálica del escribano real de Felipe III y por la fecha en números romanos: MDCXIV. Mil seiscientos catorce.

El borde inferior del pergamino está ennegrecido, retorcido y húmedo, desprendiendo ese olor punzante a fibra corroída por ácido nítrico diluido y chamuscada al fuego pocas horas atrás.

El Códice de Sangre auténtico. El documento fundacional que sostiene la inmunidad fiscal y el control de trescientos millones de euros en tierras y patrimonio eclesiástico de la Fundación De la Vega.

Donde figuran también los nombres con los que Don Rodrigo y los doce miembros fundadores de la Cofradía firmaron con su propia sangre en 1998.

Mientras el Marqués sigue creyendo que el pergamino descansa a siete metros bajo tierra para ser examinado por los banqueros de Ginebra, Valeria Mendoza ya ha profanado el santuario de la familia.

Ha dado el cambiazo bajo la vitrina y se ha guardado una tira del margen original chamuscado entre los pechos para ponérmela en la garganta.

Levanto la vista de la marca de agua de 1614 hacia sus pupilas negras tras la máscara de plata. El hilo de sangre se me enfría en el cuello bajo la punta del bisturí.

—Vuestra familia se llevó a mi hermana —dice, clavando cada sílaba en la penumbra del nogal—. Yo me he quedado con el corazón de vuestro imperio. Arrodíllate tú, Confesor, y empezamos a hablar.

* * *