Capítulo 2 El Confesionario de Nogal #2
Apostada entre dos pilares góticos, fuera del haz directo del candelabro central, deja que la sombra de la columna le cubra medio hombro. Aun así, la filigrana oxidada del Cisne de Plata refleja el fulgor rojo de las antorchas en sus pómulos y dibuja alas de metal oscuro sobre sus sienes.
Desciendo los peldaños sin prisa, con la mano izquierda rozando el pasamanos de granito frío. Los asistentes de máscara plateada se apartan sobre las alfombras persas; dos banqueros de Madrid retroceden un paso entero e inclinan la barbilla ante el cuero negro de mi máscara.
Paso de largo del diván del muro oeste e ignoro a las otras dos iniciadas junto al altar de mármol negro, que aguardan con las manos juntas y la vista baja según el protocolo del vestuario.
Valeria mantiene las manos libres.
A medida que acorto la distancia a cinco pasos, noto que conserva los pies firmes sobre la lana de la alfombra con el peso inclinado hacia delante, dispuesta a reaccionar en la penumbra.
Los dedos de su mano derecha se cierran en un puño disimulado sobre el terciopelo de la falda, a media altura del muslo, donde la tela delata una línea rígida de doce centímetros sujeta bajo las medias. Lleva un filo encima.
Me planto a tres pasos de ella.
El aire entre los dos se vuelve denso. Por debajo del humo de mirra de la estancia, capto el aroma que exhala su piel: jabón neutro, frío de la sierra y ese rastro seco a trementina destilada que ningún lavado borra de las uñas de una restauradora.
Mis ojos bajan por las alas de la máscara de plata hasta la base de su garganta descubierta, donde la yugular le late a más de ciento diez pulsaciones por minuto, traicionando la aparente inmovilidad de sus hombros.
Recorro con la mirada sus dedos aferrados a la falda y regreso a sus ojos marrones, casi negros, que me desafían a través de las rendijas del metal.
Cualquier otra iniciada agacha la cabeza cuando El Confesor se detiene a esta distancia. Valeria Mendoza me sostiene la mirada sin pestañear, con la mandíbula apretada en un reto mudo. La comisura de mis labios se alza un milímetro.
Si la saco por la puerta de servicio ahora mismo, Beltrán descubrirá el asalto a la Cabina 04 en cinco minutos. Solo hay un metro cuadrado en toda esta abadía donde ni los ojos de mi hermano ni los oídos de Don Rodrigo pueden entrar.
—La Cofradía da la bienvenida a las iniciadas de este viernes —digo, dejando que la acústica de la bóveda lleve mi voz grave hasta el último rincón sin forzar el volumen—. Como manda la regla de Santa Águeda, solo una penitente abre la liturgia de medianoche.
Alzo la mano izquierda, dejando que el reloj de acero reluzca bajo la antorcha, y apunto con el índice directo a su pecho. Luego desplazo el dedo hacia la sombra que se extiende entre las dos columnas salomónicas del rincón norte.
—El Cisne de Plata que ha entrado la última —digo, sin parpadear—. Al confesionario. Ahora.
Un murmullo recorre a los invitados circundantes. En la tribuna superior, tras la celosía de cedro, veo la máscara de oro de Beltrán inclinarse sobre la barandilla, tratando de comprender por qué he descartado a la rubia que él esperaba ver elegida.
Durante dos segundos, Valeria permanece clavada en la alfombra.
Los tendones de su cuello se tensan y su mano derecha aprieta el bulto oculto en el muslo mientras calcula la distancia hasta mi yugular y el ángulo de los cuatro guardias en las esquinas de la sala.
Pesa la opción de morir sobre la alfombra frente a la de meterse en la caja oscura.
Entonces afloja la tela de la falda, alza la barbilla medio centímetro y echa a andar hacia la esquina norte.
Cada uno de sus pasos es silencioso y firme sobre las alfombras persas mientras cruza el pasillo de hombres enmascarados.
La sigo a dos pasos de su espalda desnuda, donde la abertura del terciopelo desciende hasta la cintura bajo la cinta negra sujeta por la peineta de hueso, sintiendo el pulso golpear bajo el acero de mi reloj.
Llegamos a las columnas salomónicas. El confesionario del siglo diecisiete se alza en la penumbra como una torre estrecha de nogal negro barnizada con goma laca y el hollín de cuatro centurias.
A la izquierda cuelga la cortina de terciopelo negro del hueco de la penitente; a la derecha, adosada al muro de granito, se encuentra la puerta maciza del confesor con cerradura de hierro forjado.
Valeria se detiene ante la cortina. Gira la cara sobre el hombro izquierdo y me clava una mirada helada a través de las alas de plata antes de apartar el terciopelo y adentrarse en la sombra.
Saco la llave maestra de plata del bolsillo interior, abro la puerta lateral del confesor y entro en mi departamento.
Tiro de la puerta de nogal y paso el pasador interno de hierro. La madera maciza de cinco centímetros, aislada en la base con fieltro grueso para silenciar secretos de Estado, amortigua de golpe el rumor de la sala y reduce el violonchelo de Clara a una vibración sorda bajo el suelo.
El mundo queda reducido a un metro cuadrado de oscuridad dividida en dos.
Me siento en el banco estrecho de madera a la derecha. A mi izquierda, a la altura de los ojos, queda la celosía divisoria de forja y cedro calada en pequeños rombos, por donde se cuela un único hilo de luz anaranjada procedente de la vela encendida en la columna exterior.
Al otro lado de la reja, a veinte centímetros de mi hombro, la seda de su vestido roza la pared.
El reclinatorio tapizado en terciopelo carmesí está ante sus espinillas. La madera no cruje.
Permanece de pie en el estrecho habitáculo, negándose a doblar las rodillas en la oscuridad, con el hombro izquierdo apoyado en el panel de nogal y la respiración contenida tras la máscara de plata.
El hilo de luz de la vela atraviesa los orificios de la celosía y proyecta sobre la piel de su cuello una malla de sombras romboidales, idéntica a una red de hierro sobre su carótida.
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Inclino la cabeza hacia la izquierda hasta que el cuero de mi máscara casi roza la madera de cedro.
—El reclinatorio que tienes a los pies es para arrodillarse, Cisne —digo, en un susurro tan bajo que apenas sale de la cabina—. Todas las iniciadas de la Cabina 04 reciben la misma instrucción antes de cruzar las puertas de bronce.
Al otro lado de la reja, sus ojos oscuros brillan en la penumbra, buscando los míos a través de los rombos de hierro.
—Vaya por Dios —susurra de vuelta, con ese acento áspero de Lavapiés que raspa como lija fina sobre metal—.
Me he pasado la tarde entera de pie ante una mesa de trabajo en Madrid, excelencia.
Si doblo las rodillas en este ataúd que apesta a incienso rancio, va a ser para reventar la tabla divisoria de una patada.
Fuera, lejano como si viniera de otro edificio, tintinea una copa sobre una bandeja.
—La invitada registrada en la Cabina 04 mide un metro setenta y cinco, tiene el pelo rubio y habla con acento vallisoletano —digo con calma, sin prisa—.
Tú mides diez centímetros menos, hablas como quien se ha criado a tres calles de la Plaza de Lavapiés y le has birlado la ficha de marfil de la bandeja a mi conserje a las once y cincuenta y seis.
Acerca la cara medio palmo en la penumbra, hasta que la filigrana del Cisne de Plata refleja el destello anaranjado.
—Pues su conserje necesita gafas nuevas, Confesor. O un sueldo más decente para vigilar la bandeja en lugar de quedarse embobado mirando el escote de las mujeres.
—Estará en la calle a las seis de la mañana —respondo—.
Nuestro problema ahora es otro. Las puertas de bronce no se abren hasta las cuatro de la madrugada.
Ahí fuera hay veinte hombres que pagan sumas astronómicas para que nadie haga preguntas, además de cuatro guardias armados que disparan a la menor señal de mi mano. ¿Quién te ha mandado entrar aquí?
—A mí no me manda nadie desde que cumplí los dieciséis —corta en seco—. Vamos a hacer una cosa: tú me dices quién es el dueño de la cámara acorazada subterránea y quién ha puesto esa grabación de violonchelo en la sala, y yo decido si salgo de aquí sin prenderle fuego a la fiesta de tu padre.
La alusión directa al violonchelo y a la cámara acorazada en una sola frase me confirma todo lo que necesitaba saber. Ha rastreado los cimientos de la abadía antes de cruzar la cancela.
Subo la mano derecha despacio por el marco interior del nogal, sin hacer el menor ruido.
Los confesionarios construidos para los inquisidores de Toledo a finales del siglo dieciséis guardan un mecanismo que los párrocos corrientes desconocen.
En la base de la moldura de cedro, bajo la hilera central de rombos, hay una pestaña de latón oxidado sujeta por un muelle silencioso, diseñada para abrir una portezuela de quince centímetros cuando el inquisidor debía recibir algún documento sellado.
—Hablas demasiado para haberte metido en la boca del lobo con plata robada, pequeña falsificadora —murmuro.
Presiono la pestaña de latón.
El resorte cede con un chasquido sordo y la pequeña reja central gira sobre sus bisagras engrasadas hacia mi lado, abriendo un hueco rectangular entre los dos.
Mi mano izquierda cruza la abertura en la oscuridad antes de que ella pueda retroceder en los sesenta centímetros de su celda, cerrando los dedos en torno a su muñeca derecha para bloquearle el paso hacia la falda.
Al mismo tiempo, mi mano derecha pasa por el hueco superior y le sujeta la nuca por debajo de la peineta de hueso, atrayéndola con firmeza hacia el marco para deshacer el nudo de su máscara.
Su muñeca arde bajo mi palma, fina y tensa como una cuerda de violonchelo.
Acerco el rostro a la abertura para buscar el nudo en la sombra, a dos centímetros de sus dedos. El olor a trementina y a resina de damar de sus uñas se mezcla con la naranja amarga y la cera de los cirios de fuera, idéntico al vapor de los barreños de lana hervida en los patios de Córdoba.
Mis dedos se detienen en el lazo de seda. Mi pecho se bloquea durante medio segundo.
Medio segundo es suficiente.
Valeria echa todo el peso de su cuerpo hacia delante, contra la celosía.