Capítulo 2 El Confesionario de Nogal
La sala capitular de la Abadía de Santa Águeda se levantó en 1580 para que treinta monjes escucharan las escrituras sin verse los rostros entre sí.
Cuatro siglos después, los sillares de la Sierra de Guadarrama cumplen la misma función para los hombres que manejan los hilos de Madrid.
Los secretos mueren dentro de estos muros.
Apoyo el antebrazo izquierdo en la balaustrada de la tribuna superior y observo a través de la celosía de cedro. El acero de mi reloj suizo roza la madera fría, con el segundero deslizándose en un giro continuo y silencioso. Faltan diez minutos para medianoche.
Antes de buscar cualquier rostro ahí abajo, repito el cálculo que llevo haciendo en cada habitación desde los dieciocho años.
Cuento tres salidas en la planta baja, dos ángulos muertos tras las columnas salomónicas y cuatro de mis hombres apostados en las esquinas, conectados a la red cableada interna.
Bajo el suelo de pizarra, los inhibidores de frecuencia transforman cualquier teléfono móvil en un ladrillo de cristal inservible.
En la mesa baja a mi espalda, junto al monitor de seguridad, reposa una bandeja olvidada por el mozo. El té de menta del termo estaba frío y me bebí medio vaso de todos modos. El amargor me limpia el regusto a incienso de la garganta.
Abajo, dieciocho máscaras de plata se mueven bajo la luz rojiza de las antorchas: tres magistrados del Supremo, dos secretarios de Estado, cuatro banqueros del Paseo de la Castellana y tres constructores con deudas millonarias con la Fundación De la Vega.
Cerca del diván carmesí del muro oeste, el juez Ignacio Valdivia conversa en voz baja con un fiscal.
Incluso desde siete metros de altura, reconozco la calva sudorosa de Valdivia bajo la máscara dorada de Cardenal y el rubí de su meñique derecho.
El anillo tamborilea en el tallo de la copa el compás lento de las procesiones sevillanas que siempre repite cuando miente.
—Te quedas ahí plantado en la sombra como un cuervo de campanario, hermanito. Vas a agriar el vino de los invitados.
Permanezco inmóvil cuando Beltrán se detiene a mi lado. Su olor llega antes que sus palabras: colonia italiana sobre el sudor ácido de tres copas de whisky.
Mi hermanastro apoya el codo en la barandilla, sosteniendo la máscara de oro con dos dedos para no despeinar su cabello rubio ceniza peinado hacia atrás.
A sus treinta y cinco años, tres más que yo, Beltrán conserva la piel fina de quien jamás ha tenido que limpiar su propia sangre del suelo.
Se saca del esmoquin un pañuelo de seda color crema, se seca los labios y lo tira al cesto de mimbre.
Es el segundo pañuelo que desecha en diez minutos.
Enseguida saca un tercero de su pitillera de plata.
—¿Ha avisado el ministro de Hacienda de si viene con retraso? —pregunta Beltrán, ojeando a las mujeres cerca del altar—. Tengo que hablar con él sobre las recalificaciones de la costa antes del jueves.
—Nadie cruza el umbral después de que el cerrojo encaje a medianoche —respondo—. Si todavía está en la carretera, ha perdido el viaje.
Beltrán coge una copa de cristal de la bandeja. Frena la mano en el aire. Nota una huella dactilar casi imperceptible en el fuste, dejada por el camarero, y le extiende el brazo al criado junto a la cortina con la boca torcida de asco.
—Tira esto a la basura —ordena Beltrán—. Rompe la copa fuera y trae una botella precintada.
El sirviente se retira en silencio. Beltrán vuelve a asomarse a la celosía.
—Al menos la música que mandé poner en la sala compensa el frío que hace en esta sierra —murmura—. Una grabación privada que hicimos en el Ala Norte hace dos semanas. Don Rodrigo dio el visto bueno.
Mis dedos no se mueven sobre la madera. La nota grave del violonchelo asciende desde los altavoces ocultos en las hornacinas de granito: una suite en re menor donde el arco carga una fracción más de peso en las cuerdas bajas para compensar una muñeca derecha dañada.
Clara Mendoza. Veintiún años, becaria del Real Conservatorio de Madrid, desaparecida hace once días tras subirse a la furgoneta negra de Beltrán para un recital privado.
Aquella madrugada, cuarenta minutos de las grabaciones del Ala Norte se borraron con la clave personal de mi hermano, y la denuncia interpuesta por su hermana mayor en Lavapiés fue archivada en cuarenta y ocho horas por el juez Valdivia.
Miro la arteria que late en el cuello blando de Beltrán. Bastaría un simple giro de muñeca.
—Deberías haber dejado el magnetófono apagado en el Ala Norte, Beltrán —digo en voz baja—. El audio deja huella magnética en el disco incluso después de formatearlo.
Su sonrisa se esfuma al instante.
—Mide el tono, hermanito. Tu trabajo aquí es echar la llave. Ya sabes quién firma tus nóminas.
—Sé quién limpia la moqueta cuando te tropiezas en Marbella —replico con el mismo tono gélido—. Cuatro millones en opciones vencidas el martes en Puerto Banús. Los chipriotas llamaron ayer a mi despacho buscando el apellido De la Vega.
Beltrán abre la boca, pálido como la cal. Antes de que suelte la primera imprecación, una tos seca corta la penumbra del arco trasero. Mi hermano aprieta los dientes en el acto.
Don Rodrigo de la Vega emerge de la sombra del tapiz.
A sus sesenta y seis años, el Marqués de Montiel mantiene la espalda recta bajo su levita negra abrochada hasta el cuello y su máscara dorada con rasgos de halcón.
Se aparta un pañuelo de hilo blanco de los labios, dobla la tela ocultando la mancha oscura de sangre en el centro de las fibras y se lo guarda en el bolsillo.
—Los perros que ladran en la galería espantan la presa antes del disparo —dice Don Rodrigo con una voz áspera que obliga a Beltrán a agachar la cabeza—. Baja, Beltrán. El banco de Zúrich ha mandado hoy a dos directores. Deja de empapar la seda en sudor.
—Sí, padre —traga saliva Beltrán, se encasqueta la máscara y baja casi a la carrera por la escalera de servicio.
Don Rodrigo apoya las manos enguantadas en cabritilla negra sobre la celosía, a un palmo de las mías, trayendo consigo el aroma a alcanfor y a cera vieja.
—La subasta de invierno se abrirá al consejo el próximo viernes —dice, vigilando el altar abajo—. Los suizos han exigido examinar el pergamino de 1614 antes de transferir la señal. Baja a la cámara acorazada mañana a primera hora y prepara el Códice de Sangre.
—La cámara acorazada lleva cerrada desde septiembre, señor marqués —respondo—. Con la humedad de noviembre en la cripta, abrir el estuche sin un restaurador puede cuartear el sello de plomo.
—La tierra, la sangre y el pergamino llevan sirviendo a esta casa cuatro siglos, Gael. Aguantarán una noche fuera de la urna —Don Rodrigo clava en mí los ojos de pizarra fría que heredé de él—. Todo exige su diezmo. Tu hermano fracasa al pretender cobrar sin mancharse los puños. Cumple con tu parte.
Se aleja con paso pausado hasta perderse tras el cortinaje del vestidor.
Espero cinco segundos y miro la pantalla de seguridad integrada en el hueco de la pared. Ninguna cámara enfoca el interior de las cabinas ni la sala tras la medianoche, pero el pasillo de acceso graba en blanco y negro de forma ininterrumpida.
Un aviso parpadea en la esquina del monitor: Cabina 04: Tarjeta de Marfil validada a las 23:56.
Frunzo el ceño. La ficha de la Cabina 04 correspondía a Cayetana Montes, veinticuatro años, de Valladolid, un metro setenta y cinco, rubia. Rebobino la grabación noventa segundos.
En la imagen muda, la mujer que sale de la Cabina 04 mide cerca de un metro sesenta y seis, lleva el pelo negro recogido con una peineta de hueso y viste terciopelo negro de corte recto en la espalda.
En el instante en que el conserje baja la mirada al libro de registro durante dos segundos, la mano derecha de ella se desliza sobre la bandeja carmesí.
Se mueve con la precisión quirúrgica de quien maneja un escalpelo a medio milímetro de un lienzo antiguo, birlándole la máscara del Cisne de Plata y la tarjeta de marfil en un único movimiento limpio.
Amplío cuatro veces el fotograma congelado de su mano izquierda sobre el mueble. En la base del pulgar reluce una cicatriz blanca en media luna, la marca de una gubia antigua, y en las cutículas le queda la sombra mate del pigmento ocre y el disolvente.
Valeria Mendoza.
Conozco esa cicatriz por las fotografías que Mateo tomó a la salida del Prado hace cuatro días, cuando ordené vigilarla en Lavapiés para mantenerla lejos de la sierra hasta que yo localizara a Clara.
En lugar de quedarse esperando en Madrid, la hermana mayor se ha falsificado un pase, ha robado una máscara de plata y se ha metido sola en una abadía blindada con veinte depredadores.
Si Beltrán o Valdivia la reconocen en la sala, saldrá de aquí en una saca de lona.
Tecleo mi contraseña en la consola, borro esos noventa segundos del servidor central y coloco en su lugar un fotograma fijo del pasillo vacío. Me anudo la media máscara de cuero negro mate tras la nuca. En mi muñeca izquierda, las tres manecillas se alinean en las doce.
Medianoche.
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Hago un gesto breve con dos dedos al guardia apostado junto a los portones de bronce allá abajo.
El hombre empuja las dos pesadas hojas de metal, cuyo estampido retumba en las bóvedas de crucería como la losa de un sepulcro encajando en su sitio.
Acto seguido, el cerrojo de hierro corre por las anillas del muro para clausurar la vigilia por fuera.
La sala capitular enmudece al instante. En el diván carmesí del muro oeste, el hombre de esmoquin que besaba la espalda de la mujer atada detiene el gesto y alza la cabeza enmascarada.
Salgo de la sombra de la tribuna y me detengo en el primer rellano de la escalera de piedra.
El calor de los trescientos cirios de cera negra asciende por los peldaños en una vaharada densa de mirra quemada, resina de pino y ese aroma cítrico a naranja amarga que enmascara el olor de la piedra húmeda.
Abajo, la grabación del violonchelo de Clara Mendoza continúa vibrando contra la suela de mis zapatos mientras busco, entre la veintena de rostros cubiertos de plata, a la única mujer que ha entrado aquí a cazar.
Está a cuatro pasos de la puerta cerrada.