Capítulo 1 — El Barniz y el Ácido #3
En lo alto, tras una celosía de madera de cedro de tracería mudéjar, varias siluetas con máscaras de oro bebían y observaban desde arriba como cardenales en un tribunal del Santo Oficio.
Aquí abajo, una veintena de hombres y mujeres con máscaras de plata se desplazaban con paso lento entre las columnas góticas.
En un diván de terciopelo carmesí pegado al muro oeste, una mujer de espalda descubierta y antifaz plateado tenía las muñecas atadas con una cinta de raso mientras un hombre de esmoquin le besaba la curva de la columna vertebral, despacio,
bajo la mirada silenciosa de otros tres asistentes que contemplaban la escena copa en mano a menos de dos pasos.
Nadie levantaba la voz. Lo único que se escuchaba era el chisporroteo de las mechas, el roce de la seda contra la piel desnuda y una nota grave de órgano y violonchelo grabado que vibraba en los altavoces camuflados en la cantería.
Reconocí la arcada de ese violonchelo en la grabación desde el primer compás. Esa presión ligeramente más intensa en el legato del re menor, compensando la molestia en la muñeca derecha.
Era Clara tocando.
Estaban utilizando la grabación que mi hermana había realizado la noche en que desapareció como música de fondo para que los jueces y banqueros de Madrid follaran a oscuras.
Mis dedos se cerraron sobre la tela del vestido, justo encima del bulto del bisturí en mi muslo. La sangre me golpeó con tanta fuerza en las sienes que por un segundo el perfume a mirra y a naranja amarga de las velas me supo a ácido puro.
Tranquila, Valeria. Respira. No has venido aquí a ponerte a gritar en mitad de la sala para que te metan un tiro en la nuca. Has venido a por el dueño de la llave.
Miré al fondo de la sala capitular. Allí, sobre tres gradas de mármol negro, se erigía el antiguo altar barroco de talla dorada, cubierto de cojines de cuero oscuro y argollas de hierro ancladas a la piedra.
En la esquina norte, encajado en la penumbra entre dos columnas salomónicas, se encontraba el confesionario de nogal macizo del siglo diecisiete.
Una caja vertical de madera oscura, dividida por una celosía de hierro y cedro tallado, con una cortina de terciopelo negro en la entrada estrecha de la penitente y una puerta cerrada con llave en el lateral del confesor.
Fue entonces cuando las puertas dobles de bronce a mi espalda se cerraron de golpe.
El cerrojo horizontal de hierro corrió por las anillas con un estrépito metálico que retumbó en toda la nave y acalló los murmullos de los divanes.
Era medianoche. La vigilia había quedado cerrada por fuera.
En lo alto de la escalera lateral que descendía de la tribuna de cedro, un hombre se detuvo en el primer descansillo.
No llevaba la máscara dorada de los ancianos del consejo ni la plata de los invitados.
Se cubría la mitad superior del rostro con cuero negro mate, amoldado a las líneas duras de la frente y los pómulos, dejando a la vista únicamente la mandíbula cuadrada, la boca bien dibujada y severa, y un par de ojos de un gris oscuro que reflejaban la llama baja de los cirios.
Medía casi un metro noventa, con hombros anchos bajo un traje de lana negra sin corbata, con el primer botón de la camisa negra desabrochado en la base del cuello, y en la muñeca izquierda, cuando apoyó la mano en el pasamanos de piedra para iniciar el descenso,
un reloj mecánico de acero antiguo brilló bajo el resplandor de las antorchas.
Gael de la Vega. El Confesor.
Bajó los peldaños sin prisa. Los invitados de máscara plateada le abrieron paso automáticamente sobre las alfombras persas; algunos inclinaron la barbilla en un gesto inmediato de pleitesía.
Pasó de largo del diván del rincón oeste. Ignoró a las otras dos mujeres que llevaban antifaces de filigrana cerca del altar.
Sus ojos de pizarra húmeda atravesaron los quince metros de la sala capitular y se clavaron directamente en mí.
Se detuvo a tres pasos de donde yo estaba.
Incluso a esa distancia, percibí el olor a lana fría de la sierra y a humo de leña que desprendía su abrigo.
Su mirada descendió un segundo por las alas del Cisne de Plata en mis sienes, recorrió la línea de mi garganta donde el pulso me latía demasiado rápido, se demoró en mis manos desnudas crispadas en el terciopelo de la falda y regresó a mis ojos.
Una comisura de sus labios se alzó apenas un milímetro, con esa lentitud de quien acaba de percatarse de que la invitada ha entrado con los zapatos equivocados en el salón.
—La Cofradía da la bienvenida a las iniciadas de este viernes —la voz de Gael era baja, con un timbre grave y áspero que aprovechaba la acústica de piedra del siglo dieciséis para alcanzar cada rincón sin el menor esfuerzo—.
Como manda la regla de Santa Águeda, solo una penitente abre la liturgia de medianoche.
Levantó la mano izquierda, aquella en la que el reloj de acero sin marca avanzaba con un tictac continuo en el segundero, y señaló con el dedo índice directamente a mi pecho. Después desplazó el dedo hacia la cortina estrecha del confesionario de nogal, sumido en la penumbra de la esquina norte.
—El Cisne de Plata que ha entrado la última —dijo Gael de la Vega, sin pestañear una sola fracción de segundo—. Al confesionario. Ahora.
* * *