Capítulo 1 — El Barniz y el Ácido #2
La lluvia había cesado, pero el viento que bajaba de la sierra traía ese frío cortante del noviembre madrileño que se mete en los huesos antes de rasgar las medias.
En la fachada lateral del Teatro Real, lejos de las farolas amarillas y de las cámaras de tráfico del ayuntamiento, tres berlinas Mercedes negras con lunas blindadas esperaban en fila con los motores en marcha.
No llevaban distintivos de alquiler con conductor ni chóferes de gorra. Solo había un hombre con abrigo de paño oscuro de pie junto a la puerta trasera del segundo vehículo, sosteniendo un lector óptico plateado en la palma de la mano.
Me detuve frente a él y le tendí la invitación de papel de algodón negro con el sello de cera que Soraya había clonado a partir del archivo del móvil de un magistrado jubilado,
un viejo cliente nuestro que compraba grabados eróticos de Goya falsificados y hablaba de más a partir de la tercera copa de jerez.
El escolta pasó el haz de luz ultravioleta sobre la marca de agua invisible del papel.
Mi corazón latió una sola vez contra las costillas, lento y pesado.
Bajo la falda del vestido, sujeta a la liga elástica de encaje en lo alto de mi muslo derecho, la funda de cuero guardaba el bisturí número once con mango de hueso de mi padre.
En el escote, cosido por dentro de la ballena del corpiño, el cilindro de aluminio con la tira quemada del Códice de Sangre me enfriaba la piel entre los pechos.
—Móvil, reloj y cualquier dispositivo con batería o geolocalización —pidió el hombre, extendiendo una bandeja forrada de terciopelo gris sin levantar la vista hacia mi rostro.
Saqué del bolso de mano el terminal desechable de prepago que había comprado en el Rastro por treinta euros y lo dejé caer sobre el terciopelo.
—Inspecciona el bolso si quieres. Solo llevo barra de labios y un pañuelo.
Abrió el broche metálico, palpó el forro con dos dedos enguantados e hizo un gesto breve hacia la puerta abierta del Mercedes.
—La máscara de invitada se le entregará en el guardarropa de la entrada, señorita. Durante el trayecto hasta la Sierra de Guadarrama, la mampara permanecerá cerrada y las cortinillas laterales no deben descorrerse. Buena vigilia.
Subí al asiento de cuero negro. La puerta se cerró con el chasquido sordo y hermético de una cámara acorazada.
Durante cuarenta y cinco minutos, el coche ascendió por la autovía A-6 en un silencio absoluto.
No necesitaba apartar la cortinilla de seda oscura para saber por dónde circulábamos; conocía cada curva de esa sierra de memoria.
Once días atrás, mi hermana de veintiún años había recorrido exactamente este mismo trayecto en el asiento trasero de un vehículo idéntico a este, sujetando el violonchelo entre las rodillas,
convencida de que iba a interpretar tres suites de Bach por tres mil euros en metálico para saldar el alquiler atrasado de nuestro piso.
Apoyé la nuca en el reposacabezas de cuero y cerré los ojos, obligando a mi respiración a bajar al diafragma.
Si Clara continuaba con vida dentro de esos muros de piedra, la sacaría de allí. Si estaba muerta, me aseguraría de que el apellido De la Vega quedara reducido a cenizas antes de que terminara el invierno.
El coche redujo la marcha, giró a la izquierda por una pista estrecha donde los neumáticos crujieron sobre grava gruesa y ascendió por una pendiente flanqueada de pinares y niebla.
Cuando el motor se detuvo y la puerta se abrió, el aire que entró en el habitáculo tenía cinco grados menos que el de Madrid y olía a musgo mojado, a leña de encina y a piedra centenaria.
La Abadía de Santa Águeda se alzaba en la ladera como una fortaleza levantada para dejar a Dios fuera.
Levanté la barbilla al pisar las losas irregulares del patio de armas.
Ante mí, la fachada gótico-barroca del siglo dieciséis se recortaba contra el cielo cerrado de neblina, iluminada únicamente por antorchas de forja encajadas en los sillares del claustro.
En el centro del patio, en torno a un estanque de aguas negras e inmóviles, dos cisnes negros reales se deslizaban en silencio sobre el agua helada, ajenos a los hombres de esmoquin y a las mujeres envueltas en capas de lana y visón que cruzaban el pórtico principal.
Una azafata ataviada con un hábito negro entallado y una antifaz de plata lisa guio a las cuatro mujeres que habíamos descendido de los coches hasta el vestíbulo abovedado a la derecha del nártex.
El ambiente olía a incienso de mirra, a cera de abeja negra y a perfume excesivamente caro.
En cabinas individuales separadas por pesados cortinajes de damasco carmesí, cada invitada recibía una capa de terciopelo y una máscara de plata sencilla, de bordes redondeados, que cubría desde la frente hasta la punta de la nariz.
Pero en la cabina contigua a la mía, a través del hueco del cortinaje que una rubia alta había dejado entreabierto mientras se quejaba por el interfono de que se le había derramado champán en el bajo del vestido dentro del coche, descubrí sobre la encimera de mármol una pieza distinta.
Era una media máscara de filigrana de plata oxidada, cincelada con plumas en relieve que se desplegaban sobre las sienes como las alas de un cisne. A su lado, una tarjeta de marfil llevaba grabado en letras doradas: Iniciada — Acceso al Altar y al Confesionario.
Las invitadas con máscara lisa quedaban confinadas en las tribunas superiores; solo la portadora de la filigrana del cisne descendía al centro de la sala capitular. Cerca de él.
Me fijé en los zapatos de la rubia bajo la cortina: unos Louboutin de charol negro y una mancha húmeda de champán en el dobladillo de seda.
Hice el cálculo en dos segundos.
Salí de mi cabina sosteniendo mi capa doblada en el brazo, caminé por el pasillo de piedra y, en el instante en que la rubia descorrió la cortina a toda prisa para seguir a la camarera hacia el cuarto de plancha y vapor al fondo del guardarropa,
dejé que mi tacón derecho tropezara deliberadamente en el ribete de la alfombra persa, golpeando con el hombro la bandeja de plata del aparador exterior.
Dos copas vacías se estrellaron contra el suelo de losas con el estallido seco del cristal roto.
—¡Joder! —exclamó la rubia, volviéndose irritada mientras la camarera tiraba de su brazo advirtiéndole de que la sala cerraría en tres minutos—. ¡Limpien esto antes de que alguien se corte un pie!
—Mil perdones, se me ha enganchado el tacón con la alfombra —murmuré, agachando la cabeza con el tono más sumiso de mi repertorio del Prado mientras me acuclillaba junto a su cabina vacía fingiendo recoger mi capa.
Mientras la camarera cerraba la puerta del cuarto de vapor con la rubia dentro para secarle el dobladillo, mi mano izquierda se deslizó por detrás del damasco carmesí,
cogió la máscara de filigrana del Cisne de Plata y la tarjeta de marfil con un único juego de manos limpio que mi padre me había enseñado a los doce años en las ferias de Toledo, y tiró del cordón exterior para que la cabina pareciera ocupada.
Cuando la rubia saliera del vapor pasada la medianoche, las puertas de bronce de la sala ya estarían selladas con cerrojo.
Me incorporé con calma y doblé por el pasillo lateral que conducía directamente al arco de la sala capitular.
Me ajusté la máscara del Cisne de Plata al rostro mientras subía los tres peldaños de granito.
El metal era pesado y gélido contra los pómulos, moldeado con tanta precisión anatómica que se adaptaba como una segunda piel de plata vieja.
Me anudé las cintas de seda negra a la nuca, bajo el pelo recogido con una peineta de hueso, y le entregué la tarjeta de marfil al vigilante de casi dos metros que custodiaba las puertas dobles de bronce.
El hombre llevaba un antifaz de cuero negro mate que le cubría la mitad superior de la cara.
Miró la tarjeta, contempló las alas de plata en relieve sobre mis sienes y empujó la hoja izquierda de la puerta.
Di un paso hacia el interior y el golpe de calor de la estancia me golpeó en la boca del estómago.
La sala capitular de la Abadía de Santa Águeda tenía la altura de una catedral pequeña y ninguna ventana abierta al exterior.
Cientos de velas de cera negra ardían en candelabros de forja suspendidos de cadenas y en hornacinas excavadas en los muros de granito, arrojando una luz baja, trémula y rojiza sobre las alfombras persas que alfombraban el suelo.