La Penitencia del Cisne
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Capítulo 1 — El Barniz y el Ácido
Quemar un pergamino de cuatrocientos años que vale noventa millones de euros exige exactamente el mismo pulso firme que utilizo cada mañana en el Museo del Prado para salvar la piel de un santo.
Sostuve la pipeta de vidrio a dos centímetros del margen inferior del Códice de Sangre y dejé que una sola gota de ácido nítrico diluido tocara la piel de cabra curtida en 1614.
El siseo fue mínimo, casi educado. Una columna de humo amarillento ascendió en espiral hasta la bombilla fría del banco de trabajo, oliendo a cuerno quemado y a goma arábiga vieja.
Detuve la reacción con un tampón de carbonato de calcio justo en el segundo tres.
Ni un milímetro más. La filigrana carmesí del primer Marqués de Montiel continuaba intacta junto al borde carbonizado, lo bastante legible para que cualquier heredero de la familia De la Vega reconociera su propio corazón arrancado del pecho.
Puro vandalismo quirúrgico.
Apoyé la pipeta en el soporte metálico, me quité la lupa de relojero del ojo derecho y estiré los dedos.
Bajo la cutícula de mi pulgar izquierdo aún quedaba un rastro obstinado de carmín de cochinilla del retablo que me había pasado la tarde consolidando en el taller del museo, a quince minutos a pie de aquí.
De día, el Estado español me paga dos mil cien euros limpios al mes por evitar que los mártires barrocos se descascarillen con la humedad de Madrid.
De noche, en esta buhardilla de la última planta en la Calle del Amparo, fabrico los milagros que los coleccionistas privados no pueden declarar a Hacienda.
Pero el pergamino desplegado sobre mi mesa de zinc era un rehén.
Fui a colocar el frasco de ácido en el estante lateral y mi codo rozó la tapa de cuero sintético que descansaba abierta sobre el banco de madera, al lado de la prensa. El estuche del violonchelo de estudio de Clara.
Mi mano se detuvo en el aire.
En el interior, en el compartimento de terciopelo rojo descolorido donde guardaba las cuerdas de repuesto, estaba la pequeña caja redonda de resina de colofonia que había olvidado el viernes de la semana anterior, once días atrás,
antes de tomar el tren en la estación de Atocha con el instrumento oficial a la espalda.
La pastilla de ámbar estaba partida exactamente por la mitad.
Cuando éramos niñas en Toledo, durante aquel invierno en que nos cortaron el gas del edificio dos meses antes de que nuestro padre muriera, Clara se sentaba en el suelo de la cocina con un abrigo tres tallas más grande que la suya y frotaba ese mismo tipo de brea en las crines del arco hasta que
los dedos dejaban de ponerse morados por el frío, mientras yo encendía los cuatro fuegos de la cocina y abría la puerta del horno para intentar caldear el pasillo.
Cerré la tapa del estuche. El cierre de latón se encalló en el pestillo. Intenté apretar de nuevo y noté que mis dedos temblaban tanto que la uña resbaló contra el metal sin lograr bajar la lengüeta.
Un temblor ridículo, a destiempo.
Solté el estuche, di dos pasos hasta el extremo de la mesa y apreté las manos alrededor de la taza de café que Soraya había dejado allí diez minutos antes.
Era una de esas tazas blancas de cerámica basta, recuerdo de un congreso de odontología en Valencia con un molar sonriente impreso en el costado y el borde astillado, que enfría el expreso en la mitad de tiempo y deja sabor a detergente de limón en la espuma.
Un crimen contra la hostelería madrileña.
El café del bar de la esquina estaba recalentado y me lo bebí entero de todos modos, sujetando la porcelana tibia contra la palma hasta que el pulso dejó de martillearme la muñeca.
—Si dejas caer una sola gota más de ese ácido en el cuero, tía, la que va a tener un infarto soy yo, y mira que mi seguro de vida solo cubre incendio accidental —soltó Soraya,
saliendo de detrás de la cortina plástica del cuarto oscuro mientras se recogía la melena rizada en un moño caótico con un lápiz de carpintero—.
¡Escúchame un segundo, joder! Acabo de probar la hoja de sacrificio en la estufa.
La mezcla de cera de abejas, trementina de Venecia y nitrato de celulosa se ha estabilizado a treinta y ocho grados.
Arrojó un par de guantes de nitrilo morados en el fregadero de acero inoxidable y caminó hasta la nevera destartalada de la esquina.
Abrió la puerta, esquivó tres frascos de vidrio ámbar con disolvente alemán y sacó de dentro una lata abierta de Mahou y un plato con media tortilla de patatas cubierta con papel de aluminio.
—Sigues guardando el éter de petróleo en el mismo estante que los huevos de tu madre —observé, tomando el bisturí quirúrgico número once con mango de hueso antiguo para cortar una tira limpia de dos dedos del borde que acababa de chamuscar.
—El frío conserva el arte y el lúpulo por igual, Val.
Ciencia básica. —Soraya cortó un trozo de tortilla con el tenedor, arrojó un cubo de patata al suelo donde Goya, el bulldog francés tuerto y obeso que se disputaba en los juzgados con su exnovia, engulló el bocado sin masticar, y apuntó con el tenedor hacia mi mano—.
Ahora deja de jugar a ser carnicera del siglo diecisiete y mírame a la cara.
¿Estás segura de que esta tira de cuero viejo va a hacer que el bastardo de los De la Vega abra la boca?
Alcé la tira de pergamino a contraluz contra la bombilla.
Allí relucía el sello de plomo y la rúbrica original que eximía a la Fundación De la Vega de impuestos e inspecciones sobre las tierras de la Sierra de Guadarrama y treinta y cuatro obras sacras millonarias.
Cuando nuestro padre restauró la encuadernación de este códice en Toledo, once años atrás, ocultó el folio auténtico en el cilindro hueco de nuestra prensa de hierro y entregó una copia lavada al Marqués; pero sufrió el infarto que lo mató la semana siguiente al desahucio,
antes de poder cobrar la deuda o contarme lo que había hecho.
Yo solo encontré el cilindro tres días atrás, al desmontar la prensa por completo buscando algo de valor para vender y pagar a un detective privado.
Porque la hija pequeña de Arturo Mendoza se había subido a un coche negro contratado por esa misma fundación para tocar el violonchelo en una vigilia privada en la Abadía de Santa Águeda, a cincuenta y cinco kilómetros al norte de Madrid, y se había desvanecido de la faz de la tierra.
Once días.
Fui a la comisaría del distrito Centro al segundo día.
Al cuarto, entregué la matrícula del sedán negro que recogió a Clara en la esquina del conservatorio y el extracto de la transferencia de tres mil euros realizada por una empresa pantalla vinculada a Beltrán de la Vega.
En la mañana del quinto día, el juez Ignacio Valdivia, titular del juzgado de instrucción y compadre de cacerías del Marqués, firmó un auto de seis líneas archivando la denuncia bajo el pretexto de que mi hermana tenía veintiún años,
pasaporte en regla y "pleno derecho constitucional a viajar sin dar explicaciones a su familia".
Clara jamás salía ni a Segovia sin meter tres cajas de analgésicos para la tendinitis de la muñeca derecha, que se habían quedado intactas sobre la cómoda de su dormitorio. Y jamás se habría marchado dejando el violonchelo de estudio abierto acumulando polvo.
—No necesito que toda la familia abra la boca, Sora —respondí, enrollando la tira quemada del Códice original dentro de un tubo fino de aluminio impermeable del tamaño de una barra de labios—. Solo necesito al hombre que echa la llave a las puertas de esa abadía cada viernes a medianoche.
—Gael de la Vega. —Soraya dejó el tenedor en el plato.
El tono de broma desapareció de su voz, dejando únicamente el rumor de la llovizna que empezaba a golpear la claraboya de cristal sobre nuestras cabezas—.
El Confesor. Cuando el periodista de El Confidencial me vendió las fotos de la garita anoche, le temblaba el pulso en la mesa del bar, Val.
Me dijo con pelos y señales que Beltrán es un simple pijo idiota, pero que el hermanastro bastardo es otra clase de alimaña.
Gael controla las cámaras y los archivos de Santa Águeda.
La mitad de los magistrados del Supremo y de los banqueros de Salamanca comen de su mano.
—Perfecto. Entonces sabe exactamente cuánto cuesta que un documento se mueva de su sitio.
—¡Val, escúchame un segundo, joder! —Soraya rodeó la bancada y me sujetó el antebrazo con las dos manos tatuadas.
Sus dedos estaban helados por la lata de cerveza—.
Esa abadía no es un club de intercambio para parejas aburridas de Pozuelo.
Quien entra en esa abadía usando su moneda no sale limpia.
Si ese tal Gael descubre quién eres antes de que cruces la cancela...
—Si me mata esta noche, mañana a las nueve envías el Códice entero que está dentro del cilindro de la prensa a la Agencia Tributaria, a la Fiscalía Anticorrupción y a las redacciones de todos los periódicos de Madrid —la interrumpí, mirándola fijamente a los ojos—.
Noventa millones de euros en exenciones fiscales y treinta y cuatro obras no declaradas se convierten en ceniza en veinticuatro horas.
Ese es mi seguro de vida. Y Gael de la Vega sabe echar cuentas mucho mejor que su hermano.
Soraya me sostuvo la mirada durante cinco segundos. Luego soltó un taco entre dientes, se sacó el lápiz del moño y señaló el biombo de la esquina donde colgaba el vestido que habíamos comprado en una tienda de segunda mano de lujo en la Calle de Velázquez.
—Entonces quítate ese mandil apestando a xileno y ven aquí, que tienes cuarenta minutos hasta el punto de encuentro en la Plaza de Oriente y todavía tengo que buscar la manera de tapar ese olor a taller que llevas en las manos.
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El perfume de sándalo y bergamota que Soraya me vaporizó en las muñecas duró exactamente veinte minutos. En cuanto la piel entró en calor bajo el forro de seda negra del vestido, el olor a trementina y a resina de damar volvió a brotar por los poros, terco como una confesión.
No había jabón francés en el mundo capaz de borrar tres años de Museo del Prado y diez de falsificaciones de debajo de mis uñas.
A las veintidós horas en punto, crucé los jardines mojados de la Plaza de Oriente.