Después
La denuncia se admite a trámite en Cartagena a finales de julio.
Voy a declarar dos veces, con Fina esperándome en un banco del pasillo con dos cafés de máquina.
Cuento lo mismo que conté a pie de la placa, pero aquí, entre carpetas y ordenadores, suena más pequeño.
Marga declara. Chema declara. Ginés declara, con su gorra en las rodillas, y dice lo de las dos cabezas y la linterna igual que lo dijo hace doce años, cuando lo mandaron callar.
En Los Alcázares no se habla de otra cosa en agosto.
En la peluquería lo noto en las cabezas antes que en las bocas: las clientas llegan con el cuello tenso, se sientan, y a los diez minutos, con las manos en el pelo, sueltan lo que llevan dentro.
Que si menuda es Reyes, con esa cara de buena.
Que si ya lo decían ellas, que aquel ahogamiento nunca cuadró.
Que si la pobre Vera, mira en la que se ha metido, con lo bien que la trataban.
La mitad me admira y la otra mitad me compadece, y no sé cuál de las dos me sienta peor.
Reabren el caso de Ari. El caso frío, lo llaman. Y frío está: doce años debajo del agua salada, sin cuerpo que valga ya para nada, con una autopsia vieja que dijo ahogamiento y una alcoholemia alta que le venía de perlas a todo el mundo.
El desfalco no se puede ni tocar. Prescrito. El dinero que Reyes cogió del fondo común y de las cuentas del astillero se lo llevó el tiempo, que en esto sí que es justicia de los ricos: si aguantas callado los años suficientes, lo robado deja de ser robo y pasa a ser tuyo.
Queda el otro delito. El grande. Y ese no prescribe.
Pero probar con papeles viejos y testigos cansados que una mano apretó bajo el agua negra hace doce años es otra cosa.
Reyes sale con medidas cautelares. Pasaporte retirado, firma cada quince días, y sus abogados de Cartagena, que son buenos, muy buenos, trabajando ya en que todo esto es el rencor de una peluquera y el delirio de un grupo que se rompió por dinero.
Puede que la juzguen dentro de dos años. O de cinco. O nunca del todo. Noelia me lo dijo y tenía razón: a ella ya la habían enseñado a esperar.
———
Villa Aurora se queda vacía en agosto.
Nadie lo dice, pero nadie vuelve. La casa que era el centro de todo, donde pasábamos los veranos enteros, donde peiné a media comarca en aquel cuarto de plancha, se apaga de golpe.
El grupo de amigos de veinte años se deshace sin una sola discusión a gritos, sin un portazo.
Se deshace por dentro, en silencio, como se pudre la laguna: sin ruido, por debajo, hasta que un día miras y ya no queda nada vivo en el agua.
Paso por la orilla un domingo, en el coche, y la veo desde la carretera: el porche de uralita, la buganvilla reseca, el pantalán medio en seco.
Las persianas bajadas. Nadie ha vuelto. La casa que compraron entre todos como sueño común, la que arreglaron piedra a piedra durante cuatro veranos, la que acabó a nombre de Reyes y Quique porque a nadie le pareció mal en su momento.
La casa que fue el móvil. Ahí sigue, cerrada, con el sol pegándole en la fachada y la laguna muriéndose enfrente.
El grupo se deshace sin ruido, que es como se deshacen las cosas de verdad.
Marga y Nando se quedan cerca de mí. Vienen a la peluquería, bajan a Los Alcázares, cenamos alguna noche los tres en mi cocina, hablando poco.
Marga ha empezado a dormir. Se le ha soltado la nuca.
Se lo noto cuando le lavo la cabeza: el trapecio, que era una piedra, ahora es carne otra vez.
Doce años tenía ahí clavado el saco, y se le ha ido en una tarde de placa y verdad.
Chema desaparece de otra manera. No se enfada, no reprocha; se apaga.
Deja de contestar a los mensajes, deja de contar chistes, se lo ve de lejos en Lo Pagán tomándose una caña solo, mirando el agua.
Le mando saludos por Nando. Un día me contesta: "estoy bien, peluquera, es que ya no sé de qué reírme".
Y no le digo nada, porque no hay nada que decir.
Doce años haciendo el gracioso para tapar un agujero, y cuando por fin el agujero queda a la vista, se le acaban los chistes de golpe.
A veces pienso que Chema es el que más ha perdido de todos: se ha quedado sin el papel que lo sostenía.
A Marga la peino la semana siguiente al homenaje.
Se sienta en mi silla, en la peluquería de Los Alcázares, ya lejos de Villa Aurora, y por primera vez en doce años, cuando le hundo los dedos en la nuca, no encuentro la piedra.
Ha desaparecido. La culpa, que se le había hecho hueso, se le soltó el día que dijo la verdad en voz alta.
Le lavo la cabeza despacio y ella cierra los ojos, y las dos sabemos que eso, aunque no lo diga ningún juez, ya es una sentencia: la de haber podido volver a dormir.
De Quique lo sé por el pueblo, que se entera de todo.
Vende su parte de La Manga, los apartamentos, los chiringuitos, la náutica, todo, deprisa y mal, por lo que le den.
Y se va. Nadie sabe adónde. Deja a Reyes con la casa, con los abogados y con el nombre, y desaparece del mapa igual que desapareció de la conversación cada vez que alguien nombraba a Ari.
El hombre que eligió no mirar, mirando ahora para otro lado por última vez.
Y Reyes se queda. Eso es lo que más me cuesta digerir.
Reyes no se esconde, no se va, no se encierra.
La veo un sábado en el mercado de San Javier, comprando fruta, saludando a la gente, con sus gafas de sol y su cesta, tan digna, tan de siempre.
Algunos le retiran la cara. Otros la saludan sin más, porque el dinero, aunque esté salpicado, sigue oliendo a dinero.
Me ve de lejos, entre los puestos, y no baja los ojos.
Me sostiene la mirada un segundo y me sonríe.
Una sonrisa cansada, sin rencor, casi triste.
La sonrisa de quien piensa que a lo mejor pierdo el juicio, a lo mejor lo gano, pero que ella, mientras tanto, sigue teniendo la casa, el apellido y la costumbre del pueblo de perdonar al que invita.
No me tiene miedo. Nunca me lo ha tenido.
Y esa es la parte que no cabe en ninguna denuncia.
———
El agua sigue bajando.
En septiembre, con la sequía apurando lo último, la laguna se retira más que en la memoria de nadie.
Deja al descubierto cosas que llevaban décadas en el fondo: un motor de barca oxidado, una ancla, las bases de piedra de las viejas encañizadas, botellas, el esqueleto de un cochecito de niño.
La cubeta enseña sus vergüenzas después de tantos años tapándolas con agua verde.
Me lo cuenta Ginés por teléfono, una tarde, con su voz seca de salinero.
— Baja tú a la gola, niña — me dice — . A lo hondo. Donde te dije. Que ha salido a secas y hay cosas para ver.
Bajo al amanecer, antes de abrir la peluquería, con las botas de agua y sola.
El fango de la gola, el sitio verdadero, el único hondo de toda esa orilla, está ahora en seco, cuarteado, con los cañizos negros clavados en el barro como dientes viejos.
Camino despacio, mirando el suelo, sin saber bien qué busco.
Y la encuentro.
Medio hundida en el fango gris, entre dos cañizos, donde el agua la enterró hace doce años y donde el agua, al irse, me la devuelve. Una tobillera de plata. Pequeña, de eslabones finos, con una plaquita ovalada. Ennegrecida, comida por la sal, pero entera.
La otra. La que faltaba. La pareja de la que Reyes me dejó sobre el espejo, limpia y reluciente, la que ella guardó doce años como una reliquia.
Esta la guardó la laguna. En el sitio donde Ari se metió a bañarse aquella noche, en lo hondo, donde discutieron, donde una mano no supo parar.
Exactamente donde dijo Ginés que estaban las dos cabezas y la linterna.
No en el pantalán. Nunca en el pantalán.
La saco del barro con dos dedos. Pesa lo que pesa la plata, casi nada. La lavo en el poco agua que queda, salada, tibia, la misma agua que se la llevó y me la trae.
Esto no vale para un juez. Una tobillera en un fango no prueba una mano en un cuello. Los abogados de Cartagena la harían trizas en un minuto. Pero yo no la he sacado del barro para un juez.
———
Se la llevo a Noelia esa misma tarde.
La tengo esperándome en la peluquería, que ha cerrado por hoy, con Fina barriendo pelo del suelo al fondo.
Le pongo las dos tobilleras en la palma de la mano, juntas por primera vez en doce años: la que guardó la asesina y la que guardó la laguna.
La reluciente y la negra. La pareja de Ari, que las llevaba siempre, una en cada tobillo, hasta para bañarse.
Noelia las mira. Cierra la mano alrededor. No llora, ella tampoco, pero se queda mucho rato con el puño cerrado contra el pecho, respirando despacio.
— Mi madre le reñía siempre por esto — dice al fin, abriendo la mano para mirarlas — .
"Ariadna, que un día se te van a enganchar en un cañizo y te van a dar un disgusto.
" — Le tiembla la voz, la primera vez que se la oigo temblar — .
Y mira. Tenía razón mi madre. Se le enganchó una en un cañizo.
Y le dio el disgusto a todos menos a la que se lo dio.
Cierra otra vez el puño. Respira hondo y se guarda dentro lo que le sube a la garganta.
— Ya las tiene las dos.
Se levanta para irse. En la puerta se para, se gira, y me busca la cara.
— Gracias, Vera. Por todo. Por no callarte. No sé cómo...
— No me des las gracias — le digo.
Y me sale sin pensar, de un sitio nuevo, y me doy cuenta al oírme de lo que acabo de hacer.
Cuarenta años dando las gracias por lo que me daban, cobrando en gratitud la pertenencia, agachando la cabeza ante los de arriba.
Y ahora tampoco quiero que me las den a mí.
Lo que hice era lo justo, sin más, y por lo justo no se dan las gracias.
Noelia asiente, se guarda las tobilleras en el bolsillo, y se va hacia el coche con la espalda recta de su hermana.
Por primera vez en veinte años, cierro la peluquería sin darle las gracias a nadie.