La Peluquera El homenaje
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El homenaje

Los peino a todos esa mañana. A todos.

Es lo último que hago como la de siempre, y lo hago bien, porque es lo único que sé hacer bien y porque quiero tener las manos firmes cuando llegue la hora.

A Marga le recojo el pelo para la iglesia y le noto la nuca menos dura que en un mes; ha dormido, por fin, sabiendo lo que va a pasar.

A Noelia le hago la raya en medio, como a Ari.

A Reyes, cuando se sienta en mi silla y me pide que le retoque el moño, se lo retoco.

Le hundo los dedos en el pelo por última vez.

Tiene la coronilla de piedra, tensa hasta arriba.

Hoy miente entera, de la cabeza a los pies, vestida de luto amable para enterrar a la amiga que mató.

No le digo nada. Le clavo las horquillas. Le doy laca. Está guapísima.

———

La misa es en la iglesia de Los Alcázares, a las doce, con el pueblo entero.

Hace calor hasta dentro de la iglesia, con las puertas abiertas de par en par y las mujeres abanicándose con las estampas del recordatorio.

En la estampa está la cara de Ari, la de siempre, la de las fotos, treinta años para siempre, riéndose de algo que ya nadie recuerda.

El cura habla de Ari, a la que no conoció, con palabras prestadas de las que valen para cualquier muerto.

Habla de la memoria, del descanso, de que el Señor recoge a los suyos.

Yo lo escucho desde el tercer banco, con Alba al lado, y pienso que dentro de una hora, a pie del agua, voy a hacer justo lo contrario que el cura: en vez de palabras bonitas para tapar una muerte, palabras exactas para destaparla.

Noelia está en primera fila, recta, sola, la última de los Segado.

Detrás, el grupo. Todos de negro. Reyes en el centro, sosteniéndonos a todos con la mirada, repartiendo pañuelos, apretando manos, tan entera, tan pendiente de que a nadie le falte un abrazo.

Nadie llora en un entierro como llora la que mató, si de verdad se ha convencido de que quería al muerto.

Después bajamos a la orilla. A pie de la laguna verde han puesto la placa sobre su pie de granito, tapada con una tela, y las sillas blancas en semicírculo sobre el jardín seco, y el micrófono. Hace un calor que dobla el aire sobre el agua. Huele a alga podrida y a flores de tanatorio.

Se sientan todos. La familia política, los vecinos, Toñi la del chiringuito, Ginés al fondo con su camisa buena y su gorra en la mano.

Alba a mi lado, con su vestido nuevo, sin saber nada, mirándolo todo con esos ojos de dieciséis años.

Quique, gris, en el borde de su silla, dándole vueltas al reloj en la muñeca.

Reyes se levanta. Va hasta el micrófono con un papel doblado en la mano. Sonríe a la gente, esa sonrisa que hace que todo el mundo se sienta querido, y respira para empezar.

— Amigos. Familia. Hace doce años que el Mar Menor se llevó a la mejor de todos nosotros...

Y yo me levanto.

———

No sé de dónde saco el cuerpo. Llevo cuarenta años levantándome tarde, pidiendo permiso, dando las gracias por el sitio que me dejaban.

Toda mi vida ha sido esperar a que hablaran los otros, los que tenían estudios, dinero, apellido, y asentir después.

La peluquera no interrumpe. La peluquera escucha, peina y cobra.

Y me levanto la primera vez sin permiso de nadie, con el vestido pegado a la espalda por el sudor, y camino por el pasillo de sillas blancas hasta ponerme al lado de Reyes, delante de la placa tapada, de cara a toda la gente.

Noto a Alba tirarme del vestido, un "mamá, ¿qué haces?

" que no llego a oír entero. Sigo andando. Los pies me llevan solos.

— Perdona, Reyes — digo, y le quito el micrófono de la mano, despacio, sin tirón — . Déjame a mí. Yo la conocí más.

Se hace un silencio raro. La gente no entiende. Reyes me mira, y por un segundo se le ve algo por debajo de la cara, algo antiguo, y luego vuelve a sonreír, porque no sabe hacer otra cosa.

No grito. No hace falta. Llevo veinte años hablándole a esta comarca en voz baja, con las manos en su pelo, y esta comarca me conoce la voz. La peluquera. La que peinó vuestras bodas y vuestros muertos. Cuando yo hablo bajo, la gente se calla para oírme.

— Me llamo Vera Salinas — digo — . Casi todos me conocéis.

Os he peinado a casi todos. Y a Ari también la peiné, muchas veces, porque era mi amiga.

La única de este grupo que me trataba de igual a igual, las dos hijas de pobre, las dos que fregábamos apartamentos de verano cuando estos ya tenían chalé.

— Miro a Noelia — . Voy a contar cómo murió tu hermana, Noelia.

La verdad. Aquí, delante de su placa, que es donde toca decirla.

———

Lo cuento quieto. Como se cuenta lo grave. Sin adornos, sin dedos que señalen, sin subir la voz ni una vez.

Cuento el agua. Que baja cada año, que este verano ha dejado el pantalán en seco, y que en ese pantalán, donde durante doce años hemos dicho que Ari se dio su último baño, no cubre.

No cubre ni por la cintura. Que soy hija de salinero y que ahí no se ahoga nadie de pie, ni borracho, ni de noche.

Que el cuerpo de Ari apareció en la gola de la encañizada, en lo hondo, enredada en los cañizos.

Nunca en el pantalán. Nunca donde llevamos doce años poniéndola.

Que eso lo sabe todo el pueblo viejo y no lo dice nadie.

Cuento el dinero. Que en 2013 desapareció el fondo común de esta casa y se mordieron las cuentas del astillero de Pepe Segado, que llevaba Ari.

Que ese año Quique, arruinado en silencio, resucitó sin que nadie preguntara cómo.

Que quien administraba los dos dineros que se esfumaron era la misma persona.

Que Ari lo cuadró a mediados de julio, lo descubrió, y le dio de plazo hasta el día siguiente para que lo contara ella misma.

— Y no hubo día siguiente — digo.

Nadie respira. Solo se oye el agua, muy floja, lamiendo el fango allá abajo.

Cuento lo que vio Ginés aquella madrugada: una linterna y dos cabezas en la gola, en lo hondo, cuando ya no se bañaba nadie. Que lo dijo entonces y lo mandaron callar, "que venías del vino de las fiestas, Ginés". Ginés, al fondo, baja la cabeza y aprieta la gorra entre las manos.

Y noto cómo se mueve el pueblo mientras hablo.

Los veraneantes están tiesos en sus sillas, sin entender qué pasa.

Pero el pueblo viejo sí entiende: los del muelle, los de la lonja, los que saben desde hace doce años lo que nadie decía.

Toñi la del chiringuito baja la cabeza despacio, con la boca apretada.

Dos pescadores mayores se miran de reojo.

La gente de aquí lo sabía. Lo llevaba sabiendo desde el principio, como se saben las cosas en un pueblo pequeño: sin pruebas, sin querer, por lo bajo.

Yo solo estoy poniendo en voz alta, delante de la placa, lo que la comarca entera llevaba doce años murmurando en las cocinas.

Y cuento lo que vio Marga.

———

Marga se levanta antes de que yo la nombre. Se pone de pie entre las sillas blancas, blanca ella también, con Nando agarrándole la mano, y habla con su voz de frases cortas y culpables.

— Yo los vi discutir — dice — . A Ari y a Reyes.

En la orilla, junto a los cañizos. Aquella noche.

Y vi salir a Reyes sola del agua, tarde, empapada, temblando.

Y decir que Ari se había ido a dormir enfadada.

— Se le rompe la voz — . Y me callé doce años.

Que Dios me perdone. Y que me perdones tú, Noelia.

Y entonces Chema, que no bebe hoy, que está sobrio por primera vez en un homenaje, se pone de pie también.

— Y yo nunca vi a Ari en ningún pantalán — dice, y por una vez no hay ni rastro de broma en él — . Estaba borracho. No vi nada. Me lo dijeron y lo firmé. Doce años tapando con mi borrachera lo que no vi. Se acabó. Yo no vi nada.

Los tres de pie. La gente empieza a mirar hacia el centro. Hacia Reyes.

Reyes no chilla.

Eso es lo que nadie olvidará de este día: que no chilló.

No negó a gritos, no lloró, no montó una escena.

Se quedó sentada en su silla blanca, muy recta, con el papel doblado todavía en la mano, la barbilla alta, sosteniendo la mirada de toda esa gente con la misma dignidad con la que ha sostenido este grupo treinta años.

Y luego, despacio, sin que ella quiera, el cuerpo la traiciona.

Se le caen los hombros. Dos centímetros.

Dos centímetros que yo llevaba un mes esperando ver caer, desde la primera vez que le noté la coronilla de piedra bajo los dedos.

Se le desarma el cuerpo educadísimo. Se le vacía la cara de sostener.

Por debajo del luto amable asoma, por fin, una mujer muy cansada de aguantar de pie algo demasiado pesado durante demasiados años.

No dice que es mentira. No dice nada. Y ese silencio, delante de todo el pueblo, es lo más parecido a la verdad que va a decir en mucho tiempo.

———

Quique se levanta el último. Está gris, del color del granito de la placa. Mira a su mujer. Y hace la única pregunta que le queda dentro, la que lleva doce años sin atreverse a hacer, con una voz de niño perdido que no le pega nada a su cuerpo grande.

— Reyes — dice — . El dinero. El que nos salvó. El que me salvó a mí. — Traga — . Fue para mí, ¿verdad?

Reyes no contesta.

Y el silencio de ella contesta por los dos.

Se lo veo en la cara a Quique: cómo se le cae encima, de golpe, todo lo que eligió no preguntar durante doce años.

Lo que intuyó. Lo que supo. El precio que sabía que tenía su salvación y por el que decidió no preguntar el recibo.

Se sienta otra vez, despacio, como un hombre al que le acaban de quitar el suelo, y se tapa la boca con la mano, y no vuelve a hablar.

Y a Quique, que se ha pasado el verano tapando cada silencio con música y con hielo y con "otra cervecita, hombre", se le acaban de golpe las ganas de hacer ruido.

Por primera vez en doce años no corre a poner una canción para que no oigamos lo que no se dice.

Se queda quieto, callado, oyéndolo todo, que es lo único que nunca quiso hacer.

Noelia mira a Reyes. No hay odio en su cara, y eso es lo que la hace terrible. Solo hay una pregunta que no llega a hacer, la de por qué, la de qué valía más que la vida de su hermana. Reyes no le sostiene la mirada. Es a la única a la que no puede mirar.

No baja ninguna sirena. No hay esposas, ni gritos, ni nadie que se lleve a nadie.

La Guardia Civil no aparece a pie de laguna a resolver nada.

Eso empezará mañana, o el mes que viene, o dentro de doce años más: los abogados, las denuncias, los juzgados, el tiempo lento y sucio de la justicia de verdad, que no se parece en nada a la de las películas.

Aquí, ahora, solo hay una placa tapada, un grupo de gente de negro sudando bajo el sol, y una verdad dicha en voz baja a pie del agua verde.

Se levanta gente. Algunos veraneantes recogen sus cosas y se van, incómodos, sin saber dónde meterse, murmurando que esto es una vergüenza, que cómo se le hace esto a una familia el día del homenaje.

Otros se quedan clavados en la silla. Alba me busca con los ojos desde su sitio, pálida, y yo le sostengo la mirada y no aparto la mía, porque quiero que lo vea, quiero que mi hija vea de una vez cómo se dice una verdad de frente y lo que cuesta.

Noelia se levanta. No mira a Reyes. Va hasta la placa, tranquila, con esos pasos exactos de su hermana.

Tira de la tela y la descubre: el bronce con el nombre de su hermana, ARIADNA SEGADO ROS, y las fechas, y la laguna detrás.

El metal brilla nuevo bajo el sol de julio.

Noelia pone la mano abierta sobre él, que estará ardiendo, y la deja ahí, sin quitarla, aunque queme.

— Ya está dicho — dice. Nada más.

Y por primera vez en doce años, todo el grupo, en vez de sentarse de espaldas al agua verde para no verla, se queda mirando la laguna de frente.