Un día
— Ven, Vera. Baja conmigo un rato. De mujer a mujer, como siempre.
Es el atardecer de la víspera. A lo lejos, delante de la casa, los de la funeraria montan la placa sobre su pie de granito y unos chicos del catering colocan sillas blancas en el jardín reseco.
Suena un martillo. Alguien prueba un micrófono, dice "uno, uno", se ríe.
El homenaje se arma solo, pieza a pieza, para mañana.
Reyes me lleva del brazo, sin apretar, cariñosa como siempre, hacia el otro lado, lejos del ruido.
Hacia el sur. Hacia donde la orilla se ha quedado en seco y el fango agrietado se extiende gris hasta el filo del agua, que está lejísimos, más lejos que nunca.
Al fondo, los cañizos negros de la encañizada clavados en el barro. La gola. Lo hondo.
Caminamos por el fango duro. Ella lleva sandalias buenas y no se mancha; sabe pisar donde no se hunde. Yo llevo las alpargatas de siempre.
Y según andamos, voy sabiendo adónde me lleva.
No hacia el pantalán, donde el fango es firme y bajo, donde durante doce años dijimos que se dio Ari su último baño.
Hacia la gola. Hacia los cañizos negros.
Hacia el único sitio de toda esta orilla donde el agua, incluso ahora, incluso en seco, guarda un pozo hondo entre el barro.
El sitio del que mi padre me apartaba de niña tirándome del brazo.
"De ahí no te acerques, Verica, que ahí tira.
" El sitio donde apareció Ari. Reyes camina hacia allí despacio, del brazo mío, charlando de lo bonita que era la laguna, y me lleva al lugar exacto sin decir su nombre.
— Qué bonito era esto — dice, mirando la laguna que se ha ido — . ¿Te acuerdas de cuando llegaba el agua hasta el porche en marea alta? Ahora está allí, a saber dónde. Se retira. Como si quisiera enseñarnos el fondo.
— Enseñarnos el fondo — repito.
Nos paramos cuando ya no se oye el martillo. Solo el zumbido de los mosquitos y el olor espeso del alga muerta. El sol se va detrás de La Manga y todo se vuelve del color del cobre viejo.
Reyes se cruza de brazos. Mira el agua lejana. Y empieza a hablar sin mirarme, con la voz baja, dulce, midiendo, como quien cuenta un cuento que le pasó a otra.
———
— ¿Tú sabes lo que es — dice — caer? Caer de verdad, quiero decir. Haber sido la que triunfó, la que todos miraban, y de repente verte en el fondo. Sin nada. Y encima teniendo que fingir que sigues arriba, que todo va bien, que la casa, que las vacaciones, que la vida de siempre.
No digo nada. He aprendido, en veinte años de silla, que a la gente hay que dejarla llegar sola.
— Yo no lo sé — dice, y sonríe a la nada — .
Yo hablo por hablar. Pero imagínate. Imagínate que a una se le hunde el marido.
Que lo del ladrillo se lo lleva todo por delante y él se viene abajo, y se esconde, y ya no es el que era.
Y que una lo ve morirse de vergüenza cada mañana.
— Traga — . Imagínate que una tiene delante un dinero.
Un fondo. Unas cuentas que lleva de favor.
Y piensa: lo cojo prestado. Solo hasta que remontemos.
Lo devuelvo antes de que nadie se entere.
Nadie sufre. Y de paso salvo a mi marido, y salvo la cara delante de todos, y todo sigue igual de bonito.
El sol le da en el perfil. No hay pena de teatro en su cara. Hay algo más viejo y más cansado que la pena.
— Una lo cogería pensando en devolverlo — dice — . Te lo juro que sí. Pensando en devolverlo.
— Pero no lo devolviste — digo. Muy bajo.
Ella no corrige el "devolviste". Ni parpadea. Ese hilito de tiempo que se le escapa —del "una" al "tú", del condicional al pasado— es lo más cerca que va a estar de decirlo.
— No dio tiempo — dice.
———
Y entonces hago lo que hago desde hace veinte años sin pensarlo.
Reyes tiene un mechón suelto pegado a la sien con el sudor, y yo alargo la mano y se lo aparto, se lo llevo detrás de la oreja, un gesto de peluquera, de amiga, de las mil veces que la he tocado.
Mis dedos le rozan la sien, el nacimiento del pelo, la coronilla.
Y por primera vez en un mes, no se le pone de piedra.
Está blanda. Tibia. Rendida. El cuero cabelludo de Reyes, que se le convierte en roca cada vez que miente, ahora mismo, diciendo esto, está tan flojo como el de Noelia en el lavacabezas. Como el de cualquiera que por fin dice la verdad y el cuerpo lo agradece.
Aparto la mano despacio.
— Ari lo descubrió — digo.
— Ari lo cuadraba todo. — La voz se le pone fina — . Era buena con los números, la pobre. Demasiado buena. Me dio hasta el día siguiente. Que lo contara yo. "Reyes, mañana lo dices tú delante de todos o lo digo yo." Así. Sin gritar. Ari nunca gritaba. Era peor que si gritara.
Se calla. Los mosquitos zumban. El agua está negra allá al fondo, en la gola.
— Esa noche una no baja al agua a hacerle nada a nadie — dice, y ya no sé si el "una" soy yo o es ella o es cualquier mujer del mundo — .
Una baja a hablar. A pedirle tiempo. A decirle: espera, Ari, dame un año y lo arreglo, no me hagas esto delante de todos, no me quites lo único que me queda, que es la cara.
Y la otra que no. Que mañana. Que ya está decidido.
— Le baja la voz un punto — . Y estábamos en el agua, en lo hondo, discutiendo.
Y ella hacía pie y yo casi no. Y en un momento la cogí.
Del brazo, para que me escuchara. Solo para que me escuchara.
El silencio se estira. No la interrumpo. No respiro apenas.
— El agua estaba negra — dice — . No se veía nada. Y una la sujeta un momento, para que pare, para que se calle un segundo y me escuche. Un momento. — Cierra los ojos — . Y no supe parar. No supe. Cuando quise... ya. Ya estaba.
Lo dice sin lágrimas. Lo dice como se dice lo que se ha dicho mil veces por dentro y ninguna por fuera. Y es peor que cualquier grito.
Y yo, que llevo un mes queriendo oír esto, ahora que lo oigo no siento el triunfo que me imaginaba.
Siento una pena honda, sucia, de la que no se lava.
Porque he peinado a esta mujer cada mes durante veinte años.
Le he hecho las mechas para su boda, para el bautizo de Mateo, para cien fiestas.
Le conozco el cráneo mejor que ella. Y saber que estas mismas manos que la peinan sujetaron a Ari bajo el agua negra hasta que dejó de moverse, saberlo por su propia boca, a dos metros del sitio donde pasó, no me da alegría ninguna.
Me da ganas de sentarme en el fango y no levantarme.
Pienso en Ari. En que la última noche quiso contarme algo gordo y yo estaba reventada de peinar y le dije mañana. Mañana, Ari. Y no hubo mañana ni para ella ni para lo que quería contarme, que era esto, era esto exactamente. Doce años he cargado con ese mañana. Ahora sé lo que me iba a decir.
———
Se queda mucho rato mirando el agua. Luego se gira hacia mí y vuelve a ser la de siempre, la cálida, la que organiza, la que resuelve. Se le seca la voz de la confesión y le vuelve la de terciopelo.
— Y ahora tú y yo tenemos que decidir qué hacemos con esto, Vera. Las dos. Juntas.
— No hay nada que decidir, Reyes.
— Claro que lo hay. — Me coge las dos manos — .
Escúchame bien, que te quiero. Si tú mañana te levantas delante de la placa y dices esto, ¿qué consigues?
Nada. A Ari no la resucitas. A Noelia le rompes lo poco que tiene, que es una hermana muerta en paz.
Al grupo lo destrozas. A mis hijos les hundes la vida.
Y a ti, ¿qué te dan? Nada. Ni un euro. Ni las gracias.
Te quedas sola, con tu peluquería, señalada en todo el pueblo como la que reventó a la familia.
— Me aprieta las manos — . En cambio. En cambio, si esto se queda entre tú y yo, como se ha quedado siempre todo...
Alba tiene su carrera pagada. Tú tienes la vejez resuelta.
El grupo sigue. Los muertos siguen en paz.
Y tú y yo seguimos siendo lo que somos, las dos que sostienen esto.
Le miro las manos que aprietan las mías. Y le miro la cara. Y sin querer, por reflejo, le busco otra vez la coronilla con los ojos.
No hace falta que la toque. Sé que ahora la tiene de piedra. En esto que me está diciendo —"por el bien de todos", "los muertos en paz", "juntas"— ahí está mintiendo. La verdad era lo de antes. Esto de ahora es la correa.
— No, Reyes — digo.
Le suelto las manos.
———
Se le queda la sonrisa un segundo de más.
Y entonces, sin dejar de sonreír, da un paso.
Un paso pequeño, de nada. Pero se coloca entre el camino de vuelta y yo.
A mi espalda queda el fango blando, la orilla en seco, la gola con sus cañizos negros y el agua honda al fondo.
Delante, ella. Y detrás de ella, allá arriba, las lucecitas del homenaje que se arma para mañana.
— Ten cuidado al volver — dice, dulce, señalando el suelo con la barbilla — . Por aquí el fango engaña. Parece duro y de repente te hundes hasta la rodilla. Este barro traga, Vera. Pisa donde piso yo.
El sol ya no está. La laguna es una lámina negra. Estamos las dos solas en el sitio donde murió Ari, y yo tengo en el bolsillo del delantal la tobillera de plata que ella me dejó, calentándome contra el muslo, y no hay nadie que sepa que estoy aquí.
Nadie, menos Fina. A las once tengo que llamarla.
Miro de reojo el reloj: las diez y cuarto.
Falta mucho. Si algo me pasara ahora, en este barro, nadie lo sabría hasta bien pasada la medianoche, y para entonces el fango de la gola ya se habría tragado lo que se tuviera que tragar.
Reyes lo sabe también. Reyes conoce el protocolo de mi cara sin conocerlo: me ha visto encerrarme en el coche a llamar por teléfono, me ha visto guardar papeles bajo una toalla.
Sabe que sé. Y ahora estamos las dos en el sitio hondo, ella entre el camino y yo, con la voz más dulce del mundo.
Ojalá tuviera delante un cuchillo. Un cuchillo se ve venir. Lo que tengo delante es una mujer que me quiere de verdad y que, si hiciera falta, me ahogaría de verdad, y las dos cosas caben dentro de ella sin que se le rompa nada.
No me muevo. Ella tampoco.
— Vera — empieza otra vez, más bajo — . Piénsalo bien. Todavía estás a...
— ¡Vera!
La voz baja desde el porche, rasgando el aire quieto. Es Marga. Está en lo alto de las tablas del pantalán con un farol de gas en la mano, la luz temblándole, mirando hacia nosotras en la oscuridad, plantada allí como quien monta guardia.
— ¡Veraaa! ¡Que te llama tu hija por teléfono! ¡Que subas!
No me llama Alba. Alba está durmiendo. Marga ha bajado a por mí con un farol en la mano y una mentira en la boca, y se ha quedado en alto, a la vista, para que Reyes la vea. Testigo en alto. Luz encendida sobre el sitio negro.
Reyes mira hacia el farol. Se le va la sonrisa. Y luego, despacio, se aparta. Deja el camino libre.
— Anda, sube, mujer — dice, y su voz vuelve a ser la de todos los veranos — . Que las hijas no esperan.
Paso por su lado. Piso el fango duro, el que conozco, el que mi padre me enseñó, y no me hundo. Subo hacia el farol de Marga sin correr, sin mirar atrás, con la plata de Ari golpeándome el muslo a cada paso.
Ya lo sé todo. No con papeles, no con extractos, no con lo que vio un viejo ni con lo que enterró una amiga. Lo sé con palabras. Con su boca. Con su coronilla blanda bajo mis dedos mientras lo decía.
Mañana hay que decirlo delante de la placa.