Dos días
Marga quiere emboscarla. Me lo suelta al amanecer, en el pantalán, con la voz baja y los ojos de quien lleva dos noches sin pegar ojo.
— Se me ha ocurrido una cosa — dice — . La noche antes del homenaje, cuando estemos todos, le decimos que salga a hablar con nosotros a la orilla.
Los cuatro. Y Chema graba con el móvil desde el bolsillo.
La apretamos, la hacemos hablar, y lo tenemos.
Grabado. Y al día siguiente, cuando lo niegue delante de la placa, le ponemos el audio.
Me lo dice deprisa, con esa esperanza fea que da la desesperación. Y yo, que hace un mes habría dicho que sí a cualquier cosa que dijera cualquiera con más peso que yo, la miro y le digo que no.
— No, Marga.
— ¿Cómo que no? Es lo único que...
— No. — Y me sale firme, de un sitio del pecho donde no sabía que tenía voz — . Escúchame. Nada de grabaciones. Nada de apretarla en la orilla de noche entre cuatro. Nada de trampas.
Marga me mira sin entender. Yo tampoco me entiendo del todo, pero lo sé con una claridad que no había tenido nunca.
— Si le montamos una encerrona — le digo — , si sacamos un audio grabado a escondidas, ¿sabes lo que va a pasar?
Que sus abogados de Cartagena lo van a hacer trizas en dos días.
"Coacción." "Grabación ilícita." "Una peluquera resentida y un borracho con rencores.
" Y encima nos convertimos en lo que es ella: gente que hace las cosas por la espalda, en la oscuridad, tapando.
— Me paro un segundo — . Yo no quiero ganarle a Reyes jugando a ser Reyes. Prefiero perder de cara.
— ¿Entonces qué hacemos? — Marga tiene la voz rota — . ¿Nos quedamos de brazos cruzados?
— No. — Miro el agua verde, quieta, que baja un dedo cada día — .
Lo hacemos a la luz. El dieciocho, delante de la placa, delante de Noelia y del cura y de todo el pueblo, lo digo yo, con lo que tengo, que no es poco.
Tú corroboras lo que viste, si te ves con fuerzas.
Chema retira lo del pantalán. Y ya está.
Sin trampas. Sin audios. La verdad puesta encima de la mesa a la luz del sol, que es donde más quema.
— ¿Y si lo niega? — dice Marga — . ¿Y si se levanta delante de todos y dice que estamos locos, que es rencor, que nos ha ayudado toda la vida y así se lo pagamos? Sabes que lo va a hacer. Y la van a creer.
— A lo mejor — le digo — . A lo mejor la creen.
Yo no puedo prometerte que ganemos, Marga.
No te lo voy a prometer para convencerte.
Lo único que te prometo es que lo vamos a decir.
Y que el que quiera seguir dándole las gracias a Reyes después, que se las dé, pero sabiendo.
Eso es lo que está en mi mano. Lo demás no.
Marga se abraza los codos. La laguna huele fuerte esta mañana, a alga podrida, a pescado que se pudre en la orilla, ese olor que ya es el olor del Mar Menor y que hace diez años no estaba.
———
Es la primera vez en mi vida que le llevo la contraria a alguien y no me disculpo después. Lo noto raro en el cuerpo, como cuando te quitas un zapato que te apretaba y el pie no sabe todavía cómo pisar sin dolor.
Le pongo las reglas a Marga una por una, con la calma con la que le explico a una clienta que ese flequillo no le va a favorecer, diga lo que diga la revista.
— Y otra cosa — le digo — . Quien no quiera estar, que se vaya antes.
Si Nando prefiere no ver esto, que se lleve a Marga a Los Alcázares mañana y no baje.
Si tú te arrepientes, Marga, me lo dices esta noche y yo lo hago sola, y no pasa nada, y seguimos siendo amigas.
Nadie va obligado a esto. Pero yo voy a ir.
Con vosotros o sin vosotros. Eso no se negocia.
Marga me mira mucho rato. Al final cede.
— Estás distinta, Vera — dice — . Este verano estás distinta.
— Estoy igual — le digo — . Solo que he dejado de dar las gracias por todo.
Y es verdad que estoy distinta, y lo noto sobre todo en esto: en que se me ha quitado el reflejo de agachar la cabeza.
Llevo cuarenta años agachándola. Ante las clientas de postín que me trataban de "chica" con cincuenta tacos.
Ante los padres de Juanjo, que nunca me vieron bastante para su hijo.
Ante este grupo, que me quería siempre que yo me supiera invitada.
Agachar la cabeza me salía solo, como respirar.
Y este verano, no sé en qué momento, he dejado de hacerlo.
A lo mejor fue el día que medí el fango con el palo de la fregona y supe una cosa que ellos no sabían.
Saber algo que los de arriba no saben te endereza el cuello. Es la primera vez que me pasa.
Esa tarde llamo a Fina. Me encierro en el coche, con las ventanillas subidas y el bochorno cociéndome, para que nadie oiga. Repasamos el protocolo por tercera vez, como dos viejas maniáticas, porque las viejas maniáticas somos las que sobrevivimos.
— Te llamo cada noche a las once — le digo — . Si una noche no llamo, o si te llamo y digo cualquier tontería con la palabra "peluquería" metida donde no toca, tú avisas. Bajas a la Guardia Civil a Villa Aurora. ¿Lo tienes?
— Lo tengo escrito en la nevera, hija, como la lista de la compra — dice Fina — . Y las copias de tus papeles están en la caja fuerte de la trastienda, con lo de las escrituras. Ahí no las coge nadie sin dinamita. — Hace una pausa — . Vera, esto que estás haciendo. ¿Estás segura?
Miro por el parabrisas la casa, el porche, la buganvilla, las cabezas conocidas moviéndose al fondo bajo la luz de la tarde.
— No — le digo — . Segura no estoy de nada. Pero de callarme otros doce años, de eso sí que estoy segura de que no.
— Pues entonces vamos p'alante — dice Fina, que cuando algo la asusta se pone más bruta para tapar el susto — . Y una cosa, Vera. La niña. Alba. ¿No la subes a Los Alcázares estos días?
Miro hacia la casa. Alba está en el porche, riéndose con Mateo, el hijo de Reyes, los dos con el móvil, ajenos a todo.
— No puedo — le digo — . Si la subo de repente, dos días antes del homenaje, Reyes lo va a oler. Se va a dar cuenta de que sé algo. La niña se queda, hace vida normal, y yo no la pierdo de vista ni un minuto. Es lo más seguro. Que todo parezca normal hasta el último momento.
Fina se calla. Sabe que tengo razón y no le gusta, que es como me pasa a mí.
———
Cierro el cuarto de plancha la última, como siempre.
Recojo los rulos, apago el secador de pie, doblo las capas.
El tocador improvisado sobre la tabla de planchar es mi trocito de orden en esta casa que ya no sé de quién es: los peines por tamaños, las tijeras en su funda, la laca, el peine de cola, el espejo de mano boca abajo.
Y encima del espejo hay algo que yo no he puesto.
Una tobillera de plata. Fina, de eslabones pequeños, con una plaquita ovalada. Limpia. Reluciente, recién pulida, sin una sombra de negro en las junturas, brillando bajo la bombilla con un lustre de joyería.
La conozco. La he visto en cincuenta fotos de esa pared. Ari las llevaba siempre, una en cada tobillo, hasta para bañarse, y su madre le reñía que un día se le engancharían en algo. Es de Ari. Es una de las dos de Ari.
La cojo. Pesa lo que pesa la plata, casi nada, y a mí me pesa en la palma como una piedra. Debajo, doblado en cuatro, hay un papel. Lo abro con dos dedos, con cuidado, como se abre algo que puede morder.
La letra redonda de Reyes. Tres líneas.
"Vera: se ha caído de una de las cajas de Noelia, con el trajín. La he encontrado yo. Guárdatela tú, anda, que la vas a cuidar mejor que nadie. Tú siempre cuidas las cosas de todos."
Me quedo de pie en el cuarto de plancha con la tobillera en una mano y el papel en la otra y la bombilla zumbando encima.
Se ha caído de una caja. Con el trajín. La ha encontrado ella.
Pero yo he abierto esas cajas con Noelia. Papel a papel, foto a foto. Ahí no había ninguna tobillera. Ahí no había plata. Ahí había extractos, facturas, el libro de cuentas del astillero y una nota que decía "hablar con R.".
Esta tobillera lleva doce años en otro sitio. En un cajón, en un joyero, en la mano de alguien que la sacaba de noche para mirarla. Está demasiado limpia para venir de una caja de cartón. Alguien la ha pulido. Alguien la ha guardado como se guarda una reliquia o un pecado.
Y me la imagino. Me imagino a Reyes, en estos doce años de generosidad y de cumpleaños y de fiestas, teniendo esta tobillera guardada en algún sitio de su casa, sacándola alguna noche cuando Quique dormía, pasándole un paño, mirándola.
La pulserita de plata que Ari llevaba en el tobillo la última noche de su vida.
Una de las dos. La otra se quedó en el agua, seguro, en el fango de la gola, donde se le engancharía en un cañizo justo como su madre le decía.
Y esta, esta se la quedó ella. No sé cómo.
No sé si se le enredó en la mano en el agua negra o si se la quitó después, del cuerpo, cuando lo movieron.
No quiero saberlo. Pero se la quedó, y la ha guardado doce años, la asesina más cariñosa del mundo, como quien guarda un mechón de pelo de un muerto querido.
Y ahora me la pone a mí sobre el espejo, la víspera de la víspera, con una nota dulce.
No sé qué es. No sé si es una amenaza —mira lo que tengo, mira lo cerca que estuve de ella.
No sé si es un chantaje de los suyos —te la doy para atarte, para que seas tú también la que guarda, la que calla, la que cuida las cosas de todos.
No sé si es lo único parecido a una confesión que esta mujer sabe hacer: soltar por fin, en manos de la única que la va a entender, la prueba que lleva doce años sin poder tirar.
A lo mejor son las tres cosas a la vez. Con Reyes nunca hay una sola cosa.
Todo lo que hace es cariño y es correa, es regalo y es factura, es querer y es atar, y ella misma ya no sabe separarlo, doce años lleva sin saber separarlo.
Me la deja como me deja la academia de Alba, como me dejó los sobres de dinero en diciembre: dándome algo para que le deba, para que le calle, para tenerme de su lado, que es el lado de los que sostienen el grupo sujetando lo que no se cuenta.
Pero se ha equivocado. Porque esta tobillera, en mi mano, en vez de atarme, me arma. Es de Ari. Y el día del homenaje, a pie de la placa, la voy a llevar en el bolsillo mientras hablo, para acordarme de para quién hablo.
Me la meto en el bolsillo del delantal. Cierro el puño alrededor. La plata se calienta con mi mano hasta que ya no sé si el calor es suyo o mío.
Dos días.