La Peluquera Tres días
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Tres días

Reyes lo huele. Claro que lo huele. Lleva treinta años siendo el alma de este grupo, y el alma de un grupo es la que primero nota cuando algo se ha enfriado dentro de él.

No hace falta que nadie le cuente nada: le basta con ver que Marga no la mira a la cara, que Chema se ríe medio segundo tarde, que yo tengo un mes menos de sonrisa.

Así que cambia. No de humor, que sigue siendo la de siempre, dulce hasta el empacho. Cambia de estrategia, como quien mueve una ficha sin que se le note en la cara.

Toda la mañana me tiene cerca. Que si Vera, ven a ver qué te parecen las flores.

Que si Vera, prueba este vino, que lo he traído para el cáterin.

Que si Vera, siéntate aquí conmigo, a la sombra, que te vas a insolar.

Me pega a ella como el que abraza fuerte al que se le está escapando.

Y a cada rato me toca: el brazo, la mano, un mechón que me coloca detrás de la oreja con dos dedos.

Reyes toca a todo el mundo, siempre lo ha hecho, es su manera de decir que te quiere y su manera de saber dónde estás en cada momento.

Hoy me toca más que nunca. Me tiene fichada como se tiene fichado un peligro.

Después de comer, cuando los demás se echan la siesta y la casa se queda quieta bajo el bochorno, Reyes me busca en el cuarto de plancha.

Estoy recogiendo los rulos, guardando la laca, ordenando el tocador improvisado entre la tabla y los secadores.

Aparece en la puerta con dos vasos de horchata y esa cara suya de "vamos a estar a gusto tú y yo".

— Vera. Deja eso, mujer, que hace un calor que mata. Ven, siéntate un rato conmigo, que no paramos.

Me tiende un vaso. Frío, con el vaho por fuera. Lo cojo porque no cogerlo sería empezar la guerra tres días antes de tiempo, y yo la guerra la quiero el dieciocho, no hoy.

Nos sentamos en las dos sillas viejas del cuartito, con la ventana pequeña dando a la buganvilla reseca y el ruido de las chicharras entrando como una sierra.

Reyes se descalza. Cruza las piernas. Bebe.

Me mira con un cariño que, si yo no supiera lo que sé, me derretiría, porque nadie te mira como te mira Reyes cuando quiere algo de ti.

———

— ¿Sabes lo que estaba pensando esta mañana? — dice — . Que hace veinte años que nos conocemos. Veinte. Desde que viniste a peinarme para la boda de mi prima, ¿te acuerdas? Que llegaste con tu maletín y aquellos nervios, y yo pensé: esta chica tiene unas manos de oro y una vergüenza que no la deja.

— Me acuerdo — digo.

— Y mírate. — Me señala con el vaso, orgullosa — .

Tu peluquería, tu casa, tu Alba, que es una preciosidad.

Todo con esas dos manos. Yo te admiro, Vera.

Te admiro de verdad. — Bebe — . Por eso me da tanta pena verte estos días con esa cara de preocupación.

¿Es por dinero? Dímelo con confianza. ¿Va justo el negocio?

Ahí está. En treinta segundos de charla cariñosa ha llegado al dinero.

Es tan buena que casi da gusto verla trabajar.

Yo llevo veinte años viendo a la gente rebajarse en mi silla, contarme sus miserias mientras les tapo las canas, pedirme rebaja con vergüenza a fin de mes.

Y Reyes lo sabe. Sabe que a la gente como yo el dinero no le sobra nunca, que vivimos con la cuerda al cuello aunque sonriamos, que basta un mal invierno para hundir una peluquería de barrio.

Ha ido al dinero porque el dinero es el sitio por donde más fácil se me entra.

Lo sabe igual que yo sé por dónde llora cada clienta.

— El negocio va como siempre — le digo — . Ni bien ni mal. Vamos tirando.

— Vamos tirando. — Chasca la lengua, con lástima — .

Vera, por Dios, que ya tienes cuarenta años y sigues "tirando".

Eso se acaba. Yo te lo digo porque te quiero.

— Se inclina hacia mí, me pone la mano en la rodilla — .

Escúchame una cosa que llevo días pensando.

Lo de la academia de Alba en Murcia. No es solo la academia.

Yo lo que quiero es pagarle la carrera entera.

Lo que ella quiera. Medicina, Derecho, lo que sea. De principio a fin.

Me quedo con la horchata a medio camino.

— Reyes...

— Déjame acabar. — Me aprieta la rodilla, dulce — .

No es caridad, no me pongas esa cara. Es que yo no tengo hijas.

Tengo a mi Mateo, que es un cielo, pero no tengo una niña a la que darle todo esto.

Y Alba... Alba tiene una cabeza que no la merece pasarse la vida "tirando" como su madre.

Perdona que te lo diga así de claro. — Sonríe — .

Déjame dárselo. A ti no te cuesta nada dejar que la quiera.

Y a mí me hace feliz. ¿Qué hay de malo en eso?

— No hay nada de malo — le digo, despacio — . Es un regalo enorme, Reyes. De verdad.

— Pues ya está.

— Pero los regalos enormes atan mucho. Y yo a mi hija no quiero atarla a nadie.

Se le queda la sonrisa quieta un instante. Solo un instante. Y luego se ríe, suave, y me da una palmadita en la rodilla, como quien le sigue la corriente a una niña cabezota.

— Ay, Vera, qué orgullosa eres. Siempre lo has sido. — Bebe — . Igual que tu padre. Aquel hombre no aceptaba ni un café sin devolverte dos. Y mira, con toda su dignidad, se murió sin un duro en aquella casita de las salinas. La dignidad está muy bien, pero no le paga a nadie la carrera.

Es la primera vez en veinte años que me nombra a mi padre para hacerme daño. Y lo hace con una dulzura que si no la conociera, ni lo notaría.

Miro por la ventana pequeña la buganvilla reseca, los palos secos, y me acuerdo de mi padre de verdad, no del que ella acaba de usar.

De sus manos agrietadas de la sal. De cómo me enseñó a flotar sujetándome la barriga.

De que se murió en aquella casita, sí, sin un duro, pero durmiendo a pierna suelta todas las noches de su vida, que es más de lo que va a poder decir Reyes.

La dignidad no paga carreras. Es verdad.

Pero deja dormir. Y yo, estos últimos días, he descubierto que quiero dormir más de lo que quiero cualquier otra cosa que se compre con dinero.

No se lo digo. Me lo guardo. Le sonrío, cojo el vaso, bebo un trago de horchata que no me sabe a nada.

———

Y lo peor, lo que me revuelve por dentro, es que una parte de todo lo que dice es verdad.

Alba tiene una cabeza que no tengo yo. Alba se merece más que una peluquería en Los Alcázares y una madre que huele a laca y a agua oxigenada entre gente que huele a colonia cara.

Reyes me está ofreciendo, con la mano en mi rodilla y la voz de terciopelo, exactamente lo que yo he querido para mi hija desde que nació.

Y por eso lo ofrece. Porque sabe leerme igual que yo la leo a ella. Sabe que a mí no me compra el miedo. A mí me compra el amor. Me ha calado en veinte años igual que yo la he calado en un mes.

Y me acuerdo, ahí sentada con la horchata sudándome en la mano, de todas las veces que Reyes me ha sacado de un apuro.

La letra del coche que se me juntó con el dentista de Alba.

La fianza del local cuando me cambié de sitio.

Aquel diciembre malo en que no llegaba y apareció ella con un sobre y un "esto no es nada, Vera, ya me lo devolverás cuando puedas", y nunca me dejó devolvérselo, y yo me pasé años agradeciéndolo.

Cada favor de Reyes fue un favor de verdad y fue, a la vez, un eslabón.

Doce años tejiéndome una correa de cariño, hilo a hilo, sin que yo la viera.

Y ahora tira un poco, con mucho amor, para recordarme que la llevo puesta.

— Es muy generoso — le digo, y me obligo a mirarla — . Pero de eso decidimos Alba y yo cuando llegue el momento, Reyes. No hace falta atarlo ahora.

Algo le pasa por la cara. Un segundo nada más. La sonrisa se le queda igual, pero baja medio tono, ese medio tono que le conozco, el que le sale cuando la conversación se le escapa.

— Claro, claro — dice — . Cuando llegue el momento. — Bebe. Deja el vaso en la tabla de planchar, muy despacio, alineándolo con el borde — . Solo digo que a veces las oportunidades pasan una vez, Vera. Y que hay que saber cogerlas cuando se ponen a tiro. Que no vuelven.

Se queda callada un momento, mirando la buganvilla por la ventana pequeña. Y luego, sin cambiar el tono, con la misma dulzura, deja caer lo otro, lo que ha venido a decir de verdad debajo de todo el cariño.

— Oye, y esa pobre Noelia — dice — . La veo muy afectada estos días, muy metida en las cajas de su padre, removiendo papeles viejos.

Me da una pena. Llevar doce años sin cerrar el duelo y venir aquí a reabrirlo todo.

— Me mira — . Tú que estás tanto con ella, Vera, dile que descanse.

Que deje a los muertos donde están. Que no se haga más daño.

Se lo digo por su bien. Que a veces, por remover, una acaba haciéndose sangre donde ya había cicatrizado.

— Se lo diré — miento.

— Eso. Que tú eres la sensata. — Me sonríe — . La sensata y la buena.

Se levanta. Se sacude la falda. Recoge los dos vasos, el mío también, aunque no lo he terminado, y se para en la puerta con ellos en la mano.

La luz de la ventana pequeña le da en la cara y por un instante se le ve la edad, el cansancio de debajo de las mechas, todo lo que se le tensa por dentro para sostener el mundo entero cada día.

— ¿Sabes qué te digo? — Y su voz vuelve a ser dulce, íntima, de secreto entre las dos — .

Que tú y yo nos parecemos más de lo que crees.

Las dos venimos de abajo. Las dos hemos trabajado como bestias para tener lo poco que tenemos.

Y las dos sabemos una cosa que estos — señala con la barbilla hacia el resto de la casa dormida — no han sabido nunca: que un grupo se sostiene porque hay dos o tres que aguantan lo que no se cuenta.

Que callan. Tú y yo somos las que callamos, Vera.

Siempre lo hemos sido. Somos las que sostenemos esto.

Se me seca la garganta. No digo nada.

— No te pases al otro lado ahora — dice, y sonríe, y en la sonrisa no hay ni una amenaza que un juez pudiera escribir en un papel — .

Que ahí no hay nadie esperándote. Aquí estamos todos.

Aquí estás en tu casa. — Levanta un poco los vasos, un brindis pequeño — .

Descansa, anda, que estos días son muy largos y tú te matas a trabajar. Como siempre.

Y se va con los dos vasos, descalza, sin hacer ruido en el pasillo, dejándome sola en el cuarto de plancha con las chicharras serrando fuera y el vaso de horchata que ya no está.