La Peluquera Cuatro días
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Cuatro días

La casa aguanta la fachada mejor de lo que aguantamos nosotros. Eso es lo que más me asombra estos días: que se puede saber todo y seguir pasándose la sal.

Reyes hace la lista de la misa en la mesa del porche, con su letra redonda, tachando y sumando.

Quique ha traído a un hombre de una funeraria de San Javier para lo de la placa y discute con él la peana donde va a ir montada, que si el mármol se pone amarillo con el salitre, que si el granito aguanta más.

Nando pone la sombrilla. Chema hace de Chema delante de los demás, gracioso, como si en la lonja no hubiera pasado nada, y solo yo le veo el esfuerzo, el sudor de la sien que no es de calor.

Somos cuatro que sabemos y tres que no saben que sabemos, y en medio de todos, dándonos de comer y de beber, la que lo empezó.

Reyes lo hace todo con un cuidado que da miedo verlo ahora que sé leerlo.

Ha elegido las flores para la misa, blancas, porque "a Ari le gustaban las margaritas, ¿os acordáis?

". Ha llamado a la hermana de Ari para que "no le falte de nada estos días".

Ha encargado un cáterin para después del homenaje, con las cosas que le gustaban a Ari, michirones y una tarta de limón.

Cuida el luto de la mujer que mató con la misma dedicación con la que cuida todo lo demás.

Y no es teatro. Eso es lo peor. Reyes cree de verdad que quiere a Ari.

Cree que este homenaje es amor. En su cabeza, doce años de generosidad han pagado los pocos segundos de una noche negra, y ella duerme tranquila porque ha hecho las cuentas y le salen.

A media mañana bajo a Noelia al cuarto de plancha.

Le he dicho delante de todos que hay que dejarle el pelo bien para la misa, que una no entierra a su hermana con placa nueva mal peinada, y nadie ha visto nada raro en eso.

Es lo bueno de mi oficio: que soy invisible dentro de él.

La peluquera entra y sale de las casas y de las cabezas de la gente y nadie se pregunta qué oye.

———

Noelia se sienta en la silla y yo le pongo la capa.

Tiene la cara de Ari doce años después, la misma frente ancha, el mismo remolino en la coronilla que se resiste al peine.

Cuando le hundo los dedos en el pelo para mojárselo, se le ablandan los hombros.

A todo el mundo se le ablandan los hombros en el lavacabezas.

Es el único sitio del mundo donde una desconocida te toca la cabeza sin querer nada a cambio, y el cuerpo lo sabe y se rinde.

— Tienes el mismo remolino que tenía tu hermana — le digo, trabajándoselo con las yemas — . No hay peine que lo doblegue. Se lo decía yo a Ari. "Ariadna, este pelo tuyo hace lo que le da la gana." Y ella se reía.

Noelia sonríe al espejo. Es una sonrisa exacta, sin adornos, como todo lo suyo.

— Se parece a ella hasta esto — dice, y se toca la coronilla — . Mi madre decía que teníamos el mismo torbellino en la cabeza y el mismo en el carácter.

Le mojo el pelo entero, le pongo un poco de crema, le paso las yemas por el cuero cabelludo despacio, en círculos, deshaciéndole la tensión que trae de fábrica, la de la sangre, la que traía Ari también.

Hay algo raro en tener entre las manos la cabeza de la hermana de una muerta a la que peiné cientos de veces.

Los cráneos de las familias se parecen. Los remolinos, las entradas, la forma del hueso detrás de la oreja.

Es como volver a tocar a Ari doce años después, con otra piel encima.

Tenía diecinueve años Noelia cuando su hermana apareció en los cañizos.

Diecinueve. Se pasó el entierro pegada a su madre, sin entender nada, y luego se fue a estudiar fuera y no volvió apenas, porque el Mar Menor era el sitio donde se le había muerto la mitad de la sangre.

Sus padres aguantaron aquí unos años más y se murieron los dos, primero Pepe, del astillero, luego Encarna, de pena disimulada de otra cosa.

Y ahora vuelve la última que queda, con treinta y uno, a poner una placa.

A cerrar. Y se sienta en mi silla a que le arregle el pelo la única que la trata, a ella también, de igual a igual.

Le lavo despacio, con el agua tibia corriéndole por el cuero cabelludo, y decido que ha llegado el momento. En esta silla la he tenido cuatro veranos y nunca le he mentido. No voy a empezar ahora.

— Noelia — le digo — . Te voy a contar una cosa mientras te peino. Y quiero que la oigas con la cabeza en mis manos, porque aquí no se puede fingir. Yo te voy a notar en el pelo lo que sientes, aunque tú te lo calles. Así que no hace falta que finjas nada. ¿Vale?

La noto ponerse quieta bajo mis dedos. No tensa. Quieta. Como quien lleva doce años esperando una frase y la oye venir.

— Cuéntame — dice.

Se lo cuento peinándola. Es la única forma que sé de decir las cosas graves: con las manos ocupadas en la cabeza de alguien, para que el cuerpo aguante lo que la cabeza no puede.

Le cuento lo del agua baja y el pantalán en seco donde no cubre.

Le cuento lo que sabe Ginés, las dos cabezas y la linterna en la gola.

Le cuento los papeles de su padre, el fondo común, el dinero que desapareció el año trece, la nota de Ari, "hablar con R.

". Le cuento lo que vio Marga: a Reyes discutiendo con su hermana junto a los cañizos, y a Reyes saliendo sola del agua, tarde, empapada, temblando.

No le digo la palabra. No hace falta. Ella la pone sola.

— Reyes — dice al espejo. Sin pregunta.

— Reyes — digo yo.

———

No llora. Eso es lo que me parte por dentro y lo que me hace respetarla más de lo que he respetado a nadie en esta casa.

No llora. Se le pone la espalda recta en la silla, muy recta, la barbilla arriba, y las manos se le quedan quietas sobre la capa, una encima de otra.

Es la postura de su hermana cuando algo le parecía mal.

La misma. El mismo gesto vivía en el cuerpo de las dos y solo hacía falta el motivo justo para sacarlo.

Le sigo peinando. Le paso el peine de púa ancha por el pelo mojado, línea a línea, porque las manos tienen que seguir haciendo lo que saben mientras el mundo se cae.

— Todos estos años — dice ella, despacio — . El ataúd. La lápida. El ingreso trimestral sin nombre. Mi madre encendiéndole una vela a la Virgen por "la buena persona que nos ayudaba desde el anonimato". — Se le cierra la garganta un instante — . Le estábamos rezando a la que la mató.

— Eso no lo sabes seguro, Noelia. Del dinero anónimo yo no puedo probarte quién lo manda. Lo del ataúd sí. Lo pagó Reyes.

— Da igual quién mande el sobre. — Su voz no sube ni un grado — .

El dinero de esta gente huele todo a lo mismo.

— Me busca en el espejo — . ¿Sabes lo que hacía mi madre con ese dinero, Vera?

Le compraba flores a Ari para el nicho. Con el dinero de la mujer que la mató, mi madre le llevaba flores a mi hermana los domingos.

Y le daba las gracias en voz alta al desconocido bueno que nos ayudaba.

— Se le ponen blancos los nudillos sobre la capa — .

Doce años agradeciendo. ¿Tú qué quieres hacer, Vera?

Fuera, en el porche, se oye a Reyes reírse de algo con Chema.

Una risa clara, contenta, de las que llenan una casa.

Noelia y yo nos quedamos calladas, escuchándola a través de la pared del cuarto de plancha, con el grifo abierto para que el ruido del agua tape lo nuestro.

Esa risa a diez metros, alegre, dueña de todo, es lo que tenemos enfrente.

Ninguna sombra de callejón: una mujer que se ríe en su porche mientras nosotras, encerradas entre secadores y toallas, decidimos si nos atrevemos a quitarle la risa.

Cierro un poco más el grifo. Bajo la voz.

Le explico lo del homenaje. Lo mismo que a Marga y a Nando en el muelle: nada de emboscadas, nada de cuartel a escondidas, nada de reventar la misa como una bomba.

Que el dieciocho, delante de la placa, cuando toque hablar por Ari, lo diga yo con lo que tengo, y que Marga corrobore si puede.

A la luz. Delante de ella. Porque es su hermana y es su derecho, y porque nada de esto tiene sentido si lo hacemos por la espalda.

— Pero eres tú quien decide — le digo — . Es tu hermana. Si tú me dices que me calle, me callo, Noelia. Me subo a Los Alcázares mañana y no vuelvo a bajar. Te lo juro por Alba.

Noelia se queda pensando. Y hace lo que haría su hermana: en vez de dejarse llevar por la rabia, pregunta lo concreto, lo de los números, con la cabeza fría de quien cuadra un balance.

— ¿Y con lo que hay se puede probar? — dice — . Con lo del agua, lo de Ginés, lo de Marga, los papeles. ¿Un juez la condena con eso?

— No lo sé — le digo la verdad — . Lo del dinero está prescrito, ya no se puede tocar.

Lo de la gola es viejo, no hay cuerpo que reabrir, y son testimonios de hace doce años contra los mejores abogados que se pueden pagar.

A lo mejor un juez no la condena nunca, Noelia.

Te lo digo de frente para que no esperes de esto lo que a lo mejor no puede dar.

— Entonces, ¿para qué lo hacemos? — pregunta. Sin reproche. De verdad quiere saberlo.

Le sostengo la mirada en el espejo, con las manos quietas en su pelo.

— Para que se diga — le digo — . Para que deje de ser un secreto que sostiene todo el mundo. Para que la próxima vez que alguien le dé las gracias a Reyes por su bondad, sepa lo que le está agradeciendo. Eso no lo da ningún juez. Eso lo damos nosotras.

Le termino de peinar. Le hago la raya en medio, como la llevaba Ari, y le recojo el pelo mojado detrás de las orejas. En el espejo somos dos: la peluquera con las manos en el pelo y la última de los Segado con la espalda recta.

Noelia se mira un rato largo. Cuando habla, lo hace sin dramatismo, midiendo cada palabra como medía las cuentas su padre.

— No quiero venganza, Vera. — Me sostiene la mirada en el cristal — .

No quiero que la saquen esposada de la misa ni que le rompan la vida a sus hijos ni nada de eso.

He tenido doce años para imaginar venganzas y ninguna me devuelve a mi hermana.

— Aprieta las manos, una vez, sobre la capa — .

Lo único que quiero es que lo diga ella.

Con la boca. Delante de la placa de Ari, delante de todos, que lo diga.

Que por una vez en doce años alguien diga en voz alta lo que pasó.

Lo demás — y aquí sonríe, pero es la sonrisa más triste que le he visto a nadie — , lo demás que lo decidan los jueces, si quieren.

Dentro de otros doce años más, si hace falta. A mí ya me han enseñado a esperar.