La Peluquera Cinco días
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Cinco días

Los cito en la lonja de Lo Pagán a las ocho de la mañana, antes de que el pueblo se despierte y antes de que en Villa Aurora nadie eche nada en falta. Marga y Nando. Les digo que quiero comprar pescado para la casa y que me ayuden a cargarlo, que es la clase de mentira que nadie mira dos veces.

Lo Pagán a las ocho huele a hielo y a caja de gambas y a diésel de las barcas. Los pescadores descargan sin mirarnos. Aquí somos tres veraneantes con mala cara, y en este muelle han visto de todo.

A esta hora la lonja es de la gente que trabaja de verdad.

Un hombre con delantal de goma le echa hielo picado a las cajas de dorada.

Dos mujeres destripan pescado con un cuchillo corto y la mano roja hasta la muñeca.

Nadie tiene tiempo de mirar a tres veraneantes que se apartan al final del muelle.

En este pueblo, el que madruga es porque tiene que comer, y a esa gente no le sobra la curiosidad.

Aquí me crié yo. Estas son mis calles, no las de los chalés.

Por eso los he citado aquí y no en Villa Aurora.

Marga llega con gafas de sol aunque no hay sol todavía. Nando trae dos cafés de la máquina y me da uno sin preguntarme si lo quiero, que es su manera de ser bueno. Nos apartamos hasta el final del muelle, donde acaban las cajas y empieza el agua.

— Bueno — dice Nando, y se frota la cara con la mano libre — . Ya estamos. Vera, tú dirás.

No sé por dónde empezar, así que empiezo por donde empiezo siempre: por las manos.

Le pongo a Marga una mano en el hombro, encima de la camiseta, y noto la piedra que tiene debajo, el trapecio agarrotado que le vengo notando desde que llegué.

Esta mujer lleva la culpa colgada de la nuca como un saco de sal.

— Marga — le digo — . Lo que me contaste el otro día peinándote. Lo de que viste a Reyes salir sola del agua aquella noche. ¿Se lo has dicho a Nando?

Marga mira a su marido. Nando mira el agua verde.

— Se lo dije anoche — dice ella — . Doce años y se lo dije anoche.

Nando aprieta el vaso de café hasta que cruje.

— Yo no me creo nada — dice, pero lo dice sin fuerza, como quien reza un padrenuestro que ya no cree — . Reyes. Reyes, que nos ha sacado a todos de un pozo alguna vez. Reyes, que le pagó el ataúd a la niña cuando la familia no tenía ni para las flores. Eso no lo hace quien...

— Eso lo hace exactamente quien — le corto, y me sorprende mi propia voz — . Nando. Escúchame. El ataúd lo pagó ella. La lápida la pagó ella. Doce años de un ingreso anónimo a la familia salió de algún sitio. Tú lo estás diciendo como si fuera bondad. Yo te lo digo como lo que es: una factura.

Nando se queda callado. El café le tiembla un poco en la mano.

———

Se lo cuento entero, por primera vez en voz alta y en orden, ahí de pie en el muelle.

El agua baja que deja el pantalán en seco.

Ginés y el fango donde nadie hace pie. La gola honda de la encañizada, el único sitio donde tira el agua, donde apareció el cuerpo.

Los papeles de Pepe: el fondo común vaciado, las cuentas del astillero mordidas, el año trece, justo el año en que Quique resucitó de la ruina sin que nadie preguntara de qué.

Y la nota de Ari en el margen. "Hablar con R. "

— R. de Reyes — digo — . Era ella la que llevaba las cuentas. De favor. Por amistad. Ari lo cuadró y vio lo que faltaba. Le dio de plazo hasta el día siguiente para que lo contara ella misma. Y no hubo día siguiente.

Nando escucha con la cabeza gacha. Le veo pelear consigo mismo, con veinte años de comidas y de risas, con la Reyes que le prestó dinero cuando cerró la ferretería y que le montó la fiesta sorpresa de los cuarenta.

No es fácil desmontar a una persona entera de golpe. Yo lo sé. A mí me ha costado un mes.

— Y lo del pantalán — añado — , esa historia que hemos contado doce años, ¿por qué crees que se sostuvo tan bien?

Porque a todos os convenía. Cada uno tenía su vergüenza de aquella noche.

El que se metió algo, el que se fue a un coche con la mujer de otro, el que oyó la bronca de dinero y prefirió no oírla.

Nadie quería contar dónde estaba de verdad ni cómo estaba.

Y una historia limpia, Ari dándose un baño feliz en el pantalán, os venía bien a todos.

Reyes se escondió dentro de vuestro silencio.

No mintió sola. La tapasteis entre todos sin saber que la tapabais.

Marga se ha quitado las gafas. Tiene los ojos secos y viejos.

— Yo los vi discutir — dice — . En la orilla, cerca de los cañizos.

Fuerte. Ari le señalaba con el dedo y Reyes le agarraba del brazo.

Pensé que era una bronca de amigas, de las de vino y verano.

Me metí en casa. — Le tiembla la barbilla, pero no llora; lo tiene demasiado gastado para llorar — .

Al rato salió Reyes sola. Empapada. Temblando.

Y dijo que Ari se había ido a dormir enfadada.

Y yo me lo tragué, Vera. Me lo tragué porque quería seguir teniendo grupo. Porque sin ellos yo no sé quién soy.

Nando le pasa el brazo por encima. Los dos se quedan mirando la laguna.

— ¿Y ahora qué? — dice él, ronco — . ¿Vamos al cuartel? ¿Reventamos el homenaje? Vera, ahí va a estar la hermana de Ari. Va a estar el cura. Va a estar medio pueblo. ¿Vamos a montar un circo encima de la placa de la pobre chica?

— No — digo — . Circo, ninguno. Justo lo contrario.

Y les cuento lo que llevo pensando desde el pantalán.

Que no habrá emboscada, ni grabaciones escondidas, ni una escena de película.

Que el dieciocho, cuando toque hablar por Ari, hablaré yo.

Sin gritar. Con lo que tengo. Delante de Noelia, que es la única que tiene derecho a decidir qué se hace después.

Que Marga, si se ve con fuerzas, corrobore lo que vio.

Que nadie apriete a nadie. Que la verdad se ponga encima de la mesa a la luz del día, delante de la piedra, y que luego decidan los jueces si quieren, o el tiempo, o nadie.

— Yo no soy nadie para juzgar a Reyes — digo — . Pero soy la que peina a todo el mundo en esta comarca desde hace veinte años, y sé cuándo alguien miente porque se lo noto en la cabeza con las manos. Y llevo un mes notándoselo a ella. El dieciocho lo voy a decir. Con vosotros o sin vosotros.

Marga me coge la muñeca. Fuerte.

— Contigo — dice — . Ya no puedo más de callarme. Prefiero perderlos a todos que seguir sin dormir.

Nando cierra los ojos. Cuando los abre, asiente una vez, despacio, como quien firma algo que le va a costar caro.

— Con vosotras — dice — . Dios nos coja confesados.

— Una cosa te pido, Nando — le digo — . Estos días, hasta el dieciocho, todo normal.

Ni una cara rara delante de ella. Reyes lo huele todo.

Como note que sabemos algo, se adelanta, y una mujer así, adelantándose, es capaz de cualquier cosa.

Tú sigue de mediador, sigue queriendo que no se estropee el verano, que es lo tuyo.

Y Marga, tú aguanta. Cinco días. ¿Podéis?

— Cinco días llevo doce años aguantando — dice Marga — . Cinco más los aguanto de pie.

Y ahí, viéndola decir eso con la barbilla temblándole pero la voz firme, entiendo que ya no hay marcha atrás.

Que hemos cruzado una raya los tres, en un muelle de pescado a las ocho de la mañana, y que al otro lado de esa raya no está el grupo de siempre, ni las cenas, ni las risas de veinte veranos.

Está la verdad, sola y fea, esperándonos el día del homenaje.

———

Es entonces cuando aparece Chema.

Viene por el muelle con las manos en los bolsillos y sin su cara de coña.

Es lo primero que noto: que Chema, que lleva la broma puesta como otros llevan las gafas, viene con la cara desnuda.

Y que no huele a resaca. Chema a las ocho de la mañana en verano huele siempre a la noche anterior.

Hoy huele a colonia y a café. Está sobrio, y es raro verlo, como ver a alguien con la ropa del revés.

— No me habéis llamado — dice, y se para delante de nosotros — . Pero os he visto salir a los tres a estas horas con esas caras, y una no se levanta a las ocho en vacaciones para comprar mújol. Así que aquí estoy.

Nos quedamos los tres sin saber qué decir. Chema mira el agua. Le cuesta arrancar, a él que nunca le cuesta hablar.

— Yo sé para qué he servido todos estos años — dice — .

Lo sé desde hace mucho y me he hecho el tonto, que es lo que se me da bien.

— Se ríe sin ganas — . "Chema dice que la vio en el pantalán.

" ¿Cuántas veces habéis oído esa frase? Doce años oyéndola.

La coartada. La versión buena. Chema la vio darse el último baño en el pantalán, tan feliz, y por eso todos dormimos tranquilos.

— Chema... — empieza Nando.

— Déjame. — Levanta la mano — . Yo aquella noche no vi una mierda, Nando.

Estaba borracho como una cuba. No me tenía en pie.

No sé ni cómo llegué a la cama. Al día siguiente, cuando ya estábamos todos temblando, alguien dijo "Chema la vio en el pantalán, ¿verdad, Chema?

", y yo dije que sí. Dije que sí porque me lo pusieron delante y porque estaba muerto de miedo y porque si lo había dicho alguien sería verdad.

Y llevo doce años siendo el gracioso que dio por buena la mentira.

Se le quiebra la voz al final, y en un hombre que se ríe de todo eso suena peor que un grito.

— ¿Sabéis lo que es — dice — pasarse doce años haciendo el gracioso en las cenas de este grupo, contando siempre las mismas anécdotas, y saber por dentro que el chiste más gordo que has contado en tu vida fue decir que viste a una amiga muerta darse un baño feliz?

Yo lo sé. Todas las noches, cuando apago la luz, me acuerdo.

Y hago un chiste más al día siguiente para no acordarme.

Se queda un momento en silencio. Mira el agua verde, quieta, con esa nata de algas en la superficie.

— Si mi borrachera sirvió para tapar algo — dice — , quiero saber para qué.

Y quiero decir, delante de quien haga falta, que yo nunca vi nada.

Que me lo inventaron y yo firmé. Es lo menos que le debo a Ari, que era la única que se reía de mis chistes de verdad y no por compromiso.

Los demás me reís por educación. Ella se reía porque le hacían gracia.

No sabéis lo que es eso hasta que se muere la única que se reía de verdad.

El muelle se queda en silencio. Una gaviota chilla sobre las cajas de hielo. Marga alarga la mano y le aprieta el brazo a Chema, y él la deja, y no dice ninguna gracia.

Antes de subir al coche, cargamos de verdad dos cajas de pescado para la casa, porque la mentira hay que cuidarla hasta el final: si volvemos con las manos vacías, en Villa Aurora alguien preguntará qué hemos ido a hacer tan temprano los cuatro.

Nando paga. Nando siempre paga. Colocamos el hielo, cerramos el maletero, y por un momento parecemos lo que fuimos hasta hace nada: cuatro amigos de resaca comprando dorada para la comida.

Somos cuatro. Miro sus caras cansadas a la luz gris de la lonja y pienso que hace una semana éramos siete amigos de toda la vida sentados a una mesa, riéndonos, brindando por una muerta. Y que en cinco días, delante de esa misma muerta, vamos a dejar de mentir.