La Peluquera Siete días
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Siete días

Tengo cuatro cosas. Las cuento con los dedos mojados en el lavacabezas del cuarto de plancha, mientras aclaro peines que ya están limpios.

Tengo el dinero: los extractos del astillero de Pepe, el fondo común de la casa, una nota en un margen con la letra ordenada de una muerta, "hablar con R.

". Tengo el sitio: la gola de la encañizada, lo único hondo de toda esa orilla, donde apareció el cuerpo enredado en los cañizos.

Tengo a Ginés, que aquella madrugada vio una linterna y dos cabezas donde no se baña nadie.

Y tengo a Marga, que vio a Reyes salir sola del agua, tarde, calada, y lleva doce años pagándolo con insomnio.

Cuatro cosas parecen muchas hasta que las pones enfrente de lo que hay al otro lado.

Al otro lado está la casa. El pueblo de agosto que es suyo y no mío.

El abogado que Quique tiene guardado en Cartagena y del que habla en las comidas como quien habla de un buen restaurante.

Al otro lado está el dinero de verdad, el que compra tiempo, y el silencio de doce veranos que ya se ha vuelto costumbre, y una versión oficial cerrada por un juzgado con firma y sello: ahogamiento accidental, alcoholemia alta, baño de noche. Caso archivado.

Yo tengo un palo de fregona con el que medí el fango, unas fotocopias en un cajón de mi peluquería y la palabra de un salinero de setenta años al que ya mandaron callar una vez.

Me seco las manos en el delantal. Fuera, el porche suena a hielo y a risas. Reyes ha puesto la mesa larga para la cena y llama a cada uno por su nombre, cariñosa, colocando a la gente como coloca las servilletas.

Llevo veinte años entrando en las cabezas de esta gente.

Sé cosas de ellos que no saben ni sus mujeres, porque en el lavacabezas todo el mundo se afloja y suelta lo que lleva dentro.

Sé que Nando lloró el día que le corté el pelo para el entierro de su padre.

Sé que Chema, debajo de la broma, es el hombre más solo que conozco.

Sé cómo respira cada uno cuando le hundo los dedos en el pelo y cómo se le tensa el cuero cabelludo al que va a mentir.

Es mi oficio y es mi vicio: no puedo dejar de leer a la gente por la cabeza, ni cuando quiero.

Y de tanto leerlos, he tardado veinte años en leer una cosa que tenía delante desde el principio.

Que a mí no me quieren igual que se quieren entre ellos.

Me quieren como se quiere a la que resuelve, a la que peina, a la que siempre está y nunca pesa.

Me invitan a todo y me pagan cada peinado.

Nunca me han dejado pagar una cuenta y nunca me han dejado olvidarlo.

La única que me trataba de igual a igual era Ari, que era pobre como yo, y a Ari la sacaron del agua hace doce años enredada en los cañizos.

———

Salgo al pantalán cuando ya no hay nadie.

El sol se ha ido detrás de La Manga y ha dejado el cielo del color de una quemadura vieja.

El agua está más baja que ayer. Lo juraría, aunque nadie me creería: la conozco desde niña, sé leerla como mi padre me enseñó a leerla, y baja un dedo cada pocos días, retirándose de la madera como se retira una sábana de una cama.

Donde antes lamía las tablas ahora hay una franja de fango agrietado, gris, con las conchas muertas incrustadas y ese olor a alga podrida que ya no se va de la ropa.

Me agacho. Meto la mano. Un palmo de agua tibia, densa, salada hasta la náusea.

El agua del Mar Menor no te deja hundirte: flota una todo lo que quiere, aunque no sepa nadar.

Mi padre me lo decía de pequeña, sujetándome la barriga con la palma abierta.

— Aquí no te ahogas ni queriendo, Verica. Esto no es mar. Esto es un plato de sopa.

Mi padre trabajó cuarenta años en las salinas de San Pedro, sacándole la sal a esta laguna con el rasel y las botas hasta la rodilla.

Me enseñó a leer el agua antes que a leer las letras.

Dónde hace pie y dónde no. Dónde tira la gola con la marea.

Dónde muerde la corriente de la encañizada, que se lleva a un hombre hecho y derecho si se descuida.

Los veraneantes ricos que compraron los chalés nunca aprendieron nada de esto.

Para ellos la laguna era una piscina grande y templada, buena para las fotos.

No sabían dónde se hace pie. Nunca les hizo falta saberlo, porque nunca les faltó suelo debajo, ni en el agua ni en la vida.

Un plato de sopa. Y en un plato de sopa dijeron que se ahogó Ari.

Me quedo en cuclillas mucho rato, con la mano en el agua caliente, hasta que las rodillas me piden que me levante.

Pienso en irme esta misma noche. Coger a Alba, meter las cajas de Noelia en el coche, subir a Los Alcázares y presentarme en el cuartel con todo lo que tengo.

Lo pienso despacio, como se piensa una tontería para descartarla.

Porque sé lo que pasaría. Un cabo joven me tomaría declaración con paciencia.

Miraría los extractos, que están prescritos.

Miraría la mentira geográfica, que no es delito.

Escucharía lo de las dos cabezas de un viejo que "venía del vino de las fiestas".

Y cerraría la carpeta con educación, porque contra un caso archivado hace doce años, con abogados de Cartagena y sin cuerpo que reabrir, yo no soy nada. Una peluquera con rencores de verano.

No. Aquí no.

Aquí, en Villa Aurora, con las tablas del pantalán bajo los pies y la casa llena de amigos que me quieren y me pagan, yo no soy nadie contra ellos.

Si me voy ahora, si suelto lo que sé en un despacho de Los Alcázares, me convierto en la peluquera que se volvió loca en verano, la que le tomó ojeriza a la gente buena que tanto la había ayudado.

Reyes ni siquiera tendría que defenderse.

Bastaría con que pusiera esa cara de pena que pone, con que suspirara delante de todos y dijera: pobre Vera, con lo que hemos hecho por ella, mira cómo nos paga.

Y el pueblo la creería a ella. El pueblo cree siempre al que invita.

Me levanto con las rodillas rígidas. La única fecha en la que ellos no van a poder cerrar la puerta es el dieciocho.

El homenaje. La misa, la placa, la familia invitada.

El único día en que van a estar todos delante de Noelia, en público, a pie de esta agua verde, sin poder taparlo con música ni con hielo.

Si esto se dice, se dice ese día. Delante de la piedra con el nombre de Ari.

Siete días.

———

— ¿Y tú qué haces ahí sola, mujer? Que se enfría la cena.

Reyes ha bajado sin que la oiga, descalza sobre la madera. Tiene la copa en la mano y la melena recogida con esa pinza de carey que le retoco yo cada mes. Me pone la palma en la espalda, entre los omóplatos, y me deja ahí el calor de su mano un momento de más.

— Miraba el agua — le digo.

— Da pena, ¿verdad? — Mira la laguna con la cara triste que pone para las cosas serias — . Con lo que era esto. Nos criamos aquí dentro, Vera. Y mira. Se muere y nadie hace nada.

— Nadie hace nada — repito.

— Anda, sube, que Quique ha hecho dorada a la sal y está insoportable de lo orgulloso.

Subimos. Su mano no se despega de mi espalda en todo el camino de tablas, guiándome, cuidándome, como se cuida algo que se quiere y algo que se vigila.

Yo me trabajo con dos dedos, sin que lo vea, el nudo que se me hace en la base del cráneo cuando estoy en guardia.

Es una manía de veinte años de estar de pie con las tijeras.

Nadie se fija. Es mi manera de morderme las uñas por dentro.

En la mesa están todos. Chema cuenta una anécdota de una boda que peiné yo hace años, la de la sobrina de Nando, exagerándola, poniendo voces, y todos ríen, y yo río también porque llevo veinte años riendo estas cosas y sé hacerlo sin pensar.

Nando reparte pan. Marga come poco y mira el mantel.

Quique corta la dorada con un cuchillo grande y va diciendo el precio de cada cosa sin decir el precio, que es su forma de decirlo: que si esta dorada la ha traído fresquísima del vivero de un amigo, que si el vino es de una bodega de Jumilla que le hace precio de amigo, que si el año que viene monta un pantalán nuevo aunque el agua esté como esté.

La mesa es la de siempre. El mantel de cuadros, las velas de citronela contra los mosquitos, las fotos de veinte veranos clavadas con chinchetas en la pared del porche.

Ari en casi todas. Ari de joven con un biquini rojo.

Ari cargando a Alba de bebé. Ari riéndose con la boca abierta el año que ninguno sabía que iba a ser el último.

Están todas ahí, mirándonos cenar, y nadie las mira a ellas.

Después de doce años, las fotos de un muerto se vuelven pared.

Alba, mi hija, está sentada al lado de Reyes. Reyes le ha puesto en el plato la parte buena del pescado y le habla de Murcia, de la academia, del futuro. Alba la escucha con esa cara de dieciséis años que se cree que el mundo es amable porque todavía no le ha dado motivos para creer otra cosa.

Se me seca la boca. Me obligo a comer.

———

El teléfono vibra en el bolsillo del delantal cuando estamos recogiendo. Es Fina. Salgo al lateral, al hueco entre la casa y la buganvilla reseca, donde no llega la luz del porche.

— Fina.

— Vera, hija, ¿te pillo bien?

Tiene la voz rara. Fina no tiene la voz rara nunca.

Fina es la persona más de una pieza que conozco: cincuenta y cuatro años, viuda, dos manos que valen para todo y una cabeza que no se le va ni con cuarenta grados de agosto.

Que Fina llame a las once y media con la voz así me pone la piel de la nuca a trabajar.

— Me pillas. ¿Qué pasa?

— Nada, seguramente nada. — Respira — . Es que ha venido hoy una señora a la peluquería. A media tarde. Preguntando por ti.

— Por mí.

— Por ti. Muy maja, muy bien vestida, de esas que huelen a caro.

Ha preguntado si tú seguías al frente, si el negocio iba bien.

— Fina baja la voz, aunque está sola en su casa — .

Y luego ha soltado una cosa que me ha dejado tonta.

Ha preguntado si tú ibas a seguir abierta en septiembre o si te ibas a tomar un año sabático.

El nudo del cráneo se me cierra del todo.

— Un año sabático — digo.

— Con esas palabras. "Un año sabático." Yo le he dicho que aquí no sabemos ni lo que es eso, que tú no has cerrado ni cuando te operaron. Y ella se ha reído, muy fina, y ha dicho que qué suerte tienen tus clientas de tenerte. Y se ha ido.

— ¿Ha dado nombre?

— No. Le he preguntado de parte de quién, para apuntártelo, y ha dicho que ya lo sabrías tú. Que erais viejas conocidas. — Fina hace una pausa que me dura una vida — . Vera, ¿en qué andas metida ahí abajo? Porque a mí esa mujer no me ha gustado un pelo.

Miro hacia el porche. La luz cálida, las cabezas conocidas, el humo del cigarro que fuma Nando en la esquina. Y en el centro, de espaldas a mí, recogiendo copas y riéndose de algo con Chema, la melena castaña con las mechas que le hago yo.

— Nada, Fina — le digo, y la voz me sale plana, de oficio, la que uso para decirle a una clienta que el tinte le ha quedado precioso cuando ha quedado regular — . Cosas del verano. Ya te cuento.

— Ya me cuentas un cuerno. Mañana me llamas y me lo cuentas todo. Y si un día no me llamas, yo bajo con la Guardia Civil, que lo sepas.

Cuelga. Me quedo en el hueco de la buganvilla con el teléfono caliente en la mano y las hojas secas rozándome el brazo.

Una señora muy maja. Muy bien vestida. Que huele a caro. Que sabe que si yo cierro mi peluquería un año, se me acaba el sueldo, se me acaba lo de Alba, se me acaba el suelo bajo los pies. Que no ha dado el nombre porque no le hace falta darlo.

Un año sabático. Nadie de mi mundo dice "año sabático".

En mi mundo se dice "cerrar" y se dice con miedo, porque cerrar es no comer.

Esa expresión es de otra clase de gente.

De la que puede permitirse parar un año y no se muere.

De la que sabe que a una peluquera de barrio le puedes quitar el suelo con una frase amable dicha en el sitio justo.

No me ha amenazado. Reyes no amenaza. Reyes te enseña, con muy buenos modos, dónde tienes el cuello.

El recado se lo ha soltado a Fina. Pero iba para mí.

Vuelvo a mirar el porche. Reyes se gira en ese momento, me busca con los ojos en la oscuridad del lateral, me encuentra, y me sonríe. Levanta la copa un dedo, hacia mí, un brindis pequeño de nada, un "te veo" cariñoso de los suyos.

Le devuelvo la sonrisa. Llevo veinte años sonriendo así. Nunca me había costado tanto.