La Peluquera Ocho días
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Ocho días

Mi silla es un confesionario. Lo aprendí hace veinte años y no lo he dicho nunca en voz alta.

La gente se sienta de espaldas a ti y de cara a un espejo, y esa doble postura les suelta la lengua sin que se den cuenta: no te ven la cara mientras hablan, así que se atreven; y se ven la suya, así que no pueden mentirse del todo.

Detrás de una cabeza y delante de un espejo se ha contado en esta comarca más verdad que en el confesionario de don Fulgencio.

Yo he oído infidelidades, ruinas, enfermedades que no sabía ni el marido, hijos que no eran de quien creían.

Todo con las manos en el pelo y la boca cerrada.

Le echo la capa por los hombros. Le abrocho el corchete de atrás. Le pongo las manos en la cabeza. Y en cuanto le rozo la nuca, ese cordón de esparto de doce años, la noto ceder entera, como cede el agua cuando por fin encuentra la gola por donde irse.

Me mira en el espejo. No me mira a mí: mira su propia cara al lado de la mía.

— Tú ya lo sabes — dice, muy bajo — . ¿Verdad que lo sabes ya casi todo?

No dejo de peinar. Esa es la regla, la de oro, la única que no rompo nunca. Pase lo que pase, las manos siguen en el pelo, porque el día que las manos se paran, las bocas se cierran. Le separo un mechón. Sigo.

— Sé una parte, Marga — digo, con el tono de las dos solas — . Sé la parte del agua y la parte del dinero. Me falta la tuya. Cuéntame la tuya.

Marga cierra los ojos. Y en mi silla, de espaldas a mí y de cara al espejo, con mis manos en su cabeza sujetándola sin que ella lo sepa, suelta por fin lo que lleva doce años tragándose todas las noches.

———

— Aquella noche yo no bebí — dice — . Fui la única de todos.

Estaba con la regla, con un dolor que me doblaba, y me tomé un ibuprofeno de los fuertes y no bebí ni una gota.

Por eso me acuerdo de todo. Los demás no se acuerdan de nada, iban puestos hasta las cejas, y yo lo he odiado, Vera, ¿sabes lo que es?

He odiado ser la única que se acuerda. Doce años.

Ojalá hubiera bebido yo también. Ojalá no me acordara.

Le sujeto un mechón con una horquilla. Sigo, despacio.

— El juego del agua estaba en lo alto — dice — .

Ya sabes cómo era. Las apuestas, cruzar a nado hasta la boya y volver, el que perdía pagaba la próxima ronda.

Risas, gritos, todos metidos en el agua a oscuras, chapoteando.

Yo estaba en la orilla, en una toalla, con los pies fuera, con mi dolor, mirándolos.

Y vi a Ari salir del corro. Se apartó de todos y echó a andar por la orilla hacia la derecha.

Hacia la gola. Yo pensé que iba a hacer pis, o a que le diera el aire, que había bebido.

Y al ratito, detrás de ella, vi levantarse a Reyes del agua y ir por el mismo lado.

Hacia la gola también. Las dos solas, apartándose de todos, hacia lo oscuro.

Se me para el aliento. No las manos. El aliento.

— Y las vi discutir — dice Marga, y le tiembla la voz por primera vez — .

Lejos, en lo oscuro, al lado de los cañizos.

No oía las palabras, estaban demasiado lejos y había mucho jaleo en el agua.

Pero se veían los gestos. Los brazos. Que era fuerte.

Ari movía las manos, señalaba a Reyes, señalaba hacia la casa, hacia donde estábamos todos.

Reyes negaba con la cabeza, negaba y negaba.

Una discusión de las que no quieres que te vean, de esas que se tienen apartadas a propósito.

Y yo pensé: cosas de ellas, ya se les pasará, mañana amanecen amigas.

Y me entró frío del dolor, y me metí en casa a por otra manta.

Me metí en casa, Vera. Ese es mi pecado.

Con mis dos ojos vi esa discusión y me metí en casa a por una manta.

Le pongo otra horquilla. Me tiembla a mí la mano, y no dejo que se le note en la cabeza.

— ¿Cuánto tardaste en salir otra vez? — pregunto, muy suave, casi sin voz.

— No lo sé. Un cuarto de hora. Veinte minutos.

Encontré la manta en el altillo, me tumbé un rato en el sofá a que se me pasara el retortijón, se me pasó un poco.

Y cuando volví a salir al porche, ya no había nadie en el agua.

Se habían ido subiendo a dormir todos, borrachos perdidos, cada uno por su lado.

El juego se había acabado. La laguna estaba negra y quieta y no se oía ni una voz.

Marga abre los ojos. Me busca en el espejo. Y ahora sí me mira a mí, a mis ojos, por encima de su propio reflejo.

— Y vi a Reyes — dice — . Volviendo. Sola.

Por la orilla de la derecha, por donde se habían ido las dos, por donde está la gola.

Sola. Calada hasta el pelo, chorreando agua, temblando de frío en una noche de julio a treinta grados, con los brazos cruzados así, apretados.

Se paró en el porche, a dos metros de mí.

Y yo, medio dormida en el sofá, la vi por el ventanal y le pregunté: ¿y Ari?

Y ella me contestó, con una voz rara, seca, sin mirarme, mirando al suelo: "se ha ido a dormir enfadada, no le hagáis caso, mañana se le pasa".

Y se metió dentro. Chorreando. Dejando el suelo mojado. Y yo me volví a dormir.

— Al día siguiente había un charco de agua seca en el terrazo del porche — dice Marga, muy despacio, con los ojos fijos en algo que solo ve ella — .

Una mancha de sal, blanca, del agua de la laguna que se había secado por la noche.

Justo donde se paró ella a hablar conmigo.

Yo la fregué por la mañana, temprano, antes de que se levantara nadie.

No sé por qué. Me levanté y la fregué de rodillas, con una bayeta, sin pensar.

Y cuando estaba fregándola llegó la noticia de que no encontraban a Ari.

— Traga — . Llevo doce años pensando en esa mancha que fregué.

En que borré la única huella que quedaba de que Reyes había vuelto del agua sola.

La borré yo. Con mis manos. Antes de saber nada. O sin querer saberlo.

———

El cuarto de plancha se queda sin aire. Se oye el ventilador que no refresca, el grifo del lavacabezas que gotea, la laguna lejos que no hace ruido porque ya no le queda ruido que hacer.

Doce años. Doce años lleva Marga con esa imagen dentro.

Reyes saliendo sola del agua, de noche, calada y temblando, por el lado de la gola, diciendo que Ari se había ido a dormir enfadada.

Y Ari apareció a los dos días enredada en los cañizos de esa misma gola, en lo hondo, en el único sitio de toda la orilla donde el agua cubre y tira.

Encaja. Encaja con Ginés como encajan las dos mitades de una tijera.

Ginés vio dos cabezas y una linterna en la gola, en lo hondo, a las cuatro.

Vio salir a una del agua y quedarse quieta en la orilla mucho rato, sin gritar.

Marga vio a Reyes volver sola de ese sitio, calada y temblando, diciendo que su amiga dormía.

La cabeza que salió, la que se quedó quieta, la que volvió chorreando: una sola cabeza.

Y las dos, el salinero de la bici y la amiga del sofá, sin saber el uno del otro, señalan a la misma.

Ninguno de los dos vio la mano en el agua.

Eso también es verdad, y me obligo a decírmelo, porque quiero ser justa hasta cuando me duele.

Ni Ginés ni Marga vieron a Reyes apretar.

Vieron una discusión, vieron una que salió y una que no, vieron a la que salió volver sola y mentir.

Un abogado bueno diría que eso no prueba una mano en un cuello, que Ari pudo resbalar mientras discutían, que Reyes pudo callarse por miedo, por vergüenza, por lo que sea.

Lo sé. Pero mi padre me enseñó a leer el agua, y el agua no discute con abogados.

En la gola, de noche, borracha, nadie se ahoga sola en un sitio donde la que estaba con ella salió andando.

El agua de esta laguna te sostiene. Para que Ari se quedara abajo, alguien la tuvo que tener abajo. Y solo había otra cabeza.

Le sujeto a Marga el recogido con la última horquilla. Le queda bien. Le queda perfecto para enterrar a nadie.

Y entonces Marga se derrumba en mi silla. No llora a gritos. Llora hacia dentro, con los hombros quietos, con los ojos vertiéndose despacio sobre la capa de peinar, mirándose en el espejo con un asco de sí misma que no le he visto en veinte años a nadie en esta silla.

Y bajo mis dedos, algo cede. El nudo de la base del cráneo, ese que le he estado trabajando dos semanas sin conseguir moverlo, la avellana dura que el cuerpo construyó para guardar esto, se afloja.

Lo noto rendirse, deshacerse, como se deshace un enredo cuando por fin sueltas la mecha buena.

Doce años tardando, y se va en un llanto callado, bajo mis pulgares, en una tarde de julio.

El cuerpo lo sabía. El cuerpo siempre lo sabe antes que la boca.

Marga llevaba la verdad guardada en un músculo de la nuca, y yo la he tenido debajo de las manos veinte años sin saber que la tocaba.

Le paso las dos manos por la nuca floja, ya sin nudo, y ella se estremece entera de puro alivio, o de puro terror, que a estas alturas son la misma cosa.

— Yo me callé por no reventarnos a todos — dice, y las palabras le salen mojadas, pegadas — .

Al principio pensé: no puede ser lo que parece, Reyes es incapaz, me lo estoy inventando por el dolor y la falta de sueño.

Y luego, cuando salió lo del accidente, lo de la alcoholemia, el caso cerrado, pensé: si hablo, ¿qué consigo?

Ari muerta va a seguir muerta. Y reviento el grupo entero, arruino a Reyes, meto en la cárcel a la madre de una criatura, dejo a Mateo sin madre...

y a lo mejor no es nada, a lo mejor de verdad se resbaló ella sola y yo estoy viendo fantasmas.

Y me callé. Un día. Y otro día. Y doce años de días.

Levanta la cara empapada hacia el espejo, hacia mí, que sigo detrás con las manos todavía en su pelo, porque no me atrevo a quitarlas.

— Llevo doce años sin dormir una noche entera, Vera.

Sin meterme en esa agua. Sin poder mirar a Reyes del todo a la cara en la mesa.

— Coge aire, tembloroso, hondo — . Dime la verdad tú, que siempre has sido la más recta de todos nosotros, la única que no debe nada a nadie.

¿Tú crees que yo fui cómplice? ¿Crees que soy tan culpable como quien lo hiciera, por haberme callado?

Y me quedo con las manos en su pelo, delante del espejo, y no sé qué contestarle.

Porque si le digo que sí, que callar es ser cómplice, me estoy condenando yo.

Yo, que aquella misma noche tenía a Ari asomando la cabeza por esa puerta, por esta puerta, diciéndome que tenía que contarme una cosa gorda, y le dije que mañana.

Yo, que llevo doce años callando esa culpa sin contársela a nadie.

Yo, que esta misma semana he tapado unos papeles con una toalla, y he mentido a Reyes a la cara con una sonrisa, y he dejado que le paguen a mi hija un curso entero sin devolverlo.

Le miro la coronilla, no la cara. Es más fácil mirarle la coronilla.

— No lo sé, Marga — digo al fin, y es lo más honrado que he dicho en toda mi vida — .

No sé dónde acaba callar por miedo y dónde empieza callar por conveniencia.

Llevo cuarenta años en esa raya, con un pie en cada lado.

Los dos. — Le aprieto los hombros, por encima de la capa — .

Pero sé una cosa. Ya lo has dicho. Me lo acabas de decir.

Y el que dice la verdad, aunque sea con doce años de retraso y llorando en una silla de peluquería, ya no está del lado del silencio.

Ya está del otro. Del malo. Del que no deja dormir. Bienvenida.