La Peluquera Nueve días
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Nueve días

No lo estropees. Por la niña. Me subo al coche a las ocho de la mañana con esa frase clavada entre las costillas y conduzco los veinte minutos hasta Los Alcázares con las ventanillas bajadas, con el aire caliente de la autovía dándome en la cara, para quitarme de encima el olor a horchata y a beso de mejilla que llevo pegado desde ayer.

Le he dicho a Reyes que subo a abrir la peluquería un rato, que Fina me necesita para unas clientas de las de siempre.

Es verdad a medias. Fina me necesita, sí. Pero no para peinar.

La peluquería huele a lo mío, a mi vida de antes de todo esto: amoniaco, laca, el café de la máquina, las revistas manoseadas del año pasado.

Es un local pequeño, dos lavacabezas, tres sillones, el cartel de "Vera" en la luna que puse con mis ahorros hace catorce años y que me sigue pareciendo mentira.

Fina está barriendo cuando entro, y en cuanto me ve la cara suelta la escoba en mitad del suelo.

— Tú vienes fatal — dice. Fina tiene cincuenta y cuatro años, tres divorcios a la espalda y ninguna paciencia para el drama ajeno, y por eso la quiero como a una hermana — . ¿Qué ha pasado en esa casa? Y no me digas que nada, que te conozco la nuca mejor que tú.

Echo el cierre. Pongo el cartel de "vuelvo en diez minutos", aunque no voy a volver en diez minutos.

Y se lo cuento todo. Del tirón, sin adornos, sentada en uno de mis sillones con ella enfrente en otro.

El agua que baja, el pantalán en seco, el palo de mi padre, Ginés, la gola honda, las cajas de Pepe, los extractos, la R en el margen, Toñi y las cañas de Quique, la resurrección del tío de Alicante, el cuero cabelludo de Reyes poniéndose de piedra bajo mis dedos, el "yo no vi nada" de Marga, el pago de la academia de Alba con el nombre de Reyes arriba, el guante de seda de ayer con el hueso asomando.

Fina no me interrumpe ni una vez. Fina escucha como escucho yo, sin poner caras, dejándome vaciar entera, que sabe que si me corta se me atasca.

Cuando acabo, se levanta, se enciende un cigarro dentro del local, que no se puede y le da igual, y le pega una calada larga mirando por la luna a la calle vacía.

— Vera — dice al fin — . Esto es muy gordo.

— Lo sé.

— No, no lo sabes. — Se gira y me señala con el cigarro, con el humo — .

Tú estás durmiendo en casa de una persona que a lo mejor ahogó a una amiga por dinero, con tu hija de dieciséis años dentro, y esa persona te acaba de decir a la cara "no lo estropees, por la niña".

¿Tú te oyes cuando lo cuentas? ¿Tú te oyes?

— Faltan nueve días para el homenaje. Nueve.

Si me voy ahora y denuncio desde aquí, con unos papeles de hace doce años y la palabra de un salinero al que ya mandaron callar una vez, me lo archivan en una semana, me quedo sin nada, y ellos avisados y a la defensiva.

Y Ari otros doce años en el fondo. Tengo que estar allí el día dieciocho.

Es el único día en que van a estar todos juntos, delante de Noelia, delante del cura, delante del pueblo, y sin poder cerrar la puerta.

Fina no discute. Fina nunca discute lo que ya sabe que no va a cambiar; para eso también la quiero. Aplasta el cigarro en un platito y se pone práctica, que es su manera de tener miedo por mí.

— Entonces lo montamos bien — dice — . Como una permanente: sin prisa y sin fallos. Copias de todo. Aquí, en la caja fuerte, con las escrituras del local, donde no llega el brazo de esa gente. Y protocolo.

Sacamos la fotocopiadora vieja del almacén, la que se atasca, y copiamos hoja por hoja todos los extractos que traje escondidos bajo el asiento del coche, con cuidado, sin saltarnos ninguno.

Las copias, a la caja fuerte, detrás de los rulos que no usa nadie.

Y el protocolo lo monta Fina como quien monta un moño de novia: horquilla a horquilla, que no se caiga ni con viento.

— Cada noche, a las once en punto, me llamas — dice, contándolo con los dedos — .

Un toque me vale. Yo veo tu nombre en la pantalla, sé que estás viva, y cuelgo.

Pero como den las once y cinco y no me hayas llamado, yo cojo el teléfono y llamo a la Guardia Civil de San Javier y les digo que baje una patrulla a Villa Aurora, la casa de los setenta a pie de laguna entre Los Nietos y El Carmolí, a preguntar por Vera Salinas Cano. ¿Estamos?

— Estamos.

— Repítemelo, que quiero oírtelo.

— A las once. Todas las noches. Si no llamo, la Guardia Civil a Villa Aurora.

— Y a la niña la sacas de esa casa antes del día dieciocho, Vera. Como sea. Te la traes aquí conmigo con cualquier excusa. Eso no se negocia.

Le digo que sí. Y esa sí que es una promesa que pienso cumplir cueste lo que cueste, aunque tenga que inventarme que se ha puesto mala su abuela.

Antes de irme, Fina me para en la puerta, con la mano en el cierre a medio subir. Ya no está práctica. Ahora se le ve el miedo debajo, el de verdad, el que ha estado tapando con la fotocopiadora y el protocolo.

— Vera. Una cosa. — Me agarra del brazo — .

Esta gente no va a levantarte la voz. No van a amenazarte a gritos, ni a romperte nada, ni nada de eso de la tele.

Esta gente es peor. Te va a sonreír, te va a llenar la nevera, te va a pagar a la niña, te va a decir que te quiere.

Y un día, sin que sepas cómo, te vas a encontrar que ya no puedes hablar porque le debes demasiado.

Que es lo que llevan doce años haciéndole al pueblo entero.

— Me aprieta el brazo — . No les cojas nada más.

Ni un café. ¿Me oyes? A partir de hoy, en esa casa, no aceptes ni un vaso de agua que no te sirvas tú.

— Ya le han pagado a Alba el curso.

— Pues eso se devuelve. Como sea, cuando puedas, se devuelve hasta el último euro, aunque tengamos que pedir un crédito tú y yo. — Me suelta — . El día que no les debas nada, podrás hablar. Y no antes. Así funciona el dinero de la gente buena, Vera. Es el que más ata.

———

Voy a ver a Ginés antes de volver a la casa.

Lo encuentro donde siempre a esa hora, en su banco de las salinas de San Pedro, mirando los charcos de agua rosa y los flamencos que espulgan el fango con esa elegancia tonta que tienen, la gorra calada hasta las cejas, un palillo bailándole en la boca.

El amigo de mi padre. El único que dijo la verdad hace doce años, y al que mandaron callar por venir del vino de las fiestas.

Se alegra de verme, a su manera, que es no sonreír y correrse un palmo en el banco para hacerme sitio.

— La hija de Salinas — dice, sin mirarme, mirando los flamencos — . ¿Sigues rascando en lo de la Segado?

— Sigo, Ginés.

— Malo. Rascar en una costra vieja. Sale sangre y no se cura más rápido. — Escupe el palillo, coge otro del bolsillo — . Pero tú eres de tu padre. A tu padre le decían lo mismo y seguía rascando hasta ver el hueso. Así se murió, sabiéndolo todo de todos y sin poder con ello.

— No se murió de eso, Ginés. Se murió del enfisema.

— Se murió de las dos cosas. El pulmón y el callar.

— Mira los charcos rosas un rato — . Tu padre y yo sacamos sal de aquí cuarenta años.

Y una cosa te digo, que la sal enseña: lo que el agua tapa, el agua lo destapa.

Nosotros hacíamos los charcos, metíamos el agua de la laguna, y el sol se la comía, y debajo, cuando bajaba, salía la sal, blanca, la que estaba escondida en el agua todo el tiempo.

Siempre estuvo ahí. Solo que no se veía hasta que el agua bajaba.

— Se gira, me señala con el palillo — . Esto es igual, niña.

La laguna está bajando. Y la sal va a salir.

Doce años tapada, pero va a salir. La verdad es como la sal: no se gasta, solo se esconde en el agua a esperar.

Me quedo callada con esa imagen dentro, la sal esperando en el agua, y pienso que este viejo dice más verdad en el banco de las salinas que todos los abogados de Cartagena juntos.

Le pido que me lo cuente otra vez. Lo de aquella madrugada.

Con calma, con detalle. Y Ginés, que es de pocas palabras pero exacto como todos los de la sal, coge una servilleta de papel del bar de al lado, y mi bolígrafo, y me lo dibuja allí mismo, en el banco, con el sol subiendo.

Traza la orilla con una raya larga. Marca el pantalán de Villa Aurora, a la izquierda, con una equis grande: "aquí el fango, aquí no cubre, aquí no se ahoga ni un gato ni queriendo, esto lo sabe todo cristiano de esta ribera".

Y a la derecha marca la gola de la encañizada, con los palos de los cañizos, y una raya honda, negra de tanto repasarla con el boli: "aquí sí tira el agua.

Aquí es lo hondo. El canal. El único sitio hondo de toda esta orilla, de aquí a Los Nietos.

Aquí sí. Aquí uno se va al fondo y no lo cuenta".

— Yo salía a las salinas antes de que rompiera el día — dice, marcando con el boli el camino de arriba — .

Por aquí, por el camino alto, con la bici.

Y al pasar por la gola, aquí, había una linterna.

De esas de mano, de las de pescar de noche.

Y dos cabezas en el agua. Dos, niña. Dos cabezas donde no se baña nadie, y menos de madrugada, y menos borrachos.

Yo me paré con la bici y miré. Y al día siguiente se lo dije al cabo de entonces, un tal Heredia.

Y me dijo: Ginés, que tú vienes del vino de las fiestas de San Pedro, anda y vete a la cama a dormirla.

Y me fui a la cama. Y a los dos días apareció la niña en los cañizos, en lo hondo, justo aquí.

— Golpea la raya negra con el boli — . Y nadie ató los cabos que yo até esa mañana en la bici.

Miro la servilleta. Dos crucecitas en la gola, en lo hondo. Una linterna. Una hora garabateada, "sobre las 4". Dos cabezas.

— Ginés — digo, con la boca seca de repente, con sabor a sal — . Dos cabezas. ¿Salieron las dos del agua?

Y ahí el viejo deja el boli encima de la servilleta. Se me queda mirando por fin, con esos ojos suyos pequeños y sin brillo, ojos de agua salada, que han visto la laguna llenarse de vida y morirse a fuego lento. Y alarga la mano, dura y seca como una maroma vieja, y me agarra la muñeca.

— No, niña — dice, muy bajo, muy despacio — . Una de las dos cabezas salió del agua. La otra no. La otra no volvió a asomar.

Me aprieta la muñeca, y no me suelta.

— Y la que salió, la que se quedó de pie en la orilla...

esa no gritó. No pidió auxilio. No echó a correr a la casa a despertar a la gente, a pedir ayuda, a decir que se ahogaba una amiga.

Nada de eso. — Ginés niega despacio con la cabeza, mirando el fango rosa — .

Esa se quedó quieta. Plantada en la orilla, chorreando, mirando el agua.

Un rato largo. Yo la vi desde el camino, desde arriba, una sombra parada como un poste en el barro, quieta, quieta, mucho rato.

Y luego se metió andando en la casa, sin correr, tan tranquila.

— Me suelta la muñeca al fin — . Quedarse quieto mirando el agua mientras se ahoga tu amiga delante, y luego irse a dormir andando...

eso no lo hace el miedo, hija. El miedo grita, el miedo corre, el miedo se tira al agua aunque no sepa nadar.

Eso que yo vi lo hace otra cosa muy distinta.

Y llevo doce años sin decírselo a nadie más que a ti, porque a ti, siendo de tu padre, a lo mejor te creen.