La Peluquera Diez días
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Diez días

Por la mañana bajamos todos a la iglesia de Los Alcázares, a la prueba de la misa.

Don Fulgencio nos coloca en los bancos con la solemnidad de una boda al revés: nos dice dónde se sentará la familia, o sea Noelia, que es toda la familia que queda; por dónde entrará la placa antes de que él la bendiga; en qué momento se leerá la carta que ha escrito Reyes para su amiga.

La iglesia huele a cera y a piedra fría, y se está bien, se está fresco por primera vez en semanas, y me doy cuenta de que llevo diez minutos sin sudar y de que casi lo echo de menos, el sudor, porque el frío aquí dentro me deja pensar demasiado.

Reyes lee un trozo de su carta, ahí de pie, en el banco vacío que será el de la familia, para que don Fulgencio le diga si va bien de tiempo.

Y le tiembla la voz. De verdad. No es teatro.

Quiso a Ari, la quiso de verdad, y eso es lo que más me desarma de todo este asunto, lo que no me deja odiarla del todo por más que sepa lo que sé: que su dolor es auténtico y su culpa también, y las dos cosas caben dentro del mismo cuerpo, a la vez, sin reventarlo.

La miro desde mi banco leerle una carta de amor a la mujer que se llevó, y tengo que bajar la vista al reclinatorio.

Desde atrás, en el banco, se leen bien las cabezas.

Es mi ángulo, el de detrás, el de siempre.

Veo la nuca de Marga dos filas delante, tiesa, subida, girándose cada poco hacia la puerta, pendiente de quién entra.

Veo a Quique, que no aguanta quieto, que se levanta con la excusa de ayudar a colocar unas sillas para no tener que oír la carta entera, que hace ruido hasta en una iglesia vacía.

Veo a Noelia, muy recta, con la coronilla quieta, escuchando cada palabra de Reyes con una atención que no es de duelo, es de exactitud, es de estar tomando nota.

Noelia escucha como sumaba su hermana. Y veo a Reyes de pie, leyendo, y aunque no puedo tocarle la cabeza desde aquí, le veo la línea de los hombros, que lleva altos, y sé que debajo de esa carta perfecta el cuero cabelludo lo tiene de piedra.

Se le pone de piedra cada vez que dice el nombre de Ari en alto.

Lo dice cuatro veces en la carta. Cuatro veces de piedra.

Por la tarde, el ensayo de la placa. La han traído esa mañana del marmolista de Cartagena, envuelta en plástico de burbujas, y la apoyan en el porche para verla bien antes de colocarla a pie de laguna el día del homenaje.

Es bonita, no lo puedo negar. El bronce coge la luz naranja de la tarde y el nombre de Ari brilla, ARIADNA SEGADO ROS, y debajo las fechas, tan juntas, tan pocos años entre las dos, y debajo la frase, "siempre nadando por delante".

Noelia le pasa el dedo por las letras del nombre de su hermana sin decir palabra, despacio, letra por letra, y Reyes le pone la mano en el hombro por detrás.

Yo miro esa mano en ese hombro y tengo que bajar al pantalán a que me dé el aire con la excusa de un cigarro que ni fumo.

Noelia baja detrás de mí a los pocos minutos. Se apoya en la barandilla comida de sal, a mi lado, mirando el fango en seco donde debería haber agua.

— "Siempre nadando por delante" — dice, leyendo de memoria la frase de la placa — .

La ha elegido Reyes. — Se queda callada un momento — .

Mi hermana nadaba por delante, sí. Era la primera en cruzar a la boya, la primera en todo.

Iba por delante de todos. — Se gira hacia mí — .

Fíjate qué frase para ponérsela a alguien que a lo mejor murió justo por eso.

Por ir por delante. Por descubrir una cosa antes que nadie y no callársela.

No le contesto. No hace falta. Las dos miramos el sitio donde no cubre, el pantalán en seco, la mentira geográfica secándose al sol, y las dos pensamos lo mismo sin decirlo, que es la única manera que tenemos de decirlo todavía.

Y luego, la foto.

Reyes ha querido una foto del grupo en el porche, como las de antes, como las veinte fotos de veinte veranos que llenan la pared del comedor.

Nos coloca a todos con mano de fotógrafa: Chema haciendo el tonto detrás con dos dedos de cuernos sobre la cabeza de Nando, Nando y Marga juntos, Quique con Mateo en el hombro, yo con Alba delante, Noelia en un lado.

Y deja, a propósito, un hueco en el centro.

Un espacio vacío entre ella y yo, del ancho de una persona.

— Ese es de Ari — dice, dulce, y se le llenan los ojos otra vez — . Que se note que falta. Que en todas las fotos de este verano quede su hueco, para que no se nos olvide nunca, para que esté con nosotros aunque no esté.

Nos hace el hueco de la muerta. Y sonreímos todos al hueco, y el fotógrafo dispara.

Y yo, colocada justo al lado de ese espacio vacío, con el brazo de Reyes rozándome por el otro lado, pienso una cosa que ya no se me va a ir: Reyes lleva doce años haciéndole a Ari un hueco perfecto.

Cuidándole el sitio vacío. Un hueco tan bien cuidado, tan a la vista, tan lleno de flores y de cartas y de placas de bronce, que a nadie se le ha ocurrido nunca mirar lo que hay debajo de ese hueco.

El mejor escondite para una cosa es un altar.

Miro la pared del comedor cuando entramos, las veinte fotos de veinte veranos.

Ahora las veo distintas. En todas está el grupo de espaldas al agua.

Siempre de cara a la cámara, de cara a la casa, de espaldas a la laguna.

Veinte años posando dándole la espalda al agua verde, y yo creía que era casualidad, el sol, la sombra.

No lo es. Este grupo lleva doce años sin mirar la laguna de frente.

Se bañan poco, y de mala gana, y siempre con el altavoz puesto.

Comen mirando la casa. Hacen las fotos mirando la casa.

La única que miraba el agua de frente, que se metía de noche, que cruzaba a la boya la primera, era Ari.

Y el agua se la quedó. Desde entonces le dan la espalda todos.

No vaya a ser que la laguna les devuelva la mirada.

———

Me pilla a solas al caer la tarde. Sé que lo ha buscado. Reyes no hace nada por casualidad, ni un café.

Estoy recogiendo el cuarto de plancha, barriendo el pelo del último peinado, cuando aparece con dos vasos de horchata bien fría y una fuente de fartons, y cierra la puerta al entrar, con suavidad, con el codo.

Se sienta en mi silla de barbero, cruza las piernas, se pone el vaso sudando en la rodilla y me mira con esa sonrisa suya que es un abrazo o es un aviso según desde dónde la mires.

— Qué a gusto se está aquí — dice, paseando la vista por el cuarto, por mis toallas, mis botes, mi espejo — .

Tu rincón. Siempre me ha gustado verte trabajar, ¿sabes?

Con esas manos que tienes. Todo el mundo sale de aquí más guapo y más contento de lo que entró.

Es un don, cariño. No todo el mundo tiene un don.

— Es lo que hay. Es mi oficio — digo, y sigo barriendo, por tener las manos en algo, por no tenerlas quietas delante de ella.

Bebe horchata. Me deja el otro vaso en el carrito, a mi lado, insistente. Y baja la voz al tono íntimo, al de las dos solas, al que usa cuando lo que viene es de verdad.

— Vera, mi vida. Te voy a decir una cosa de mujer a mujer, y no te la tomes a mal, que va con todo el cariño del mundo, ya lo sabes.

Dejo la escoba apoyada en la pared. Me giro. Ella me sostiene la mirada, tranquila, dulce, con el vaso en la rodilla.

— Sé que andas removiendo cajas con Noelia — dice — . Las cajas del pobre Pepe. Los papeles viejos, las cuentas antiguas, las fotos, todo eso que ha bajado del guardamuebles.

No es una pregunta, así que no me da tiempo a mentir, y ella lo sabe, por eso lo dice como afirmación. Sigue enseguida, sin darme aire, con esa voz de terciopelo caro.

— Y me parece precioso que la acompañes, de verdad, mi vida.

Esa niña ha vuelto para cerrar un duelo que no cerró en doce años, la pobre, y necesita a alguien al lado que la quiera bien.

Pero hay que tener mucho cuidado con eso.

— Deja el vaso en el suelo. Se inclina un poco hacia delante, los codos en las rodillas — .

Remover el pasado de una muerta no cierra nada, Vera.

Lo abre. Yo lo he visto mil veces. Se remueve, y se remueve, y al final la que sale peor parada es ella, Noelia, que se va a llevar por delante los pocos años buenos que le quedan hurgando en un barro que ya no tiene arreglo.

Su hermana está muerta. Nada de lo que salga de esas cajas la va a devolver.

Ni una coma. Solo va a hacer daño, mucho daño, a mucha gente.

Y para nada. — Y remata, muy suave, casi en un susurro — .

Dejadla descansar. Déjala descansar a ella, a Ari.

Que la niña por fin descanse. Se lo debemos todos. Se lo debes tú también.

Y mientras me lo dice, con esa dulzura, yo la miro y leo lo que no dice.

Reyes toca a todo el mundo. Es lo suyo, la mano en el brazo, en la nuca, en la mejilla, no puede hablar contigo sin tocarte, lleva veinte años tocándome cada vez que me habla.

Y en toda esta conversación, en todo este rato de café y de guante de seda, no me ha tocado ni una vez.

Tiene las manos quietas en el regazo, una encima de la otra, agarradas, como quien se sujeta las manos para que no hagan algo.

La mujer que toca a todo el mundo se está sujetando las manos delante de mí.

Eso me dice más que todas sus palabras dulces juntas.

Eso, y que no ha dicho el nombre de Ari sin que se le enfríe la voz medio grado.

— Dejadla descansar — repite, y solo entonces, al decirlo, alarga por fin una mano y me toca la rodilla. La tiene fría.

Me busco con dos dedos el nudo de la base del cráneo y me lo aprieto contra el hueso. No me sale contestar. Tengo la boca seca a pesar de la horchata que no me he bebido.

Y entonces Reyes se levanta, deja el vaso, se acerca y me pone las dos manos en los brazos, cálidas, firmes, y me sonríe muy cerca de la cara, tanto que le huelo la horchata en el aliento.

Y por debajo de la seda, por primera vez en veinte años, asoma el hueso.

No cambia el tono. No sube la voz. Sonríe igual. Pero lo que dice ya no es un abrazo.

— Y otra cosa, cariño, ya que estamos las dos aquí tranquilas — dice — .

Tú, mejor que nadie en este mundo, sabes lo que esta familia ha hecho siempre por los tuyos.

Por ti. Por tu madre, que en gloria esté, cuando se puso mala y no había para la residencia.

Por Alba, sin ir más lejos, esta misma semana, que ya la tiene pagada.

Lo sabes mejor que nadie. — Me aprieta los brazos, suave, un cariño y una tenaza a la vez, los dedos fríos clavándose apenas — .

No lo estropees, Vera. No estropees una cosa tan bonita como la que tenemos montada entre todos.

Sería una pena tan grande. Para todos. Para la niña, sobre todo.

Con lo contenta que está con lo de la academia.

Me da un beso en la mejilla, cálido, largo, con los labios secos.

Y sale del cuarto llevándose su vaso vacío, dejándome el mío lleno, sin esperar respuesta.

Porque Reyes nunca espera respuesta. Da por hecho que ha ganado.

Lleva veinte años ganando conmigo sin que yo me diera cuenta de que jugábamos.