La Peluquera Once días
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Once días

Yo no vi nada. La frase me acompaña a todas partes.

Me la llevo a la cama, me despierta a las cinco, me la digo mientras le pongo el desayuno a Alba y mientras barro del suelo del cuarto de plancha el pelo cortado de la tarde anterior.

Yo no vi nada. Nadie contesta "yo no vi nada" a la pregunta de si se baña.

La gente que de verdad no vio nada dice "¿ver qué?

", te mira sin entender, se ríe. La que dice "yo no vi nada" separando las palabras, con esa cara, es porque vio algo y lleva doce años ensayando la frase delante del espejo para el día en que alguien, por fin, pregunte.

Marga se fue de mi silla aquella tarde con el peinado a medias, con una excusa mala, "me he acordado de que tengo el horno puesto", la cara todavía blanca.

No la he vuelto a tener a solas desde entonces.

Se me escapa. En las comidas se sienta lejos, en la otra punta, se pega a Nando, no me mira a los ojos, me pasa el pan sin rozarme.

Sabe que sé que sabe, y me tiene un miedo de gata acorralada en un rincón, ese miedo que muerde si te acercas mal.

Y yo he decidido no acercarme mal. No apretar.

Es lo que sé de mi oficio y de mi padre a la vez, las dos cosas juntas.

A un pelo enredado, apelmazado de sal y sol, no se le tira nunca: se le trabaja de abajo arriba, mecha a mecha, desde las puntas, con paciencia y con las manos flojas, porque si tiras de arriba lo rompes y te quedas con el enredo en la mano y la clienta calva.

Y a la laguna, cuando se te cae algo al fango, no le metes el brazo hasta el codo a buscarlo a lo loco, que remueves el barro y lo entierras más: esperas a que el agua baje sola y lo devuelva a la orilla.

Marga es un nudo y es un agua que está bajando.

Si le meto la mano, la pierdo, y con ella pierdo lo único vivo que tengo. Tengo que dejar que baje ella sola.

Así que la cuido. Sin decir palabra de aquello.

Le guardo el sitio a la sombra en las comidas.

Le llevo el café como le gusta, con una nube de leche.

Le termino el peinado otro día, sin preguntar nada, hablando de tonterías, del vestido azul, de su hija que está en Erasmus, dejándole las manos en la nuca el tiempo justo para que sepa que sigo aquí y que no voy a hacerle daño.

No le masajeo el dolor, que sería hurgar.

Tampoco se lo arranco de un tirón, que sería romperla.

Lo dejo estar, a la vista de las dos, encima de la mesa entre las dos, para que un día lo coja ella y lo suelte cuando pueda.

Marga, poco a poco, deja de huir de mí. No habla. Pero deja de sentarse en la otra punta. Un mediodía me pasa el pan y me roza los dedos y no los aparta. Es poco. En mi oficio, es muchísimo.

Una tarde le termino por fin el recogido de la misa, el que dejó a medias el día que se puso blanca.

La siento en la silla, le suelto el pelo, se lo cepillo largo, despacio, sin prisa ninguna, solo por cepillárselo, que es de las cosas más antiguas que sabe hacer una mujer por otra.

Marga cierra los ojos. Se le van bajando los hombros.

No hablamos de nada. Cuando termino, no le pongo la última horquilla: le dejo el pelo suelto un momento, las manos apoyadas en su cabeza, quietas, y ella abre los ojos y me busca en el espejo, y por primera vez en semanas no aparta la mirada.

Se queda. Un segundo largo, las dos en el cristal.

Y luego dice, muy bajo, "gracias, Vera", y las dos sabemos que no es por el pelo.

Es lo más cerca que está de contarme algo. Todavía no puede. Pero ya casi.

Nando lo huele. Nando no es listo para los números ni para las mentiras, pero es un perro para el ambiente de un grupo: sabe cuándo hay tormenta antes de que caiga una gota.

Me pilla a solas en la cocina esa noche, secando vasos, y se apoya en la encimera con esa cara buena que tiene, incapaz de hacerle daño a nadie.

— Vera. Tú a Marga la ves rara, ¿verdad?

— Se rasca la nuca — . La veo yo también.

Desde que bajamos. Y tú andas con Noelia todo el día, con las cajas del pobre Pepe.

— Baja la voz — . Oye, yo no quiero saber lo que sea.

De verdad que no. Solo quiero que no se estropee el verano, ¿sabes?

Que el homenaje salga bien, que le pongamos la placa a la niña, que la familia se vaya en paz, y que sigamos siendo lo que somos.

No remováis mucho, Vera. Por lo que más queráis.

Que hay cosas que es mejor dejarlas donde están.

Le sostengo la mirada. Es buen hombre, Nando. Por eso da tanta pena. Su manera de tapar no es el ruido, como la de Quique. Es la paz. Quiere paz por encima de todo, aunque la paz esté construida encima de una mentira. Le pongo la mano en el brazo.

— ¿Y si donde están las cosas es en el fondo de la gola, Nando?

No me contesta. Coge un vaso, lo seca él también, y se va al porche sin decir nada. Pero antes de salir se para un segundo en la puerta, de espaldas, y sé que lo he tocado.

———

El homenaje, mientras tanto, avanza como una boda, y Reyes es una máquina de organizar el dolor de los demás con una eficiencia que da escalofríos.

La placa ya está encargada y pagada, de bronce macizo, con el nombre de Ari, la fecha de las dos fechas, y una frase que ha elegido Reyes ella sola: "Siempre nadando por delante".

A mí esa frase, ahora, se me atraganta cada vez que la oigo.

La misa está cerrada con don Fulgencio, el cura de Los Alcázares, el que casó a Reyes y a Quique, el que bautizó a Mateo, el que enterró a media comarca.

El catering, contratado, con canapés y vino de Bullas.

Las flores, encargadas en Cartagena, blancas, muchas.

Reyes lo lleva todo en una libreta con pestañas de colores, verde para la misa, azul para la comida, rosa para la familia, y va tachando renglones, y va sonriendo, y a cada cosa que cierra dice lo mismo: "así queda bonito, así se lo merece nuestra Ari, que nadie diga que no la quisimos".

Viene don Fulgencio a la casa a ultimar la homilía, y Reyes lo pasea por el porche, le enseña las fotos de Ari en la pared, le cuenta anécdotas, lo llena de café y de pastas.

El cura, un hombre mayor y amable que lo ha enterrado y casado todo por aquí, asiente y toma notas y dice qué familia tan bonita, qué manera de recordar a los que se fueron.

Y yo, sirviendo el café, pienso que a este hombre santo lo están usando de decorado, que su misa va a bendecir una placa que tapa una tumba equivocada, y que él no lo sabe, y que va a rezar de buena fe encima de una mentira de doce años.

Me dan ganas de llevármelo aparte y contárselo.

No lo hago. Todavía no. Le sirvo más café.

El día de la placa, cuando el marmolista llame para confirmar la colocación a pie de agua, alguien tendrá que decirle exactamente en qué punto de la orilla.

En el pantalán, dirán todos, donde se bañaba Ari.

En el sitio donde no cubre. Van a clavar una placa de bronce que dice "siempre nadando por delante" justo en el trozo de orilla donde es imposible ahogarse.

Y nadie, ninguno de ellos, ve la broma macabra que es eso. Solo yo. Y Ginés. Y ahora Noelia.

Cuanto más se acerca el día, más ruido hace Quique.

Antes lo hacía a ratos, cuando se rozaba el tema.

Ahora es continuo, del desayuno a la madrugada.

Pone la música en las comidas para que no se pueda hablar de nada seguido.

Propone planes cada dos horas: una excursión en la lancha, una cena en un arrocero de Santiago de la Ribera, un día en Cartagena, cualquier cosa que saque al grupo de la casa y de la orilla y de la palabra Ari.

Bebe más que antes, y antes ya bebía. Se ríe demasiado alto, se le oye desde el otro lado de la casa.

Y cada vez que Noelia aparece por el porche, y Noelia estos días prácticamente vive aquí, a Quique le entra una necesidad urgentísima de ir a por hielo, de encender la barbacoa a las doce de la mañana, de subir el altavoz, de contar el chiste del pescador.

Le he cogido el compás entero, como se le coge el compás a un secador que hace un ruido raro.

Nombran a Ari, y Quique tapa. Aparece la hermana de Ari, y Quique tapa.

Se acerca la fecha, y Quique tapa más. Es un hombre que lleva doce años poniendo ruido encima de un silencio para no tener que oírlo nunca, ni un segundo, ni de noche.

Y empiezo a pensar una cosa, mientras lo miro tapar y tapar.

Quique no mató a nadie. Un asesino no necesita tanto ruido para dormir.

El ruido no lo hace quien apretó, lo hace quien supo y calló y no puede con el silencio que dejó su callar.

Quique tapa porque debajo del silencio hay algo suyo, y no es una mano en el agua: es haber mirado para el otro lado sabiendo lo que no quería saber.

Lo veo esa misma noche, en la cena, en cuanto Noelia saca el tema sin querer.

Estamos con el postre, y Noelia, tranquila, comenta que al día siguiente quiere bajar con Reyes a mirar el sitio exacto de la placa, a pie de agua, "donde Ari se bañaba siempre".

Y en el segundo que tarda la mesa en contestar, Quique ya está de pie.

— ¡Café! — grita, con una alegría que no viene a cuento — . ¿Quién quiere café, quién quiere carajillo, quién quiere una copa? ¡Nando, saca la botella buena, la del armario de arriba! ¡Chema, pon música, hombre, que parece esto un velatorio!

Y sube el altavoz, y trae hielo que no hace falta, y se pone a servir copas que nadie ha pedido, y en treinta segundos la mesa entera está hablando de otra cosa, riéndose de un chiste de Chema, y el sitio de la placa se ha quedado atrás, enterrado bajo el ruido, como se entierra todo en esta casa.

Nadie lo nota. Llevan doce años sin notarlo.

Yo cuento los segundos que ha tardado Quique en levantarse desde que Noelia dijo "donde Ari se bañaba": dos. Dos segundos. Ni tres.

Me levanto a ayudar a recoger, y al pasarle por detrás con los platos le veo la nuca.

La tiene empapada de sudor, y no es de calor, que estamos en el porche a la fresca.

Es sudor de otra cosa. La nuca de Quique suda cuando se nombra el agua igual que a Reyes se le tensa el cráneo.

Cada uno lo lleva en su parte del cuerpo.

La cabeza no sabe mentir del todo. Solo la cara.

———

Lo confirmo la madrugada del undécimo día, sin buscarlo.

No puedo dormir. El calor no afloja ni de noche, la habitación es un horno, y Alba, que tiene el sueño de plomo de los dieciséis, duerme atravesada y me ha robado la sábana.

Me levanto a beber agua fresca de la nevera y a que me dé el poco aire que corre, y salgo descalza al porche sin encender ninguna luz, con el vaso en la mano.

La luna está casi llena y la laguna la devuelve entera, quieta, un plato de mercurio con manchas negras de alga flotando. No hay ni una ola. Y en el pantalán, al final de las tablas comidas por la sal, hay una figura sentada.

Es Quique. Solo. En el borde de la madera, con los pies colgando hacia abajo, hacia el fango.

Tiene una cerveza en la mano, de esas que ya no están frías, que se beben calientes porque lo que se busca no es la cerveza, es tener algo en la mano.

Está mirando el barro. El pantalán, con el agua tan baja este año de sequía, queda medio en seco, y debajo de las tablas ya no hay laguna, hay fango agrietado que brilla un poco a la luz de la luna, cuarteado como la piel de un viejo.

No me oye. Voy descalza, el terrazo no suena, y me quedo quieta en la esquina del porche, medio tapada por la buganvilla reseca que trepa por la columna. No quiero espiar. Espío. Me quedo.

Quique le habla al fango. Habla solo, bajito, con la voz pastosa del que ha bebido lo justo para hablar solo y creerse que no lo oye nadie.

— Ya está bajando del todo — dice. Se lo dice al barro, a la laguna seca, a nadie — . Ya está bajando del todo, joder. Al final va a salir todo a flote. Todo. Todo lo que hay ahí abajo.

Se queda callado un rato largo. Bebe otro sorbo. Y hace una cosa que no le he visto hacer en veinte años, ni en misa de Nochebuena, ni en los entierros, ni siquiera en el entierro de Ari, donde estuvo serio y seco y con las gafas de sol puestas todo el rato.

Se santigua.

Despacio, torpe, con la mano de la cerveza, de arriba abajo y de hombro a hombro, se persigna mirando el fango en seco.

Un hombre que no se santigua nunca, que se ríe de las beatas de la novena, que no ha pisado una iglesia por gusto en su vida, se santigua solo, a las tres de la mañana, delante del barro donde el agua se está retirando año tras año.

Y yo, escondida detrás de una buganvilla muerta, con el vaso de agua templándose en la mano, entiendo que Quique no le está rezando a Dios.

Le reza a la laguna. Le está pidiendo a la laguna, la misma que se lleva matando veinte años a base de silencio de todos, que por una vez no devuelva lo que se tragó. Que no baje más. Que se lo quede.