La Peluquera Doce días
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Doce días

El dinero no basta. Me lo digo corriendo por la vía verde del Carrilet a las siete de la mañana, antes de que el sol se ponga bravo, con las zapatillas viejas y la laguna muerta a un lado y los bloques de La Manga al otro, una muralla de cemento sobre un agua que se está pudriendo.

Me lo repito al ritmo de las pisadas, sobre la gravilla de la vía vieja del tren, para que se me quede clavado y no se me olvide con el cariño de la casa.

Tengo unos extractos de hace doce años. Tengo la palabra de Toñi, que es de oídas, cañas apuntadas en una libreta que ya ni existe.

Tengo tres letras en un margen, hablar con R.

Tengo lo que sabe mi cuerpo del agua, que en un juzgado no vale un duro, porque no soy perito, ni buceadora, ni forense; soy una peluquera de Los Alcázares que sabe dónde hace pie porque su padre era salinero y la llevaba de la mano por los charcos.

Y tengo enfrente una versión oficial cerrada hace doce años.

Un caso archivado. Un ahogamiento accidental con alcoholemia alta, baño nocturno, mala suerte.

Firmado, sellado, olvidado. Contra eso, y contra el dinero de Reyes y los abogados que ese dinero paga, no tengo nada que se sostenga de pie.

Necesito una persona. Una del grupo. Alguien que estuviera esa noche en el agua, o al borde del agua, y que sepa algo y lo lleve callando doce años.

Porque el dinero da el móvil, y el móvil pesa, pero un móvil sin un testigo es solo una sospecha, y una sospecha se la lleva el aire de un abogado bueno en la primera vista.

He pensado en ir a la Guardia Civil de San Javier con lo que tengo.

Lo he pensado corriendo esta misma mañana, y lo he descartado antes de llegar al puente.

¿Qué llevo? Unos extractos de hace doce años de un negocio que ya no existe, de un muerto.

La palabra de un salinero de setenta años al que ya mandaron callar una vez por venir del vino.

Y lo que sabe una peluquera del fondo de una laguna.

Un guardia joven me escucharía con paciencia, me daría un vaso de agua, y archivaría el papel en cuanto yo saliera por la puerta.

Y esa misma tarde Reyes lo sabría, porque en esta comarca todo se sabe, y para el día siguiente tendría los mejores abogados de Murcia y una versión mejor contada que la mía.

No. Contra el dinero de ellos, un papel viejo no es nada.

Necesito una voz. Una voz de dentro, que estuviera esa noche, que diga lo que vio.

Sin eso, no tengo caso. Tengo un rencor.

Paro a beber en la fuente del apeadero viejo del Carrilet, donde el tren dejó de parar hace medio siglo, y desde ahí se ve la gola, a lo lejos, con los palos negros de la encañizada clavados en el agua.

Mi padre me llevaba de niña a ver cómo trabajaban los pescadores esos cañizos, el arte antiguo de la laguna, un laberinto de cañas que guía a los peces hacia la trampa cuando salen al mar a desovar.

"Aquí tira el agua, hija", me decía, agarrándome fuerte de la mano en el borde.

"Aquí no te sueltes nunca. Esto es lo hondo.

Aquí la laguna se junta con el mar y el agua se va con fuerza, y lo que entra en la gola no vuelve solo.

" Los veraneantes nunca supieron eso. Para ellos toda la orilla era igual de mansa, un plato tibio donde chapotear.

No sabían dónde hacía pie. No sabían dónde no.

Yo sí. Y Ari, que era de trabajar y no de veranear, también lo sabía.

Voy repasando al grupo mientras corro y sudo.

Los conozco a todos por la cabeza. Llevo veinte años con las manos metidas en sus cráneos, cortándoles, tiñéndoles, secándoles.

Sé quién aprieta los dientes de noche, quién tiene el cuero cabelludo tirante de disgustos, quién viene a cortarse antes de una mentira.

Quique sabe algo, seguro. Pero Quique no va a hablar jamás: tapa con ruido, se reinventó con ese dinero, tiene tanto que perder como Reyes, más.

Su penitencia es la fiesta. Nando es bueno pero no vio nada, y aunque hubiera visto, Nando lo enterraría por el bien del verano, que es su religión: que no se estropee, que estemos todos bien, que nadie se enfade.

Chema tiene la memoria de goma. Aquella noche fue el que más bebió, con diferencia, y su borrachera es la coartada blanda que el grupo lleva usando doce años, "Chema la vio en el pantalán dándose el último baño".

Chema no vio nada. Lo dio por bueno porque estaba como una cuba y porque no acordarse le quitaba un peso de encima.

Su ligereza es su forma de mirar para otro lado.

Y Marga.

Marga es la que no se baña. Marga es la que dice que le da grima el agua verde y se sienta en la orilla con los pies bien lejos.

Marga es la sensata, la callada, la que hace días que se me queda pillada en la lente sin que yo sepa por qué.

Marga se crió en esta laguna igual que yo, nadaba de niña, cruzaba a la boya con los demás, hacíamos carreras.

Y de un verano para otro, del de Ari en adelante, no ha vuelto a meter un pie en el agua.

A un agua así no se le coge asco de golpe, después de una vida entera dentro de ella.

Lo que se le coge es miedo. Y el miedo a un agua se coge por una cosa concreta que pasó dentro de esa agua, un día concreto, a una hora concreta.

Marga es mi persona. Y da la casualidad, que en esta casa las casualidades las reparto yo con las tijeras, de que hoy le toca peinado.

———

Antes de subir a ducharme me cruzo con la escena que lo confirma todo sin una palabra.

El grupo se está bañando. Es temprano todavía y el agua, aunque fea, a esta hora está fresca, y Chema y Quique y los críos han bajado a darse el remojón antes del calor.

Nando entra hasta la cintura y llama a Marga desde el agua, con la mano tendida, "vente, mujer, un ratito, que hoy no huele tan mal".

Y Marga, sentada en su silla en la arena, con el pareo tapándole las piernas hasta los tobillos aunque estemos a treinta grados, niega con la cabeza.

Sonríe, pero niega. Y no niega con pereza, ni con asco de melindrosa.

Niega con el cuerpo entero echado hacia atrás, agarrada a los brazos de la silla, mirando el agua con una cara que solo he visto en la sala de espera del médico.

Nando insiste una vez más, se encoge de hombros, la deja.

Y Marga se queda en la orilla, seca, vigilando el agua como si el agua fuera a salir a buscarla.

Nadie más lo mira. Llevan doce años sin mirarlo. Para ellos Marga es la rara que no se baña, un detalle, una manía, "cosas de Marga". Yo lo miro. Y guardo la cara para luego.

———

A Chema lo tanteo al mediodía, en la cocina, mientras él saca cervezas de la nevera para bajarlas al pantalán. Es el más fácil de sonsacar del grupo porque no tiene doblez: lo que sabe lo cuenta, y lo que no sabe se lo inventa con gracia, y él es el primero que no distingue lo uno de lo otro.

— Chema — le digo, secándome las manos en un trapo — . Una cosa que me ronda. La última noche de Ari, la del homenaje de entonces. Tú la viste, ¿no? Antes de... Tú fuiste el que la vio la última.

Chema se para con dos botellines en cada mano, y se le va la sonrisa un momento, solo un momento.

— Yo la vi en el pantalán, dándose el último baño, tan feliz — dice, y lo dice de carrerilla, con las mismas palabras exactas de siempre, las que le he oído contar doce veranos, como quien recita el padrenuestro sin pensar lo que dice — . Contenta estaba. Me saludó con la mano.

— ¿Te acuerdas de eso? ¿De verdad?

Se ríe, pero es una risa que se le queda a medias.

— Vera, guapa, yo aquella noche no me acuerdo ni de cómo llegué a la cama.

— Deja los botellines en la encimera, se rasca la nuca, y por un segundo se le cae la coña y asoma el fondo — .

Iba fino, ¿eh? Fino de verdad. Me desperté a mediodía en la hamaca del porche con un zapato puesto.

Lo del pantalán... me lo dijeron al día siguiente, que la había visto yo allí.

Y yo dije que sí, claro, porque a saber.

Igual la vi. Igual no. Se dice y ya está, pobre criatura, qué más da a estas alturas.

Le sostengo la mirada un segundo de más. Él la aparta, coge las cervezas, recupera la sonrisa como quien recupera un sombrero que se le ha volado.

— Anda, baja tú el hielo, que yo con esto ya voy cargado — dice, y sale.

Lo miro irse. Ahí está la coartada del grupo entera, la que ha aguantado doce años: un hombre que estaba tan borracho que se despertó con un zapato, que no vio nada, que dijo que sí porque se lo dijeron.

Un testigo de goma. Y sobre esa goma se levantó toda la versión del pantalán. Guardo esto también para luego.

———

La misa es dentro de doce días y todas quieren ir arregladas, así que el cuarto de plancha se me llena de citas. Marga viene después de comer, con el pelo lavado en su casa, a que le pruebe el recogido que llevará el día del homenaje.

Se sienta en mi silla de barbero. Le echo la capa de peinar por los hombros y se la abrocho por detrás. Y en cuanto le pongo las dos manos en la cabeza, lo sé.

Tiene la misma tensión que Reyes, pero en otro sitio.

Reyes la lleva arriba, en la coronilla, en la galea, donde se aprieta la mentira.

Marga la lleva abajo, en la nuca, en la base del cuello, ese cordón de músculo que se pone duro como el esparto cuando alguien lleva años apretando los dientes en la cama, tragando algo que no baja.

Se lo palpo con el pulgar y está como un cable de amarre.

Marga no aprieta la cabeza para mentir, como Reyes.

Marga aprieta el cuello para tragar. Llevan doce años tragándose una cosa esos músculos, y se les nota, se les nota a mis dedos aunque no se le note a nadie más en el mundo.

Hay tensiones y tensiones, y yo las distingo con los ojos cerrados.

La del que ha dormido mal una noche se va con dos amasados.

La del que carga una mala racha está repartida, en los dos hombros, en la espalda, y cede si insistes.

Pero hay una tensión distinta, la peor, la que no se reparte: se concentra en un solo punto, duro, redondo, viejo, un nudo que el cuerpo ha construido alrededor de una cosa para guardarla, para que no salga, y esa no cede por más que la trabajes, porque no es un músculo cansado, es un músculo que hace de tapadera.

Marga tiene esa. Justo en la base del cráneo, del tamaño de una avellana, dura como el hueso.

Llevo doce años sin tocársela porque nunca se dejaba peinar tranquila. Hoy se deja.

Le empiezo a trabajar la nuca despacio, con cuidado, no como quien masajea por gusto, sino como quien pregunta con las manos y espera la respuesta del músculo.

Ella cierra los ojos. Va aflojando, poco a poco, porque es más fuerte que ella, porque en el lavacabezas y en mi silla se afloja todo el mundo, hasta los que vienen en guardia.

Marga, que en la mesa habla poco y esquiva la mirada, aquí, con mis manos en el cuello, empieza a soltar el cuerpo dedo a dedo.

Hablo bajo, de nada. De la misa, del vestido que se va a poner, azul me ha dicho, del recogido, de si al final va a venir a la playa el domingo con todos.

— A la playa sí — dice, con los ojos cerrados, la voz ya blanda — . Al agua no.

— Tú al agua ya no entras.

— Yo al agua ya no entro.

Le sigo la nuca. Le bajo la voz un punto más, la dejo en ese tono con el que le digo a una clienta que su marido tiene otra, ese tono de las dos solas en el mundo y nadie más escuchando, el tono que solo existe en mi silla.

— Marga — digo, y le pongo los dos pulgares justo en el cordón duro de la base del cráneo, sin apretar, solo apoyados — . Tú no te bañas desde aquel verano. Desde el de Ari. ¿Verdad?

No he preguntado más que eso. No he preguntado qué viste, ni dónde estabas, ni con quién. He preguntado solo por el agua. Por el año.

Marga abre los ojos de golpe en el espejo. Se le va el color de la cara de arriba abajo, la veo perder el moreno en el cristal, quedarse blanca como la pared del cuarto. Y bajo mis dedos la nuca se le convierte en piedra entera, toda de un tirón, el cordón y todo alrededor.

Y contesta. Pero no contesta a lo que le he preguntado. Contesta, con la voz rota de repente, a una pregunta mucho peor que yo no he llegado a hacer, a la pregunta que lleva doce años esperando que alguien le haga.

— Yo no vi nada, Vera — dice, mirándome fijo en el espejo, con los ojos llenándose — . Yo no vi nada, ¿me oyes? Yo. No. Vi. Nada.