Trece días
El miedo no me llega de golpe. Me llega como la marea de la laguna, que aquí no rompe ni avisa: sube un dedo cada rato, callada, y cuando quieres darte cuenta estás con el agua por las rodillas y no sabrías decir en qué momento empezó.
Me despierto a las cinco de la mañana con el calor pegado a las sábanas y me quedo mirando el gotelé del techo, oyendo respirar a Alba en la otra cama, con un brazo colgando y la boca abierta, dormida con esa profundidad de los dieciséis.
Y por primera vez desde que bajé a esta casa hago las cuentas de verdad. No las del astillero. Las mías.
Esta casa es de ellos. La cama en la que duermo es de ellos.
La almohada. El pueblo entero de veraneantes, los apartamentos, los chiringuitos con los que Quique tiene tratos, la mitad de la gente que me manda clientas a la peluquería en temporada, es de ellos o les debe algo a ellos.
Yo bajé aquí a peinar un homenaje y a echar una mano, como todos los veranos de mi vida, con mi coche de doce años y mi maletín de tijeras, y he descubierto una cosa que puede meter en la cárcel a la persona que sostiene con su dinero a medio grupo.
Y estoy durmiendo bajo su tejado. Con mi hija a dos metros.
Me busco el nudo de la base del cráneo con dos dedos y me lo aprieto contra el hueso hasta que duele. Es lo único que me calma. Manía de veinte años de pie.
———
Reyes lo nota. Reyes lo nota todo, siempre lo ha notado todo, por eso es el alma de esta casa: lee a la gente.
No con las manos, como yo, pero lee. Y ha debido de leerme algo estos días, un aire distinto, una distancia de medio paso, una sonrisa que llega un segundo tarde, porque desde ayer se ha volcado en mí con una intensidad que asusta.
No me deja sola ni un minuto. En cuanto bajo a desayunar ya me tiene el café hecho como me gusta, con la leche apenas templada, y la tostada.
Me pide que la acompañe a Cartagena a por las flores del homenaje, que la ayude a elegir entre dos modelos de lápida, que le dé mi opinión sobre el menú del catering, sobre la música de la misa, sobre el color del mantel.
Me llena las horas hasta arriba. Me quiere en todo, a su lado, cogida del brazo, y cada vez que me coge del brazo me deja la mano puesta un segundo de más, cálida, firme, y yo pienso: sabe.
Y luego pienso: no puede saber, me lo estoy inventando. Y luego, cuando me aprieta: sabe.
En el coche, volviendo de Cartagena por la autovía con el aire puesto al máximo, me habla de Alba. Empieza suave, de refilón, mirando la carretera.
— Está en una edad delicada, tu niña — dice — . Se le nota que vale mucho. Lo lista que es, cómo habla, cómo mira. Esa niña tiene que estudiar, Vera. No se puede quedar en el pueblo cortando el pelo, con perdón.
— Estudiará lo que se pueda. Yo la ayudo en lo que puedo, que no es mucho, pero algo.
— Ya. Pero es que "lo que se pueda" no siempre da para lo que la criatura merece.
Y no pasa nada por decirlo en voz alta, mujer, que aquí estamos en confianza.
— Me pone la mano en la rodilla, un momento, cálida, y la retira para cambiar de marcha — .
Yo he estado mirando la academia esa de Murcia, la de idiomas y refuerzo, la buena, donde va el hijo de mi prima Charo.
Es cara, no te voy a engañar, cuesta un dineral.
Pero para eso estamos los que podemos, ¿o no?
Para eso está la familia. Para repartir la suerte.
— Reyes, no hace falta. De verdad. Ya me apañaré.
— Ya sé que no hace falta. Nunca hace falta nada, cariño.
Yo tampoco necesitaba pagarle a Chema la fianza del piso cuando lo echaron del otro, ni prestarle a Nando aquel dinero del coche, ni cambiar el tejado de esta casa que se caía a cachos.
Nada de eso hacía falta. Pero se hace, porque nos queremos, porque somos una familia de las de verdad, no de las de la sangre, de las que se eligen.
— Me sonríe, y aparta un momento los ojos de la carretera para que le vea la sonrisa entera — .
Déjame hacer esto por Alba. Déjamelo. A mí me hace feliz.
Me hace más feliz a mí que a vosotras, te lo juro.
No le digo que sí. No le digo que no. Digo "ya hablaremos, mujer, no corras", que es lo que digo siempre, lo que he dicho toda la vida, dar largas con una sonrisa para no quedar mal, para no parecer desagradecida.
Y ella lo coge como un sí, porque Reyes siempre coge mis largas como síes. Y casi siempre acierta.
Cuando llegamos a la casa, Alba está en el porche con Reyes, aunque yo la he dejado durmiendo.
Se han hecho amigas estos días de una manera que a mí me remueve.
Reyes le está enseñando a mi hija a pintarse las uñas de los pies con un esmalte carísimo, las dos con las cabezas juntas, riéndose.
Alba levanta la vista, me enseña los pies, "mira, mamá, me ha dejado Reyes el suyo, el bueno, ¿a que es una pasada de color? ".
Me quedo en el escalón mirándolas. Reyes tiene una mano en el tobillo de mi hija, sujetándole el pie con cuidado mientras sopla el esmalte para que seque.
La misma mano que administraba el fondo.
La misma mano fría cuando alguien nombra a Ari.
Ahora sujeta el tobillo de Alba, con dulzura, con paciencia de madre, y le pinta las uñas de un rojo bonito.
Y yo pienso en las tobilleras de plata que Ari llevaba en los dos tobillos, las que la laguna no devolvió.
Y no puedo dejar de mirar esa mano en ese tobillo.
— Qué bien te queda, cariño — le dice Reyes a mi hija, soplando — . Ya verás en Murcia, en la academia, lo mona que vas a ir. Allí hay que ir arreglada, no como aquí.
———
Por la noche, en el pantalán, la lente se me afila sola aunque no quiera.
Estamos todos, las sillas en corro, la laguna verde y quieta delante, el altavoz de Quique bajito por una vez. Y yo, en vez de estar, miro. Es lo que sé hacer. Miro cabezas.
Miro a Marga, que tiene los hombros subidos hasta las orejas y no mete los pies en el agua ni cuando Chema la salpica de broma, que se aparta con un respingo que es más que asco.
Miro a Chema, que se ríe demasiado y bebe más de la cuenta, con esa risa que le tapa siempre algo, y que esta noche, cuando alguien nombra el juego del agua de antes, se calla de golpe y mira su vaso.
Miro a Nando, buenazo, que le rellena el vaso a Marga sin que se lo pida y le vigila la cara de reojo, como quien vigila a un enfermo.
A Nando también lo sacó Reyes de un apuro, lo del coche, el préstamo aquel que nunca se habló de devolver.
Y a Chema le pagó la fianza del piso. Y a mí me paga los peinados el doble y me pagó la residencia de mi madre los últimos meses.
Miro alrededor del corro, de silla en silla, y no hay uno solo que no le deba algo a Reyes.
Ni uno. Estamos todos cosidos a ella con hilos de dinero, unos hilos finos, cariñosos, invisibles, que no aprietan nunca hasta el día en que aprietan.
Doce años tejiendo. Ha hecho una red con el grupo entero, hebra a hebra, favor a favor, y hasta esta semana yo creía que era amor.
Y es amor. Pero también es una red. Y una red sirve para sostener y sirve para atrapar, según de qué lado del hilo estés.
Miro a Quique, que cada vez que sale la palabra homenaje, o placa, o Ari, sube el volumen o va a por más hielo o cuenta un chiste que nadie le ha pedido.
Y miro a Reyes, en el centro de todo, repartiendo, tocando, la mano en el brazo de uno, en la nuca de otro, en la mejilla de mi hija, que se deja querer y le sonríe.
El alma del grupo. La que paga. La que sostiene.
Ahora sé lo que sostiene, y con qué dinero, y a costa de qué.
Y sigo aquí sentada, dándole conversación, con Alba durmiendo dentro bajo su techo.
Me acuerdo de una cosa que me contó mi padre y que hasta esta noche no había entendido del todo.
El agua del Mar Menor es tan salada, decía, tan cargada, que no te deja hundirte aunque quieras.
Te sostiene ella sola, flotas como un corcho, los críos aprenden a nadar aquí porque el agua los levanta.
Por eso, decía, aquí no se ahoga la gente como en el mar de fuera.
En el mar de fuera te hundes solo, te cansas y te vas al fondo.
Aquí no. Aquí, para que alguien se ahogue en la orilla, en agua que lo sostiene...
alguien tiene que empujarlo hacia abajo.
Y aguantarlo. Porque el agua, sola, lo devuelve a la superficie.
Se me queda la idea dentro, fría, mientras Reyes se ríe a mi lado de algo que ha dicho Chema. En esta laguna no te hundes sola. Alguien tuvo que apretar.
Esa noche me acuesto y no me duermo. Oigo la casa.
Cada crujido de la madera vieja al enfriarse, cada paso en el pasillo, la cisterna, una risa abajo que se apaga tarde.
Alba duerme a mi lado, tranquila, con el pie asomando fuera de la sábana y las uñas pintadas de rojo que le pintó Reyes.
Me levanto sin encender la luz y compruebo que la puerta de la habitación cierra bien.
No cierra con pestillo, estas puertas no tienen.
Pongo la silla del rincón contra el pomo, con cuidado de no hacer ruido, y me siento en la cama a mirar la puerta y la silla en la oscuridad, sintiéndome idiota y sin quitar la silla.
No tengo miedo de que pase nada esta noche.
Reyes no es de eso, Reyes no hace ruido, Reyes tapa el tejado y paga la academia.
El miedo es de otra cosa. Es de que llevo veinte años durmiendo en esta casa sin poner nunca una silla contra la puerta, tan tranquila, tan a gusto, tan de la familia.
Y esta noche la he puesto. Y ya no la voy a quitar en lo que queda de verano.
———
Es al día siguiente, a media mañana, cuando Alba baja las escaleras de dos en dos con el móvil en la mano y la cara encendida de una alegría que hace un año que no le veo.
— Mamá. Mamá, mira. Mira lo que me ha enseñado Reyes, corre.
Me pone la pantalla delante, casi en las narices.
Es la captura de un justificante bancario.
Una transferencia hecha esta misma mañana, con el concepto escrito a mano de máquina: "Matrícula curso completo Alba Salinas".
A la academia de Murcia. La cantidad me hace parpadear dos veces: es más de lo que gano yo en dos meses buenos de verano, con la peluquería llena.
— Ya está pagado, mamá — dice Alba, y salta, salta de verdad, con sus dieciséis años y toda la ilusión del mundo dentro — .
El curso entero, de septiembre a junio. Reyes dice que no tienes que devolverle nada, que es un regalo suyo, que te lo mereces por ser como eres, por lo buena que eres con todos.
Empiezo en septiembre. Voy a aprender inglés de verdad, mamá, y francés.
¿A que es la mejor? ¿A que Reyes es la mejor del mundo?
Cojo el móvil. Miro el justificante. Miro el nombre del ordenante, arriba, en negrita, donde el banco pone quién manda el dinero.
Reyes Alcaraz Meseguer.
El mismo nombre que administraba el fondo común de la casa.
El mismo nombre que llevaba las cuentas del astillero de Pepe Segado.
El mismo que Ari escribió con una letra sola, R con un punto, en el margen de un libro de cuentas la semana antes de morir.
Ese nombre acaba de pagar por adelantado el futuro entero de mi hija, sin preguntarme, sin pedirme permiso, con la cara de Alba iluminada de por medio, que es el mejor lugar del mundo para esconder un cuchillo.
— ¿A que es la mejor, mamá? — repite Alba, y me mira esperando que me alegre, esperando que corra a dar las gracias, porque es lo único que me ha visto hacer toda su vida delante de esta gente, y es lo único que le he enseñado sin querer.
Le devuelvo el móvil. Me sale la sonrisa, la de siempre, la de la peluquera agradecida que sabe cuál es su sitio. Pero por debajo, en las manos, tengo el frío de esa agua que sostiene y no deja hundirse, y sé, con toda la claridad del mundo, que ya no me están comprando solo a mí.