Catorce días
El chiringuito El Espejo, a media mañana, está casi vacío.
Toñi limpia la barra con un trapo que no limpia nada, porque el salitre lo vuelve todo pegajoso y por mucho que frotes la madera queda con ese tacto de caramelo viejo.
Tiene puesta la radio local a un volumen que no molesta, un programa de discos dedicados donde una señora felicita a su nieto.
Le he traído los papeles de un tinte que le prometí la semana pasada, un caoba para taparse las canas, y ella, sin preguntarme, me ha puesto un café con hielo y un platito de almendras.
Toñi Meroño lleva treinta años en esta orilla y sabe de todo el mundo lo que nadie cuenta, porque la gente habla en un chiringuito igual que habla en mi silla: creyéndose que el que sirve no escucha.
Que el que trae el café y el que trae las tijeras son muebles.
Yo escucho. Llevo la vida escuchando desde detrás de una cabeza.
— ¿Cómo va la casa? — me dice, apoyándose en la barra — . ¿Ya están todos abajo, los de Villa Aurora?
— Todos. Preparando el homenaje de Ari. Doce años ya.
Toñi chasca la lengua, deja el trapo, mira un momento la laguna verde por la ventana.
— Doce años. Madre mía cómo pasa el tiempo.
Pobre criatura. Con lo maja que era, que bajaba aquí a por hielo con las chanclas rotas y siempre me preguntaba por mi Josico, que estaba entonces en la mili.
— Se santigua deprisa, sin devoción, por vieja costumbre — .
Y mira ahora la que se ha montado con el homenaje ese.
Placa de bronce, catering de Cartagena, la misa en Los Alcázares con don Fulgencio.
Bien que lo paga todo Reyes, ¿eh? Que esa mujer, para pagar, no tiene mano. Nunca la ha tenido.
Bebo del café. Cojo una almendra. Dejo que siga sola, que es lo que hay que hacer con Toñi: no preguntar, poner la cara de escuchar y esperar, que ella sola llena el silencio como el agua llena un hoyo en la arena.
Por la ventana del chiringuito se ve la laguna, verde de una manera que no es color de agua, verde de sopa, con una franja de espuma marrón pegada a la orilla que nadie quita porque no se puede quitar.
Más allá, la lonja de Lo Pagán, medio parada, con las barcas amarradas y sin faena, porque de un agua así ya no sale pescado que valga.
Toñi lo mira también, un segundo, y chasca la lengua.
— Antes esto era una mina — dice — . De aquí comía medio pueblo.
La sal, el pescado, el veraneo. Y mira. Se ha muerto en veinte años delante de nuestras narices, y todo el mundo mirando para otro lado, cada uno a lo suyo.
Los del campo con sus nitratos, los del ladrillo con sus bloques, y los demás callados por no buscarnos problemas con el vecino.
— Suspira — . Al final el agua se ha podrido de tanto silencio.
Eso es lo que pasa cuando todo el mundo calla a la vez, hija: que la cosa se pudre por dentro y un día apesta y ya no hay quien lo arregle.
No sabe lo que acaba de decir. O sí lo sabe, que Toñi sabe siempre más de lo que aparenta. Bebo un poco de café para no contestar.
— Yo me acuerdo de cuando esta gente no tenía ni para el hielo — dice, bajando la voz aunque no hay nadie más que un jubilado dormido al fondo — .
El Quique, sobre todo. Que fíjate ahora, con los apartamentos de La Manga, la náutica, el chiringuito de arriba que también es medio suyo, medio Mar Menor le paga renta al Quique.
Pues el año que se murió la Ari, o el de antes, ese hombre estaba tieso, Vera.
Tieso como la mojama. Me debía hasta las cañas que se bebía aquí.
Se las apuntaba yo en una libreta, con su nombre, y venía a pagarme de tres en tres meses con la cara colorada de vergüenza, "Toñi, la semana que viene te lo cuadro todo, que ando pillado".
Dejo el vaso en la barra despacio, sin que suene el hielo, para no romper el hilo.
— ¿Quique debía? — digo, floja, con cara de sorpresa que no me cuesta poner — . Si siempre ha sido el rico del grupo, el del ladrillo.
— El rico de antes. El de la burbuja. Eso se lo llevó la crisis por delante en el ocho, en el nueve, como a tantos promotores de por aquí, que se quedaron con los pisos sin vender y las deudas al banco.
Lo que pasa es que él lo tapaba, ¿sabes cómo son?
Seguía invitando a rondas que no podía pagar, seguía con el cochazo, seguía viniendo aquí a hacer el señor.
Por fuera, el rey. Por dentro, debiéndome las cañas.
— Se limpia las manos en el delantal, me mira — .
Y de repente, mira tú qué cosa más rara.
El mismo año que se ahoga la pobre Ari, va el Quique y resucita.
De estar debiéndome cinco euros de cerveza a comprar el primer bloque entero de apartamentos en La Manga.
En menos de un año. Yo se lo dije a mi Andrés en esta misma barra: ¿de dónde saca este el dinero, si el verano pasado no tenía ni para el hielo?
— ¿Y de dónde lo sacó?
Toñi se encoge de hombros, coge otra vez el trapo inútil.
— Ah, eso yo no lo sé, hija. Herencia, decían por aquí.
Que le había caído una herencia de un tío suyo de Alicante.
— Me mira, y se le escapa media sonrisa de las suyas, la de la que dice una cosa sin creérsela ni ella — .
Un tío de Alicante muy oportuno, oye. Que se murió justo a tiempo, justo el año bueno.
A mí lo de las herencias que caen del cielo justo cuando hacen falta siempre me ha dado que pensar.
Pero yo aquí sirvo cañas y me callo, que para eso soy mayor.
Y sigue, porque a Toñi, una vez arrancada, no la para nadie, y yo no quiero pararla.
— Y desde entonces, hija, esa gente no ha parado de repartir.
Sobre todo la Reyes. — Cuenta con los dedos, apoyada en la barra — .
Que si le paga el piso al Chema cuando lo echan del alquiler.
Que si le saca del apuro al Nando con lo del coche.
Que si le arregla el tejado a la casa. Que si a ti misma, no te ofendas, que se comenta que te paga los peinados el doble de lo que cobras, por quedar bien.
Reyes paga. Reyes siempre paga. Bautizos, comuniones, el entierro de la pobre Ari entero, ataúd y lápida, con la familia sin un duro. Todo lo paga Reyes.
— Será que le sobra.
— Será. — Toñi me mira, y baja otra vez la voz, y esta vez no sonríe — .
O será que el que paga tanto, y a tanta gente, y durante tantos años, es porque compra algo, Vera.
Que yo he servido muchas cañas y he visto pagar a mucha gente.
Y el que paga de más, y sin que se lo pidan, no regala.
Tapa. — Se endereza, coge el trapo — . Pero eso me lo callo, ¿eh?
Que yo no he dicho nada. Tú no me has oído nada.
———
Me vuelvo a Villa Aurora andando por la orilla, con el sol de mediodía pegando en la nuca y los papeles del tinte de Toñi enrollados bajo el brazo, y voy juntando las piezas igual que se recogen las horquillas de un moño que se deshace: una, otra, otra, y de pronto tienes todas en la palma de la mano y entiendes que sujetaban una sola cosa.
Marzo, abril, mayo de 2013. Del fondo común de la casa sale dinero y no vuelve.
De la cuenta del astillero de Pepe Segado sale dinero y no vuelve.
Los dos sitios los administraba la misma persona, de favor, porque era la única que sabía de números: Reyes.
Ese mismo año Quique, arruinado y tapándolo con rondas que no podía pagar, resucita de la nada y compra su primer bloque en La Manga.
La herencia del tío de Alicante que se murió tan a tiempo.
Y en el margen de un libro de cuentas, con la letra de colegio de una chica que sabía sumar, tres palabras: hablar con R.
R de Reyes.
Me paro en seco en el fango de la orilla, con el agua verde lamiéndome las chanclas, tibia, espesa, salada.
Y por primera vez en veinte años miro Villa Aurora desde fuera, desde el agua, y la veo entera.
La casa que compramos entre todos con un fondo que administraba Reyes.
La casa donde puse mi sobrecito con vergüenza cada verano.
La casa que hoy figura a nombre de Reyes y de Quique, solo de ellos dos, porque los demás fuimos dejando de poner cuando la vida apretó y ellos "se hicieron cargo, no os preocupéis, ya está, es de todos igual".
La casa que la muerte de Ari dejó en manos de las dos únicas personas que tenían algo que perder si Ari hablaba.
Se me revuelve el café con hielo en el estómago.
Un bando de flamencos levanta el vuelo de las salinas de lejos, rosas contra el cielo blanco de calor, y por un momento esto vuelve a ser el sitio más bonito del mundo, el de mi infancia, y me da rabia que lo sea.
Que sea tan bonito y guarde esto debajo.
Mi padre me lo dijo mil veces, y yo de niña no lo entendía.
El Mar Menor no se ha muerto de un día para otro, decía.
Se ha muerto porque durante años convino a todo el mundo callar lo que lo estaba matando.
Los que echaban el veneno del campo, callados.
Los que construían encima, callados. Los que lo veían ponerse verde y no decían nada por no perjudicar el negocio, callados.
Un silencio de todos, cómodo, año tras año, hasta que el agua se llenó de peces muertos boca arriba y ya no hubo manera de no verlo.
La laguna se muere de lo mismo que se mueren las verdades: de que a todos les conviene mirar para otro lado.
Y ahora el agua baja, y saca el fango, y devuelve lo que le echamos.
Toda ella es una boca que por fin habla.
Lo del grupo con Ari es lo mismo, pienso, en pequeño. El mismo silencio cómodo. Doce años.
———
Encuentro a Noelia en el cuarto de plancha, con las cajas ya cerradas y apiladas, esperándome sentada en mi silla de barbero.
Entro. Cierro el pestillo. Esta vez sí lo echo, con el dedo, dos vueltas.
Me apoyo de espaldas en la puerta y lo suelto todo del tirón, en voz baja pero clara, porque una cosa dicha por dentro no pesa lo mismo que una cosa dicha con la boca, y yo necesito oírmela decir para creérmela del todo.
— Las cuentas del astillero de tu padre y las de la casa las llevaba Reyes — digo — .
Los dos sitios de donde desapareció el dinero en 2013 los administraba ella, de favor, por ser la de los números.
El año que se esfumó ese dinero, Quique, que estaba arruinado y tapándolo, resucitó y se compró el primer apartamento de La Manga.
Herencia de un tío de Alicante, dijeron.
Y tu hermana, que sabía sumar mejor que nadie, escribió que tenía que hablar con una R justo antes de morirse.
Noelia no dice nada al principio. Se ha puesto de pie sin darse cuenta, con las manos caídas. Luego se sienta otra vez, despacio, en mi silla, y se queda mirando las baldosas.
— Mi madre se murió pensando que era un accidente — dice, muy bajo — .
Y no lo era. No lo era del todo. Y yo se lo podría haber dicho, si hubiera sabido mirar estos papeles hace nueve años, cuando murió mi padre.
Los tuve en un guardamuebles nueve años, Vera.
Nueve años cobrando el alquiler del trastero para no abrirlos.
— No sabías.
— No quería saber. Es distinto. — Levanta la cara — . Sigue. Dímelo entero. Que ya no me sirve no saber.
— Yo pensaba una cosa toda la vida — sigo, y la voz me sale más firme de lo que creía tener dentro del pecho — .
Pensaba que Ari se había enterado por casualidad de un lío de dinero de un desconocido.
De un cliente del taller que hacía trampas, de alguien de fuera, de gente que no éramos nosotros.
Porque no me cabía en la cabeza que fuera de dentro.
Que la guarrada estuviera dentro de esta casa, en esta gente, en el dinero de todos nosotros, en los sobrecitos que yo ponía con vergüenza.
Me separo de la puerta. Me acerco a ella. Le pongo las manos en los brazos, como hace Reyes, pero yo se las pongo para sostenerla, no para atarla.
— Tu hermana no descubrió una guarrada de un desconocido, Noelia.
La descubrió aquí dentro. La descubrió en la casa, en los amigos, en la mujer que le llevaba las cuentas a tu padre.
Y escribió que tenía que hablar con esa persona.
Y a los pocos días se metió sola en el agua, de noche, en el único sitio de toda la orilla donde el agua tira y hace hondo.
Cojo aire. Lo que voy a decir no lo he dicho nunca en voz alta, ni pensándolo del todo, y sé que en cuanto lo diga ya no hay marcha atrás, ni para ella ni para mí ni para este verano.
— Y a lo mejor — digo, muy despacio, mirándola a los ojos que son los de Ari — , a lo mejor no se ahogó sola.