Quince días
— Fotos — digo — . Las fotos de Ari. Noelia ha bajado una caja del guardamuebles y nos hemos puesto a ordenarlas para el homenaje, para hacer un panel bonito, y se nos ha ido la mañana. Ya ves, papel viejo y llanto tonto.
Me sale redondo. Me sale con la voz justa, ni rápida ni lenta, con una sonrisa cansada de las de "ya sabes cómo son estas cosas", y hasta añado el detalle que lo vuelve verdad, que es lo que vuelve verdad cualquier mentira, un detalle de sobra que nadie inventaría: me agacho, saco de debajo de la toalla no un extracto sino la foto de Ari y yo en la puerta de mi primera peluquería, la aparto, se la enseño a Reyes en alto.
— Mira qué jóvenes. Mira qué pelos llevaba yo entonces, madre mía, con aquella permanente.
Reyes coge la foto con las dos manos. Se ríe. Se le humedecen los ojos de verdad, porque quiso a Ari, eso no me lo invento yo, en esta casa todos quisieron a Ari, ese es el horror de todo esto.
— Ay, mi niña — dice, y le pasa el pulgar por la cara a la foto, con muchísimo cuidado, con la yema, para no rozarla — .
Qué guapa era. Qué mala suerte, Dios mío, qué injusto todo.
— Suspira, deja la foto encima de la bandeja, con las pastas — .
Un panel me parece precioso, chicas. A Noelia le va a hacer bien.
Pero no os encerréis tanto, ¿eh? Que estáis de vacaciones.
Salid al agua, aunque esté fea. — Y se va, y cierra la puerta con cuidado para no hacer ruido, llevándose los cafés que ya nadie va a beber.
Noelia y yo nos quedamos sin respirar hasta que oímos sus chanclas alejarse por el pasillo, ese chas chas de goma sobre el terrazo.
Entonces la miro. Tengo las manos frías y una cosa girándome en el estómago que no había sentido nunca, y tardo en ponerle nombre.
Vértigo. Acabo de mentirle a Reyes Alcaraz a la cara, con un detalle de sobra y una sonrisa, y me ha salido bien.
Me ha salido demasiado bien. Llevo veinte años dándole la razón a la gente de arriba, sonriendo, dando las gracias, tragando, y resulta que dentro de esa mujer servicial que soy había otra que sabe mentir sin que le tiemble la barbilla. No sé cuál de las dos me da más miedo.
— Has estado bien — susurra Noelia.
— Ya. Ese es el problema.
———
La tarde, en cambio, es de postal, y eso todavía asusta más.
El grupo baja al pantalán con las neveras, las sillas plegables, el altavoz de Quique atado a un palo.
La laguna está imposible, verde y quieta, con esa espuma parda en la orilla que nadie nombra y ese olor a marisma que se pega, pero el cielo se pone naranja por encima de los bloques de La Manga, el calor afloja un poco al caer el sol, y de pronto todo esto vuelve a parecer lo que fue durante veinte años: siete amigos, sus hijos, y un verano que no se acababa nunca.
Chema hace la croqueta por el fango en seco de la orilla y sale rebozado de barro de arriba abajo, y todos nos partimos, y Alba y Mateo lo graban con el móvil muertos de risa. Nando saca la guitarra y toca mal las mismas cuatro canciones de siempre, y las cantamos peor.
Sacan las fotos viejas, las que están enmarcadas en la pared del comedor, y juegan a acordarse.
Este verano fue el del temporal. Este el de la barca que se hundió con Chema dentro.
Este el año que Quique alquiló la avioneta para tirar pétalos y casi se mata el piloto.
Se ríen, se pisan las frases, se corrigen.
Yo salgo en pocas fotos, siempre en un lado, siempre con las tijeras o el secador en la mano, trabajando en las bodas y las comuniones de todos.
Ari sale en casi todas, en el centro, con la boca abierta de risa.
Nadie descuelga esa. Se ríen de las otras y a esa la miran de reojo y siguen.
Doce años riéndose alrededor de un hueco.
Y es bonito, esa es la trampa, es bonito de verdad.
Este grupo se quiere. No es mentira que se quieren.
Lo que es mentira es lo que hay debajo del cariño, no el cariño.
Por eso duele tanto. Marga está sentada un poco apartada, en su silla, con los pies bien lejos del agua, sonriendo con esa sonrisa suya que nunca termina de llegarle a los ojos; le llevo una cerveza sin y me la coge sin mirarme del todo.
Quique reparte hielo a paletadas y sube el volumen cuando le da la gana.
Y Reyes está en el centro de todo, como siempre, sirviendo, repartiendo, acordándose de que a Nando le gusta la cerveza sin alcohol, de que yo no como gambas porque me dan alergia, de que a Alba le encanta el helado de turrón y ha bajado una tarrina entera solo para ella.
Reparte cariño con las dos manos, sin parar, tocando a uno el brazo, a otro la nuca, a mi hija la mejilla.
La miro repartir y no puedo dejar de ver la R.
Hablar con R. La escribió una muerta en el margen de un libro de cuentas, y ahora la R está aquí, con un pareo de flores y unas gafas de sol en el pelo, poniéndole helado de turrón a mi hija en un cuenco de plástico, diciéndole "come, mi vida, que estás en la edad de comer de todo".
Y yo sonrío, y le doy las gracias por lo del helado, porque el cuerpo me pide dárselas antes de que la cabeza decida nada.
Veinte años de reflejo no se quitan en una semana.
Me acuerdo de mi padre. Me acuerdo de cuando yo era pequeña y él volvía de las salinas oliendo a barro y a sal, con las botas blancas de costra, y me sentaba en las rodillas y me hablaba de la laguna.
El Mar Menor engaña, decía. Parece la cosa más mansa del mundo, un plato de agua tibia donde no te hundes ni queriendo, tan salada que te sostiene ella sola sin que muevas los brazos.
Y ahí, justo ahí, en lo que parece más manso, está el peligro.
Porque nadie desconfía de lo manso. Nadie se ahoga en una tormenta, hija, decía, que la tormenta la ves venir y no te metes.
La gente se ahoga en la calma. Un mediodía de agosto, a diez metros de la orilla, con el agua como un espejo, cuando ya ha perdido el miedo.
Reyes es agua mansa. Toda esta casa es agua mansa. Y llevo veinte años bañándome tan tranquila, sin hacer pie, sin saberlo.
———
Espero a la noche. Al momento del oficio, que es el mío, el único terreno de toda esta casa donde mando yo y no ellos.
Después de cenar, Reyes se sienta en mi silla de barbero con el pelo aún húmedo de la ducha, y me pide que le repase el flequillo, que lo lleva largo para la misa y quiere ir perfecta el día de su amiga.
Me pongo detrás de ella. Le echo las manos al pelo.
Y aquí, con las manos en su cabeza, soy yo la que mando y ella la que se afloja, porque todo el mundo se afloja cuando le tocas el cuero cabelludo con intención de cuidarlo.
Es más fuerte que la voluntad. El cuerpo se rinde a unas manos que le cuidan la cabeza aunque el dueño del cuerpo esté en guardia.
Empiezo por lo fácil. Le peino, le separo el flequillo con el peine de púa, le voy dando forma con la tijera.
Hablamos de la misa, del cura, del color de las flores, de la placa que ha encargado en el marmolista de Cartagena.
Ella habla y habla, dulce, contenta de que la mime, y yo la voy leyendo con las yemas: la coronilla blanda, la nuca floja, el pulso tranquilo en la sien, la respiración lenta.
Reyes está a gusto. Reyes conmigo siempre ha estado a gusto, porque yo soy la que no habla, la que no juzga, la que solo cuida.
Dejo pasar un rato. Le trabajo las sienes con los pulgares en círculos, que le encanta, que cierra los ojos y ronronea cuando se lo hago.
— La echo tanto de menos — dice de pronto, con los ojos cerrados, sin que venga a cuento.
Habla de Ari, no hace falta que lo diga — .
¿Sabes lo que más? Su risa. Se reía con toda la boca, sin taparse, y contagiaba.
Y lo mal que cantaba, que desafinaba que daba gusto, y le daba igual.
— Suspira, sonríe con los ojos cerrados — .
Éramos como hermanas, Vera. Más que amigas.
Yo le llevaba las cuentas de su padre, la ayudaba con sus cosas, le resolvía los líos.
Ella era un desastre para el dinero, la pobre, no sabía decir que no a nadie.
Yo la cuidaba. La cuidé siempre. — Abre un momento los ojos, me busca en el espejo, los vuelve a cerrar — .
Por eso me duele tanto el homenaje. Porque yo la cuidaba, y aquella noche no pude cuidarla.
No estaba. Si yo hubiera estado con ella en el agua, no le pasa nada. Eso es lo que no me perdono.
Se me quedan las manos quietas medio segundo sobre su cabeza.
Medio segundo. "Le resolvía los líos." "Yo llevaba sus cuentas.
" "Si yo hubiera estado con ella en el agua.
" Cada frase suya es verdad y es otra cosa a la vez, las dos capas juntas, y yo tengo las manos justo encima del sitio donde ella cree que no se le nota nada.
Vuelvo a mover los dedos. Que no lo note.
Y entonces, sin cambiar el tono, sin dejar de peinar, dejo caer la piedra al pozo a ver qué ruido hace al fondo.
— Qué mal año fue el de lo de Ari, ¿verdad? — digo, tranquila — . Con todo lo que os cayó encima aquel verano. Porque fue ese año lo de Quique, ¿no? Lo del dinero, lo malo. Todo junto.
No aparto las manos. Las dejo donde están, en la coronilla, en la galea, porque es ahí donde quiero estar cuando conteste. No en la cara. En la cabeza.
Y lo noto.
Debajo de mis dedos, el cuero cabelludo de Reyes se pone de piedra.
Es un segundo. Es una cosa pequeñísima, un endurecimiento del músculo de debajo de la piel, esa lámina fina que le cubre el cráneo y que a la gente se le tensa cuando la cabeza da una orden que el resto del cuerpo no debe enseñar.
Llevo veinte años notándolo en las cabezas de este pueblo entero.
En las novias que juran que están seguras y no lo están.
En los maridos que vienen a cortarse el pelo el jueves antes de una cita que no es con su mujer.
Se les pone la coronilla de piedra y ellos creen que no se les nota nada, porque tienen la cara quieta y la voz igual. La cara la controlan. La coronilla no.
A Reyes se le pone de piedra bajo mi mano. Y su voz, que no pierde ni una gota de dulzura, baja medio tono. Medio tono nada más. Pero lo baja, y yo lo oigo, porque llevo un mes esperando oírlo.
— ¿Quién te ha ido con lo de Quique?
No lo pregunta con dureza. Lo pregunta despacio, casi con cariño, con los ojos todavía cerrados y las manos quietas en el regazo, sobre la capa de peinar.
— Nadie — digo, y sigo con la tijera, tris, tris — . Se comenta. Es un pueblo, Reyes. Aquí se comenta todo.
— Ya. Se comenta. — Abre los ojos y me busca en el espejo, y me sonríe, y la coronilla sigue de piedra bajo mi mano izquierda — .
Aquí la gente habla mucho, Vera. Habla y habla y no sabe nada de nada.
De Quique se dijeron cosas muy feas en su día, cuando estábamos hundidos hasta el cuello, y ninguna era verdad.
A la gente le encanta ver caer al que estaba arriba. Disfrutan. Es lo único que tienen.
Le paso las manos por las sienes otra vez, suave, para que se relaje, para que siga hablando, porque cuanto más habla, más leo.
— Tú no eres de esas — dice, y sin abrir los ojos me busca la mano al pasar, me la coge, me la aprieta contra su mejilla y la deja ahí un momento.
La tiene fría. La mano fría con el calor que hace, la mano que no para de tocar a todo el mundo se le ha quedado quieta y fría en cuanto he dicho el nombre de Ari — .
Tú siempre has sido de las que no hablan.
De las que están, y se callan, y sostienen.
Por eso te queremos tanto en esta casa, cariño.
Por eso te trajimos. Por eso eres de la familia.
Me suelta la mano. Cierra los ojos otra vez, muy tranquila, muy dulce, y se acomoda en la silla.
— Sigue con el flequillo, anda — dice — . Que me lo dejes bien bonito para el día de tu amiga.