La Peluquera Dieciséis días
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Dieciséis días

El cuarto de plancha huele a mí. A laca y a agua oxigenada, a toalla húmeda que no acaba de secarse con este calor, a esmalte, al café que me subo por la mañana en un termo.

Es el único sitio de Villa Aurora que he hecho mío en veinte veranos.

Reyes me lo cedió hace años sin darle importancia, "monta ahí tu chiringuito, mujer, que a la plancha no baja nadie", y yo puse un espejo grande contra la pared, una silla de barbero de segunda mano que compré en un anticuario de Cartagena por lo que valía la tapicería, un carrito con los secadores, las tijeras, los rulos, los tintes.

Aquí peino al grupo entero cuando bajan al Mar Menor.

Aquí les corto, les tiño, les tapo las canas, les oigo.

Es mi trozo de la casa. El único que no me han regalado: me lo he ganado peinando.

Hoy no hay nadie a quien peinar. Hay cajas.

— Yo de esto no entiendo nada — dice, sacando el primer taco de folios grapados y soplándole el polvo — . Ari llevaba las cuentas del taller de mi padre desde los veinte años. Todo. Y de paso ayudaba con lo de la casa, con ese fondo que teníais entre todos para los arreglos.

— El fondo común — digo — . Poníamos cada uno lo que podía, una vez al año.

Yo la peluquería recién montada, iba justa, ponía poco, y me daba una vergüenza que me moría cuando pasaba el sobre.

Ari me lo notaba. Me decía bajito: pon lo que puedas, boba, que aquí cada uno arrima según su bolsillo y nadie lleva la cuenta.

— ¿Y quién lo llevaba, el fondo? Si nadie llevaba la cuenta.

Lo sé sin pensarlo. Lo he sabido siempre, veinte años, y hasta esta semana no significaba nada.

— Reyes. Reyes trabajaba en una gestoría entonces, en Murcia, antes de que a Quique le fuera bien.

Era la única del grupo que sabía de números, así que lo llevaba ella, de favor.

Y de paso echaba una mano a tu padre con los papeles del astillero, que Pepe para eso era un manazas, se le acumulaban las facturas en un cajón.

Noelia se queda con el taco de folios en la mano, muy quieta, mirándome.

— ¿Reyes llevaba las cuentas del taller de mi padre?

— Y las de la casa. Las de todos. Era la de los números. La de confianza.

No decimos nada más. El ventilador de pie zumba en la esquina y no refresca, solo mueve el aire caliente de un lado a otro. Nos sentamos en el suelo de baldosa, que es lo único fresco del cuarto, y nos ponemos a mirar.

Me acuerdo de Ari con estos papeles. No con estos, pero con otros iguales.

La veo en la mesa de la cocina de Villa Aurora, con el flexo, la lengua entre los dientes, sumando columnas con un boli mordido, mientras los demás estábamos en el agua.

"Id yendo, que ahora bajo", decía, "que si no cuadro esto no duermo".

Era la única del grupo, tirando de mí, que entendía de dónde salía y adónde iba cada euro, porque los demás siempre tuvieron de sobra y el que tiene de sobra no cuenta.

Nosotras contábamos. Ari contaba hasta los céntimos.

Un verano me pilló poniendo de más en el sobre del fondo común, más de lo que yo podía, por no dar la nota, por no ser la que ponía menos.

Me llevó aparte y me devolvió la mitad, en la mano, cerrándome los dedos encima.

"Tú pon lo justo, Vera. Que aquí hay quien pone mucho y luego pasa factura de otra manera.

" No entendí lo que quiso decir. Ahora, sentada en el suelo de este cuarto con sus cuentas delante, empiezo a entenderlo doce años tarde.

———

No hace falta ser perito. Eso lo aprendí en la peluquería, no en ningún sitio: para saber si una cuenta cuadra no hace falta la carrera, hace falta paciencia y un bolígrafo.

Fina y yo llevamos el negocio con una libreta de tapas de hule y el sentido común, y cuando algo no cuadra se ve.

Se ve como se ve una raíz oscura asomando en una rubia platino a las tres semanas: no hay que ser nadie para verlo, solo hay que mirar con calma y saber lo que buscas.

Aquí no cuadra.

Es igual que leer una cabeza, se lo digo a Noelia mientras separo las hojas por años.

En un pelo teñido en casa se ve dónde está la mentira: la raíz que no case con las puntas, el tono comprado en el súper que canta, la zona de la nuca que la clienta se ha dejado sin cubrir porque no se la ve ella.

La mentira siempre está donde una cosa no pega con la de al lado.

En una cuenta pasa lo mismo. La trampa está donde un número no pega con los de alrededor.

Un gasto sin factura. Un ingreso sin origen.

Una cifra redonda entre cifras que nunca son redondas, porque la vida real no da cifras redondas, las cifras redondas las escribe la gente cuando se inventa algo.

Hay que mirar despacio y saber qué buscas, nada más.

No hace falta la carrera. Hace falta querer verlo.

Y durante doce años, en esta casa, nadie ha querido.

Vamos poniendo los extractos en fila en el suelo del cuarto, sobre las baldosas frescas, ordenados por fecha con la letra menuda de Pepe de testigo en cada carpetilla.

El astillero era pequeño: reparaba barcas de recreo, motores fueraborda, cascos de fibra reventados contra las escolleras, cuatro o cinco clientes fijos del Mar Menor y alguno de Cartagena.

Entraba poco y salía poco, pero entraba y salía con su ritmo, mes a mes, año tras año, como la respiración de un cuerpo tranquilo. Hasta la primavera de 2013.

Ahí la respiración se rompe.

— Mira — digo, y voy señalando con el boli sin tocar el papel — .

En marzo de 2013 salen de la cuenta del taller tres mil euros.

A un sitio que pone solo unas siglas, ¿ves?

, tres letras. En abril, cuatro mil quinientos, otra vez a las mismas siglas.

En mayo, seis mil. Transferencias que salen y no vuelven.

Y no son pagos a proveedores, que esos los tengo aquí aparte, con nombre y con factura. Estas van sin nombre.

Noelia se acerca, con las rodillas en el suelo.

— ¿Y eso es mucho?

— Para tu padre era una barbaridad. El taller no movía eso en un trimestre.

— Cojo la otra carpeta, la del fondo de la casa, y la abro al lado — .

Y ahora mira esto. El fondo común. Aquí Ari apuntaba lo que ponía cada uno y lo que se gastaba en arreglos.

Habíamos juntado dinero durante tres años para cambiar el tejado y la bomba del pozo.

Costó Dios y ayuda juntarlo, que aquí el que más el que menos iba apretado.

Pues los mismos meses, marzo, abril, mayo del trece, el fondo se vacía. Sale y no vuelve.

Se me seca la boca. Me levanto, abro el grifo del lavacabezas y bebo del chorro tibio, con sabor a tubería recalentada, para no tener que decir en voz alta lo que estoy pensando.

— ¿Y se arregló el tejado? — pregunta Noelia a mi espalda — . Si había dinero para el tejado.

Me giro despacio.

— El tejado de Villa Aurora lo arreglaron el año pasado — digo — .

Hace un año. Lo pagó Reyes entero, de su bolsillo, y todos le dimos las gracias en el porche con una cerveza, y Quique hizo un brindis por ella.

En 2013 el fondo para el tejado se vació y el tejado siguió con goteras nueve años más.

Nueve años poniendo cubos cuando llovía.

Y de repente, el año pasado, Reyes lo paga de golpe y quedamos como reyes.

Noelia no dice nada. Se ha quedado con una hoja en la mano, y cuando la miro tiene la cara descompuesta, blanca bajo el moreno.

— Vera. Ven. Ven a ver esto.

———

Es la última hoja del libro de cuentas del taller, la de julio de 2013.

La de las semanas de antes de que muriera Ari.

Su hermana llevaba las cuentas y las llevaba a mano, a la vieja usanza, con una letra menuda y redonda de las que se aprendían antes en el colegio con caligrafía.

Ha ido apuntando las salidas raras una debajo de otra, ordenaditas, y al lado de cada una ha puesto una interrogación pequeña, con tinta azul.

Marzo, interrogación. Abril, interrogación.

Mayo, interrogación. Junio. Y al final de la columna, en el margen derecho, con la misma letra pero más apretada, escrita deprisa, como quien apunta algo antes de que se le olvide, hay tres palabras.

Hablar con R.

Nos quedamos las dos mirando esas tres palabras hasta que se me nublan y tengo que parpadear.

— Erre — dice Noelia, en un susurro — . Erre de qué.

No contesto enseguida. La R está ahí, en el suelo del cuarto de plancha, entre mis secadores y mis toallas, escrita por una mujer que doce años después de escribirla sigue enredada en los cañizos de la gola.

Y yo tengo delante otra cosa que Noelia no puede ver porque no es de aquí, porque no se crió con un padre salinero: sé perfectamente dónde apareció esa mujer, y sé perfectamente dónde no cubre.

Sé que la versión oficial la puso a bañarse en un pantalán que no le llega a nadie a la cintura.

Y ahora sé, además, que la semana antes de morir escribió, con su letra de niña aplicada, que tenía que hablar con una R sobre un dinero que se había esfumado de dos sitios a la vez.

— Puede ser un banco — digo, y me oigo mentirme a media voz, por prudencia, no por convicción — . Ripoll, Rural, yo qué sé. Una entidad, unas siglas.

— Ari no ponía la inicial de un banco — dice Noelia, y pasa hojas hacia atrás, deprisa, buscando — .

Mira. Aquí pone "Cajamurcia" entero. Aquí "Sabadell".

Cuando es un banco lo escribe completo, siempre, era así de ordenada.

Cuando pone una letra sola con un punto, es una persona.

Mira, aquí, hace dos años, "llamar a J. lo del motor", y J.

era Juan, el mecánico. Erre es una persona, Vera.

Tiene razón. Es exacta como su hermana, exacta hasta cuando le tiembla la voz.

Y las dos estamos pensando el mismo nombre, y ninguna de las dos lo dice, porque decirlo en voz alta en esta casa, con esta gente durmiendo la siesta encima de nuestras cabezas, es cruzar una raya de la que no se vuelve a este lado.

Me agacho a recoger los extractos del suelo.

Los quiero fuera de aquí. Los quiero copiar, llevármelos a la peluquería, meterlos en el cajón bajo llave con las facturas de Fina, ponerlos donde el brazo de esta casa no llegue.

Estoy pensando en eso, en cómo sacar tres cajas de Villa Aurora sin que nadie pregunte, cuando llaman a la puerta del cuarto.

Dos golpes suaves con los nudillos. Y la voz.

— ¿Chicas? ¿Estáis ahí dentro?

Reyes.

Me quedo de rodillas en el suelo con un extracto en la mano, y algo se me sube a la garganta, no miedo todavía, reflejo, el reflejo de veinte años de que Reyes no encuentre nunca nada fuera de sitio, de que la casa esté bonita, de que yo sea de fiar.

El pomo gira. No he echado el pestillo. Con la conversación se me ha olvidado echar el pestillo.

Cojo una toalla del carrito y la echo por encima de los folios del suelo con un gesto que no decido, que me sale de las manos antes que de la cabeza.

Es un gesto pequeño, de nada, echar una toalla de rizo sobre unos papeles.

En veinte años no le he escondido a Reyes ni la cuenta de la luz, ni una mala palabra, ni un secreto de otra clienta.

Y ahora, de rodillas en el suelo de mi cuarto, le tapo con una toalla blanca la única cosa que no quiero que vea en su vida.

Se abre la puerta. Reyes trae dos cafés en la bandeja buena, la de las visitas, sonriendo, con el pelo recogido en ese moño despeinado que le retoco yo cada mes en esta misma silla.

— Pero bueno — dice, dulce, mirándonos a las dos ahí abajo — . ¿Qué hacéis aquí encerradas con este calor de morirse, en vez de estar en el porche a la fresca con nosotros? Os he echado de menos en la siesta. Toma, que os he subido un cafelito y unas pastas de las de Toñi.

Deja la bandeja en la tabla de planchar. Y sus ojos, al inclinarse, bajan un segundo al suelo, a la fila de papeles medio tapada por la toalla, a la esquina de un extracto que asoma. Suben otra vez a mi cara. Con la misma sonrisa exacta de siempre.

— Cuánto papel viejo — dice, sin dejar de sonreír — . ¿Qué es todo esto?