La Peluquera Diecisiete días
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Diecisiete días

La casa de noche suena distinta. De día es el grupo entero, el hielo cayendo en los vasos, Quique con la música alta, alguien que se ríe de algo que no ha oído nadie.

De noche se calla todo y se oye la laguna.

Ya no rompe. Se mueve un poco nada más, densa, tibia, con ese olor a alga podrida que se mete en el pelo y no se va con dos lavados.

La cena ha sido larga, como todas. Chema ha contado por tercer verano el chiste del cura y el pescador de Lo Pagán, y por tercer verano nos hemos reído, porque el chiste no importa, importa que lo cuente Chema con esa cara.

Quique ha puesto a los Chichos y luego a Rocío Jurado y ha subido el volumen cuando Nando ha nombrado el homenaje, y yo he anotado por dentro, ya sin querer, que Quique tapa.

Reyes ha ido y venido de la cocina toda la noche, sirviendo, retirando, acordándose de que a mí no me pusieran gambas.

Ahora se han ido subiendo uno detrás de otro, con la pereza buena de la gente que ha cenado bien.

Reyes fue la última en darnos las buenas noches.

Me puso la mano en el hombro al pasar, me lo apretó, "descansad, chicas", y se llevó a Quique de la muñeca escaleras arriba, medio dormido, con el vaso todavía en la mano.

Quedamos Noelia y yo en el porche. Sobre la mesa de fuera hay una caja de zapatos llena de fotos. La ha bajado del coche esta tarde. Son las de Ari.

— No sé por qué las he traído — dice. Tiene la voz de su hermana, más grave, pero el mismo modo de cortar las frases en seco cuando no quiere que le tiemblen — . Llevo doce años sin abrir esta caja y hoy la meto en el maletero con los papeles de mi padre, sin pensar, como quien coge las llaves.

— Ábrela conmigo.

Las vamos sacando de una en una, a la luz amarilla del porche, con los mosquitos dándose contra la bombilla.

Ari en la playa de Los Nietos con un cubo, tres años, culona.

Ari de comunión, mustia, tirándose del vestido.

Ari y yo en la puerta de mi primera peluquería, la de antes, cuando aún alquilaba el local por cuatro duros.

Salimos abrazadas. Ella me saca una cabeza y me pasa el brazo por el cuello como si me tuviera fichada.

Éramos las dos únicas del grupo que fregábamos escaleras los sábados por la mañana antes de venir a la laguna.

— Esta me la sé — digo — . La hizo tu padre con la cámara de usar y tirar. Me acuerdo del flash.

— Se le veían los dedos siempre. En todas sale un dedo de mi padre en una esquina.

Y ahí está, el dedo de Pepe Segado, borroso, tapando media buganvilla. Nos reímos las dos bajito, para no despertar la casa.

———

Noelia se ha pasado la tarde encorvada sobre el volante desde Murcia, y luego cargando cajas, y ahora lleva un rato con los hombros subidos hasta las orejas.

Lo veo desde aquí. Es lo que hago, mirar cabezas, cuellos, la forma en que la gente carga el día en el trapecio.

Le pongo la mano en la nuca sin pedir permiso, que es lo que hago con todo el mundo, y la tiene como una tabla.

Un cordón de tendón tirante que le sube desde el hombro hasta el hueso de detrás de la oreja.

— Ven — le digo — . Siéntate en el escalón, entre mis rodillas. Que llevas la espalda de piedra y mañana no puedes ni girar el cuello.

Se ríe un poco, esa risa que no acaba de salir, y se sienta en el escalón de terrazo, todavía tibio del sol de la tarde.

Le hundo los pulgares a los lados de las vértebras y subo despacio, buscándole los nudos.

Los tiene todos. Esta chica lleva doce años cargando a una muerta en la espalda sin saberlo.

En el lavacabezas todo el mundo se afloja y dice la verdad; llevo veinte años oyéndola con las manos mojadas.

Y Noelia, que no está en el lavacabezas sino en un escalón bajo una bombilla llena de mosquitos, tampoco es distinta.

Al tercer amasado suelta el aire por la boca, largo, y con el aire empieza a hablar.

— Mi madre nunca creyó lo del accidente — dice.

Las manos se me paran solas. Las vuelvo a poner en marcha, que no lo note.

— ¿Por qué?

— Por nada concreto. Por madre. Decía: mi Ari nadaba como un pez desde los cuatro años, la metí yo misma en el agua con manguitos, ¿cómo se me ahoga mi Ari en una charca donde no cubre?

— se gira un poco, me busca la cara desde abajo — .

Tú eres de aquí, Vera. Del agua. Tu padre era salinero. ¿Cubre o no cubre donde dicen que pasó?

Y ahí está otra vez. La pregunta que llevo días haciéndome yo sola con un palo de fregona en la mano, la que me hace ahora la hermana sin saber lo que ya sabe mi cuerpo.

Podría contárselo esta noche. El pantalán en seco, el palo, Ginés, la gola.

Pero no está cuajado, y no quiero abrirle una herida con la mano en la nuca para luego no saber cerrarla.

— El Mar Menor tiene truco — le digo, que es verdad y no es toda la verdad — .

Hay sitios que no te cubren en cien metros, andas y andas y el agua por la cintura.

Y de golpe una gola honda que te traga. Mi padre me enseñó a leerlo con un palo antes de dejarme meter de noche.

Decía: nunca te bañes a oscuras donde no hayas hecho pie de día.

— Ari se metía de noche. Ari se metía donde quería.

— Ari hacía muchas cosas que las demás no hacíamos.

Eso sí la hace reír de verdad. Le sigo trabajando la nuca hasta que el cordón cede, hasta que los hombros le bajan esos dos dedos que a la gente le cuesta la vida entera bajar. Bajo mis pulgares se ha vuelto otra. Menos hermana de muerta y más mujer de treinta y uno reventada de un viaje largo.

— Qué manos tienes — murmura — . Ari me lo decía. Que tenías las manos de santa.

— Tengo las manos de estar veinte años de pie. No es lo mismo.

———

Volvemos a las fotos. Salen una y otra vez las tobilleras.

Ari llevaba dos, de plata, finas, una en cada tobillo. No se las quitaba nunca. En la playa, en las cenas, en la piscina de La Manga aquel año que Quique invitó a todos al hotel para presumir de dinero. Hasta para bañarse.

— Se las compró mi padre en un mercadillo de Cartagena — dice Noelia, y coge una foto donde se le ven las dos, brillando, sentada en el borde del pantalán con los pies en el agua — .

Baratas, plata de la mala. Se le ponían negras cada dos por tres y ella las frotaba con pasta de dientes en el lavabo, un cepillo viejo, dale que dale.

Decía que eran su amuleto. Que mientras las llevara puestas no le pasaba nada malo.

Miro la foto de cerca, a la luz de la bombilla. Dos tobilleras iguales, una en cada pie, la plata pillando el flash de la cámara de Pepe.

— ¿Y qué fue de ellas?

— Ni idea. En lo que nos entregaron no estaban. Nos dieron la ropa, el bolso que dejó en la casa, y ya. Las tobilleras no. Se las tragó la laguna, dijeron, con el fango y todo. — Se encoge de hombros, mira el agua negra — . Menos a ella. A ella la devolvió a los dos días.

Lo dice sin dramatismo, mirando la foto, y a mí se me queda una cosa fría metida entre las costillas que no tiene nada que ver con el calor de la noche.

La laguna devuelve. Eso lo sé desde niña, me lo enseñó mi padre en las salinas.

El Mar Menor no es el mar de fuera, que se lleva las cosas mar adentro y no las suelta jamás.

Esta es una bañera de agua salada, cerrada, sin apenas corriente.

Lo que entra, sale. Antes o después el agua lo empuja a la orilla, lo enreda en los cañizos, lo deja en el fango.

Devolvió a Ari. Devolvió su cuerpo a la encañizada, a los dos días, enredado en lo hondo de la gola.

¿Y no devolvió una tobillera de plata, dos, que pesan menos que una moneda de dos euros?

No digo nada. Guardo esa foto aparte, sin pensarlo, la que se ven las dos tobilleras brillando. La meto debajo del mantel de hule, en un doblez, para que no se mezcle con las demás.

———

Se hace tarde. La casa duerme entera. Noelia se ha quedado con la caja en las rodillas y yo con la espalda contra la columna del porche, y en algún momento hemos dejado de hablar de Ari y hemos empezado a hablar de nosotras.

De su vida en Murcia, sola, un trabajo de administrativa como el de su hermana, un novio que se fue el año pasado sin dar un portazo siquiera, que es la peor manera de irse.

De la mía: Juanjo, la separación tranquila que no dolió y por eso dio más pena, Alba que ya tiene dieciséis y me contesta a todo, la peluquería que va tirando verano tras verano.

— Las dos pobres del grupo — digo — . Ari nos llamaba así. Con orgullo, ¿eh? No con pena. Levantaba la copa y decía: por las dos pobres, que somos las únicas que sabemos lo que cuesta un kilo de gambas.

— Lo sé. Me lo contaba por teléfono. Se reía.

— La primera vez que subí a esta casa fue por ella — digo — .

Me trajo Ari. Los demás me contrataban para peinar, ¿entiendes?

, yo venía, peinaba, cobraba y me iba a mi pueblo.

Y un verano Ari me dijo: hoy te quedas a cenar, Vera, que ya está bien.

Y me sentó a la mesa entre Reyes y Quique, a mí, con mis manos de agua oxigenada, y cuando alguien puso cara de "¿y esta?

", ella dijo, bien alto: es mi amiga, y punto.

Es de las mías. — Se me queda la frase parada un momento — .

Nadie más me dijo nunca "es de las mías".

Me querían, me invitaban, me pagaban bien. Pero de las suyas, nunca. Solo Ari.

— Por eso las traías tú también las cañas — dice Noelia, y no es una pregunta.

— Por eso.

Me mira. Tiene los ojos de Ari, del mismo marrón con una pinta más clara en el iris izquierdo, un defecto pequeño de nacimiento, y llevo doce años sin ver ese defecto en unos ojos y me remueve por dentro más de lo que esperaba.

Alargo la mano y le quito una foto que se le está resbalando de las rodillas.

Se la sujeto. Ella me sujeta la muñeca, con la mano fresca.

Nos quedamos así, con la caja de una muerta entre las dos y la laguna quieta detrás, y hay un momento en que el aire de la noche se hace pequeño y cabe justo entre su cara y la mía.

Lo que pasa después no es de contar. Es de dos mujeres que quisieron a la misma persona y que llevaban demasiado tiempo sin que nadie las tocara sin cobrarles nada a cambio.

Se apaga la luz del porche sola, con el temporizador que Quique puso para ahorrar, y nos quedamos a oscuras, y ya está.

No hay peso en ello, ni mañana lo habrá.

Solo un rato de no estar sola cada una en su lado del silencio.

A oscuras, con la casa dormida encima de nosotras, se oye mejor la laguna.

Ese chapoteo mínimo, gordo, de agua demasiado espesa, agua que ya no suena a agua limpia.

Huele a marisma podrida, a lo que se muere despacio.

Y sin embargo la temperatura de la noche es perfecta, tibia, de terciopelo, una de esas noches de julio del Mar Menor por las que la gente paga un dineral.

Belleza por fuera y podredumbre por debajo, todo a la vez, todo en el mismo sitio.

Como esta casa. Como Reyes. Aprieto la mano de Noelia en lo oscuro, y ella me la aprieta, y ninguna de las dos dice nada más durante un rato largo.

———

Es mucho más tarde, con las estrellas ya movidas de sitio, cuando por fin le cuento lo mío. Mi culpa. Lo que no le he contado a nadie en doce años, ni a Fina, que me lo sabe todo.

— La última noche, la del homenaje de entonces, Ari me buscó — le digo, y hablo bajo, al techo de uralita del porche, no a ella — .

Yo estaba en el cuarto de plancha secándole el pelo a Reyes, que se lo había mojado en la barbacoa.

Ari asomó la cabeza por la puerta. Me dijo: Vera, cuando acabes con esta ven un momento, que tengo que contarte una cosa gorda.

Muy gorda. No te lo vas a creer. Y yo estaba reventada, llevaba desde las cinco peinando a todas para la foto de grupo, tenía los pies como morcillas.

Y le dije: Ari, mañana. Mañana me lo cuentas con calma y un café.

Y ella se rió y dijo vale, mañana. Y cerró la puerta.

Trago. No me sale la voz un momento. Me busco con dos dedos el nudo de la base del cráneo, ese que me sale siempre cuando algo me aprieta, y me lo aplasto contra el hueso hasta que duele.

— No hubo mañana. Se ahogó esa noche, mientras yo secaba una melena. Fui la última a quien quiso contárselo, y le dije que mañana. Llevo doce años cargando con eso. Doce.

Noelia no dice pobrecita. No me pone la mano encima para consolarme, que es lo que hace la gente que no sabe estar con el dolor de otro. Se queda muy quieta, mirando la laguna negra. Tan quieta que oigo cómo respira, despacio, contando.

— Una cosa gorda — repite al fin, saboreando cada palabra como si le supieran mal — . Una cosa muy gorda que no te ibas a creer.

— Eso dijo. Esas palabras.

Se gira hacia mí en la oscuridad. Le veo el blanco de los ojos nada más.

— A mí me dijo lo mismo esa semana, Vera.

Por teléfono. El martes o el miércoles antes de morirse — coge aire, y lo suelta con las palabras pegadas, deprisa — .

Me llamó a Murcia y me dijo: Noe, he pillado a alguien haciendo una guarrada con dinero, una guarrada muy gorda, no te vas a creer de quién.

Y yo estaba entrando a currar, con la tarjeta en la mano en la puerta de la oficina, y le dije cuéntamelo el finde.

Y ella dijo vale, el finde, en persona, cara a cara, que esto no es de teléfono.

Se le rompe la voz en la última palabra y se la traga entera antes de que salga del todo.

— No hubo finde tampoco — dice — . Ni a ti mañana, ni a mí el finde.

A las dos nos dijo que no nos lo íbamos a creer.

Y a las dos se nos ahogó antes de poder contarlo.

— Me busca la mano en lo oscuro y me la aprieta — .

¿No te parece mucha casualidad, Vera? ¿Dos personas a las que se lo quería contar, y ninguna a tiempo?