La Peluquera Dieciocho días
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Dieciocho días

Noelia llega un martes por la tarde, en un coche pequeño con matrícula de Alicante, y cuando baja se me para el corazón un segundo.

Porque es Ari. No es Ari, es Noelia, su hermana pequeña, que tenía diecinueve años cuando pasó todo y ahora tiene treinta y uno.

Pero es la cara de Ari doce años después.

La misma nariz, la misma manera de entornar los ojos contra el sol, el mismo pelo oscuro y recio que yo le cortaba a su hermana en las barbacoas.

Es Ari cumpliendo los años que a Ari no la dejaron cumplir.

El grupo sale al porche a recibirla y se hace un silencio raro, de todos viéndola bajar del coche, de todos reconociendo lo mismo que reconozco yo.

Es un instante muy corto y muy largo. Chema se queda con la sonrisa a medio hacer.

Nando se lleva la mano al pecho. Marga, detrás de todos, se pone blanca y da un paso atrás, medio escondiéndose tras Nando, y yo lo veo, veo cómo a Marga se le va el color al ver bajar del coche la cara de Ari doce años después.

La ve como se ve a un fantasma. Y una no se pone blanca ante el fantasma de una amiga que se ahogó por accidente.

Ante ese fantasma se pone triste. Blanca se pone quien tiene cuentas pendientes con el muerto.

Reyes es la primera en reaccionar. Va hacia ella con los brazos abiertos, cálida, deshecha en cariño.

— Noelia, mi vida. — La abraza fuerte, la mece. — Ay, cariño, qué mayor estás, qué guapa. Bienvenida a casa. Aquí tienes tu casa.

Y yo, que estoy detrás, veo la escena entera y se me hiela algo por dentro.

Porque Reyes abraza a Noelia con todo el amor del mundo, de verdad, sin fingir, y a la vez, por encima del hombro de la chica, tiene los ojos abiertos, fijos, mirando a la nada.

La mujer que todo lo toca, que a todos acaricia, abraza a la hermana de Ari con las manos quietas.

Las tiene planas contra la espalda de Noelia, sin acariciar, sin dar esas palmaditas suyas.

Quietas. Como dos manos que no supieran qué hacer contra ese cuerpo que es el de Ari repetido.

Dura un segundo. Luego Reyes vuelve a ser Reyes, la aparta para mirarla, le dice lo guapa que está otra vez, la mete en la casa, le ofrece de todo. Nadie más lo ha visto. Yo sí. Yo llevo un mes mirándole las manos a Reyes.

———

A mí Noelia me reconoce enseguida, y a mí me abraza distinto que a los demás. Más fuerte y más largo.

— Vera. — Me habla al oído. — La peluquera de mi hermana. La única de aquí que la quería de verdad.

— Las dos, Noelia. Tú y yo. Las dos que la queríamos.

Se le llenan los ojos, pero no llora. Se traga las lágrimas de una manera que también era de Ari, apretando la mandíbula, tirando para dentro.

No es de las que montan escenas. Ari tampoco lo era.

Las hermanas Segado son de las que dicen las cosas rectas y se guardan el llanto para cuando no las ve nadie.

La ayudo a instalarse en el cuarto bueno, que Reyes le ha dado el mejor, con vistas a la laguna.

Deshacemos su maleta pequeña, colocamos sus cosas, y mientras lo hacemos hablamos, primero de nada, del viaje, del calor, y luego, poco a poco, de Ari.

De cómo era. De lo que se ríe una recordándola.

Con Noelia puedo hablar de Ari de verdad, no en el presente falso y bonito del grupo, sino de la Ari real, la exacta, la que no se callaba una.

— Yo tenía diecinueve años — me cuenta, doblando una camiseta despacio.

— Estaba en primero de carrera, en Alicante.

Me llamaron a las siete de la mañana. Que Ari no aparecía.

Que se había ido a bañar de noche y no había vuelto.

— Deja la camiseta. — Y luego, dos días, esperando.

Dos días con toda esta gente, aquí, en esta casa, todos llorando y abrazándome y diciéndome que fue un accidente, que la pobre había bebido, que el agua, que la noche.

Dos días. Hasta que la sacaron. — Traga.

— Yo tenía diecinueve años y me lo creí todo.

¿Qué iba a hacer? Me lo contaban ellos, los amigos de mi hermana, la gente que la quería. ¿Por qué me iban a mentir?

Se me seca la boca. La miro doblar la ropa, tan parecida a Ari, con esa cabeza suya que no se abandona, igual que la de Reyes pero por el motivo contrario: una vigila que no se le escape una mentira, la otra vigila que no se le escape la verdad.

— ¿Y ahora? — le pregunto, con cuidado. — ¿Ahora te lo sigues creyendo?

Noelia se queda quieta un momento, con la ropa en las manos.

— Ahora he venido a poner una placa — dice, sin contestar del todo. — Y a ver si de una vez puedo dormir. Eso es lo que he venido a hacer.

Ni un sí ni un no. Es la respuesta exacta de alguien que lleva doce años con una duda que no se atreve a decir en voz alta. La misma duda que yo. Y por primera vez en todo el verano, mirando a la hermana de Ari doblar la ropa en el cuarto bueno, siento que no estoy sola en esto.

— ¿Sabes lo que más echo de menos? — dice Noelia, sentada en la cama.

— Que decía las cosas. Todas. Aunque le costara.

En mi familia todos nos callábamos, y ella no.

Ella señalaba. Si algo estaba mal, lo decía, delante de quien fuera.

— Sonríe triste. — Le trajo más de un disgusto, esa boca. Pero era lo mejor que tenía.

Lo decía todo. Señalaba. Aunque le costara. Me guardo la frase, que se me suma a todas las que llevo guardando este verano.

———

La cena de bienvenida es rara, tirante por debajo de las buenas maneras.

El grupo se desvive con Noelia, la colma de atenciones, le sirve, le pregunta por su vida en Alicante, por su trabajo, por si tiene pareja.

Reyes lleva la voz cantante, como siempre, cariñosa hasta el agobio, contándole a Noelia todo lo que ha preparado para el homenaje, la placa, la misa, la foto ampliada de Ari en el caballete, los nardos.

— Todo por tu hermana, cariño — le dice, cogiéndole la mano por encima de la mesa. — Doce años y no se nos ha ido del corazón ni un día. Lo tienes que ver, la placa es preciosa, con su nombre en letras en relieve, a pie de agua, donde a ella le gustaba.

Donde a ella le gustaba. Miro a Reyes decirlo y pienso en la gola, en el agua honda, en las dos cabezas de Ginés, y se me revuelve la cena.

Noelia le da las gracias, educada, pero yo, que llevo un mes leyendo caras, le noto a la chica algo tirante debajo.

No se derrite con Reyes como se derriten los demás.

Contesta justo, mira mucho, agradece poco.

Es exacta, como su hermana. Y a los exactos no se los compra tan fácil.

Quique, mientras tanto, hace lo suyo. Cada vez que la conversación roza a Ari de cerca, se levanta, trae vino, sube la música, propone un brindis. Ruido y más ruido. Yo ya sé leer ese ruido. Es un hombre tapando algo con las manos llenas de botellas.

Alba, sentada a mi lado, mira a Noelia con curiosidad de cría.

— Te pareces a la de la foto — le suelta de pronto, señalando la pared, la foto de Ari. — A la que salís todos.

Se hace un silencio de cuchillo. Noelia mira la foto, mira a Alba, y sonríe con una tristeza serena.

— Es mi hermana. Nos parecemos, sí.

— Era muy guapa — dice Alba, con esa franqueza que solo tienen los que no saben lo que pesan las cosas.

— Lo era — dice Noelia. Y por debajo de la mesa yo le busco la mano a mi hija y se la aprieto, sin saber muy bien de qué la quiero proteger, en esta casa donde todo el mundo quiere a mi hija y donde una muchacha guapa y lista se murió hace doce años en un sitio donde no cubre.

———

Al atardecer del día siguiente, Noelia me pide que la ayude a bajar unas cajas del maletero. Son tres, de cartón, cerradas con cinta, pesadas.

— Papeles de mi padre — dice, mientras las apilamos en un rincón del cuarto de plancha, entre mis secadores y las toallas.

— Del astillero. Cuando murió, en el dieciséis, lo recogimos todo en estas cajas y no las abrió nadie.

Mi madre no podía ni verlas. Y luego mi madre se murió también, y me quedé yo sola con esto.

— Las mira. — No sé ni por qué las he traído.

Supongo que porque este año, con el homenaje, con la placa, pensé que igual había que cerrar cosas.

Y estas cajas llevan doce años sin cerrarse.

— ¿Qué hay dentro?

— Papeles. Facturas, extractos, el libro de cuentas del astillero, lo de Hacienda, todo el lío del negocio.

Ari lo llevaba, ¿sabes? Ella era la que entendía de eso en casa.

Mi padre construía las barcas y Ari echaba las cuentas.

— Se encoge de hombros. — A lo mejor lo miro este verano, a lo mejor no.

A lo mejor lo tiro todo al contenedor y me quedo tranquila.

Doce años cargando con cajas que no me atrevo a abrir.

Miro las tres cajas apiladas junto a mi tocador, con la cinta amarillenta y el polvo encima, y siento una cosa rara en el pecho.

Ahí dentro está la letra de Ari. Los números de Ari.

Lo último que tocaron las manos que yo peiné.

Y no sé todavía que en esas tres cajas de cartón está la mitad de todo lo que llevo un mes buscando.

Se me queda mirándolas también Noelia, con las manos en las caderas, esa postura de las Segado que era igual en su hermana.

— Da hasta miedo abrirlas, ¿verdad? — dice. — Como si dentro hubiera alguien esperando.

Se ríe para quitarle peso, pero no le sale del todo.

Y a mí, que soy de sentir las cosas antes de entenderlas, se me pone la piel de gallina en el cuarto de plancha, con treinta grados y el secador todavía caliente de la última clienta.

Porque a lo mejor sí hay alguien esperando ahí dentro.

A lo mejor Ari lleva doce años metida en esas cajas, en su letra ordenada, en sus columnas de números, esperando a que alguien por fin tenga el valor de mirar lo que ella miró antes de morir.

———

Esa noche, después de cenar, Noelia y yo nos quedamos las últimas en el porche, cuando los demás ya se han ido a dormir. La laguna está negra y quieta, y por una vez no huele tan mal, o será que ya me he acostumbrado. Hablamos bajito, con las cervezas templándose en la mano.

Y entonces Noelia me cuenta lo que me clava al asiento. Lo dice sin dramatismo, casi de pasada, mirando el agua oscura, como quien menciona una rareza que nunca ha sabido dónde colocar.

— Vera, te voy a contar una cosa que no le he contado a nadie, porque no sé ni qué pensar de ella.

— Da un trago. — Desde que murió Ari, todos estos años, a mi familia le ha llegado dinero.

Poco, pero cada tres meses, puntual. Un ingreso en la cuenta de mis padres, y cuando ellos murieron, en la mía.

Sin nombre. Sin remite. Una transferencia sin ordenante, de esas que no sabes de dónde vienen.

— Me mira. — Doce años. Cada trimestre. Mi madre, la pobre, pensaba que era una ayuda del Estado, o de una parroquia, o de alguna asociación de esas de víctimas.

Una ayuda. Se agarraba a eso. Yo de niña me lo creí.

Pero he crecido, ¿sabes?, y ya no me lo creo.

Me quedo sin palabras. Porque yo llevo un mes tirando de un hilo que empezaba en el agua y en el dinero de Quique, y Noelia acaba de traerme, sin saberlo, la otra punta del ovillo.

Alguien lleva doce años pagando en secreto a la familia de Ari.

Y a la vez, en Villa Aurora, alguien lleva doce años pagándonos a todos: a Chema su deuda, a Nando su hipoteca, a mí mi reforma, a Alba su academia.

Dos ríos de dinero saliendo del mismo sitio y en la misma fecha.

Uno a la luz, repartiendo cariño en el porche.

Otro a oscuras, sin nombre, cayendo cada trimestre en la cuenta de una muerta.

Y me pregunto, con un frío que no es de la noche, si no serán el mismo río.

Deja la cerveza en el suelo. Se queda mirando el agua.

— Dime tú, Vera, que eres lista. ¿Qué clase de ayuda del Estado no tiene nombre y dura doce años exactos, los mismos que mi hermana lleva muerta?

¿Quién le manda dinero, en secreto, durante doce años, a la familia de una muerta?

— Se vuelve hacia mí en la oscuridad. — La gente no paga por una desgracia ajena. La gente paga por lo que debe.