Veinte días
Hay dos Mar Menores, y yo pertenezco al que no sale en los folletos.
Está el de los veraneantes, el de Villa Aurora y La Manga, el de los chiringuitos con música y las motos de agua.
Y está el otro, el de siempre, el de la gente que nació aquí y se muere aquí: la lonja, las barcas viejas, las salinas, El Espejo, los bares donde se juega al dominó.
Ese es el mío. Y esta semana, por primera vez en años, vuelvo a él a hacer preguntas.
Bajo a la lonja de Lo Pagán a primera hora, cuando descargan lo poco que se pesca ya en esta laguna moribunda, casi todo de fuera.
Huele a hielo, a gasoil y a pescado, ese olor de trabajo de verdad que a mí, aunque no lo diga, me reconforta más que la colonia cara de Villa Aurora.
Aquí la gente tiene las manos como las tengo yo: agrietadas, marcadas, de agarrar cosas.
Aquí nadie me paga por estar. Aquí soy Vera, la de Salinas, la que puso una peluquería y le fue bien, una de las que se quedaron.
Conozco a medio muelle de toda la vida. Me tomo un café con Ramón, el de la cámara del hielo, que fue quien le dio trabajo a mi madre limpiando cuando yo era pequeña.
Ramón vio crecer la laguna y la vio morirse, y lo cuenta con la misma pena con la que se habla de un pariente que se apaga.
Antes de aquí salían doradas, lenguados, langostinos que eran gloria, me dice.
Ahora sale barro y medusas. Hablamos de eso, del calor, de la sequía, de los años en que se podía vivir del agua.
Y cuando puedo, con cuidado, dejo caer el nombre.
— Oye, Ramón, ¿tú te acuerdas de aquella chica que se ahogó, hace doce años, en la orilla de Los Nietos? Ari, se llamaba. Amiga mía.
Ramón deja el café en el mostrador. Se le cierra un poco la cara. Mira a un lado, mira a otro.
— Algo me suena, sí. — Se encoge de hombros. — Una desgracia. ¿Por qué lo dices?
— Por nada. Que este año le hacen un homenaje y me ha dado por acordarme.
— Ya. — Recoge unas cajas que no hacía falta recoger.
— Mira, Vera, de eso aquí no se habla mucho, ¿sabes?
Fue muy feo. La familia quedó deshecha, el padre no levantó cabeza, se murió a los pocos años.
Mejor no remover. Déjalo estar. — Me da una palmada en el hombro, cariñosa, cerrando el tema.
— Tú a lo tuyo, guapa, que era una buena chica y ya está.
Que no se remueva. Lo mismo que me dijo Nando en la casa, con otras palabras.
Lo mismo que dice todo el mundo. En el pueblo de los ricos y en el pueblo de los pobres, la misma regla no escrita: de cómo murió Ari no se habla.
Por no remover. Por respeto. Por la familia.
Y a mí, que llevo la vida oyendo lo que la gente calla, esa unanimidad me huele peor cuanto más educada es.
Cuando todo un pueblo se pone de acuerdo en no hablar de algo, es que ese algo tiene una forma que nadie quiere nombrar.
Salgo de la lonja con el café revuelto en el estómago.
Me he pasado la vida agradeciendo el silencio de los demás, tomándolo por respeto, por educación, por cariño.
Y hoy lo veo distinto. El silencio de un pueblo no siempre es respeto.
A veces es un acuerdo. Un acuerdo grande, callado, en el que entran el rico y el pobre, el veraneante y el de aquí, cada uno con su motivo, para que una cosa que pasó no tenga que decirse nunca en voz alta.
Yo estaba dentro de ese acuerdo sin saberlo.
Doce años dentro. Y ahora que he empezado a salirme, noto por primera vez lo apretado que era.
———
Voy a las salinas a media mañana. Las salinas de San Pedro son lo más bonito que queda por aquí: charcos enormes de agua rosa y malva, separados por andenes de tierra, con montañas de sal blanca apiladas al sol que brillan que hacen daño a los ojos.
Y flamencos, cientos algunos años, metidos hasta la rodilla, filtrando el fango con el pico del revés.
Es un sitio que parece de otro planeta, y es donde mi padre se dejó los pulmones cuarenta años.
Yo aquí aprendí a andar, a mirar el agua, a saber por dónde entra y por dónde sale.
Vengo poco, porque me duele, pero vengo.
Sé que a Ginés lo encuentro aquí, que aunque esté jubilado no se despega, baja a mirar los charcos como quien visita a un pariente enfermo. Lo veo de lejos, con la boina, apoyado en la valla del andén, mirando el agua rosa donde tres flamencos hurgan en el fango.
Me pongo a su lado sin decir nada, que con Ginés se empieza callando. Miramos juntos los flamencos un rato.
— Vuelves con lo de la chica — dice él, sin preguntarlo, sin mirarme.
— Vuelvo con lo de la chica.
Ginés escupe la brizna que masca. Se toma su tiempo. Y luego, con esa voz seca de refranero que tiene, me suelta lo que lleva doce años soltando y que nadie le ha querido oír.
— Yo aquella madrugada estaba aquí, en las salinas, que me tocaba abrir las compuertas al amanecer.
— Señala con la barbilla hacia la orilla lejana, hacia el este, hacia la gola.
— Y desde aquí, con la primera luz, se ve la gola de la encañizada, allí enfrente.
Y aquella madrugada vi lo que vi. Una linterna.
Y dos cabezas en el agua. En la gola. En el sitio hondo, donde no se baña nadie.
Dos cabezas, niña, no una. A esas horas, con la fiesta ya acabada, cuando ya no había nadie bañándose en toda la orilla.
Se me eriza la nuca.
— ¿Dos cabezas?
— Dos. Lo vi con estos ojos, que entonces veían mejor.
Y lo dije. Cuando salió lo de la chica ahogada, fui y lo conté, en el cuartelillo y en el pueblo.
Dije, yo vi dos cabezas y una linterna en la gola esa madrugada.
— Se ríe amargo, una risa que no tiene gracia.
— ¿Y sabes lo que me dijeron? Ginés, tú venías del vino de las fiestas.
Ginés, tú qué vas a ver desde tan lejos.
Ginés, a la cama. Me mandaron a la cama como a un crío.
El salinero borracho que ve visiones. Y santas pascuas.
———
Nos quedamos callados. Un flamenco levanta el vuelo, rosa contra el cielo blanco, y se posa más allá.
— Ginés. — Elijo las palabras despacio. — ¿Y usted por qué está tan seguro? Han pasado doce años. Era de madrugada, de lejos...
— Porque yo llevo toda la vida mirando esa agua a esas horas, niña.
— Me mira por fin, y tiene los ojos duros.
— Yo sé lo que es una barca y lo que es un bañista y lo que es un pájaro en el agua a la primera luz.
Y lo que vi eran dos personas en la gola, quietas, con una linterna, en un sitio donde a esas horas no tenía que haber nadie.
Lo sé como sé que ahora mismo hay tres flamencos delante de mí y no cuatro.
— Vuelve a mirar el agua. — Me llamaron borracho porque era más cómodo.
Un borracho no obliga a nadie a hacer preguntas.
Y aquí, hija, lo que nadie quería era hacer preguntas.
— ¿Y no volvió a decirlo? ¿Con los años?
— ¿A quién, niña? — Se ríe con la boca torcida.
— ¿Al cuartelillo, que cerró el caso a los dos días?
¿A la familia, que estaba deshecha y no quería más leña?
¿A los amigos de la muerta, que eran los que mandaban aquí y los que ponían el dinero?
— Escupe. — Yo soy un salinero jubilado que huele a barro.
Ellos son los señores de La Manga. ¿Tú a quién crees que le hacen caso, al que sabe o al que tiene?
Aprende esto, que te lo enseño gratis: en este mundo la verdad la dice el que puede, no el que la sabe. Y yo nunca he podido nada.
Lo dice sin rencor, con la calma del que hizo hace mucho las paces con su sitio en el mundo.
Y a mí se me clava, porque yo llevo toda la vida en el bando de los que saben y no pueden.
La peluquera que oye la verdad con las manos y calla porque a los de arriba se les da la razón.
Ginés y yo somos lo mismo: gente que sabe leer y a la que nunca dejaron hablar.
Lo dejo en la valla, mirando sus charcos, con su verdad de doce años que no le compró nadie. Y me voy con las dos cabezas metidas en el pecho. Dos. En la gola. Cuando ya no se bañaba nadie.
Antes de arrancar me quedo un rato apoyada en la valla de las salinas, mirando el agua rosa.
Tres flamencos, patas de alambre, meten y sacan la cabeza del fango con una paciencia de siglos.
Mi padre decía que el flamenco come del revés, con el pico boca abajo, filtrando el barro, y que por eso ve cosas que los demás no ven, porque mira donde nadie quiere mirar, en el fondo.
Yo llevo un mes haciendo lo del flamenco.
Metiendo la cabeza en el fango de esta historia, filtrando, sacando lo que nadie quiere ver. Y empieza a salirme barro en el pico.
Conduzco despacio de vuelta, con la cabeza a mil.
Dos cabezas. Si Ari apareció en la gola, y Ginés vio dos personas en la gola esa madrugada, entonces Ari no estaba sola en el sitio hondo.
Había alguien con ella. Alguien con una linterna, en el único punto de toda la orilla donde una mujer podía ahogarse de verdad, a una hora en que ya no se bañaba nadie.
Y esa persona salió del agua, porque solo apareció un cuerpo. Uno se quedó. El otro salió.
Me obligo a frenar el pensamiento, que va más rápido que el coche.
No tengo nada. Tengo el agua baja, el cuento imposible del pantalán, un salinero al que llamaron borracho y un cuerpo que apareció donde no debía.
No tengo un nombre. No tengo una prueba.
Tengo lo que tiene una peluquera: un montón de cosas oídas y sentidas con las manos, ninguna de las cuales vale delante de un juez.
Pero por dentro, en ese sitio donde una sabe las cosas antes de poder demostrarlas, ya no me cabe la duda de que a Ari alguien la acompañó a morir.
———
Paso por El Espejo antes de volver, con la excusa de confirmarle a Toñi una cosa del catering, pero en realidad porque necesito seguir tirando del hilo, ahora que el hilo ha empezado a salir.
Con Toñi hay que tener maña: habla por los codos, pero si nota que le sacas algo, se cierra.
Con ella funciona lo mismo que en el lavacabezas: dejarla hablar, no apretar, poner cara de nada, y esperar a que la verdad se le caiga sola de la boca como una horquilla suelta.
Toñi está sola, fregando vasos detrás de la barra, con el ventilador de aspas dándole al aire caliente.
El espejo viejo de la pared devuelve la laguna parda del mediodía.
Le pregunto por el menú, por las bandejas de marisco, por cuánta gente va a haber, y ella me contesta y de paso me cuenta media vida del pueblo, quién se ha muerto, quién se ha arruinado, quién se ha ido.
La dejo correr. Y luego, cuando la veo puesta, como quien no quiere la cosa, meto el nombre otra vez.
— Toñi, ¿tú te acuerdas bien de cuando murió Ari? Del entierro y todo.
— Uy, si me acuerdo. — Deja el vaso. — Pobrecica.
Todo el pueblo fue al entierro. Una pena tan grande.
— Baja la voz, aunque no hay nadie. — ¿Sabes lo que se comentó siempre por aquí?
Lo de Ginés. Que él dijo que había visto dos cabezas en la gola esa noche.
Dos, decía. Y nadie le hizo caso, claro, el pobre Ginés.
Pero él lo dijo. Lo dijo siempre, hasta hoy.
— Ya me lo ha contado él.
— Pues ahí lo tienes. — Toñi se seca las manos en el delantal, se acerca más a la barra, y baja la voz un grado más, hasta ese susurro de las que van a contar lo bueno. — Pero yo te voy a decir una cosa que a lo mejor no sabes, y que a mí siempre me dio que pensar.
Se asoma al comedor vacío para asegurarse de que no ha entrado nadie. Vuelve.
— La familia de Ari estaba sin un duro. El astillero del padre iba fatal, todos lo sabíamos aquí, no llegaban a fin de mes, y encima con la crisis...
Un desastre. Cuando murió la niña, no tenían ni para enterrarla en condiciones.
Yo lo sé porque la madre, Encarna, que en paz descanse, vino aquí a llorarme un día, deshecha, diciendo que no sabían cómo pagar el entierro.
— Toñi hace una pausa, y me clava los ojos.
— Y de repente, al día siguiente, todo pagado.
¿Sabes quién pagó el ataúd, el bueno, de los caros, y la lápida de mármol, y el nicho?
No fue la familia, que no tenía. Lo pagó Reyes.
Todo. Del bolsillo. Al día siguiente de aparecer la niña muerta.
— Y se acerca tanto que le huelo el café en el aliento.
— Con la familia sin un duro, ¿eh? Sin un duro. Reyes.