La Peluquera Veintiún días
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Veintiún días

La casa es la misma y es otra. Eso es lo peor de saber algo: que no puedes dejar de saberlo.

Me levanto en Villa Aurora, bajo al porche, huelo el café, oigo la risa de Reyes, y todo está en su sitio, la buganvilla reseca, las tumbonas, los niños, el cariño de siempre envolviéndolo todo.

Y sin embargo la luz es distinta. Como cuando en la peluquería cambias una bombilla y de pronto ves las canas que antes no veías.

La misma cabeza, otra luz, y ya no puedes dejar de ver lo que has visto.

Reyes me pone un café sin preguntar, como cada mañana, con la nube de leche justa que a mí me gusta, porque se acuerda de todo.

Chema hace una broma sobre mis ojeras. Nando me guarda la última magdalena de las buenas.

Todo es cariño. Un cariño espeso, tibio, que te envuelve y te sostiene y del que ahora, de pronto, no me puedo fiar del todo.

Y eso, no poder fiarme del café que me sirve una mujer que me quiere, es lo más solo que me ha pasado en veinte años.

Fuera, la laguna amanece del color de la ceniza, sin un pliegue, con la niebla de calor pegada al agua.

Un pescador viejo pasa remando despacio por lo somero, buscando lo poco que queda, y su barca deja una raya en el agua muerta que se cierra enseguida, sin memoria.

Así se cierra todo aquí. Pasas, dejas una marca, y el agua vuelve a quedar lisa, y a los diez minutos nadie diría que estuviste.

Doce años lleva la laguna cerrándose sobre lo que le pasó a Ari.

Lisa. Quieta. Sin memoria, como el agua que no guarda la raya de una barca.

Desayuno con ellos y les leo las caras una por una, sin querer, y me hago la pregunta que no me deja en paz desde ayer.

¿Por qué? Si Ari apareció en la gola, en lo hondo, ¿por qué llevan doce años diciendo que se bañaba en el pantalán?

El pantalán está delante de la casa, a la vista.

La gola está lejos, en el recodo, escondida.

¿Por qué mudar a una muerta de sitio? ¿Por qué ponerla a bañarse feliz donde no cabe la muerte, en vez de en el sitio donde de verdad la encontraron?

Solo se me ocurre una respuesta, y no me gusta.

Se cambia de sitio a una muerta cuando el sitio de verdad cuenta algo que no se quiere que se sepa.

El pantalán es inocente: agua somera, casa, borrachera, mala suerte.

La gola no. La gola es hondo y es corriente y es un sitio al que hay que ir, o al que hay que llevar.

La gola hace preguntas. El pantalán las contesta todas antes de que nadie las haga.

Lo pienso mientras unto una tostada en el porche, rodeada de la gente que más quiero, y se me pone la comida en la garganta.

Y me miro también a mí. Porque yo también he dicho esa mentira.

No con la boca, pero con el silencio, que es peor.

Doce años he venido a esta casa cada julio, he brindado por Ari, he peinado a todas para la misa, y nunca, ni una sola vez, me paré a pensar dónde apareció el cuerpo de mi amiga.

Yo, que soy hija de salinero, que sé leer esta agua mejor que ninguno de ellos.

Lo tenía delante y no lo miré. ¿Por qué?

Porque a mí también me convenía no mirar.

Porque mirar habría sido estropear la casa donde me sentía querida.

Ginés lo dijo del agua muerta y vale para todo lo de aquí: se muere de que a todos les conviene no mirar. Yo, la primera.

Esa es la parte que no le voy a poder contar a nadie. Que la mentira no la dicen solo ellos. La digo yo también cada vez que doy las gracias.

———

Me escapo a media mañana con la excusa de llamar a una proveedora, me meto en la furgoneta con el aire puesto y llamo a Fina. Necesito una voz de fuera. Necesito a alguien que no sea de esta casa, que no me deba nada ni me haya vestido de lino, que me diga si estoy perdiendo la cabeza.

Fina lo coge al segundo tono, con el ruido del secador de fondo.

— Dime, Vera, que tengo a la Manoli con los tintes.

— Fina. — Bajo la voz aunque estoy sola en el coche. — Te tengo que contar una cosa y necesito que me digas si estoy loca.

Se hace un silencio y oigo cómo apaga el secador. Fina me conoce hace veinte años. Sabe cuándo hablo en serio.

— Cuenta.

Y le cuento. Le cuento lo del agua baja, lo del palo de la fregona, los cuatro palmos, lo de Ginés, la gola, el cuerpo que apareció en lo hondo y no en el pantalán.

Se lo cuento entero, atropellado, en voz baja, mirando por el retrovisor por si viene alguien.

Fina me escucha sin interrumpir, que es lo que hace ella, y cuando termino se queda callada un momento.

— A ver si te he entendido — dice al fin, despacio. — Que llevan doce años diciendo que tu amiga se ahogó en un sitio donde tú, que eres hija de salinero, dices que no cubre. Y que apareció en otro sitio, en el hondo. Y que lo dicen todos igual.

— Todos, Fina. Todos a la vez, con las mismas palabras. Aquí hay una mentira de doce años y la dice todo el mundo. Todos juntos. Y yo llevo doce años comiéndomela como los demás.

— Vera. — Fina se pone seria, esa seriedad suya de mujer que ha visto mucho desde detrás de un lavacabezas.

— Escúchame bien. Tú de loca no tienes un pelo.

Tú tienes los pies más en el suelo que nadie que yo conozca.

Si tú dices que el agua no cubre, es que el agua no cubre.

Pero, hija, tú lo que estás diciendo es muy gordo.

Muy gordo. ¿Tú sabes lo que estás diciendo?

— No lo digo. Solo lo pienso.

— Pues piénsalo con cuidado, que esa gente tiene mucho, y el que tiene mucho, cuando se ve tocado, no se anda con tonterías. — Baja la voz. — Y tú estás durmiendo en su casa. Con la niña.

Con la niña. Me cae encima como un cubo de agua fría.

Alba. Cuelgo con Fina prometiéndole que voy con cuidado, que la llamo, que no hago ninguna tontería.

Y me quedo un rato en la furgoneta, con el aire acondicionado zumbando y el corazón puesto en mi hija, que ahora mismo está en el porche dejándose querer por esta gente.

———

La encuentro en el pantalán, descalza, con los pies metidos en el poco agua tibia que queda, tirando piedras planas para hacerlas rebotar.

Tiene dieciséis años y esa manera de estar en el mundo que todavía no sabe lo que pesa.

La miro un rato desde la orilla antes de que me vea.

Se parece a mí de joven y se parece, ahora que lo pienso, a alguien más: tiene la misma facilidad para los números que tenía Ari, y la misma risa fácil, y la misma cabeza sin nudos todavía.

— Huele fatal, mamá — dice cuando me nota, arrugando la nariz hacia el agua. — ¿Esto antes no era bonito?

— Antes era bonito. — Me siento a su lado en la madera caliente. — Antes había peces y flamencos y el agua estaba clara. Tu abuelo pescaba aquí.

— ¿Y qué le pasó?

— Que la fuimos ensuciando poco a poco y nadie quiso verlo hasta que ya no tuvo arreglo. — Le aparto un mechón de la cara. — Las cosas se mueren así, hija. Despacio. Y mientras se mueren, todo el mundo hace como que no pasa nada.

Alba me mira raro, porque no es la clase de cosa que le digo normalmente, y se ríe y me tira agua con el pie y me llama intensa.

Y yo me río con ella, y me guardo lo que de verdad quiero decirle, que es ten cuidado con la mano que te llena de regalos, que a tu madre esa mano la lleva veinte años acariciando la nuca.

No se lo digo. Todavía no sé decírselo sin asustarla.

Y a lo mejor tampoco tengo derecho, yo que llevo toda la vida dejándome acariciar.

La miro tirar piedras al agua, con las piernas largas y morenas, dieciséis años y toda la vida por delante.

Y por un momento la veo a ella en el sitio de Ari.

No sé por qué. Será que llevo el miedo puesto.

Pero se me cruza por la cabeza, rápida y fría, la imagen de mi hija creciendo dentro de esta casa, dejándose querer, dejándose pagar la academia, dejándose comprar el futuro, año tras año, como me pasó a mí.

Convirtiéndose, poquito a poco, en otra Vera.

En otra que sabe callar. En otra a la que compran con menos de lo que vale.

Y eso, que a mí me pasó sin que nadie me avisara, no se lo pienso dejar pasar a ella.

Aunque todavía no sepa cómo evitarlo. Aunque me tiemblen las manos de solo pensarlo.

— Anda, sal del agua, que huele a demonios — le digo, más brusca de lo que quería. Y ella me hace caso, y me pasa el brazo mojado por los hombros camino de la casa, y yo aprovecho para olerle el pelo, ese gesto de madre que no se pierde nunca, y darle gracias en silencio por seguir siendo una cría.

———

Cuando vuelvo a la casa, me encuentro la escena que me faltaba para no dormir.

Reyes ha vuelto de Murcia. Ha estado toda la mañana fuera y ha vuelto con bolsas, y las está abriendo en el porche delante de Alba, que da saltitos. Unas botas. Unas botas de esas de marca, de cuero bueno, de las que valen lo que yo cobro por diez cortes, marrones, preciosas.

— Las vi en el escaparate y dije, estas son para mi Alba — dice Reyes, radiante, poniéndoselas a mi hija contra las piernas para ver la talla. — Que una chica guapa tiene que ir guapa. Nada de peros. Es un regalo y punto.

— ¡Mamá, mira! — Alba está en las nubes.

— Y otra cosa, cariño. — Reyes se sienta, coge a Alba de las manos, la mira con esa intensidad tan suya que a los dieciséis años debe de sentirse como el sol.

— He estado preguntando por la academia esa buena de Murcia, la que prepara la selectividad.

La que saca a los chavales a las mejores carreras.

Y me han dicho que aún hay plaza para septiembre.

Yo te la pago. Todo el curso. Tú no te preocupes de nada, que de eso me encargo yo.

Tú a estudiar y a llegar lejos, como te mereces.

Alba se queda con la boca abierta. Me busca con los ojos, incrédula, feliz, pidiéndome permiso para creerse tanta suerte.

— Reyes, no hace falta, de verdad, es demasiado — alcanzo a decir, con la boca pequeña.

— Vera. — Me coge la mano por encima de la mesa, con esa manera suya de agarrar que no deja irse, y me mira con todo el cariño del mundo.

— Ni una palabra más. Esta niña es como de la familia.

Como lo eres tú. Yo tengo la suerte de poder ayudar, y ayudo a los míos.

¿A quién voy a ayudar, si no? Tú harías lo mismo por mí si pudieras, lo sé.

— Me aprieta la mano. — Déjame hacer esto por Alba. Por ti. Que para eso estamos.

Lo dice de corazón. Esa es la cosa. Lo dice sintiéndolo de verdad, sin doblez, convencida de que ayudar es lo que hace, de que su dinero repara el mundo.

Y yo, con mi mano atrapada en la suya, no encuentro la manera de decir que no sin quedar como una desagradecida, como una loca, como una madre que le quita a su hija una academia buena por unas manías sobre el agua de un pantalán.

Reyes también me mira sonriendo, esperando que me una a la fiesta, que aplauda, que dé las gracias, como llevo veinte años haciendo.

———

Y aquí viene lo que me da vergüenza. Lo que me va a costar dormir.

Porque abro la boca, y lo que me sale, automático, de veinte años de reflejo, de toda una vida de hija de la que limpiaba apartamentos, es esto:

— Alba, hija, dale las gracias a Reyes. Anda, dale un beso. Qué suerte tienes, con lo generosa que es.

Lo digo. Me oigo decirlo. Empujo a mi propia hija hacia la mano tendida, hacia el regalo, hacia el beso de agradecimiento, con la misma naturalidad con la que me han empujado a mí toda la vida a decir gracias por lo que me daban los de arriba.

Alba abraza a Reyes, le da las gracias, se prueba las botas, ríe.

Reyes la abraza fuerte, contenta, me guiña un ojo por encima del hombro de mi hija.

Y yo sonrío. Sonrío mientras se me pone la piel de gallina en los brazos, en pleno mes de julio, con treinta y ocho grados.

Porque acabo de ver, en directo, cómo empieza.

Cómo se compra a alguien de esta casa. Con unas botas, con una academia, con una mano cálida que te agarra las manos y te mira como si fueras lo más importante del mundo.

Así me compraron a mí, hace veinte años, solo que a mí me salió más barata.

A mí me bastó con que me dejaran sentarme a la mesa de los ricos y me pagaran los peinados con un billete doblado. A mí me compraron con menos.

Y ahora la misma mano se está tendiendo hacia mi hija. Y yo, en vez de apartarla, acabo de decirle a Alba que dé las gracias.