La Peluquera Veintidós días
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Veintidós días

A Ginés Conesa lo encuentro donde siempre, en el banco de piedra de la puerta de su casa, en San Pedro, a la sombra de la parra, con la boina puesta aunque sean las ocho de la mañana y ya apriete el sol.

Setenta años, salinero jubilado, amigo de mi padre desde que los dos eran unos críos con la pala más grande que ellos.

Cuando me ve bajar de la furgoneta se le arruga la cara en algo que en Ginés es una sonrisa.

— La hija de Salinas. — Da una palmada en el banco para que me siente. — ¿A qué debo yo el honor, tan temprano?

Le he dicho al grupo que bajaba a la lonja de Lo Pagán a por pescado para la comida.

Mentira pequeña, de las que no cuestan. En vez de eso he venido aquí, a por este hombre, porque llevo tres días con una cosa metida entre las manos y necesito que alguien que sepa de agua me diga si estoy loca o no.

— Ginés, quería enseñarle una cosa. En la orilla de Los Nietos, donde la casa esa de mis amigos. — Le busco los ojos. — Quiero que mire usted el agua y me diga lo que ve. Nada más. Usted que sabe.

Ginés me mira despacio, con esos ojos pequeños y aguados de tanto sol. No pregunta para qué. Los de su generación no preguntan; miran, y luego, si acaso, hablan. Se queda un momento callado, masticando algo que no tiene en la boca, una costumbre suya.

— Tu padre también me sacaba a ver el agua cuando le rondaba algo — dice al fin.

— No decía el qué. Me llevaba a un charco y me decía, Ginés, mira esto.

Y yo miraba. Y a la media hora se le había pasado o se le había puesto peor.

— Se ríe con esa risa seca. — Tú tienes su misma cara de hoy. La de cuando el agua no le cuadraba.

Se me hace un nudo en la garganta que no me esperaba. Nueve años sin mi padre y todavía hay quien me lo devuelve con una frase. Ginés se levanta apoyándose en el bastón, coge el sombrero de paja de un clavo y dice lo único que dice:

— Vamos a ver el agua, pues. El agua siempre tiene algo que contar, si una sabe callarse y escucharla.

En la furgoneta, camino de Los Nietos, va callado, mirando por la ventanilla la laguna que fue suya y de mi padre y de toda esa gente que sacó la sal cuando la sal daba de comer.

Solo habla una vez, cuando pasamos por delante de una playa acordonada, con carteles de prohibido el baño y la orilla llena de esa espuma parda de la podredumbre.

— Mira cómo la han dejado. — Chasca la lengua. — Cuarenta años avisando de que la mataban, y nadie quería oírlo. Ahora ya está. La laguna se muere de lo mismo que se muere todo aquí, niña: de que a todos les convenía no mirar.

No sé por qué, esa frase se me queda dentro. De que a todos les convenía no mirar.

———

Lo llevo hasta Villa Aurora por el camino de atrás, el de los pescadores, para no cruzar por delante de la casa.

El grupo estará desayunando o bajando a la playa de Los Alcázares; tengo un par de horas.

Aparco junto a los cañaverales y bajamos a pie hasta el pantalán por la orilla, despacio, al paso de Ginés, que anda como andan los viejos de la sal, midiendo cada piedra.

Por el camino, Ginés va leyendo la orilla sin que yo le pregunte.

Ahí antes había angulas, dice. Ahí ponía tu padre una nasa.

Ese cañaveral lo plantaron para cortar el viento y ya no sirve ni de eso.

Va nombrando un mundo que se muere con él, el de los que vivían de la laguna cuando la laguna estaba viva, y yo lo escucho con una punzada, porque es el mundo de mi padre, el mío, el que dejé atrás cuando puse una peluquería y aprendí a oler a laca en vez de a sal.

Estos amigos míos de Villa Aurora nunca han conocido esta orilla.

Vienen a ella veinte veranos y no la ven.

Para ellos es una postal, un fondo bonito de las fotos.

Para Ginés y para mí es un mapa lleno de nombres.

La mañana está quieta y blanca de calor.

La laguna, a estas horas, es una lámina inmóvil que echa vapor por los bordes.

Y el pantalán de Villa Aurora sigue igual que las otras veces, peor si cabe, con la lengua de fango negro al descubierto, más ancha cada día, y las costras de sal crujiendo bajo nuestros pies.

Ginés se para al principio de la madera y mira.

Mira de verdad, como miraba mi padre, con todo el cuerpo, girando la cabeza despacio de un lado a otro para leer la orilla entera.

Se agacha con esfuerzo, coge un puñado de fango, lo aprieta, lo huele, lo deja caer.

Mete el bastón en el agua, donde empieza, y lo saca mojado una cuarta.

— Aquí no hay agua ni para remojar los pies de un santo — dice.

— Ya. — Me tiembla un poco la voz y no sé por qué. — ¿Y hace doce años? Con más agua, antes de la sequía. ¿Cuánta habría aquí?

— ¿Aquí? — Ginés se ríe por lo bajo, una risa seca de tabaco.

— Niña, aquí no ha cubierto nunca. Este es fondo de salar, plano como una mesa.

En el mejor año de agua, con la marea más alta que quieras, aquí te llegaba a la cintura andando veinte metros mar adentro.

Este trozo de orilla lo conozco desde antes de que tú nacieras.

Aquí se meten los críos y las abuelas. Aquí no se ahoga ni el que quiere.

Lo dice sin dramatismo, como quien informa del tiempo. Y a mí se me caen doce años encima de golpe.

— Ginés. — Trago. — Aquí dicen que se ahogó una amiga mía. Hace doce veranos. Ari. La de la desgracia, ¿se acuerda? Dicen que se metió a bañarse de noche, en este pantalán, y que se ahogó.

Ginés se queda quieto. Se le cambia la cara. Se saca el sombrero, se pasa la mano por la calva sudada, se lo vuelve a poner. Mira el fango, mira el agua, mira hacia la izquierda, hacia el recodo oscuro donde la orilla se dobla y el color del agua se pone verde botella.

— Aquí no se ahogó nadie, niña — dice al fin, muy serio.

— Aquí se ahoga uno de rodillas, si acaso, y a propósito.

En esta agua, para morirte, te tienes que tumbar y aguantarte, porque flotas.

Esto lo sabe cualquiera que sea de aquí.

— Escupe a un lado. — El que te haya contado que una mujer se ahogó bañándose en este pantalán, o no es de la laguna, o te está tomando el pelo.

———

Me tengo que sentar en la madera del pantalán. Las piernas no me sostienen del todo.

Porque no es solo que yo lo sospechara con las manos y con el palo de la fregona.

Es que ahora lo dice un hombre que lleva setenta años leyendo esta agua, con la misma tranquilidad con la que diría que dos y dos son cuatro.

Aquí no se ahogó nadie. Y llevo doce veranos oyendo lo contrario.

Doce años oyendo a Chema decir que la vio en el pantalán, tan feliz.

Doce años de misas mentales, de brindis, de la pena de todos puesta en un sitio donde la muerte no cabe.

Hago la cuenta que no quiero hacer. Si Ari no se ahogó en el pantalán, alguien dijo que sí.

Y no fue uno solo. Lo dijeron todos. Lo dijo Chema, lo repitió Nando, lo dio por bueno Marga, lo organizó Reyes cada julio alrededor de esa mentira.

El grupo entero, mi grupo, la gente que me quiere y me viste de lino y le paga la academia a mi hija, lleva doce años contando a una voz que Ari murió en un sitio donde no ha muerto nadie en su vida.

La pena que compartimos es una mentira que compartimos.

Eso es lo que se me cae encima sentada en la madera caliente.

No sé quién. No sé por qué. No sé si fue un accidente en otro sitio y lo cambiaron de lugar por vergüenza, o si fue algo peor.

No sé nada todavía. Pero sé, por primera vez en doce años, que la historia que me han contado no puede ser verdad. Y que la han contado entre todos.

———

Nos quedamos callados un rato, los dos mirando el agua muerta. Una gaviota cruza el cielo blanco sin un ruido. Muy lejos, en La Manga, se oye el zumbido de una moto de agua rasgando la mañana.

Ginés levanta el bastón y señala hacia el recodo, hacia el este, donde el agua cambia de color.

— Donde sí tira el agua es allí. — La voz se le pone de maestro. — En la gola de la encañizada. Ahí es donde la laguna se junta con el mar por los cañizos, y por ahí entra y sale la corriente, y ahí sí hay hondo y hay fuerza, y ahí te lleva el agua si te descuidas.

Me explica la encañizada como me la explicaba mi padre de niña: los cañizos clavados en el fondo formando un laberinto en el canal, un arte de pesca de los moros, de hace mil años, que aprovecha que el pez entra con la corriente y no sabe salir.

La gola es el único sitio de toda esta orilla donde el agua manda de verdad, donde entra y sale con el mar, donde hay fondo negro y remolino.

Un metro y medio, dos, según la marea. Y corriente, que aquí, en un charco sin corriente, es lo único que puede llevarte.

— Pero a ese sitio no iba nadie a bañarse — sigue Ginés, y niega con la cabeza.

— Eso era de los pescadores, del arte, de la gente que sabe.

La gente decente se bañaba aquí, en lo somero, delante de las casas.

A la gola solo se iba a poner los cañizos, o a pescar de estraperlo, o a hacer algo que no se quisiera que se viera.

De noche, menos todavía. De noche a la gola no bajaba ni el más borracho, porque el que baja de noche a la gola sabe muy bien a lo que va.

Me quedo mirando el recodo verde. En veinte años de venir a esta casa, de comer y beber y peinar y reír a diez metros de ese sitio, jamás me he acercado a la gola.

Ni yo ni nadie del grupo. Ellos porque no sabían que existía; yo porque sabía demasiado bien que allí no se hace pie.

Y ahora resulta que ese es el único sitio de toda la orilla donde una mujer podía ahogarse de verdad.

El único sitio hondo. El sitio al que solo se baja de noche a hacer lo que no se quiere que se vea.

Se me hiela el estómago en pleno julio. Y una idea empieza a subirme por dentro, fría, despacio, como el agua salada que sube por las paredes de un pozo.

Pienso en Ari. En Ari, que era administrativa, no salinera, que era de veraneo aunque fuera pobre, que sabía nadar pero no sabía la laguna, no como la sé yo.

Ari no habría bajado sola de noche a la gola.

No tenía por qué saber siquiera que la gola existía, ni que allí cubría, ni que tiraba el agua.

A no ser que la llevaran. A no ser que fuera detrás de alguien, o que alguien fuera detrás de ella.

Aparto ese pensamiento, que es demasiado grande para tenerlo de pie en un pantalán, pero ya no se va del todo.

Se queda ahí, flotando, en un agua que no deja que las cosas se hundan.

Reúno lo que me queda de voz. Ginés espera, apoyado en el bastón, mirándome con esos ojos que ya han entendido a qué he venido de verdad.

— Ginés. — Lo pregunto flojo, casi sin voz, con miedo a la respuesta que ya sé. — ¿Usted se acuerda de dónde apareció el cuerpo de aquella chica? De Ari. ¿Dónde la encontraron?

Ginés me mira. Se apoya en el bastón con las dos manos. Y me lo dice sin apartar los ojos de los míos, despacio, para que me entre bien:

— En los cañizos de la gola, niña. En lo hondo.

Enredada en la encañizada, dos días después.

Ahí la sacaron los de la Guardia Civil, ahí mismo, donde tira el agua.

— Señala otra vez el recodo verde con el bastón.

— No en el pantalán. En la gola. — Baja la voz, y lo que dice a continuación se me queda clavado para siempre: — Eso lo sabe todo el pueblo, hija.

Que la niña apareció en lo hondo, no en lo somero.

Lo sabe todo el mundo. Y no lo dice nadie.