La Peluquera Veintitrés días
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Veintitrés días

Quique nos lleva a ver sus dominios. Es una cosa que hace cada verano, enseñar el negocio, y a nadie le importa porque él lo cuenta con una alegría de crío que resulta contagiosa.

Cruzamos a La Manga en el todoterreno, con Alba y Mateo, el hijo de Reyes, riéndose en el asiento de atrás, y Quique conduciendo con una mano y señalando con la otra.

— Eso de ahí es mío. — Un edificio blanco de ocho plantas. — Y aquellos apartamentos de la esquina, también. Y el chiringuito de la playa de abajo. Y las motos, todas las motos que veis ahí atadas.

Me impresiona, no lo voy a negar. Quique ha montado un imperio pequeño sobre la laguna: apartamentos que alquila por semanas a los guiris, motos de agua, una tiendecita de bañadores, hasta un local de esos de comida rápida junto al puerto deportivo.

Todo con su nombre en los carteles, "Saura", con un logo de ancla azul que le diseñó no sé quién.

Aparca en el pantalán de plástico blanco, ese que no tiene una mancha de sal, y nos pasea por el puerto enseñando barcos con un orgullo que le sale por los ojos.

La Manga es otro mundo, aunque esté a diez minutos de Villa Aurora.

Aquí todo es nuevo, blanco, reluciente: los yates, los toldos, las terrazas con música chill y guiris rojos bebiendo cerveza a las once de la mañana.

Y debajo, la misma agua. La misma laguna moribunda que huele a podrido en la orilla sur, aquí la han disfrazado de riviera.

Los turistas se meten en ese agua que se muere sin saber lo que pisan, chapoteando felices entre las motos, igual que mis amigos chapotean cada verano delante de la casa.

Nadie mira lo que hay debajo. Aquí eso es un negocio: cobrar por no mirar.

Miro a Quique enseñar su ancla azul y pienso en mi padre.

Dos hombres de la misma laguna, de la misma generación casi.

Uno sacó sal a paladas cuarenta años y se murió sin una casa en propiedad.

El otro construyó bloques encima del agua y ahora tiene ocho plantas con su apellido.

No los juzgo. Así es esto. Pero yo llevo dentro la aritmética de mi padre, la de los que cuentan los cuartos, y esa aritmética me dice que de un pozo sin fondo no se sale a base de ganas.

Del pozo se sale porque alguien te echa una cuerda.

Y las cuerdas, en esta vida, las paga siempre alguien.

— Y pensar que hubo un tiempo en que no tenía ni para pagar la luz — dice, y se ríe, pero se le pone un segundo la cara seria. — Unos años malos, chica. Muy malos. La crisis me pegó fuerte, con lo del ladrillo. Pero de aquello se sale. Lo importante es de dónde has salido, no dónde te caíste.

— Claro que sí, Quique.

— Y salí. — Se da una palmada en el pecho. — A base de trabajar como un animal. Nadie me ha regalado nada.

Lo dice mirando el agua, con el sol dándole en la calva, y por un momento se le abre en la voz una grieta, un poso amargo por debajo de tanta risa.

Pero pasa deprisa. Enseguida vuelve a ser Quique el espléndido, nos invita a helados a todos, le compra a Alba unas gafas de sol en su tiendecita y no le deja pagar, y volvemos a Villa Aurora con la sensación buena de haber pasado la mañana con un hombre que se lo ha ganado todo.

———

Por la tarde bajo sola a El Espejo, el chiringuito de Toñi, a recoger unos vasos que hacen falta para el homenaje.

El Espejo es de los de antes, de mesas de plástico y gambas a la plancha, el sitio donde comía la gente de la laguna cuando la laguna todavía daba de comer.

Ya no. Toñi malvive de cuatro jubilados y de los guiris despistados que bajan de La Manga buscando "lo auténtico".

La cocina huele a fritanga y a limón, y en la pared cuelga un espejo antiguo, moteado, que le da nombre al local, y en el que la laguna se refleja del revés, más bonita que de verdad.

Toñi lo lleva desde hace treinta años, con los brazos gordos de fregona y una lengua que no descansa.

Conoció a mi padre; le fiaba el vino en las malas y él le arreglaba la instalación del agua a cambio.

Me trata como a una de las suyas, que es lo que soy.

Aquí, en El Espejo, yo no soy la peluquera del grupo de los ricos.

Aquí soy la hija de Salinas, el de las salinas, y eso, en este trozo de orilla, todavía vale algo.

— Vera, hija, siéntate un rato, que te pongo un café. — Me limpia la mesa con un trapo. — ¿Cómo va el jaleo del homenaje ese?

— Ahí anda Reyes, organizándolo todo.

— Esa mujer... — Toñi mueve la cabeza, medio admirada, medio otra cosa que no dice. — Cómo le gusta pagarlo todo, ¿eh? Ya me ha encargado el catering a mí, y sin mirar el precio, oye. Como siempre. Menos mal que hay gente con posibles.

Me pone el café y se sienta enfrente, que a estas horas no hay nadie. Y habla, que es lo que hace Toñi, hablar por hablar, sin darle importancia, soltando cosas que se le van cayendo de la boca como se le caen las gambas de la plancha.

— Oye, ¿y el marido? ¿El Quique? — dice. — Menudo pelotazo ha dado el hombre con los apartamentos. Si es que hay que ver.

— Le ha ido bien, sí.

— Bien no, hija, bien es poco. — Se ríe.

— Yo me acuerdo de aquel hombre cuando estaba tieso, tieso perdido, en los años de la crisis.

Que venía aquí a tomarse una cerveza y la pagaba con calderilla, contando los cuartos.

Y me debía la cuenta de meses, que se lo tuve que fiar.

Un buen hombre, no digo que no, pero arruinado hasta las cejas.

Y de repente, ¡hala!, de un año para otro, apartamentos, motos, coche nuevo. Como quien encuentra un tesoro.

Doy un sorbo de café. Me pongo, sin querer, en modo peluquería: escuchar sin que se note que escuchas, dejar que la otra siga soltando el ovillo.

— ¿De un año para otro?

— Del dos mil trece para el dos mil catorce, más o menos.

— Toñi entorna los ojos, haciendo memoria.

— Sí, porque fue el año de la desgracia esa de la pobre Ari, que en paz descanse.

Me acuerdo porque coincidió. Un verano se muere la chica, y al siguiente el Quique ya andaba comprando.

Fíjate qué cosas, la vida. A unos se los lleva y a otros los levanta.

— Toñi — la llamo, antes de que se vaya del todo, con el tono más tonto que puedo poner. — ¿Y de dónde sacó el dinero, se supone? Para empezar de nuevo, digo.

— Ay, hija, yo qué sé. — Se encoge de hombros, con el trapo al hombro.

— Un préstamo, un socio, la lotería... Eso ya son cosas de los de arriba, que se prestan entre ellos y nunca sabes.

Lo que yo te digo es lo que vi: un año sin un duro y al otro forrado.

Y no seré yo quien le pregunte a nadie de dónde saca lo que gasta, que bastante tengo con lo mío.

— Baja la voz, y añade lo último con una risa media: — Aquí el que tiene, tiene, y no cuenta. Y el que no, calla. Como siempre.

Se santigua por Ari, se levanta a atender a una pareja que ha entrado, y me deja con el café a medias y una frase dándome vueltas en la cabeza como una piedra en una lavadora.

Del dos mil trece para el dos mil catorce.

El año de la desgracia. Un verano se muere la chica, y al siguiente el marido de Reyes empieza a comprar.

El que tiene no cuenta y el que no, calla.

Recojo los vasos, le pago el café aunque no me deja, y subo a la casa con el paquete y con la lente de clase afilada, esa que llevo puesta desde niña sin saberlo: la que sabe que el dinero no aparece de la nada, que siempre sale de algún sitio, y que cuando a uno le va bien de repente, alguien, en algún lado, ha pagado la diferencia.

Cuando llego a Villa Aurora, Reyes y Quique están en el porche, discutiendo por lo bajo algo del homenaje, el número de sillas o los coches, una tontería.

Los miro desde el jardín, con el paquete de vasos en las manos, antes de que me vean.

Veinte años conociéndolos y nunca me había parado a mirarlos así, como un matrimonio, como dos personas que comparten algo más que la casa.

Reyes lleva la voz cantante, como en todo.

Quique asiente, se rasca la nuca, cede. Ella decide, él ejecuta.

Ella tiene la cabeza que nunca se abandona; él, la boca que tapa con ruido.

Y de pronto los veo distintos: no la pareja perfecta que se ríe en las fotos, sino dos personas que llevan doce años sosteniendo, entre los dos, un negocio que empezó justo cuando se murió una amiga.

Ella el silencio. Él el estruendo. Cada uno con su tapa.

Me ven, me saludan con la mano, vuelven a ser ellos. Yo entro a dejar los vasos y me riño por dentro: Vera, que son Reyes y Quique, que te conocen de toda la vida, que a ti te han sacado de más de un apuro. Pero la aritmética de mi padre no se calla. Sigue sumando ella sola.

———

Por la noche, cena de brasa en el porche.

Quique en la barbacoa, dándole a las costillas, con la cerveza en una mano y las pinzas en la otra, en su elemento.

La casa entera huele a carne y a carbón, un olor bueno que tapa por un rato el de la laguna.

Los niños corretean, Reyes reparte ensalada, Chema cuenta un chiste largo que no lleva a ningún sitio. La familia. Mi familia prestada.

Alba se sienta a mi lado con el plato y me enseña, feliz, las gafas de sol que le ha regalado Quique.

Son buenas, de marca, de las que en mi casa no se compran.

Le digo que las cuide, que las guarde en su funda, y ella pone los ojos en blanco, que soy una pesada.

Y yo miro las gafas nuevas en la cara de mi hija y me acuerdo del vestido de lino azul colgado en mi armario, y de la academia de Murcia que le ha ofrecido Reyes, y de las botas que le ha prometido, y de golpe caigo en la cuenta de una cosa que no me gusta pensar mientras como costillas en su porche: esta familia nos está llenando las manos a mi hija y a mí.

A las dos. A la vez. Y una, cuando tiene las manos llenas de regalos, no puede señalar con el dedo.

A lo mejor es eso. A lo mejor el dinero de esta casa no compra solo silencios: compra también manos ocupadas, manos llenas, para que no señalen a nadie.

Me toca fregar, como siempre, y Nando se viene a ayudarme, que es el único que se ofrece sin que se lo pidan.

Nos ponemos en la cocina, él secando, yo lavando, con la ventana abierta al porche donde siguen los demás.

Y Nando, que es un bendito y que habla cuando está tranquilo, se pone a recordar en voz baja, con la nostalgia buena de los hombres buenos.

— Fíjate cómo cambian las cosas, Vera. — Seca un plato despacio. — Con lo mal que lo pasó Quique aquel año. El año que murió la pobre Ari. No lo sabía casi nadie, pero es que ese hombre estaba hundido, hundido de verdad, arruinado, con deudas que no...

No termina.

Porque en ese momento, desde el porche, la música sube de golpe. Quique ha subido el altavoz a tope, una canción de las de antes, y grita por encima de todo:

— ¡Que esto es una fiesta, coño! ¡Nando, deja de fregar, que las copas las lleva la casa! ¡Más hielo, que hace un calor de mil demonios!

Y se mete en la cocina como un ciclón, riéndose, saca la cubitera del congelador, la llena, nos empuja a los dos hacia el porche entre bromas, sube más la música, no deja acabar la frase a Nando ni la deja empezar otra vez.

En medio minuto la cocina se ha quedado vacía y el porche es un ruido de canciones viejas y de Quique sirviendo copas que nadie ha pedido.

Nando se encoge de hombros, sonríe, se deja llevar. No le ha dado importancia. Era una frase de nada, de las que se dicen fregando.

Yo me quedo con el estropajo en la mano, mirando por la ventana cómo Quique llena la noche de ruido.

Y anoto, en ese cuaderno de dentro que no enseño a nadie, una cosa muy pequeña: cada vez que en esta casa alguien empieza a hablar del año en que murió Ari, Quique sube la música.

Lleva doce años tapando con ruido. Y una, que se pasa la vida oyendo lo que la gente calla, sabe que solo se tapa con tanto empeño lo que no se quiere que se oiga.