La Peluquera Veinticinco días
17%

Veinticinco días

Salgo a correr al amanecer, que es la única hora en que este verano se puede respirar.

Cojo la vía verde del Carrilet, el antiguo trazado del tren minero que ahora es un camino de tierra apisonada entre el agua y los bloques, y troto despacio con las zapatillas viejas, sin música, oyendo solo mi respiración y el crujido de la sal seca bajo los pies.

A un lado, la laguna muerta. A esta hora está lisa, sin una arruga, del color del peltre, y suelta ese vaho a podrido que a estas alturas del verano ya casi no noto de tanto olerlo.

En la orilla se ven las manchas de espuma parda que deja la anoxia, esa baba que sube cuando el agua se queda sin aire y las algas se pudren en el fondo.

Mi padre no lo vería. Menos mal que no lo ve.

Se murió creyendo todavía que la laguna era eterna, la misma en la que él sacó sal cuarenta años, y no ha tenido que ver cómo la matamos entre todos a fuerza de mirar para otro lado.

Al otro lado, La Manga. La muralla de hormigón levantándose sobre el agua, kilómetros de bloques de apartamentos puestos en fila, torre tras torre, tapando el horizonte.

Ahí está el dinero. El ladrillo que enterró la laguna y que sigue dando de comer a media comarca.

Entre esos bloques hay unos cuantos que son de Quique, con carteles de su empresa, "Saura Náutica y Apartamentos", y motos de agua atadas a un pantalán nuevo de plástico blanco que no tiene ni una mancha de sal.

Corro entre las dos cosas: el agua que se muere a la izquierda, el dinero que la mató a la derecha.

Y pienso, mientras el sudor me empieza a caer, que este verano llevo la cabeza puesta en un sitio raro.

Antes corría para no pensar. Ahora corro y pienso en el fango, en el palo de la fregona, en los cuatro palmos de agua, en Chema diciendo tan feliz.

No consigo dejarlo en la orilla. Se me viene a correr conmigo.

A la altura de las salinas paro a coger aire, con las manos en las rodillas.

Desde aquí se ven los charcos rosas de San Pedro, los que todavía se trabajan, con las montañas blancas de sal apiladas al sol y unos cuantos flamencos metidos hasta la rodilla, rosas sobre rosa.

Es lo único vivo del paisaje. Mi padre se pasó la vida ahí dentro, con las botas de agua y la pala, sacando la sal de la tierra, quemado por arriba del sol y por abajo de la salmuera.

Volvía a casa blanco de sal hasta las cejas y oliendo a eso, a mineral y a agua vieja, un olor que yo cambié por el de la laca y el agua oxigenada en cuanto pude, porque de cría me juré que yo no olería a pobre.

Ahora daría lo que fuera por olerlo un rato.

Él me traía aquí de niña y me enseñaba a leer los charcos, cuál estaba a punto y cuál no, cómo se movía la salmuera, dónde tiraba el agua cuando abrían las compuertas.

La laguna es una salina grande, Verica, me decía.

Todo esto es lo mismo: agua que entra, agua que sale, sal que se queda.

El que sabe por dónde entra y por dónde sale no se ahoga nunca.

El que no sabe, cree que el agua es toda igual, y el agua no es toda igual.

El agua no es toda igual. Me lo repito trotando de vuelta, con el sol ya alto y la camiseta pegada a la espalda.

Ellos creen que el agua de delante de la casa es la misma que la de la gola.

Yo sé que no. Y ese saber, que de niña era solo una herencia sin importancia, esta semana se me ha vuelto un peso en el pecho.

———

El día pasa manso, de calor y de siesta.

Peino a Reyes las canas de la raya, ayudo a Toñi a cuadrar el menú del catering por teléfono, le hago a Alba unas trenzas para la playa.

Rutina. Villa Aurora en verano es una máquina lenta de comer, dormir y bañarse los niños en lo somero, y una se deja mecer si no anda con la cabeza donde la ando yo.

A mediodía Reyes me sorprende con una bolsa de una tienda buena de Cartagena. Un vestido. Para mí.

— Es para la misa — dice, poniéndomelo por encima de los hombros delante del espejo del recibidor. — Que no me vengas con el de todos los años, mujer. Este te va a quedar de vicio, con lo morena que estás. Y ni se te ocurra decirme lo que ha costado, que te conozco.

Es precioso. De lino azul, de los que yo miro en los escaparates y no entro.

Me lo pruebo porque no sé decir que no, y me queda bien, y Reyes aplaude y me dice que estoy guapísima, que parezco una señora, y lo dice con todo el cariño del mundo, sin una gota de maldad.

Y yo me miro en el espejo con el vestido que no he pagado, en la casa que no es mía, peinando a una gente que me quiere y me paga, y noto ese calor y ese frío de siempre, más juntos que nunca.

Le doy las gracias. Le doy dos besos. Cuelgo el vestido en mi cuarto con cuidado.

Y no consigo quitarme de encima la sensación de que este verano, más que nunca, me están vistiendo de una cosa que no soy para tenerme contenta.

Ari lo habría dicho en voz alta. Ari le habría dicho a Reyes, riéndose, para el pelo, Reyes, que a Vera la vas a comprar a plazos. Ari decía las cosas. Yo las cuelgo con cuidado en el armario.

Por la noche, después de cenar, nos quedamos en el porche con el ventilador y las cervezas, espantando mosquitos. Es el momento bueno del día, cuando por fin refresca dos grados y la laguna se pone negra y quieta y hasta parece bonita si no sabes lo que tiene debajo.

Y son buena gente. Eso es lo que hace todo esto tan difícil de mirar.

Nando cuenta un lío del trabajo y todos le damos consejos que no va a seguir.

Quique saca una botella de un vino que dice que le ha regalado un cliente importante y nos sirve a todos aunque yo no distingo un vino bueno de uno malo.

Se ríen de cosas de hace veinte años. Me preguntan por la peluquería, por Fina, se acuerdan de los nombres de mis clientas, me tratan como de la familia.

Es fácil quererlos. Yo los quiero. Llevo media vida bajando a esta casa y aquí he sido más feliz que en ningún sitio.

Los voy mirando en la penumbra, uno por uno, mientras hablan, y sin querer les leo la cabeza, que es lo que hago yo cuando callo.

La de Nando, blanda, tranquila, un hombre sin dobleces.

La de Quique, que se ríe fuerte pero no para de mover las manos, de servir, de levantarse, un hombre que no aguanta el silencio.

La de Chema, floja de cerveza, sin guardia ninguna.

La de Marga, tiesa, siempre un poco vuelta hacia dentro.

Y la de Reyes, en el centro, cálida y despierta a la vez, la única cabeza de la mesa que nunca se abandona del todo.

Cinco cabezas que conozco de memoria. Y este verano, por primera vez, no me fío de todas por igual.

Chema, que ya lleva unas cuantas, se estira en la tumbona y mira el agua con nostalgia de borracho.

— Oye, en serio — dice. — Deberíamos hacerlo. El juego del agua. Una noche de estas, por Ari. A ella le encantaría vernos cruzar a la boya otra vez, viejos y gordos como estamos. Sería un homenaje de los de verdad, no una misa con curas.

Se hace ese silencio pequeño que ya conozco. Nando mira su cerveza. Marga se pone tiesa en la silla.

Y Reyes, sin subir la voz, sin perder la sonrisa, lo corta en seco.

— Este año no, Chema. — Lo dice suave, dulce, pero con un punto por debajo que no admite réplica.

— Con la placa, con la misa, con la familia de Ari viniendo...

no queda bien. Imagínate que se entera Noelia de que nos hemos metido de noche a jugar en el agua donde se ahogó su hermana. No, hombre, no. Este año toca respeto.

— Ya, bueno, era una idea — se echa atrás Chema.

— Y muy fea — remata Reyes, y le sonríe para quitarle hierro, y le pone la mano en la rodilla, y le cambia el tema con la habilidad de siempre.

Yo la miro peinar la conversación hacia otro lado, llevándola despacio hasta un sitio cómodo para todos, y me quedo con una cosa.

Reyes no ha dicho que no por Ari. Ha dicho que no por Noelia, por cómo quedaría, por el qué dirán.

Ha protegido la foto del homenaje, no la memoria de su amiga.

Serán manías mías de este verano, que todo lo veo torcido.

Pero lo anoto, en ese cuaderno que llevo por dentro y que no enseño.

———

Marga lleva toda la noche callada. Cuando Reyes saca el tema de la playa de mañana, de bajar a Los Alcázares a darse un baño en condiciones, Marga niega con la cabeza antes de que nadie le pregunte.

— Yo me quedo. Id vosotros. — Se abraza las rodillas. — A mí bañarme aquí ya... no. Con lo verde que está el agua, con el olor. Me da grima. Prefiero la ducha.

— Mujer, en Los Alcázares el agua está mejor — dice Nando.

— Igual me da. — Corta con la voz un poco más alta de lo que quería, y se da cuenta, y sonríe para arreglarlo. — Que soy muy tiquismiquis, ya lo sabéis. El agua verde me da cosa. Vosotros id.

Le da grima el agua verde. Lo he oído decir a Marga tres o cuatro veces desde que llegué, siempre con esas palabras, siempre igual de rápido, como quien tiene la respuesta preparada de antes.

Y una, que se pasa la vida oyendo a la gente dar razones para no hacer cosas, sabe distinguir la razón de verdad de la razón de tapadera.

La grima al agua verde es una razón de tapadera.

Marga la lleva puesta como un delantal, para no tener que enseñar lo que hay debajo.

La miro en la penumbra del porche, abrazada a sus rodillas, mirando la laguna negra que dice que le da asco. Y no le veo asco en la cara. Le veo otra cosa que todavía no sé nombrar.

Marga y yo nos conocemos hace veinte años y nunca hemos sido de las de contarnos cosas.

Ella es de las que guardan, y yo también, cada una la suya.

Pero le he tocado la cabeza muchas veces en esa silla y sé cómo la tiene: cargada, cerrada, con un nudo en la nuca que no se le va con ningún masaje.

Yo pensaba que era el trabajo, o el carácter.

Empiezo a pensar que hay nudos que el cuello solo hereda de más adentro, de lo que una lleva doce años cargando sin poder soltarlo.

La fiesta se deshace poco a poco. Los niños ya duermen, las parejas se van retirando, Chema se queda frito en la tumbona y Nando lo tapa con una toalla.

Yo recojo los vasos, como siempre, y subo a mi cuarto.

Pero no me duermo. Doy vueltas en la cama con el ventilador zumbando y la ventana abierta a la laguna, y al final bajo a por agua, más por no estar quieta que por sed.

———

La cocina de Villa Aurora está a oscuras.

La cocina de Villa Aurora está a oscuras, solo con la lucecita de la campana extractora, y voy descalza sin encender, que me sé la casa de memoria.

Estoy sirviéndome un vaso en el fregadero cuando oigo voces bajas en el office, al otro lado del arco.

Marga y Nando. No me han oído entrar. Me quedo quieta, con el vaso a medio llenar, no por espiar, sino porque hay un tono en la voz de Marga que me clava los pies al suelo.

— ...que no, Nando, que no voy a ir mañana ni a Los Alcázares ni a ningún sitio a meterme en esa agua — dice Marga, muy bajo, muy tenso. — No me lo pidas más.

— Marga, que es un baño. Que llevas doce años sin bañarte. Que la gente lo nota.

— Que lo note. — Un silencio. Y luego, más bajo todavía, con una voz que no le había oído nunca en veinte años: — Yo en esa agua no me meto, Nando. Ni muerta.

Se me para el vaso en la mano. Ni muerta. Lo ha dicho pegado, sin aire, con una convicción que hiela. Y no ha sonado a la tiquismiquis que le da grima el color del agua. No ha sonado a asco.

Ha sonado a miedo.

Cierro el grifo despacio, sin que suene, y me quedo en la oscuridad de la cocina con el vaso lleno en la mano, sin atreverme a moverme, oyendo a Nando callarse y a Marga respirar hondo al otro lado del arco, en la casa dormida donde todos duermen menos los que sabemos algo que no decimos.