La Peluquera Veintiséis días
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Veintiséis días

Llueven fotos sobre la mesa del comedor.

Reyes ha bajado la caja de zapatos donde guarda los carretes viejos, los de antes de los móviles, y las va sacando a puñados: fotos con los bordes blancos, colores desvaídos por veinte veranos de calor, caras jóvenes que cuesta reconocer.

El grupo se amontona alrededor entre exclamaciones.

Es el ritual del homenaje: recordar en voz alta, poner a Ari sobre la mesa a trozos de papel brillante.

— ¡Mirad qué pelos llevaba Chema! — Nando pasa una foto. — Parece un cantante de los ochenta.

— Es que era guapísimo, no como ahora — dice Chema, y se la quita.

Yo estoy de pie, detrás, porque en estas cosas siempre acabo de pie, sirviendo o mirando por encima de los hombros.

Y desde ahí las veo pasar. Villa Aurora recién comprada, con la fachada sin pintar.

La primera barbacoa. Un cumpleaños de Reyes con una tarta enorme.

Y en casi todas, Ari. Ari con veinte años, con veinticinco, con veintiocho, siempre riéndose, siempre mirando de frente, con las dos tobilleras de plata brillándole en los tobillos morenos.

Reyes coge una y se le queda mirando un rato largo, sin decir nada, y luego la pone en el centro de la mesa para que la veamos todos.

— El juego del agua — dice, y le sale una sonrisa de agua tibia. — Ay, madre. Cómo éramos.

En la foto se ve a un grupo de sombras en la orilla, de noche, con el flash devolviendo cuatro caras blancas y el agua negra detrás. Alguien levanta un vaso de plástico. Se ve una boya roja lejos, un punto en la oscuridad.

———

Me lo saben contar de memoria, porque es su leyenda, la travesura que los define.

El juego del agua. Las noches de más calor, después de cenar y de beber, alguien lanzaba el reto: cruzar a nado hasta la boya roja, la que marcaba el canal, y volver.

Se apostaba. Chupitos, dinero suelto, prendas.

El que se rajaba pagaba la ronda. Se metían de noche en el agua negra, borrachos y felices, gritando, y los que se quedaban en la orilla alumbraban con las linternas de los móviles y hacían de jueces.

— ¿Os acordáis del año que Chema perdió la apuesta y tuvo que volver en pelotas? — suelta Nando, y todos se parten.

— ¡Y se le enganchó el pie en un cañizo y creíamos que se ahogaba de verdad! — Chema se ríe más fuerte que nadie de sí mismo. — Y era que me había liado con la boya. Menudo susto os di.

— Casi te da un pasmo, Chema.

— Casi. Pero yo, para ahogarme, tendría que quererlo mucho — dice Chema, dándose una palmada en la barriga. — Con esta flotación que me ha dado Dios.

Se ríen. Yo también me río, porque hay que reírse, pero por dentro anoto lo que ha dicho sin querer, que en el fondo es verdad de la buena: en esta agua, para ahogarse, hay que quererlo mucho. O que alguien lo quiera por ti.

— Una locura, mira que éramos inconscientes — dice Reyes, y lo cuenta con esa ternura de madre que recuerda una trastada. — De noche, cargados de cubatas, metiéndonos hasta la boya. Podía haber pasado una desgracia cualquier año.

Se hace un silencio. Porque un año pasó.

Nadie lo dice, pero está encima de la mesa, junto a la foto.

El juego del agua se jugó por última vez hace doce veranos, y no se ha vuelto a jugar.

No lo decidió nadie en voz alta. Simplemente, después de aquello, ninguno propuso volver a meterse de noche en la laguna.

El agua se quedó con algo aquella vez, y a nadie le quedaron ganas de ir a pedírselo.

Yo, que soy de aquí, escucho su leyenda de otra manera.

Ellos cruzaban a la boya y volvían y creían que el peligro era el alcohol, o la noche, o la distancia.

Y a lo mejor el peligro era otro. Porque para llegar a la boya roja, la del canal, hay que pasar cerca de la gola, donde el agua tira.

Ellos nadaban por lo somero y se creían valientes.

Nunca supieron que el sitio hondo de verdad estaba un poco más allá, esperando, y que en veinte años solo por suerte no se lo tragó a nadie antes.

Me guardo el pensamiento. Aquí una se guarda casi todos.

Miro alrededor de la mesa mientras siguen pasando fotos.

Marga, que hasta ahora reía las gracias, se ha ido apagando.

Coge una foto, la mira, la deja boca abajo sin comentarla, y se levanta con la excusa de ir a por agua.

No vuelve enseguida. Nando la sigue con los ojos y no dice nada.

Y Quique, que estaba callado más de lo que Quique aguanta estar callado, se pone de pronto en pie, sube el altavoz un par de rayas y anuncia que hay que ir preparando la brasa, que se hace tarde, venga, que él enciende el carbón.

En un momento el comedor de las fotos se convierte en un ir y venir de platos y de música, y la caja de zapatos se queda en la mesa, medio vacía, con Ari mirando al techo desde una docena de fotos boca arriba.

Recojo yo las fotos, porque nadie más las recoge.

Al meterlas en la caja se me queda una en la mano: Ari y yo, jóvenes, con el pelo lleno de sal, ella pasándome el brazo por el cuello.

La misma que Reyes quiere ampliar para la misa.

La miro un segundo largo y la guardo boca abajo, como ha hecho Marga con la suya, sin saber muy bien de qué la estoy protegiendo.

———

Alba baja el jueves, como dijo, con la mochila a la espalda y esa cara suya de dieciséis años que ya no sé de quién es.

Me la como a besos en la puerta, que llevo dos semanas sin verla, y en cuanto entra en el porche el grupo la recibe como a una reina.

A la hija de Vera se la quiere de oficio. Pero quien más se vuelca es Reyes.

— ¡Pero mira qué mujer! — Reyes la coge por los hombros, la aparta para mirarla, la vuelve a abrazar. — Alba, cada año estás más guapa. Anda, ven, siéntate conmigo, que me cuentes qué vas a estudiar, que yo te veo con una carrera de las buenas.

Y se la lleva a la tumbona buena, la de la sombra, y le pone un refresco y le hace preguntas y la escucha con una atención que a mí, que soy su madre, me da hasta un poco de celos y a la vez me enternece.

Alba se ríe, se estira, se deja querer. Es normal.

Reyes tiene ese imán, y para una cría de pueblo que trabaja los sábados en la peluquería de su madre, que una señora así le diga que vale para una carrera de las buenas es música.

Luego siento a Alba en el cuarto de plancha para cortarle las puntas, que las trae abiertas del cloro de la piscina municipal.

Le lavo el pelo, se lo desenredo, y mientras le paso los dedos noto lo de siempre en ella: la cabeza tranquila, sin nudos, la nuca blanda de quien todavía no carga con nada.

Ojalá le dure. Le corto las puntas despacio.

— Mamá, la Reyes dice que me lleva a Murcia de compras — me suelta, feliz, mirándome por el espejo. — Y que igual me paga una academia buena para preparar la selectividad. ¿Tú crees que lo dice en serio?

Le sujeto un mechón, la tijera parada.

— No sé, hija. — Le sonrío por el espejo. — Reyes es muy generosa.

— Sería una pasada.

— Sería una pasada — repito, y sigo cortando, y no le digo lo que me está pasando por dentro, que ni yo sé bien lo que es.

Solo que la mano de Reyes, que a mí me lleva veinte años tocando la nuca y el brazo y la mejilla, se está tendiendo ahora hacia la de mi hija.

Y que a mi hija le brillan los ojos igual que me brillaban a mí.

En la cena lo veo otra vez. Reyes ha sentado a Alba a su lado, no al mío, y le va poniendo comida en el plato sin preguntar, le llena el vaso, le ríe las cosas, la mete en la conversación de mayores como a una más.

Yo la quiero por eso. Cualquier madre se lo agradecería: que a tu hija la traten así de bien en una casa ajena.

Le pregunta por sus amigas, por si tiene novio, por qué se le da bien en el instituto, y cuando Alba dice que las mates, Reyes suelta una carcajada encantada.

— ¡Las mates! ¡Como Ari! — Y por un momento se le cruza algo por la cara que no dura ni un segundo. — A Ari se le daban los números que daba gusto. Igualita. Esta niña va a llegar lejos, ya lo veréis.

Alba se pone colorada de gusto. Yo mastico y miro.

Es una comparación bonita, decirle a mi hija que es como Ari con los números.

Pero Ari con los números encontró algo que no debía, si es que empiezo a pensar lo que empiezo a pensar.

Y a mí, oír a Reyes emparejar a mi hija con Ari me deja el arroz sin bajar.

Será una tontería. Será que ando yo rara desde que medí el agua con los ojos.

———

Esa tarde no consigo estarme quieta. Ayudo a preparar la cena, pongo la mesa, saco las servilletas, y todo el rato tengo la cabeza en el pantalán, en el agua baja, en la frase de Chema del otro día metida entre las costillas.

La vi en el pantalán, dándose el último baño, tan feliz.

Doce años y la frase siempre igual, palabra por palabra, contada por un hombre que aquella noche no se tenía en pie.

Una coartada tan repetida que se ha vuelto verdad de tanto decirla.

En la peluquería aprendes eso también: que hay mentiras que la gente se cuenta tantas veces que se les pone cara de recuerdo.

La señora que jura que su marido era un santo.

El hombre que asegura que él nunca bebió.

Lo dicen y se lo creen, porque doler menos es más importante que ser verdad.

El pantalán es la mentira que a este grupo le duele menos.

Al atardecer, cuando se preparan para cenar y nadie me echa en falta, cojo el palo de la fregona del cuartucho de la limpieza y bajo sola al agua.

No sé muy bien por qué lo hago. O sí lo sé, pero no quiero decírmelo con todas las letras. Necesito medir. Necesito hacer lo que haría mi padre, que no se fiaba de lo que decía la gente sino de lo que decía el palo mojado en la mano.

El sol se está poniendo detrás de La Manga, y la muralla de bloques se recorta negra contra un cielo naranja de calor.

El agua, en la orilla, está inmóvil, tibia como caldo, con esa densidad rara que tiene el Mar Menor, tan salado que casi no te deja hundirte.

Es lo primero que aprende aquí un niño: que en esta agua flotas sin querer, que cuesta más hundirse que nadar.

Ironía para pensarla despacio: en una laguna donde cuesta hundirse, se me ahogó una amiga.

Camino hasta el final de la madera y meto el palo recto en el fango, donde empieza el agua, sin forzarlo, dejando que baje hasta el fondo por su peso. Lo saco. Miro la marca de mojado en la madera.

Un palmo.

Doy tres pasos hacia dentro, con el agua lamiéndome los tobillos, y vuelvo a meter el palo.

Dos palmos.

Sigo hasta donde me atrevo con la ropa puesta, casi hasta las rodillas, y meto el palo por última vez, estirando el brazo hacia lo más hondo que alcanzo.

Con la marea de esta tarde, tres palmos.

Y a mí me consta, porque me lo enseñó quien me lo enseñó, que la marea nocturna del Mar Menor, cuando entra el mar por las golas, sube poco, un palmo largo, no más.

Aquella noche de julio de hace doce años, con la luna que hubiera, aquí habría, siendo generosa, cuatro palmos de agua. Poco más de medio metro.

Me quedo con el palo mojado en la mano, chorreando sobre mis pies, mirando la marca oscura en la madera pálida.

Nadie se ahoga de pie con medio metro de agua.

Ni borracho. Ni de noche. Ni desmayado, porque en esta agua no te hundes, flotas.

Para ahogarse aquí, en este sitio, alguien tendría que haberse tumbado boca abajo y haberse quedado quieto a propósito, o alguien tendría que haberlo tenido tumbado.

En este trozo de laguna, delante de esta casa, en el sitio donde llevan doce años diciendo que Ari se dio su último baño tan feliz, no se ahoga una mujer de treinta años que sabía nadar.

Detrás de mí se encienden las luces del porche y me llega la voz de Reyes llamando a cenar, alegre, redonda, buscándome por mi nombre.

Y yo subo despacio hacia la casa iluminada con el palo de la fregona goteando en la mano y sin la menor idea de qué se hace con una cosa así, con una verdad que todavía no es más que agua medida y un frío en la nuca.