Veintiocho días
Los coches llegan a media mañana, uno detrás de otro, cargados hasta el techo.
Villa Aurora pasa de ser una casa dormida a ser un hormiguero en media hora.
Chema baja de su furgoneta blanca dando bocinazos y con una sombrilla enorme al hombro, gritando que ha llegado el que faltaba, el alma de la fiesta.
Nando aparca detrás, tranquilo, con las neveras y las tumbonas, y se va abrazando a todos sin prisa.
Se adelantó del trabajo, dice; no se iba a perder el primer fin de semana.
Y en un momento el porche se llena de voces que se pisan, de maletas, de "cuánto tiempo", de la risa de Reyes recibiendo, que es la que manda sobre todas.
Yo bajo las bolsas de hielo de la furgoneta de Chema porque nadie me lo pide y porque me sale solo. Es mi sitio. El que trae, el que reparte, el que va antes a por lo que falta. Chema me ve y suelta la sombrilla para venir a levantarme del suelo en un abrazo de oso.
— ¡Pero si está aquí la peluquera más guapa del Mar Menor! — Me da vueltas en el aire. — Vera, mi vida, este año me tienes que dejar como George Clooney, que voy a ligar en la misa.
— En la misa de tu entierro vas a ligar tú, Chema.
Se ríe a carcajadas, se ríen los demás. Chema es el gracioso, el soltero, el que no ha sentado la cabeza a los cuarenta y dos y lo lleva a gala.
Vive de un bar que abre cuando le apetece y bebe más de lo que debería, pero cae bien, cae bien a todo el mundo, y en un grupo hace falta uno que ponga la coña para que los demás no se ahoguen en sus cosas.
Suelta chistes viejos y algunos malos, y todos se los reímos, porque reírle a Chema es una manera de querernos.
Quique, mientras tanto, ha montado ya la barra en el porche: una nevera nueva llena hasta arriba, un altavoz gordo enchufado, botellas de todo puestas en fila como en un chiringuito. Recibe a cada uno con una copa ya servida en la mano, sin preguntar qué quieren.
— ¡Aquí no paga nadie, que estáis en mi casa! — grita, aunque la casa figura a nombre de su mujer y de él, y aunque llevamos veinte años sin pagar y él lo sabe.
Es espléndido de esa manera ancha y ruidosa que no deja sitio para decir que no.
Reparte, invita, sirve, sube la música, y uno se deja llevar porque es agradable dejarse.
Solo que, este año, se me van los ojos a otra cosa: a la facilidad con la que Quique gasta, él, que hubo un tiempo, no tan lejano, en que andaba flaco y callado y esquivaba las rondas.
De aquello no queda ni rastro. Ahora es el rey del porche, y la copa que me pone en la mano está tan llena que se derrama.
———
La comida se alarga hasta media tarde, como todas las comidas de esta casa.
Reyes ha montado la mesa larga bajo el porche, con el mantel de cuadros, las fuentes de arroz, el melón, las cervezas nadando en hielo.
Todos de cara a la mesa y de espaldas al agua.
Es una cosa que nunca había pensado y que hoy no se me va de la cabeza: en esta casa, para comer, nos sentamos siempre dando la espalda a la laguna.
La laguna nos queda detrás, de fondo, un cuadro colgado que ya nadie mira.
Y en ese cuadro se quedó una de nosotros.
Nando levanta la primera cerveza cuando ya estamos con el café.
— Por Ari — dice, sencillo, y se le pone la voz de hombre bueno que se emociona. — Que este año la vamos a homenajear como se merece.
— Por Ari — decimos todos, y chocamos los vasos por encima del arroz.
Yo bebo con ellos. Y mientras bebo miro la mesa y hago lo que hago siempre sin querer: leo las cabezas.
Es mi manía y mi oficio. A Nando se le humedecen los ojos de verdad; ese hombre quería a Ari y la llora sin disimulo, con la nuez subiéndole y bajándole.
Marga, a su lado, mira el mantel y no levanta la vista del vaso; brinda con la mano, no con los ojos.
Chema ya va por su cuarta cerveza y brinda con el chiste puesto, "por Ari, que era la única que me aguantaba", y se ríe para que nos riamos.
Quique brinda fuerte, alto, "¡por la mejor de todos nosotros!
", y en cuanto lo dice se levanta a por más hielo aunque hay hielo de sobra.
Y Reyes brinda la última, despacio, con la copa en alto y una lágrima justa asomándole, perfecta, la anfitriona del dolor.
Es la que más llora y la que menos se le quiebra la voz.
Doce años brindando por Ari y todos lo hacemos distinto. Yo antes creía que era porque cada uno la quería a su manera. Empiezo a pensar que es porque cada uno la echa de menos por un sitio diferente, y algunos por un sitio que no enseñan.
———
Ari. Me acuerdo de ella de una manera que los demás no pueden.
Ellos la lloran de igual a igual, de amiga rica a amiga rica.
Yo la lloro de las dos pobres que éramos en un grupo que no lo era.
Ari era administrativa, llevaba las cuentas del astillero de su padre, un astillero pequeño de Santiago de la Ribera que hacía barcas y las reparaba, nada de yates ni de dinero grande.
Tenía una cabeza para los números que a mí me daba miedo, sumaba de memoria columnas enteras, y era incapaz de callarse una injusticia, la que fuera, aunque le costara.
— Tú y yo somos las que trabajamos con las manos, Vera — me decía, y me enseñaba las suyas manchadas de bolígrafo. — Los demás trabajan con el dinero de otros. No es lo mismo.
Era la única que se sentaba conmigo sin que se lo pidieran.
La única que, cuando yo sacaba el peine para arreglarle el flequillo a alguien en mitad de una barbacoa, me quitaba el peine de la mano y me decía siéntate, Vera, hoy no eres la peluquera, hoy eres una más.
Nadie más me ha dicho eso nunca en veinte años.
Cuando se ahogó, se me murió la única persona de esta casa que no me pagaba por estar.
———
El calor de la tarde cae sobre el porche como una manta mojada.
No corre aire. La laguna, a nuestra espalda, suelta cada poco una vaharada a alga podrida que se cuela entre el olor a arroz y a crema solar, y la gente arruga la nariz y sigue a lo suyo.
Un año, hace no tanto, la laguna se llenó de peces muertos boca arriba, miles, una alfombra de plata pudriéndose en la orilla, y salió en las noticias y vino gente de Murcia a hacerse fotos con cara de pena.
Después se olvidó. Aquí todo se olvida en cuanto vuelve el buen tiempo.
La laguna se muere despacio y a nadie le quita el apetito.
Nando me busca cuando me levanto a llevar los platos. Coge una pila de fuentes y me sigue a la cocina, y una vez dentro, lejos del ruido, se apoya en la encimera con esa cara suya de hombre que quiere que todo esté bien.
— Oye, Vera. — Baja la voz. — Este año le tenemos que dar a Reyes todo el apoyo, ¿eh?
Que se ha metido en un lío de organizar esto ella sola y lo hace por Ari, con toda su alma.
Y va a venir la hermana, la pobre Noelia, que remover esto le va a doler a todos.
Tú, que eres la más sensata, ayúdame a que no se nos tuerza el verano.
Que sea bonito. Que Ari lo tenga bonito.
— Claro, Nando. — Le pongo la mano en el brazo. — Que sea bonito.
Me sonríe, aliviado, y se le afloja el hombro de golpe.
Nando es así: le da pánico el conflicto, quiere a todo el mundo contento, se pasaría la vida haciendo de puente entre orillas.
Es buena gente, de la mejor. Y sin embargo, mientras friego las fuentes y le oigo volver al porche a repartir cervezas, me quedo con una frase dándome vueltas.
Que no se nos tuerza el verano. Que sea bonito.
Hay algo, por debajo del arroz y de los brindis, que podría torcerse, y Nando lo sabe sin saberlo.
Acaba de pedirme, sin darse cuenta, que no mire donde no se debe.
———
Después de comer, con el grupo amodorrado en las tumbonas, Alba me escribe que baja el jueves con la mochila y el bañador, y yo se lo digo a Reyes, que da una palmada de alegría.
— ¡Que venga la niña, que venga! — Se incorpora en la tumbona. — Le tengo unas ganas... Vera, esa hija tuya es una preciosidad. Este verano me la llevo yo un día a Murcia de compras, ¿eh?, que la mimo un poco.
Chema, medio dormido bajo la sombrilla, levanta la cabeza.
— Oye, ¿y este año hacemos el juego del agua o qué? — suelta, con la lengua ya pastosa de cerveza. — Que hace años que no cruzamos a nado hasta la boya. Por los viejos tiempos.
Se hace un silencio pequeño. Chico, pero lo noto. Reyes se ríe y le tira un cojín.
— Anda, calla, borracho, que te ahogas tú el primero.
Y ahí, sin querer, se abre el tema del agua, y a mí me toca lo mío. Nando me pregunta, porque soy la de aquí, la única del grupo que es de la laguna de verdad y no de veraneo, que dónde se puede uno bañar todavía con lo baja que está.
— En casi toda esta orilla se hace pie — les digo, y señalo con la barbilla el agua parda.
— De aquí a El Carmolí no cubre ni queriendo.
Es todo somero, fango y poca agua. Por eso la laguna se calienta tanto, porque es un plato, no tiene hondo.
Mi padre decía que el Mar Menor es un charco grande con ínfulas de mar.
— ¿Y hondo no hay en ningún sitio? — pregunta Chema, que ya se ha espabilado.
— Hondo de verdad, solo en las golas. — Miro hacia la izquierda, hacia el recodo oscuro.
— Donde la laguna se junta con el mar, por las encañizadas, hay canales que tiran.
Ahí sí. Ahí el agua entra y sale con fuerza y te cubre de golpe, y hay corriente.
Pero eso está lejos, y ahí no se baña nadie que sepa.
Ahí van los que pescan con los cañizos, y punto.
La gente se mete aquí, en lo somero, donde hacía pie hasta mi abuela.
Lo digo sin más, como quien explica el tiempo.
Y me doy cuenta, según lo digo, de que ellos no lo saben.
Llevan veinte años viniendo y no saben dónde cubre y dónde no.
Son de veraneo. Se meten donde se meten los niños, delante de la casa, con el agua por la cintura, y nunca han tenido que aprender la laguna porque nunca les fue la vida en ella.
Yo sí. Yo la sé de memoria, como se saben las cosas que te enseñó un padre con miedo a que te ahogaras.
———
Y entonces pasa. Chema, contento, con la quinta cerveza en la mano y ganas de recordar, se pone nostálgico como se ponen los borrachos buenos, y suelta, mirando el agua por encima del hombro, la frase de siempre.
La que suelta cada año. La que ha soltado doce veranos y que yo he oído doce veces sin pararme a pensarla.
— La pobre Ari... — dice, y le tiembla un poco la sonrisa. — ¿Os acordáis? Aquella noche yo la vi ahí mismo, en el pantalán, dándose el último baño, tan feliz ella, chapoteando. Si es que se fue disfrutando, la jodía. Se metió a nadar contenta y ya no salió. Así me quiero ir yo, disfrutando.
Lo dice con cariño, con el cariño torpe de Chema, y algunos asienten y a Marga se le tuerce la boca y Nando baja la cabeza. Es el consuelo de doce años. Ari se fue feliz, dándose un baño en el pantalán, delante de la casa.
Yo tengo el tenedor a medio camino de la boca, con un trozo de melón pinchado, y me quedo así, con la mano parada en el aire.
Porque acabo de ver el pantalán. Esta misma tarde.
En seco. He metido el pie descalzo en ese fango y el agua no me ha pasado de la pantorrilla.
He andado tres pasos hacia dentro y no cubría.
Y Chema acaba de decir, tan feliz, tan seguro, que Ari se ahogó ahí, dándose un baño, en un sitio donde yo, esta tarde, no me he mojado ni las rodillas.
Dejo el tenedor en el plato despacio, sin que suene.
Nadie se da cuenta. Chema ya está con otro chiste, Reyes se ríe, Quique trae más hielo.
El melón se me ha quedado sin sabor en la boca.
Y yo miro la nuca de mis amigos, todos de espaldas al agua, contándose desde hace doce años un cuento sobre un sitio donde no cabe.