La Peluquera Veintinueve días
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Veintinueve días

Amanezco en el cuarto pequeño de arriba, el que da al patio, el que siempre me toca porque los buenos son para las parejas.

No me quejo. Desde la cama oigo el porche despertándose: la cafetera italiana, la voz de Reyes dando los buenos días a todo el que pasa, las chanclas de Quique arrastrándose hacia la nevera.

Es un ruido que conozco de memoria y que, otros años, me ha gustado.

Hoy me despierto con el fango de anoche todavía metido en la cabeza.

Bajo en camiseta y me hago un café. Reyes ya está en la mesa del porche con un cuaderno de tapas de flores y el móvil, montando el homenaje como quien monta una boda. Hay una lista con casillas. Reyes hace listas con casillas.

— Misa, hecho — va diciendo, más para ella que para mí, marcando con el boli.

— Don Fulgencio el cura, el de Los Alcázares, a las doce.

La placa la encargué en el marmolista de Cartagena, bronce macizo, con las letras en relieve, no de esas de plástico que se despegan.

La familia... — Levanta la vista. — A la familia la aviso yo.

El catering de Toñi, del Espejo, que no hay que darle vueltas. Y tú me peinas a todas.

— A todas — digo, y soplo el café.

— Es que sin ti esto no sale, Vera. — Me coge la muñeca por encima de la mesa, con esa manera suya de agarrar que no deja irse. — Lo digo de verdad. Tú eres la que sujeta esta casa por debajo. Los demás ponemos la fiesta, pero tú pones el cariño.

Sonrío. Retiro la muñeca despacio, con la excusa del café. El cariño. Yo pongo el cariño y ellos ponen la casa, la comida, la placa, el cura, el bronce bueno con las letras en relieve. Reparto justo, según quién lo cuente.

Estoy a punto de decírselo. Lo del agua, lo de anoche, lo de que el pantalán se ha quedado en seco y hay una cosa que se me atraganta sin saber cuál.

Lo tengo en la punta de la lengua, con la confianza de veinte años.

Pero me callo. Me callo porque ni yo sé ponerle nombre todavía, porque decirlo en voz alta sería estropearle a Reyes su cuaderno de flores y sus casillas, y porque una lleva toda la vida aprendiendo a no aguar las fiestas de los que ponen la fiesta.

Doy un sorbo de café y me trago la frase.

Ya se me pasará, me digo. Serán cosas mías, de haber dormido mal.

Me fijo, mientras habla, en cómo lo lleva todo.

Reyes tiene una cabeza de organizarlo todo que a mí me deja pasmada, igual que me pasmaba la de Ari con los números.

Es de las que se acuerda de tu cumpleaños, de que a tu hija le gustan las gominolas de fresa, del nombre de tu médico.

Doce años sacándonos a todos de un apuro tras otro.

A Chema le pagó una deuda con Hacienda. A Nando le adelantó no sé qué de la hipoteca.

A mí me dejó el dinero de la reforma del local sin pedirme un papel.

Y una se lo agradece. Una se pasa la vida agradeciéndolo.

A lo mejor ese es el oficio de Reyes: que le debas.

Mientras hablamos llama al marmolista para confirmar las letras.

Llama al catering. Llama a la floristería de San Javier para encargar un centro de nardos blancos, "que a Ari le gustaban los nardos", dice, aunque yo no recuerdo que a Ari le gustara ninguna flor, Ari era de plástico y de risa, no de nardos.

Paga todo por teléfono, con una tarjeta que se sabe de memoria, sin mirar el precio.

Lo hace con una naturalidad que impresiona, la naturalidad del que nunca ha tenido que sumar antes de gastar.

Yo, que sumo cada compra dos veces, la miro pagar el homenaje de mi amiga y no digo nada.

También esto es cariño, me repito. También esto es querer a Ari a su manera.

— Del hotel para la familia me encargo yo — dice, marcando otra casilla. — Noelia se queda aquí, en la casa, faltaría más. Pero por si vienen tíos o primos, les reservo en San Javier. Que nadie tenga que gastar. Bastante han sufrido.

Que nadie tenga que gastar. Reyes reparte esa frase como quien reparte pan, y a todos nos toca un trozo. Bastante hemos sufrido, dice, y paga. Y una se deja pagar. Yo la primera.

———

Marga llega a media mañana, ella sola, en el coche pequeño.

Nando viene el fin de semana, dice; se ha quedado trabajando.

Marga es la callada del grupo, la que mira mucho y habla poco, la que se acuerda de traer el paracetamol y las pinzas de tender que siempre faltan.

Trae una tarta de la pastelería de su pueblo y una cara de no haber dormido bien.

— Vera, hazme un favor y arréglame esto — me dice después de comer, tocándose el pelo con las dos manos. — Que parezco una bruja y en la misa van a estar todos.

La siento en el cuarto de plancha. Le pongo la toalla, le echo el agua templada por la nuca hacia atrás, y en cuanto le hundo los dedos en el pelo me lo dicen las manos antes que la boca: Marga viene tensa como una cuerda de tender cargada.

La nuca de piedra, los músculos del cuello duros bajo mis pulgares, un nudo en la base del cráneo igual que el que me busco yo cuando algo me aprieta.

Le trabajo el nudo despacio, que para eso también estoy.

— Uy, hija, cómo traes esto — le digo. — Tienes aquí un cordón que parece de amarrar barcos.

— Es el trabajo. — Cierra los ojos bajo mis manos. — Y el calor, que no me deja dormir.

— Pues date un baño, mujer, que tienes la laguna en la puerta. Un remojón por la mañana temprano te quita el nudo mejor que yo.

Noto cómo se le tensa todo un grado más bajo mis dedos. Justo el sitio que le estaba aflojando se le vuelve a cerrar.

— Qué va. — Abre los ojos, me busca en el espejo, aparta la mirada enseguida. — Yo en esa agua ya no me meto. Con lo verde que está, y el olor... da hasta grima. Me doy la ducha y ya.

— Antes te bañabas la primera.

— Antes era antes.

Lo dice pronto, seco, y cambia de tema con una habilidad que en Marga no es normal, porque Marga no es rápida para nada.

Me pregunta por Alba, por la peluquería, por Fina.

Le sigo la conversación y le seco el pelo, y mientras el secador ruge pienso en esa nuca que se cerró justo al nombrar el agua.

Uno se afloja entero en esta silla. Marga se aflojó en todo menos en una cosa. Y esa una cosa era la laguna.

La dejo guapa, con las ondas hacia dentro que le gustan.

Me da un beso, me mete un billete en el bolsillo del delantal aunque le digo que no, que hoy invito yo, y sale al porche con los demás.

Yo me quedo recogiendo el pelo del suelo, ese pelo ajeno que barro cien veces al día y que me ha contado más cosas que muchas confesiones.

———

Aprovecho la siesta de todos para bajar sola al pantalán. Necesito volver a verlo de día, sin la penumbra de anoche, por si eran figuraciones.

No lo eran. A la luz de las tres de la tarde el desastre es peor.

La lengua de fango llega más lejos de lo que me pareció ayer, negra y agrietada, con las algas secas encima haciendo una costra que cruje si la pisas.

El agua empieza mucho más allá del final de la madera, y donde empieza es un caldo turbio, tibio, con reflejos de aceite.

Me quito una chancla y meto el pie descalzo por el borde.

El fondo es blando, se traga el pie hasta el tobillo, pero el agua no me pasa de la mitad de la pantorrilla ni andando tres, cuatro pasos hacia dentro.

Mi padre me enseñó a andar la laguna así, descalza, leyéndola con la planta de los pies.

Y la planta de los pies me dice lo mismo que me dijeron anoche las manos.

Aquí no cubre.

Vuelvo a la madera, me limpio el fango con un poco de agua, me pongo la chancla.

Miro a lo lejos, hacia la izquierda, hacia donde la orilla hace un recodo y el color del agua cambia y se pone más oscuro.

Allí sí. Allí, donde entra el mar, es otra cosa.

Pero eso está lejos del pantalán, y a eso todavía no le pongo nombre.

Subo a la casa antes de que despierten y me lavo las manos dos veces, no sé bien de qué.

———

Por la tarde el calor se pone de plomo. La laguna no corre ni un dedo de aire; el agua está tan quieta que parece sólida, con una película grasienta encima que brilla como el fondo de una sartén.

Los flamencos que otros años se ponen en la orilla de El Carmolí este verano no están.

Se han ido a las salinas, donde todavía queda algo de vida.

Mi padre decía que cuando los flamencos se van de un sitio es que ese sitio se ha quedado sin qué comer. La laguna se está quedando sin qué dar.

Reyes me busca para peinarla. Es la única a la que peino de pie, en el porche, porque le gusta hacerlo mirando el agua, con una copa de vino blanco en la mesita y el atardecer de frente.

No se deja el pelo por nadie más. Melena castaña con mechas caras que le retoco cada mes en el local, un pelo bueno, fuerte, de mujer que se cuida.

Le paso el peine, le voy separando mechones, y hablamos de nada, de la placa, del vestido que se va a poner, de si Alba baja esta semana.

Peinar a Reyes es distinto a peinar a cualquiera.

La mayoría de la gente, en cuanto le pones las manos en la cabeza, se abandona: se le cae el cuello, se le afloja la mandíbula, se pone tonta y feliz como un gato.

Reyes no. Reyes se deja peinar sin dejarse.

Sonríe, habla, se ríe, pero la cabeza no se le abandona del todo nunca; siempre hay debajo de mis dedos una parte que se queda de guardia, alerta, sujetando algo.

Lo achaqué siempre a que es una mujer de mucho control, de las que lo llevan todo, y las que lo llevan todo no sueltan ni el cráneo.

Hoy le trabajo la nuca y pienso, por primera vez en veinte años, que hay dos maneras de tener la cabeza en guardia: la del que manda, y la del que vigila que no se le escape una cosa.

Le tengo las manos metidas en el pelo cuando le suena el móvil en la mesita. Mira la pantalla.

— Es Noelia — dice, y algo le cambia en la voz medio segundo antes de contestar. — Voy a cogerlo. No pares tú, sigue.

Sigo. Le sujeto la cabeza con la mano izquierda, le trabajo con la derecha la parte de arriba, donde le nace el remolino y hay que darle maña. Reyes se pone el teléfono en la oreja con el hombro para dejarme trabajar.

— ¡Noelia, cariño! — Su voz sube, dulce, esa miel que le sale sola. — ¿Qué tal, mi vida, cómo estás?

No oigo lo que dice Noelia al otro lado. Oigo a Reyes decir ajá, claro, qué bien, y noto lo que le hacen las manos. Porque yo tengo los dedos en su coronilla, justo ahí, y el cuero cabelludo de una mujer no miente aunque la boca esté hecha de azúcar.

— ¿Entonces te vienes? ¿Seguro? — dice Reyes, dulce, dulcísima. — Ay, qué alegría, Noelia. Qué bien. Te esperamos con los brazos abiertos, ya lo sabes.

Qué bien. Lo dice con la sonrisa puesta, la oigo en su voz.

Pero debajo de mis dedos, en el mismo instante en que dice qué bien, el cuero cabelludo se le pone duro.

La coronilla se le queda de piedra bajo mi pulgar, tensa, fría, como si por dentro se le hubiera cerrado una puerta que la cara no enseña.

Se le tensa el cráneo entero un segundo.

Y la voz, esa voz de miel, baja medio tono en la palabra esperamos.

Sigo peinando. No paro. Le doy al remolino con el peine igual que si no hubiera notado nada, porque veinte años de oficio me han enseñado que lo que se nota con las manos no se dice con la boca. Reyes cuelga, deja el móvil en la mesita, coge la copa de vino.

— Viene Noelia — me dice, y se le ha vuelto la voz de siempre, cálida, entera. — Fíjate, doce años y la niña por fin se atreve a venir. Me alegro tanto, Vera. Tanto. Se lo debemos a Ari.

— Claro que sí — digo yo.

Le termino el peinado. Bajo el peine, bajo mis dedos, el cráneo se le ha aflojado ya, ha vuelto a ser el de cualquiera. Pero yo he sentido lo que he sentido. Reyes ha dicho qué bien y por dentro se le ha cerrado una puerta de golpe. Se alegra de que venga Noelia con la boca. Con la cabeza, no.

Le echo la laca, le doy la vuelta a la mano por delante para que se vea en el reflejo del ventanal.

— Guapísima — le digo.

— Eres un ángel. — Me coge la cara, me da un beso en cada mejilla, huele a vino blanco y a esa colonia cara. — No sé qué haríamos sin ti, ya te lo he dicho hoy.

Dos veces me lo ha dicho hoy. Recojo el peine, la laca, el neceser.

El sol se ha metido detrás de La Manga y ha dejado la laguna del color de un cardenal viejo, morado y verde a la vez.

Y yo me llevo al cuarto de plancha, sin saber todavía qué hago con ella, una cosa muy pequeña y muy grande: que a Reyes, la mujer más cálida que conozco, se le enfría la cabeza cuando dice que se alegra de que venga la hermana de la muerta.