La Peluquera Treinta días
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La Peluquera

La Peluquera

Por Nora Vidal

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Treinta días

El olor llega antes que la casa. Bajo la ventanilla en la recta de Los Nietos y ahí está, metiéndose por la nariz, ese aliento dulzón y podrido que suelta la laguna cuando el verano aprieta y el agua ya no se mueve.

Alga muerta. Pescado que se quedó sin aire.

Mi padre lo llamaba el olor de la sal cansada, y decía que cuando la laguna huele así es que se está tragando algo por dentro.

Vengo de cerrar la peluquería a mediodía.

Fina se ha quedado rematando a una clienta y me ha echado con la mano, anda, vete, que llevas toda la semana con el homenaje ese en la cabeza.

Le he dado un beso y he cargado la furgoneta.

Catorce años teniendo local propio en Los Alcázares, con mi nombre en el toldo, "Vera", cinco letras que costaron lo suyo, y todavía bajo a Villa Aurora como quien va a servir a una casa buena.

Los secadores, las tijeras, la caja de tintes, las toallas dobladas.

Y las bolsas de la compra que me pidió Reyes anoche por el móvil, porque para eso también me tienen: para bajar antes, abrir la casa, dejarlo todo a punto.

Aparco a la sombra flaca de la buganvilla, que este año ha salido reseca, con las flores color de teja apagada.

Villa Aurora sigue igual desde hace doce veranos: el porche de uralita, las persianas verdes descascarilladas, el pantalán de madera comido por la sal metiéndose en un agua que hoy está parda y quieta como una balsa de aceite.

Un chalé de los setenta que entre todos levantamos de la ruina a base de fines de semana y de un dinero que casi nunca fue mío.

Yo aquí soy la peluquera. Lo he sido siempre.

Le corto el pelo a este grupo desde antes de que compraran la casa, desde que éramos siete críos con más morena que futuro.

Les he peinado bodas, comuniones, un bautizo, un entierro.

Me quieren, eso no lo dudo. Me invitan a todo.

Y me pagan cada peinado, con un billete doblado que me meten en el bolsillo del delantal para que no se note, y que yo cojo porque lo necesito y porque así son las cosas: hay quien pone la casa y hay quien pone las manos.

— ¡Mira quién ha llegado! — Reyes sale del porche con los brazos ya abiertos, descalza, con un vestido de lino que cuesta lo que yo saco en una semana de cortes.

Me abraza fuerte, me sujeta la cara con las dos manos, me mira como si llevara un año esperándome, y a lo mejor es verdad.

Reyes toca. Toca a todo el mundo: el brazo, la nuca, la mejilla.

Huele a una colonia cara que yo no sabría ni nombrar.

Yo huelo a laca y a agua oxigenada, y me da vergüenza olerlo tan cerca de ella, así que me aparto con la excusa de las cajas.

— Deja eso, mujer, que ya lo lleva Quique. — Se agacha igual y me coge una bolsa. — Vera, en serio, no sé qué haríamos sin ti. Esta casa es tuya también, ¿eh? Que no se te olvide.

Lo dice todos los años. Y todos los años me hace la misma cosa por dentro: una calentura de agradecimiento y, debajo, muy abajo, un frío pequeño que nunca sé cómo llamar. Esta casa es mía también, dice la mujer cuyo apellido está en la escritura.

———

Monto el tocador donde siempre, en el cuarto de plancha.

Es la habitación más fea de la casa, sin ventana buena, con la tabla de planchar plegada contra la pared y un olor a detergente viejo que ni el mar tapa.

Pero tiene un enchufe doble, un espejo que colgué yo misma hace años y sitio para una silla.

Aquí peino el verano entero. Aquí, dentro de un mes, sentaré a todas las mujeres de esta casa para el homenaje: a Marga, a Noelia cuando llegue, a la propia Reyes, que no se deja tocar el pelo por nadie más desde hace veinte años.

Cuelgo el espejo, enchufo el secador, pruebo que tira. Coloco las tijeras en fila por tamaño sobre la toalla, de la más grande a la más pequeña. Es un gesto tonto que hago desde aprendiza y que me calma. Cada cosa en su sitio. La cabeza también se peina mejor cuando una tiene las manos ordenadas.

Es esta silla la que me ha enseñado casi todo lo que sé de la gente.

Uno se sienta, le pones la toalla, le echas el agua templada por la nuca hacia atrás, y en cuanto le tocas el cuero cabelludo empieza a soltarlo todo.

No sé por qué pasa. Será que el agua tibia y unas manos ajenas en la cabeza aflojan lo que llevamos apretado.

En el lavacabezas la gente confiesa. Llevo veinte años oyendo la verdad del pueblo entero con las manos mojadas: quién engaña a quién, quién no llega a fin de mes y disimula, quién está enfermo y no lo dice, quién odia a su cuñado.

Y aprendes a notarlo también sin que hablen.

El cuero cabelludo se tensa cuando una miente.

La coronilla se pone dura. La nuca suda por un lado.

La sien late. La cabeza no sabe mentir tan bien como la boca.

Reyes asoma con dos vasos de limón granizado.

— ¿Te acuerdas cuando montaste esto por primera vez? — Se apoya en el quicio. — Ari te decía que parecías una cirujana.

— Me acuerdo.

Ari. En esta casa Ari no se ha ido nunca.

Se la nombra en presente sin darse cuenta, como quien deja un sitio puesto en la mesa.

Ari decía, a Ari le gustaba, Ari se reiría de esto.

Doce años muerta y sigue siendo la que faltó anteayer.

En la pared del comedor hay veinte veranos colgados en marcos torcidos, y Ari está en casi todos: riéndose con un cubata de plástico, con el pelo mojado pegado a la cara, con esas dos tobilleras de plata que llevaba hasta para bañarse, una en cada tobillo.

Era la única que me trataba de igual a igual.

Las dos pobres del grupo, decía ella, y se reía, ni pobres ni ricas, Vera, currantas, que es distinto.

Administrativa en el astillero de su padre, cuentas y facturas todo el día, con una cabeza para los números que a mí me parecía brujería.

A mí me colocaban en la mesa de los que traían el pan y ella se venía conmigo sin que nadie se lo pidiera.

Cuando murió, se me fue la única persona de esta casa que no me pagaba por estar.

— Este año lo vamos a hacer bien — dice Reyes, y se le va la voz a un sitio serio que no es el suyo de siempre. — Doce años ya. Misa en Los Alcázares, una placa buena a pie de agua, con su nombre. He avisado a la familia. Va a venir Noelia.

— ¿Viene Noelia?

— Le he escrito yo. — Se bebe medio granizado de un trago. — Esa niña nunca cerró lo de su hermana. Es lo justo. Que venga, que ponga la placa, que descanse de una vez.

Le miro las manos alrededor del vaso. Reyes tiene unas manos preciosas de cuidar, con la manicura que le hace la chica de Murcia, no yo.

Manos que nunca han fregado un apartamento de veraneo como los que fregaba mi madre.

Y pienso, sin querer, que la palabra descanse la ha dicho dos veces, y que las cosas que decimos dos veces seguidas son casi siempre las que nos estamos diciendo a nosotros mismos.

— Voy a peinarte estupenda para la misa — le digo, porque es lo que se dice, y porque llevo veinte años diciendo lo que se dice.

Se ríe, me revuelve el pelo como a una cría y sale a seguir con lo suyo, que es organizarlo todo. A Reyes hay que quererla. No se puede no quererla. Ese es, a lo mejor, el problema, aunque yo esta tarde todavía no lo sé.

———

Quique aparece a media tarde con el maletero lleno de hielo, cervezas y una nevera portátil del tamaño de un ataúd de niño. Llega dando voces, como siempre, abrazándome antes de bajar del coche.

— ¡La artista! ¡La única que me deja presentable! — Se pasa la mano por la calva creciente y se ríe él solo. — Este año te pago el corte con langostinos de Lo Pagán, Verica, que tú te lo mereces.

Quique es ruido bueno. Ancho, colorado, generoso de cara, con esa risa que llena el porche y no deja hueco para el silencio.

Le ha ido bien en los últimos años, muy bien, con los apartamentos de La Manga y los chiringuitos y una empresa de motos de agua que alquila a los guiris.

No siempre fue así. Hubo unos años, por la crisis aquella, en los que Quique andaba callado y flaco, con una cara que no era la suya.

Pero de eso no se habla. En esta casa hay una lista larga de cosas de las que no se habla, y una aprende a moverse entre ellas como quien anda por el pantalán sin pisar los clavos que asoman.

Descargo la nevera con él, le sigo la conversación, me río de sus chistes viejos. Es fácil estar aquí. Es una casa donde se está bien, con gente que te quiere. Ese es el aire que respiro cada verano y el que me hace volver.

———

Mientras Quique enchufa el ventilador de pie del comedor, me quedo un rato delante de la pared de las fotos.

Lo hago cada año, el primer día, como quien pasa lista.

Ahí está el grupo entero recogido en marcos que compró Reyes en algún chino de Cartagena, todos iguales, para que cupieran veinte veranos sin desentonar.

Los reconozco a todos de espaldas antes que de cara.

A Marga, siempre un paso por detrás, mirando a los demás en vez de a la cámara.

A Nando, su marido, con esa barriga buena de hombre tranquilo, sujetando un plato de sardinas.

A Chema, el soltero, haciendo el payaso en cada foto, con dos dedos de cuernos sobre la cabeza de quien tuviera al lado.

Reyes en el centro siempre, claro, con el brazo abierto sobre los hombros de dos o de tres.

Y yo. A mí me cuesta encontrarme. Estoy en un lado, con el delantal a veces puesto todavía, secándole el pelo a alguien, medio salida del cuadro.

La peluquera. La que hacía la foto bonita para que los demás salieran guapos.

Y Ari. Ari está en casi todas, y en todas mira a la cámara de frente, sin miedo, como quien no tiene nada que esconder.

Hay una en la que estamos las dos, jóvenes, con el pelo lleno de sal, muertas de risa por algo que ya no recuerdo.

Ella me pasa el brazo por el cuello. Es la única foto en la que yo no estoy trabajando.

— Esa la hizo Quique con la cámara de usar y tirar — dice Reyes, que ha llegado sin que la oyera y me pone la barbilla en el hombro para mirar conmigo. — Qué guapas estabais. Qué jóvenes éramos todos.

— Éramos.

— Voy a poner esa ampliada en la misa, en un caballete. — Me aprieta el brazo. — ¿Te parece bien? Como salís las dos, y tú la querías tanto...

Le digo que sí. Le digo que me parece bien.

Y por dentro noto ese calor y ese frío a la vez de siempre, porque la foto en la que Ari me abraza va a ir a un caballete decidido por Reyes, en una misa organizada por Reyes, pagada por Reyes.

Hasta el recuerdo de mi amiga me va a llegar servido en bandeja por otra persona.

Pero eso una no lo dice. Una da las gracias.

———

Antes de que caiga el sol bajo al pantalán.

Necesito el agua. Es algo que traigo de fábrica, de ser hija de quien soy: cuando algo me revuelve por dentro, me acerco a la orilla y miro.

Mi padre trabajó cuarenta años en las salinas de San Pedro, metido hasta las rodillas en los charcos rosas, sacando la sal a paladas, y me enseñó a leer el agua como otros padres enseñan a leer un libro.

Dónde tira. Dónde se para. Dónde hace pie y dónde no.

— La laguna no engaña, Verica — me decía. — La que engaña es la gente que no sabe mirarla.

Se murió hace nueve años, de un enfisema que le fue cerrando el aire poco a poco, y todavía le oigo. Todavía miro el agua con sus ojos antes que con los míos.

El pantalán cruje bajo mis pies. La madera está gris de sal, con clavos que asoman como dientes. Y entonces lo veo.

El agua está más baja de lo que la he visto en mi vida.

Este año de sequía, con el calor que pega desde marzo y sin una gota de lluvia decente, la laguna ha retrocedido metros.

Donde el verano pasado había agua hasta media pierna, hoy hay una lengua de fango negro al descubierto, brillante, con costras de sal blanca en los bordes y algas secas crujiendo al sol.

El pantalán, que se metía en el agua, ahora se muere sobre el barro.

Un cangrejo pequeño cruza la línea del fango y se mete en un charco que huele a huevo podrido.

Me quedo quieta al final de la madera.

Ahí. Justo ahí, en ese trozo de orilla que ahora es fango, es donde dijeron que Ari se metió a bañarse su última noche.

Su último baño, tan feliz, dijo Chema entonces y lo repite cada año como una jaculatoria.

Lo he oído doce veranos y nunca lo había pensado con los ojos puestos aquí.

Porque nunca había visto esto: el suelo de la laguna al aire, la verdad del terreno que la superficie parda lo tapaba todo.

Y algo no me cuadra. Todavía no sé decir el qué.

Es un aviso del cuerpo, de las manos, de esa herencia mía que aprendió a medir el agua antes que a leer.

Me agacho, tanteo. El fango empieza medio metro más allá de donde acaba el pantalán.

Miro la línea del agua, calculo la marea, calculo lo que sube por la noche cuando entra el mar por las golas.

Y hay algo que se me pone tenso en la nuca, esa manía mía de buscarme con dos dedos un nudo en la base del cráneo cuando algo me aprieta por dentro.

Aquí no cubre.

No sabría explicarlo con palabras, todavía no. Pero mi padre sí sabría. Mi padre miraría este fango, esta poca agua tibia y densa, y diría lo que yo aún no me atrevo a pensar delante de la casa iluminada, con las risas de Reyes y de Quique llegando desde el porche.

Aquí no se ahoga nadie.

Detrás de mí, en Villa Aurora, encienden las luces y la buganvilla reseca se pone dorada.

Me llaman para cenar, mi nombre subiendo por encima del agua quieta.

Y yo sigo con los pies clavados en la madera gris, mirando el sitio donde una amiga mía se metió al agua para no volver a salir, en un agua que no le llegaba ni a la cintura.