Epílogo
Septiembre en Los Alcázares. La peluquería llena, que es como me gusta.
Cuatro cabezas a la vez y Fina y yo repartiéndonos el trabajo sin decirnos nada, como dos que llevan catorce años bailando el mismo baile.
Fuera ya no aprieta el calor. La laguna, dicen, ha bajado un poco menos esta semana.
La vida pequeña y firme ha vuelto, y a mí la vida pequeña me sabe ahora a lo que sabe el pan cuando has tenido hambre.
Noelia me llama los domingos. Se ha vuelto a su casa, lejos, pero baja un fin de semana al mes, y cuando baja se sienta en mi silla y le arreglo el pelo y hablamos de todo menos de lo que ya no hace falta hablar.
Colocó a su hermana donde debía estar, dijo la verdad en voz alta a pie del agua, y ha empezado a dormir.
No hay sentencia, ni la habrá pronto, ni a lo mejor la habrá nunca del todo.
Los abogados de Reyes son buenos y el tiempo juega a su favor, como jugó siempre.
Pero hay algo que antes no había: una placa con el nombre de Ari a pie de la laguna, y una hermana que puede pasar por delante sin que se le pare el corazón.
La peluquería va bien. Mejor que nunca, la verdad, aunque me da apuro decirlo.
Después de lo del homenaje, medio pueblo quiso venir a que la peinara "la Vera esa que le plantó cara a los ricos".
Yo peino igual que siempre, ni mejor ni peor, pero ahora la gente se sienta en mi silla con otra cara.
Me cuentan sus cosas igual que antes, con las manos en el pelo, pero me miran distinto.
Como se mira al que se sabe una cosa de la vida que los demás preferimos no aprender.
El sobre llega un martes por la mañana, con el correo de la publicidad y una factura de la luz.
Sin remite. Mi nombre escrito a mano, con una letra grande y torpe de hombre que escribe poco. Lo abro entre clienta y clienta, de pie junto a la caja.
Dentro hay dos papeles y una nota.
El primer papel es el justificante de una transferencia.
Doce años de antigüedad. Beneficiaria: Encarna Ros.
La madre de Ari. Una cantidad pequeña, trimestral.
Y el segundo es el de otra transferencia, de este mismo mes, a nombre de Noelia Segado.
El ingreso anónimo. El que llegó cada tres meses durante doce años a la familia de una muerta, el que Encarna creyó que era "una ayuda de alguna buena persona", el que Noelia ya no sabía cómo interpretar.
La nota es de Quique. La misma letra torpe del sobre.
"Vera: el dinero a la familia lo mandaba yo. Todos estos años. No fui capaz de decírselo a la cara a nadie, ni a ti, ni a ellas, ni a mí mismo. Solo sabía pagar. Perdón por todo lo que no pregunté. Q."
Me quedo con el papel en la mano y el ruido del secador de Fina al fondo.
Doce años pensando que el dinero anónimo salía de la culpa de quien mató.
Y resulta que salía de la culpa de quien miró para otro lado.
Reyes apretó una mano bajo el agua y luego siguió organizando cumpleaños y pagando ataúdes, dulce, entera, sin mandar un duro a los Segado, porque su penitencia era el control, no el remordimiento.
Y Quique, que no mató a nadie, que solo eligió no preguntar de dónde salía el dinero que lo salvó, llevaba doce años pagando en secreto por un crimen que no cometió, porque el único crimen que sabía que era suyo —no mirar— no venía en ningún código penal.
El que paga por no confesar no es el que mató. Es el que dejó que mataran y se quedó con la casa.
Guardo los papeles en el cajón, con las fotocopias, con lo de Ari. Se los daré a Noelia el domingo. Que sepa de quién eran los sobres. Que decida ella qué hace con eso, que para eso es la última de los Segado y ya ha aprendido a esperar.
Y me quedo un momento pensando en Quique, en algún sitio del mundo donde nadie sabe quién es, comprándose cada trimestre un trocito de paz que nunca le llegó.
Aunque no lo juzgue ningún tribunal, ese hombre se juzga solo cada noche, se condena, y vuelve a pagar por la mañana.
Doce años cumpliendo una pena que nadie le puso y que no le quita ni un gramo a la de Ari.
———
Esa misma mañana, Alba entra en la peluquería con la mochila del instituto y esa cara que se le pone cuando algo le hace ilusión y no sabe si contármelo.
— Mamá. — Se sienta en la silla de girar, la de las clientas, y da media vuelta — . Mira lo que me ha escrito Reyes.
Se me para todo por dentro. Fina levanta la cabeza al fondo.
Alba me pone el móvil delante. Un mensaje largo. Cálido. Con emoticonos de corazón. Lo leo de pie, con las tijeras todavía en la mano.
"Alba, cariño, ¿cómo estás? Te tengo muy presente.
Sé que estos meses han sido difíciles para tu madre y para todos, pero tú no tienes culpa de nada de lo de los mayores, que eso es cosa nuestra.
Tú a lo tuyo, a estudiar, que tienes una cabeza preciosa.
Lo de la carrera en Murcia sigue en pie, ¿eh?
Pase lo que pase conmigo, ese dinero es tuyo, lo tengo apartado para ti.
Que nadie te quite tu futuro por las tonterías de los adultos. Un beso enorme, tu Reyes."
Reyes. Libre, esperando un juicio que a lo mejor no llega, firmando cada quince días en Cartagena, con la casa a su nombre y los abogados buenos.
Y ya, otra vez, la mano tendida. La misma mano.
Buscando ahora a mi hija, a la siguiente, a la que todavía no sabe leer coronillas y solo ve una señora buena que quiere pagarle un futuro.
— Es un detalle, ¿no? — dice Alba, insegura, mirándome — . O sea... con todo lo que ha pasado, mira que seguir acordándose de mí.
Y por un segundo, un segundo nada más, me tienta.
Me tienta de verdad. Es mi hija. Es su carrera en Murcia, su futuro, lo que yo no pude tener.
Con una palabra mía, con un "bueno, hija, no le hace mal a nadie", Alba tendría pagado lo que a mí me habría cambiado la vida a su edad.
Y a Ari eso ya no la resucita, y a Reyes eso ya no la absuelve, y a lo mejor lo justo es coger lo que le venga bien a mi niña y dejar de hacerme la heroína, que las heroínas no pagan matrículas.
Un segundo. Después se me pasa. Porque sé de dónde sale ese dinero apartado "para Alba".
Sale del mismo sitio que el ataúd de Ari y los sobres a Encarna y las mechas que le hago yo cada mes.
Sale de una correa. Y yo he tardado cuarenta años en cortarme la mía; no pienso ponérsela a mi hija recién estrenada.
Dejo las tijeras en el mármol. Cojo el móvil de las manos de mi hija. Y borro el mensaje delante de ella, sin prisa, y luego bloqueo el número, mientras Alba me mira sin entender del todo.
— Mamá, pero...
— Ven — le digo — . Siéntate bien. Que te voy a enseñar una cosa que no se aprende en ninguna academia de Murcia.
La coloco de cara al espejo grande. Me pongo detrás, con las manos en su pelo, en su remolino, en su coronilla de dieciséis años. Y le enseño lo único que sé de verdad, lo único que me enseñó mi padre en las salinas y lo único que he aprendido yo en veinte años de estar de pie.
— A la gente hay que mirarle la coronilla, Alba.
No la boca, que la boca miente muy bien.
La coronilla. Cuando alguien te ofrece algo que no te debe, mírale ahí, y verás si se le pone dura.
Y cuando te den algo por lo que luego te van a pedir el silencio, tú no lo cojas.
Y cuando hagas lo justo, no dejes que nadie te dé las gracias, ni las des tú, porque lo justo no se agradece, se hace y ya está.
— Le aparto un mechón de la cara — . ¿Me oyes?
El dinero que viene con una correa sigue siendo una correa, por mucho lazo que le pongan.
Alba me mira en el espejo. No lo entiende todo. Ya lo entenderá. Yo tardé cuarenta años.
———
Cierro la última. Fina se ha ido, las clientas se han ido, Alba está en casa con los deberes. La peluquería huele a laca y a agua oxigenada, mi olor de toda la vida, ese que me daba vergüenza entre gente que olía a colonia cara y que ahora es sencillamente el olor de lo que soy.
Barro el pelo del suelo. Ordeno los peines por tamaños. Y antes de apagar la luz me quedo un momento delante del espejo grande, sola, con las tijeras todavía en la mano.
Llevo veinte años leyendo cabezas ajenas para no tener que mirarme la mía. Hoy, delante del espejo, con las tijeras en la mano, me he mirado la nuca yo sola.
Ya no me tiembla.
Y el agua, dicen, sigue bajando.