Capítulo 14 #3
—Eve… —susurró sacudiendo la cabeza al mismo tiempo que avanzaba hacia ella con temor a que, si se acercaba demasiado, ella pudiese desaparecer.
Estaba tan aturdido por su inesperada visita que no era capaz de articular sus preguntas en orden; ni siquiera pensar qué podría decirle.
En ocasiones había imaginado ese momento.
Que ella aparecería en Inveraray y él sabría de memoria lo que diría y cómo se comportaría.
Y, llegado, se sentía desarmado e indefenso.
—Espero no molestarte al aparecer así, de imprevisto —le dijo con un tono que sonaba a clara disculpa, mientras sonreía de manera tímida y desviaba la mirada.
Al verlo callado observándola, pensó que no debería haberse presentado.
Que su presencia allí no era bien recibida.
Que se mostraba reacio a tenerla allí. Tantas suposiciones que pensaba que era una estúpida por haber ido hasta Inveraray.
Archibald se acercó hasta que las puntas de sus borceguíes embarradas rozaron el bajo del vestido de ella.
Le pareció que el destino le concedía una segunda oportunidad con aquella hermosa criatura.
Percibió su perfume, dulce y embriagador, envolverlo como aquellos días en el castillo de Dudhope.
Sus labios se curvaron en una sonrisa al tiempo que su mano le rozaba la mejilla.
Eve sintió la calidez de la caricia. El tiempo había pasado, pero las sensaciones permanecían a flor de piel como en su último encuentro aquella noche en la que la había besado en Dudhope. Aquel gesto de él la tranquilizó en gran medida. Y posteriormente sus palabras.
—Tu presencia nunca sería una incomodidad. ¿Cómo puedes suponerlo siquiera?
Su sonrisa borró sus miedos. Sí, todo parecía indicarle que él la había estado esperando, a pesar de todo. La había echado de menos. Lo sentía en el leve tacto de sus dedos sobre su piel. En su mirada escrutándola como si en verdad fuese ella
—Agradezco tus palabras, Archibald.
—Pero ¿qué haces aquí? ¿Ha sucedido algo de Dudhope con Jane? —le preguntó, atónito, porque en verdad fuera ella quien lo miraba con dicha en sus ojos.
—No, no. Jane está bien. No te preocupes.
—Me alegro escucharte decirlo. ¿Y James? ¿Ha regresado?
—Apareció en Dudhope a los pocos días de llegar yo a este.
—Qué maravillosa noticia, ¿no crees? Dime, ¿estaba bien?
—Ya lo creo. Pasó a vernos para decirnos que estaba vivo y, de paso, anunciarnos su boda con la señora del castillo Menzies.
—¿Qué? Pero… Vaya, tu hermano es toda una caja de sorpresas.
—Sin duda.
Ella no lo haría partícipe de las conversaciones mantenidas con James en los días que había pasado en casa de Jane. Ni mucho menos cómo la había animado a ir hasta allí para solucionar su asunto con Argyll.
—Y tú, entonces… ¿estás de paso porque te diriges hacia Glasgow o hacia la capital?
Eve sacudió la cabeza de manera tímida mientras observaba el gesto de incomprensión de él.
—Bueno, entonces…
—Dijiste en una ocasión que las puertas de Inveraray estarían abiertas si decidía venir.
—Por supuesto. Inveraray está abierto a cualquier amigo, conocido y pariente.
—También dijiste que esperarías a que algún día una mujer se presentara aquí y despertara tu curiosidad… —comenzó, recordando aquellas palabras medio en broma que a ella se le habían quedado grabadas.
Él intentó hablar, sin embargo, los recuerdos de aquella noche se lo impidieron. ¿Qué había querido decir?
—Fue más bien una manera de hablar —le dijo sonriendo mientras contemplaba la expresión seria de ella, pero también de cierta expectación, esperando a que añadiese algo—. Me acuerdo lo que me dijiste entonces. Que lo veías complicado Pero…
—Eso fue lo que te dije. Veo que lo recuerdas.
—Sí, claro. ¿Has venido hasta aquí por ese comentario?
—Le hizo la pregunta con cautela, mientras la emoción por escucharla decir aquellas palabras lo había dejado sin capacidad de reacción.
¡Por San Andrés! Esa mujer sabía cómo descolocarlo a cada instante, cómo hacer que lo único en que pensase fuera estrecharla entre sus brazos y robarle el aliento con cada uno de sus besos—.
Nunca creí que aquel día pudieras tomarme en serio. Pero ahora que te veo aquí…
—Solo espero no llegar tarde y ser yo la mujer que despierte tu curiosidad —le confesó con cierto temor en el tono de sus palabras.
No estaba segura de lo que había hecho al ir hasta allí para verlo y para hacerle ver que seguía enamorado de él.
Pero también había temido que él la hubiese olvidado, y entonces ella…
Lo vio posar sus manos en las caderas y sacudir la cabeza en sentido negativo, sin saber cómo interpretarlo.
—Solo ha existido una mujer en mi vida a la que seguiría esperando hasta el último día de mi vida.
La misma que despertó mi curiosidad por querer conocerla más y está justo delante de mí en este preciso instante —le confesó enmarcando su rostro para sentir la suavidad de su piel bajo sus dedos—.
Si supieras las veces que he soñado con este momento —le confesó, sonriendo complacido por tenerla allí—.
Pero luego me decía que el daño que te causé fue demasiado grande.
—Lo fue en su momento. Te odié y te maldije.
Y me juré no volver a verte. Pero entonces apareciste en Dudhope y, pese a que traté de mantenerme distante, me fue imposible.
Poco a poco fui comprendiendo que la razón y el corazón son dos viajeros que, a pesar de ir por el mismo camino, nunca coincidirán en la misma posada.
Cuando uno llega, el otro se ha marchado.
Por más que intentaba hacerte de menos y rechazarte, mi corazón era el que mandaba.
Y cuando supe que no me habías delatado…
Él la sujetó por los brazos y la contempló con tal intensidad que de no hacerlo ella se caería del temblor que experimentaba.
—¿Cómo pudiste pensar algo así de mí?
—Porque creí que no te importaba. Que el hecho de no haber vuelto a cumplir tu promesa me hacía indiferente a tus ojos.
Le acarició el rostro con delicadeza, con devoción, y sonrió.
—Nunca te consideraría así. Quise volver en su momento, pero siempre me retenían las obligaciones políticas. Te he echado de menos desde que abandoné Dudhope. Y es cierto que deseaba que algún día aparecieses en la puerta de Inveraray. Que fueses tú la mujer que me sacara de mi encierro.
Eve sonrió, dichosa por aquellas palabras, pero más si cabía por estar de nuevo entre sus brazos. Por sentirse deseada, querida y anhelada durante todo ese tiempo.
—Ese ha sido el motivo de mi viaje. No podía seguir negando la verdad.
Archibald no se lo pensó dos veces y la estrechó contra su pecho para sentirla más cerca, besándola con una mezcla de ternura y pasión.
Eve sintió que el sombrero se deslizaba por su cabeza hasta caer sobre la alfombra. Tuvo la impresión de que retomaban donde lo habían dejado la última vez que estuvieron juntos. Aquella noche en Dudhope, cuando él la había rechazado. Se apartó de ella un instante desconcertado mientras la miraba.
—Oh, pero disculpa mi torpeza por ensuciarte tu vestido; estaba recorriendo las tierras con Gordon cuando me avisaron de tu llegada. Y mira cómo te he puesto el bajo de este —le advirtió, sonriendo, mientras ella sacudía su cabeza.
—La ropa siempre puede sustituirse, pero este momento de dicha y felicidad no volverá. Habrá otros muchos, pero como este, ninguno —le aseguró con las mejillas arreboladas por la pasión y la emoción, mientras sus ojos parecían más luminosos.
Fue ella la que se elevó sobre las puntas de su calzado y, rodeándolo por el cuello de una manera atrevida, lo besó para recuperar el tiempo perdido desde que se habían separado.
Archibald no había olvidado la suavidad de sus labios, la delicadeza de sus besos o el deseo que toda ella despertaba en él.
Emitió un leve gruñido cuando quiso hundir sus manos entre sus cabellos y se dio cuenta del recogido que llevaba.
Pero, con gran agilidad, la despojó de las horquillas, liberándolo solo para él, mientras Eve trataba de que la risa no le impidiera seguir besándolo.
En ese momento, el ama de llaves apareció en el salón con la bandeja del refrigerio, pero se detuvo al ser testigo de la escena. Archibald se apartó de Eve con gran esfuerzo ante la presencia de Meg Campbell.
—Disculpe, señor; no sabía que…
—No tiene por qué disculparse. Soy yo quien me he dejado llevar por la situación —le confesó mientras su mano retenía la de Eve—.
Le presento a la señorita Eve McLean. Se quedará con nosotros desde hoy mismo.
Me gustaría que preparara una habitación para ella…
Hasta que ella decida convertirse en duquesa de Argyll, señora de Inveraray —anunció, mirándola como si fuese él quien le entregaba el corazón—.
En una ocasión te prometí que me desposaría contigo y te entregaría todas las tierras que circundan Inveraray.
Que te convertiría en la señora de Argyll, pero no lo hice.
El destino me concede una segunda oportunidad y, esta vez, pienso ser fiel a mi palabra.
Ambas mujeres se quedaron mudas. El ama de llaves estuvo a punto de dejar caer la bandeja al suelo, de no ser porque la depositó de manera rápida sobre la mesa, mientras Eve pensaba que el pecho iba a estallarle y sus piernas no resistirían la emoción del momento.
Había ido hasta allí para encontrarlo y quedarse con él…
Pero nunca imaginó que él le pidiera que se convirtiera en la duquesa de Argyll.
—No esperaba que… —Eve balbuceaba. Cerró los ojos e inspiró hondo antes de apretar la mano por la que él la tenía cogida—. Será un placer ser tu esposa.
Archibald no esperó ni un minuto para volver a tenerla en sus brazos y besarla, a pesar de la presencia del ama de llaves. Pero había sido tanta la necesidad de volver a estrecharla entre sus brazos que nada ni nadie podrían impedírselo en ese instante.