Capítulo 14 #2
—Era de esperar desde un principio. Se lo dije a Claverhouse y a otros tantos jefes aquella mañana que nos reunimos en Lochaber. Pero hicieron oídos sordos a mis advertencias. Y Graham lo pagó con su vida.
—Cierto. Pero veo que desconocías cuál era la situación actual.
—Ya te he dicho que, desde que regresé de las Tierras Altas, no he querido saber nada del mundo exterior.
—Ya. ¿Qué sucedió al final con el tema del robo de los impuestos?
Archibald levantó las cejas mostrando sorpresa por la pregunta. Pensaba que con el paso del tiempo ese asunto se habría olvidado. Pero al parecer todavía despertaba la curiosidad de algunos.
—Se perdió la pista a los autores. Nadie quería dar muchos detalles al respecto; ya conoces a los habitantes de las Tierras Altas. Leales a los Estuardo.
—Lo supongo. Nadie estaba dispuesto a delatarlos.
—Eso mismo me advirtieron cuando se enteraron de cuál era mi cometido. En fin, hice lo que pude por averiguar su identidad.
—¿Qué vas a hacer ahora que has renunciado a la política? ¿No te aburrirás tú solo aquí en el castillo?
Archibald frunció los labios, luego sacudió la cabeza.
—No. Tranquilo. Hay cosas por hacer. He pasado mucho tiempo lejos de aquí. Tengo todo lo necesario para tener la cabeza ocupada y no pensar en otra cosa que poner al día mis tierras.
—Tal vez podrías aparecer en la capital de vez en cuando. En alguna reunión de sociedad. Que hayas dejado la política no significa que dejes de ser el duque de Argyll, ¿no?
—Lo tendré en cuenta, pero sabes que ello implicaría conversaciones en torno a asuntos de los que prefiero no ser partícipe.
—Te entiendo y no te lo reprocho. Y más en estos días.
—He pasado demasiado tiempo lejos del hogar, de mi tierra y de mis gentes, sacrificando cosas que no volverán.
De manera que desde hoy me dedicaré a todo ello, dejando a un lado la vida social y política.
Que sean otros los que se encarguen de ello.
—Agitó la mano en el aire dejando clara su postura.
—Aun así, espero poder verte en alguna ocasión en la capital.
Y de paso, podrías aprovechar para buscar una esposa ahora que tienes tiempo.
Todavía recuerdo aquella locura tuya de comprometerte con la hija del jefe del clan McLean.
Al final no la cumpliste. —Sonrió sacudiendo la cabeza—. ¿Supongo que no la habrás vuelto a ver?
—La verdad, he estado bastante ocupado con tratar de evitar una guerra que ya conoces cómo acabó…
Y luego, el asunto del robo de los impuestos.
No he tenido tiempo para fijarme en si ella estaba.
Claro que, si piensas en que no cumplí mi palabra para casarme, pues…
Y no creo que tuviera muchas ganas de verme.
Archibald no tenía por qué darle detalles de lo sucedido con Eve durante los días que había pasado en el castillo de Dudhope. ¿Qué sentido tendría hacerlo? Ninguno, a su modo de ver. Ella se había quedado allí y él había regresado a Inveraray.
—Tienes razón. No creo que tuviera ganas de verte. Por lo menos la revuelta no te alcanzó y celebro saber que te encuentras bien.
Archibald apretó los labios y asintió sin añadir ningún comentario a eso último. Estrechó la mano de su amigo y lo acompañó fuera del castillo.
—Eres bienvenido siempre que quieras, Lachlan. Las puertas de Inveraray están abiertas para cuando tú decidas pasarte.
—Lo tendré en cuenta. Pero mejor harías tú en salir un poco de estas cuatro paredes. Si te acostumbras a recibir visitas, no volverás a pisar la capital.
Archibald se limitó a sonreír y a no añadir nada más.
¿Qué hiciera vida social? No. No tenía ninguna motivación en ello.
Era consciente de que aparecer en público en las reuniones de la capital implicaría dar explicaciones de su renuncia, charlar de política, volver a ver a Connie…
Lo que lo llevó a pensar en Eve de manera irremediable, quedándose de pie en la entrada del castillo con la mirada perdida mientras la imagen de la pelirroja de los McLean volvía adueñarse de sus pensamientos, si es que en alguna ocasión había dejado de estar en estos.
***
Un mes después
Archibald caminaba junto a Gordon por los alrededores de Inveraray esa mañana. El sol calentaba con fuerza desde temprano, pero era agradable si se comparaba con la temperatura de las Tierras Altas.
—Según contaban en la taberna, la situación se ha normalizado.
Las noticias que circulan son que las tropas jacobitas se han dispersado de regreso a las Tierras Altas después del fiasco de Dunkeld.
Y los ingleses parecen algo más relajados, aunque todavía andan buscando a los cabecillas —le comentaba Gordon mientras observaba a Archibald a su lado, con las manos a la espalda y la mirada fija en el suelo que pisaba.
Durante unos segundos, este no abrió la boca para hablar, sino que se limitó a emitir un gruñido. Tal vez no sabía qué decir o no le interesaba lo más mínimo, pensó Gordon contemplándolo.
—Era lo más lógico si acabaron huyendo de allí.
—Archibald se detuvo de repente y se volvió hacia su hombre de confianza—.
Después de todo, dime la verdad, Gordon, ¿de qué diablos ha servido todo este revuelo?
Claverhouse lo inició con el firme propósito de restaurar a Jacobo en el trono.
Y este sigue exiliado en Francia, sin muchas expectativas de volver.
El tono de rabia y desesperación era patente en Archibald, quien no vacilaba en demostrarlo.
—Dudo de que sus seguidores vuelvan a intentarlo.
Sin un líder carismático al frente que lo guie como lo era Claverhouse.
A lo que me preguntabas, creo que solo ha servido para que nos demos cuenta de que es mejor aceptar la realidad, por mucho que nos duela.
Meternos en una guerra contra Inglaterra solo serviría para debilitar a la nación.
—Esa era mi intención cuando llegué a Dundee. Hacerles ver que no serviría de nada levantarnos en armas contra Inglaterra. —Sacudió la cabeza sin comprender por qué había sucedido—. Es mejor no pensar en ello por más tiempo. No tiene sentido alguno. —Volvió el rostro y algo llamó su atención.
Gordon siguió con su mirada la de Archibald.
Uno de sus hombres se dirigía hacia él con paso presuroso.
—¿Jaimie? ¿Qué sucede?
—Nada malo. Tiene una visita. Le he dicho que estaba paseando por los alrededores y que le avisaría.
Archibald asintió sin preguntar de quién se trataba. Supuso que seía algún jefe de clan o alguien relacionado con la política de Escocia.
—Está bien, voy a ver qué quiere. Gordon, después seguimos hablando.
Caminó de vuelta a la casa y se encontró a Meg, el ama de llaves, esperando en el umbral.
—Señor, tiene una visita —le informó algo nerviosa—. La hemos hecho pasar al salón pequeño, donde recibe visitas.
—Lo sé, lo sé. Jaimie ha ido a buscarme para informarme de ello. Prepare un refrigerio y dígale que enseguida voy.
La verdad era que no estaba muy decente porque, desde que había llegado a su casa, había dejado de lado las etiquetas y demás arreglos.
Vestía una simple camisa, el kilt y unos borceguíes algo manchados de barro y de tierra de haber estado andado por los alrededores con Gordon.
Pero no iba a cambiarse en esos momentos.
Lo sentía por la inesperada visita, pero tendría que conformarse con verlo como estaba.
El duque de Argyll también tenía derecho a mostrarse de esa forma.
No todo era ir bien vestido con traje y un montón de adornos.
El sonido de pasos tensó el cuerpo de la visitante como el de una joven debutante a la que van a solicitar su primer baile.
Permanecía de espaldas a la puerta observando la decoración de aquella estancia que sin duda era el lugar donde él recibiría visitas.
Contemplaba el retrato de un caballero con la vestimenta del clan Campbell y que tenía cierto parecido con Archibald.
Solo evocar su rostro le produjo un ligero sobresalto y sintió cómo su piel se erizaba en respuesta a sus pensamientos.
La habitación era amplia y revestida en tonos azules como el tartán de los Campbell.
De igual modo que el suelo que amortiguaba sus pisadas.
Había un gran ventanal que ofrecía unas vistas preciosas al campo.
Verde como si de una alfombra se tratase.
—Buenos días… —Archibald no fue capaz de pronunciar una sola palabra más cuando descubrió que se trataba de una mujer.
Llevaba un vestido sencillo de tono oscuro.
El cabello recogido en un moño alto y con un sombrero sobre este.
No podía precisar su color, pues con la luz que entraba por el ventanal parecía que se volvía del color del cobre o el fuego, incluso el de las hojas de los árboles en el otoño.
Por un momento se le pasó por la cabeza una locura.
¡Bendita locura! La sacudió y sonrió con una mezcla de ironía y melancolía al pensar que ella pudiera estar allí.
La mujer le parecía abstraída, pues no le respondió en primera instancia.
El timbre de su voz la sobresaltó al instante.
No pudo controlar las sacudidas de su corazón, a pesar de que había creído en todo momento que lo haría.
Que no le afectaría después de todo aquel tiempo.
Pero ¡qué equivocada estaba! Cerró los ojos por unos segundos y sonrió con timidez antes de inspirar hondo y volverse hacia él.
El semblante de Archibald mudó en el preciso instante en el que su deseo se hizo realidad y creyó estar viviendo un sueño. Allí estaba ella . Más bonita a cómo la recordaba. Su pulso se aceleró de manera inusitada cuando ella le sonrió y se dirigió a él.
—Hola, Archibald. Disculpa que me haya presentado de improviso —le dijo consciente del impacto que su presencia le había causado. No la esperaba, de eso estaba segura.