Capítulo 14
A rchibald emprendió viaje a su casa en Inveraray antes de que despuntara el día.
Lo sucedido la pasada noche con Eve no le había dejado conciliar el sueño, de manera que decidió marcharse temprano.
La mañana era fría. La bruma no quería desaparecer, como si rindiera homenaje a Bonnie Dundee, como era conocido Graham de Claverhouse.
Archibald recordó el sonido de las gaitas, que lo acompañó los últimos momentos.
La pena de Jane y de los miembros del clan Graham.
Fue entonces cuando se centró en Eve. No pudo evitarlo.
Los ecos de las palabras de esta, pensando que la entregaría a los ingleses, resonaban en su cabeza.
¿Cómo podía haber pensado algo semejante?
Lo que lo empujó a actuar de esa manera había sido la deuda que tenía con ella por lo que le había hecho.
Pero también porque no podía entregar a la mujer que ocupaba su corazón pese a todas las circunstancias.
Los recuerdos de la pasada noche, cuando ella lo había estado esperando, su deseo latente, su beso, sus miradas de complicidad y el rechazo en el último instante.
Para él hubiera sido sencillo dejarse llevar y haber terminado en la cama de su habitación.
Sería un canalla si lo hubiera hecho. La había evitado para ahorrarle más dolor por su parte.
Se había prometido a sí mismo y a la propia Jane que no le causaría más dolor a Eve.
Luego, creyó ver que sus ojos verdes brillaban más que en otras ocasiones.
Sin duda que el hecho de retener las lágrimas había sido el causante de eso.
¿Se sintió rechazada?, se preguntó Archibald trayendo a sus pensamientos la última imagen de ella.
La despedida fue más bien escueta, formal y sin promesas de volver a verse.
Cerraba una puerta que no volvería a abrir.
***
La noticia de la muerte de Claverhouse se extendió por las Tierras Altas como el fuego sobre la pólvora.
Archibald fue testigo de cómo la gente parecía abatida por esa pérdida.
Muchos decían que no encontrarían a otro líder como él.
Con su destreza militar, su determinación y su poder de convicción.
Los hombres que no habían caído en la batalla del paso de Killiecrankie, o posteriormente en Dunkeld, permanecían ocultos por temor a ser apresados, o bien esperando a que alguien se erigiera en el nuevo líder de la causa en favor de Jacobo.
En cuanto a McKay, según algunos comentarios que había escuchado, estos aseguraban que había puesto rumbo a Stirling y, más en concreto, a su castillo.
La paz parecía asegurada entre ambas naciones, por el momento.
Él solo deseaba que así fuera y que se extendiera hasta el fin de sus días.
No pensaba inmiscuirse más en aquella absurda rebelión que había puesto en marcha Claverhouse.
El castillo de Inveraray era la joya de la corona para el clan Campbell desde el siglo XV, cuando sir Duncan Campbell se había mudado a la localidad de Inveraray y levantado el edificio.
Era su preferido a pesar de poseer varios más.
La pequeña localidad, que daba nombre al castillo, era un burgo real del concejo que ocupaba la región de Strathclyde.
Las casas eran de color blanco y muchas se situaban junto al lago Fyne.
Algunas personas que estaban en la calle dejaron de hacer sus labores y se quedaron mirándolo cuando lo reconocieron.
Archibald se apeó del caballo y avanzó con este sujeto por las riendas. Algunos se paraban a saludarlo con efusividad por tenerlo allí después de tanto tiempo alejado de la localidad. Otros se limitaban a murmurar y hablar en voz baja mientras hacían gestos hacia él.
James Mortimer era una especie de alcalde en el lugar y fue de los primeros en acudir a estrecharle la mano nada más que supo que estaba en la localidad.
—Celebro volver a verlo, Campbell.
—Yo también.
—Lo hacía en Londres.
Archibald asintió con los labios apretados.
—He venido a descansar a mi casa —dijo observando el gesto de incomprensión del viejo Mortimer—. Tengo pensado renunciar a mi puesto en el parlamento inglés después de los últimos acontecimientos.
—¿Lo dice por lo que ha ocurrido en la región de Perthshire? La muerte de Claverhouse.
—Por lo que veo, ya han llegado aquí las noticias.
Mortimer asintió con el gesto turbado.
—Por supuesto. De igual modo que lo del robo de los impuestos.
—Vaya… —No le diría que había participado en la batalla porque no quería que la gente de aquel lugar se viera involucrada. Ni el clan Campbell, aunque algunos de sus hombres habían participado—. Una lástima.
—Hace unos días vimos soldados ingleses en el camino hacia Stirling.
—Supongo que querrán tomar precauciones para que no suceda nada más. Con la derrota de Claverhouse tengo mis dudas acerca de si alguien tomará el relevo.
—Sería mejor dejar las cosas como están, ¿no cree?
—Sin duda que sería lo más acertado. Pero, al parecer, hay algunos que todavía no se han dado cuenta.
Y prefieren seguir la lucha contra Inglaterra.
Abogué en el parlamento por la cautela y dejar que las cosas se establecieran en su sitio.
No sabemos cómo va a reinar Guillermo. Y en cuanto a los Estuardo…
, tal vez les haya llegado la hora del relevo.
Llevan en el trono de Inglaterra mucho tiempo.
A lo mejor un cambio de rumbo puede venir bien a esta nación. Una guerra, desde luego que no.
—Sin duda, sin duda. En fin, no lo entretengo más. Supongo que estará deseando llegar a su casa.
Archibald se limitó a asentir ante ese comentario.
Sin duda que lo que pretendía era encerrarse en Inveraray y olvidarse de todo lo vivido, cosa harto complicada, pero al menos lo intentaría.
Reanudó el camino por el sendero que conducía hasta la casa donde parecía no haber nadie.
Sin duda que no lo esperaban porque no había enviado recado con su llegada.
Se detuvo un momento como si estuviera pensando qué hacer.
Inspiró y, dándole unas palmaditas de cariño a su montura, prosiguió.
—Es mejor llegar lo antes posible. De ese modo, los dos descansaremos.
***
Eve se había levantado temprano para ver partir a Archibald desde la ventana de su habitación.
Tal vez podría haber bajado las escaleras y salir a pedirle que no lo hiciera.
Que permaneciera un día más allí en Dudhope y aclararan lo sucedido la pasada noche cuando él la besó y ella no opuso resistencia.
Recordó sus palabras, sus gestos, su beso y su mirada.
La deseaba. Pensaba en ella a cada momento, entonces, ¿qué la había detenido?
¿Por qué no le había confesado que seguía queriéndolo a pesar de que había prometido odiarlo por su desplante?
Tal vez porque dejó que la mujer fría y arisca, que había forjado durante tanto tiempo, le había ganado la partida a la romántica, que él había vuelto a sacar con su presencia en Dudhope.
***
Archibald llevaba algunas semanas en Inveraray, ajeno a los devaneos políticos del momento y a los enfrentamientos entre los partidarios de Jacobo y los del rey Guillermo.
Parecía que no tenía demasiado o ningún interés en lo que sucedía.
Desde que había regresado de las Tierras Altas, se había poco menos que encerrado en su castillo para lidiar con los quehaceres domésticos que se encontraban algo atrasados desde que había estado en Londres.
Había conseguido dejar su puesto en el parlamento y que las autoridades de la capital eligieran a un nuevo representante, lo que había sorprendido a los lugareños.
Pese a estar alejado de lo que sucedía en la nación, las gentes de los alrededores sí conocían lo que estaba sucediendo en el país.
Aquella mañana, Gordon, su hombre de confianza, apareció en la habitación que Archibald empleaba a modo de despacho.
Gordon era un escocés de cabello y barba color rojizo, mirada inquieta y talante recio. Se detuvo delante de la mesa de Argyll esperando que este levantara la mirada de sus papeles para prestarle atención.
—¿Qué quieres, Gordon?
—Hay un caballero que quiere verlo.
—¿Quién es?
—Dice que viene de Edimburgo y que es urgente.
—Está bien. Hazlo pasar.
Gordon asintió con severidad, se giró y salió de la estancia dejando al duque a solas. Minutos después, regresaba acompañado de su amigo de la capital, con el que había estado hablando a su llegada a Londres.
—Celebro verte, Lachlan. —Le estrechó la mano con efusividad pidiéndole a continuación que se sentara—. ¿Qué te trae hasta Inveraray?
—Puedes hacerte una idea de la situación que atravesamos.
—No lo sé. Desde que llegué aquí hace algunas semanas, no he querido saber nada de la política de la nación. Y, es más, redacté una carta al propio parlamento y al consejo escocés, solicitando mi renuncia como alto representante de Escocia en Londres. Que ya me han concedido.
—¿Lo dices en serio?
—Tanto como que te estoy viendo.
—Supongo que ese cambio se debe sin duda a lo sucedido en las Tierras Altas, ¿no? Me refiero a la batalla de Killiecrankie y, después, al fiasco de Dunkeld…
Archibald asintió.
—De algo me enteré cuando venía hacia aquí. ¿Qué sucedió?
—Bien, apenas tres semanas después de Killiecrankie, los jacobitas, conducidos por un inexperto coronel Cannon, se vieron obligados a huir en desbandada ante las tropas inglesas.
En estas, había un grupo de Camerons, llamados así en honor a Richard Cameron, antiguos combatientes del Covenant, ya sabes, presbiterianos que seguían las doctrinas de John Knox y Calvin. Contrarios a le fe católica.
—Enemigos acérrimos de los Estuardo…
—Exacto. En fin, la causa de Jacobo parece más tocada que nunca.