La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Salió al exterior donde la noche estaba tranquila.

Un ligero viento mecía las ramas de los árboles cercanos al castillo.

Jane había ordenado iluminar el camino que conducía a este para que lo invitados pudieran llegar sin ningún contratiempo.

Archibald sonrió irónico pensando en la insistencia de ella para que él intentará reconquistar a Eve.

¿Pedirle que fuera a Inveraray? ¿Con qué pretexto?

Ella se había enamorado de él siendo una joven romántica y soñadora cuando él le prometió un matrimonio a su regreso de Londres.

Y este se había producido años después, cuando ella había perdido cualquier esperanza.

¿Cómo podía pedirle de nuevo lo mismo? Sacudió la cabeza caminando con las manos a la espalda.

Pensaba que el destino había sido injusto con Claverhouse.

Él sí tenía una esposa que lo quería. Una vida en común.

Se habría cambiado por él en el paso de Killiecrankie.

De ese modo no tendría que pasar por aquello.

Había fallado a Eve en su momento y en ese instante le tocaba pagarlo sabiendo que se quedaría sin ella.

Eve salió en busca de Archibald al ver que este no había regresado.

Por un instante se le pasó por la cabeza que hubiera decidido marcharse a Inveraray a pesar de haberle dado su palabra de que no lo haría.

Pero cuando lo vio pasear por las inmediaciones de Duart, su pulso se fue ralentizando al compás de los latidos de su corazón.

Permaneció absorta contemplándolo desde la posición en la que estaba.

No se había equivocado cuando le confesó a Jane que seguía enamorada de él.

Y aquellos días que pudiera quedarse en Duart podrían significar los últimos en los que se vieran.

A no ser que él se interesara por visitar a Jane para saber cómo estaba de ánimo.

O tal vez ella podría ir a su castillo en las tierras de los Campbell y visitarlo.

Pero ¿qué excusa podría darle? ¿Cómo iba a presentarse en Inveraray sin avisar?

Como si supiera que alguien lo estaba observando, Archibald se volvió y se quedó petrificado cuando la descubrió.

Por un instante pensó que era su imaginación la que le estaba jugando una mala pasada.

O bien, que la había confundido con otra mujer.

Pero entonces la contempló dirigirse a él con paso lento, sin perderle la mirada en ningún instante mientras sujetaba la tela de su vestido entre sus dedos, lo justo para no pisarla.

Se detuvo a escasos pasos de él y levantó la mirada hacia su rostro como si lo estuviera desafiando a que tomara la iniciativa de una vez por todas.

—No esperaba encontrarte aquí solo.

—Pues siento decirte que así es. —Extendió los brazos a ambos lados para hacerle ver que no había nadie—.

Apuesto a que no te faltan admiradores incluso en días y situaciones como esta.

O las propuestas de matrimonio… —Entornó la mirada hacia ella con curiosidad, controlando el tono de su voz para no alertarla.

—Dices bien. Pero me he acostumbrado a rechazarlas.

—No sabría qué decir.

—Ninguna de las propuestas que me han hecho me satisface.

—Vaya…

—¿Y tú?

—¿Te refieres a por qué no me he casado?

—Me comentaste que no habías conocido a una inglesa que te atrajera.

—No. Quise decir que no me fijé en ninguna porque mi cometido en Londres era otro, como bien sabes.

—La observó cambiar el gesto al escucharlo decir eso.

Tal vez esperaba otra respuesta, otra que él tenía miedo a confesarle, pero que ya no importaba.

Contemplar el rostro de ella tan cerca era una especie de tortura que no lograba acabar con él.

¿Cómo se suponía que podía tenerla allí frente a él y no poder tocarla ni besarla?

—. Soy un desastre con las mujeres, Eve.

Por desgracia, tú lo sabes mejor que ninguna otra.

Solo sé de política, o eso pensaba, de acuerdos, de guerras, de dirigir un clan…

No sé nada de cómo tratarte. Ni menos decirte lo que siento.

—Dio un paso atrás señalándola con las manos en referencia a ella.

¿Le estaba pidiendo una segunda oportunidad? ¿Qué le dijera cómo debía hacerlo con ella?

—¿Qué es lo que sientes? —El corazón le dio un vuelco cuando lo escuchó, pero más todavía cuando se dio cuenta de que la señalaba con las manos mirándola como si ella fuese la única mujer para él.

Asegurándole que no sabía expresarle sus sentimientos.

Las alarmas se encendieron en su interior, y las conversaciones con Jane al respecto de ese tema inundaron su mente.

Él frunció el ceño un segundo sin comprender qué podía decirle. Hasta que se dio cuenta de estaba hablando…

—Dirás que soy un estúpido, pero… ¿qué importancia puede tener a estas alturas? Jane y sus locuras… —murmuró bajando la mirada con la mano sobre el mentón con gesto pensativo.

—¿Qué tiene que ver Jane?

—Oh, ella y sus comentarios acerca de que tendré más tiempo para buscar una esposa una vez que deje la política.

No supo porque se lo decía, o tal vez sí. Tal vez porque todo estaba perdido con ella y aquellas palabras eran como una última bala.

—¿Piensas hacerlo? ¿Buscar una esposa?

El tono de ella lo puso en alerta. Pausado, lleno de calidez, pero de temor al mismo tiempo.

—No, no tengo ninguna intención de buscarme una esposa, a menos que alguna mujer se presente en Inveraray y despierte mi curiosidad.

Ella arqueó las cejas sorprendida por ese comentario.

—En ese caso, tengo mis dudas.

—¿En qué sentido?

—No estoy segura de que alguna mujer se presente en Inveraray de buenas a primeras. Y luego que, además, despierte tu interés para convertirla en tu esposa.

—Yo también lo creo así. —La contempló con intensidad, queriendo mostrarle que solo esperaría a una en su vida, y en ese momento estaba delante de él.

Levantó la mirada hacia el cielo nocturno para, de ese modo, no caer en la tentación de atraerla hacia él y besarla una última vez antes de decirle adiós para siempre—.

Creo que deberíamos regresar al interior y apoyar a Jane en estos momentos.

Buscaba cualquier excusa para alejarse de ella en ese preciso momento. Eve lo vio comenzar a caminar hacia la entrada y su comentario lo detuvo de golpe.

—Yo participé en el asalto de los recaudadores.

Quería que lo supiera por ella. Sabía que era la última vez que estarían a solas, como en ese preciso instante.

Lo vio girarse de manera lenta, pero permaneció en el sitio, a escasos pasos de ella.

La contemplaba con una expresión neutra.

Eve tragó y esperó a que él le respondiera, que la acusara, que la tachara de traidora, mentirosa, rebelde…

En cambio, su comportamiento la sorprendió y la sobrecogió.

Archibald caminó hacia ella con los labios apretados, asintiendo de manera leve. Se detuvo justo a escasos centímetros de su rostro y la contempló de manera fija, buscando algo en aquel par de ojos del color del brezo escocés.

—¿Por qué me lo cuentas ahora?

—Porque no podía retenerlo más tiempo sabiendo que tú me estabas buscando.

Él esbozó una media sonrisa.

—Ya no tiene ninguna importancia, Eve.

—¿No vas a delatarme? ¿A entregarme a las autoridades? Te estoy diciendo que…

—¿Cómo crees que podría hacer algo parecido?

—Pero todavía eres miembro del parlamento británico y se te encargó encontrar a quienes habían robado el dinero de los recaudadores.

—Sé desde hace algún tiempo quiénes fueron los responsables del asalto. Te reconocieron, Eve —le confesó observando como ella abría los ojos como platos y entreabría los labios buscando el aire que aquellas palabras acababan de robarle.

—Lo sabías… —logró murmurar pese a todo.

Eve sintió el escalofrío reptando por su espalda y como su piel se erizaba.

Su cuerpo se agitó por completo. Lo sabía y no se lo había dicho ni la había delatado tal y como Jane le había dicho.

¿Era por lo que su amiga le había asegurado con respecto a los sentimientos de él hacia ella?

, pensó tratando de encontrar el aplomo para mantenerse firme ante él.

—Créeme que me llevé una sorpresa, en parte, porque sabía de tu lealtad a la casa Estuardo. Pero, como te he dicho, ya no tiene importancia. En verdad nunca la tuvo. Pero te agradezco que me lo hayas dicho.

Ella lo vio darse la vuelta y seguir su camino hacia la entrada de Duart mientras ella permanecía estática en el sitio como si se tratara de una estatua.

Hasta que reaccionó y, cogiendo la tela del vestido entre sus dedos, caminó deprisa en pos de él.

Se situó delante, obligándolo a detenerse una vez más.

—¿Qué sucede? —le preguntó contemplándola intrigado por su reacción. Sacudió la cabeza y aguardó a que ella se explicara.

—¿Por qué no lo has hecho? ¿Por qué no piensas delatarme a las autoridades inglesas?

Él se permitió la licencia de sujetarla por los brazos un instante y mirarla de manera fija. Las pupilas de ella parecían estar dilatas por la expectación que parecía sobrecogerla.

—Tal vez porque, después de todo, tenía claro que estaba en deuda contigo. —Por suerte para él, una joven muchacha de cabello color de la miel caminaba en dirección a ellos—. Creo que vienen a por ti —le aseguró haciendo un gesto con la cabeza hacia esta.

Eve estaba algo aturdida por las palabras de él y no sabía cómo reaccionar.

Si volverse o seguir mirando a Archibald buscando una aclaración a lo que acababa de decirle.

Al final fue este quien decidió por ella y, tras intercambiar unas palabras con la joven, se alejó de ambas, en dirección a la casa.

El momento había sido bastante revelador para Eve.

Permanecía callada, atónita porque todo parecía indicarle que él nunca la delataría porque la seguía amando a pesar del tiempo y de las circunstancias.