Capítulo 12 #2
Archibald apremió a los hombres para que no se detuvieran más de lo necesario para descansar.
Quería llegar al castillo de Blair lo antes posible y apoyar a Graham en la lucha, que intuía que no se iba a detener.
Maldita fuese, había viajado a Escocia para detener lo que iba a suceder y no lo había conseguido.
Lo único que había logrado averiguar era quién había estado detrás del robo de los impuestos, y no había servido de mucho al descubrir que entre ellos estaba Eve McLean.
¿Cómo demonios iba a delatarla y entregarla a los ingleses para que, con seguridad, la ahorcasen?
¿Quién podría concebir que iba a hacer algo semejante con ella?
Él no, desde luego. Ni tampoco le diría que sabía que ella era partícipe del robo.
Se lo callaría y se alejaría a Inveraray cuando todo terminara.
Recordó la manera en la que se habían despedido.
Su preocupación por él, su petición de que procurase que nada malo le sucediera.
Sonrió irónico ante esa perspectiva. Era contradictorio pensar en ella como ladrona, ferviente seguidora de los Estuardo y que, al mismo tiempo, se preocupara por él.
Le saldría mejor a cuenta que algún inglés acabara con él: alguna bala perdida o un golpe de sable.
De ese modo estaría a salvo de toda acusación, se dijo.
Sin duda que la admiraba. Su comportamiento con él sabiendo la verdad de los hechos.
Que él estaba investigando el asunto del robo, y ella, mostrándose fría y desinteresada en todo momento.
Gran actriz. Pensar en ella hizo que se distrajera del cometido por el que se dirigían a las tierras de Atholl.
Antes de volver a verle tendría que salvar la vida de su amigo Claverhouse, así se lo había prometido a Jane.
Cuando llegaron a las inmediaciones del paso de Killiecrankie, los jacobitas de Claverhouse cargaban contra los soldados ingleses.
Vio a su amigo dirigiendo a la caballería contra la de McKay.
Los ingleses parecían desconcertados ante semejante carga.
Y el propio general no sabía hacia dónde dirigir a sus hombres.
Los jacobitas concentraban todos sus esfuerzos en atacar a la infantería, produciéndose un caos inexplicable.
Los hombres aguardaban sus órdenes para entrar en ataque mientras contemplaban el desarrollo de la batalla, impasibles.
Archibald se aferró a las riendas de su caballo y, desenvainando su claymore, la esgrimió en alto para lanzar a los suyos a la carga.
Sabía que traicionaba su cargo y su palabra dada como representante de Escocia en el parlamento de Londres de no atacar a la corona inglesa.
Pero también la había dado en la reunión de los jefes de clanes en Lochaber, donde Eve había estado presente.
No la defraudaría una segunda vez, y por ese motivo envió a los hombres a la carga.
La batalla duró poco. Y más de la mitad de los soldados del rey yacían sin vida, mientras que las bajas entre las filas jacobitas eran algo inferiores.
Archibald contemplaba como McKay y un grupo de jinetes perseguían a aquellos que intentaban escapar cruzando el Garry o a través del propio paso de Killiecrankie.
Las pérdidas de vidas entre los seguidores de Jacobo eran sustanciales.
Archibald empleó su tiempo y sus esfuerzos en buscar a Claverhouse para sacarlo de allí cuanto antes.
Pero entonces, sus esperanzas se disiparon de igual modo que el humo de la pólvora comenzaba a despejar el campo de batalla revelando una imagen dantesca.
Y fue cuando se detuvo delante del cuerpo sin vida de su amigo.
Había recibido un solo disparo, pero determinante.
Archibald se maldijo por no haber llegado a tiempo, por no haberlo convencido de que no se empeñara en aquella locura que le acababa de costar la vida.
¿Cómo miraría a Jane cuando le había asegurado que se lo devolvería vivo?
Una vez más había fracasado. Sintió una mano en el hombro y volvió el rostro al mismo tiempo que echaba mano de su daga para defenderse ante el posible ataque de un inglés.
Pero se calmó cuando vio que era uno de los suyos.
—Deberíamos irnos de aquí, Archibald, ahora que McKay se ha alejado persiguiendo a los que huyen. Podemos coger un par de caballos y largarnos por el paso.
—No puedo dejarlo aquí —dijo lanzando una mirada al cuerpo de Claverhouse—. No se lo merece, pese a todo.
El jacobita asintió y, sin pensarlo dos veces, cogió el cuerpo y lo cargó sobre los hombros.
—Busque un caballo, Campbell.
Este no vaciló en seguir la orden y se apresuró a ello. No dejaría a su amigo a merced de las alimañas, del saqueo… Merecía estar en Dudhope, y él se encargaría de ello.
El camino fue largo y duro hasta avistar la propiedad del clan Graham. Archibald resopló y detuvo el caballo durante unos segundos. Debería prepararse para lo que estaba por venir. No sería nada agradable tener que decirle a Jane que su marido había caído en la batalla del paso de Killiecrankie.
—Presiento que está pensando en cómo va a reaccionar la señora cuando vea el cuerpo de Claverhouse —le comentó el hombre que lo había acompañado hasta allí.
—Es mejor pasar el mal trago lo antes posible. —Azuzó a su caballo para que siguiera camino. Llevaba las riendas del animal sobre el que iba Claverhouse alrededor de la perilla de su silla de montar.
Uno de los hombres que se encontraba fuera de la casa los vio aparecer y se quedó parado en el sitio cuando pareció reconocer a Argyll.
Dudó entre si debería acercarse o bien entrar en la casa para avisar a la señora.
Entonces decidió permanecer en el sitio aguardando la llegada de los dos jacobitas.
Poco a poco se le unieron algunos más, personal doméstico de la casa, ya que los hombres habían acudido a combatir con su propio jefe.
Archibald detuvo el caballo delante de todos ellos y se apeó con gesto serio.
—Dile a la señora que salga.
El hombre asintió sin mediar palabra, mientras alguien emitió un sollozo ahogado cuando reconoció al jefe del clan Graham.
Archibald permanecía con un gesto serio, sin apenas mover un solo músculo del rostro.
Y entonces Jane apareció seguida de Eve.
Cuando ambas mujeres se fijaron en él, en su aspecto y en su semblante, nos les quedó dudas de que algo malo había sucedido.
—Jane…
El Campbell cerró los ojos y escuchó un grito de dolor que se hundió en los más hondo de su alma. Bajó la cabeza cuando ella pasó por su lado hacia el caballo donde iba Claverhouse.
Eve contemplaba a Archibald sin poder creer que estuviese vivo.
Pero allí estaba delante de ella. Cubierto de barro, sudor, sangre seca y algunas heridas sin importancia en las manos, las piernas o en el propio rostro.
Él le devolvió la mirada durante unos segundos sin ser capaz de hablar o de moverse siquiera.
Ella se acercó más, hasta que él se fijó en la manera en la que sus ojos relucían por el brillo de las lágrimas retenidas.
—Gracias por traerlo —le dijo Jane situándose a su altura.
—Era lo menos que podía hacer por él. No podía dejarlo en medio del campo de batalla. Graham era mi amigo y sentía que estaba en deuda con él. Lamento ser portador de tan malas noticias, Jane. Te prometí traerlo vivo… —Archibald apretó los labios y sacudió la cabeza sin saber qué más decir.
—No te culpes, Archibald. Todo sabíamos el riesgo que corría. Igual que tú. Será mejor que pases y descanses.
Archibald le siguió el consejo y, tras dejar el caballo al cuidado de un muchacho, lanzó una última mirada a Jane y entró en Dudhope. Eve lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el interior.
—Prepararemos el cuerpo de Graham para darle sepultara aquí en Dudhope —anunció Jane a la propia Eve y a los que permanecían con ella.
Archibald estaba abstraído en sus pensamientos, que tenían que ver con todo lo que había sucedido en los últimos meses.
La destitución de Jacobo y la ascensión al trono de su yerno Guillermo.
Claverhouse recorriendo las Tierras Altas buscando apoyos para restaurar al legítimo soberano.
Él tratando de apaciguar los ánimos de los clanes leales a la familia real e intentando resolver el asunto del robo de los impuestos.
La aparición de Eve McLean en su vida de nuevo, y no solo para atormentarlo por lo que había hecho en el pasado con ella, sino también para ponerlo a prueba.
Se pasó la mano por el rostro y sacudió la cabeza sin terminar de creer en las vueltas que había dado su vida en pocos meses. Ni siquiera escuchó llegar a Eve.
Esta lleva un rato buscándolo para saber cómo se encontraba.
Podía hacerse una idea, pero quería asegurarse de que nada malo le había sucedido.
Su imagen al llegar a Dudhope había sido la de un hombre abatido, derrotado por la guerra y las circunstancias.
Había perdido a su amigo a pesar de que hizo lo que pudo por evitarlo.
Lo vio girar el rostro hacia ella y quedarse contemplándola con curiosidad. Allí estaba la mujer que lo estaba volviendo loco desde que había regresado a las Tierras Altas, devolviéndole la mirada con gesto de preocupación.
—¿Cómo te encuentras?
—Voy asimilando todo lo que ha sucedido, aunque como puedes imaginar, no es nada sencillo.
—Hiciste lo que pudiste. —Se sentó en el otro sillón, a su lado, sin dejar de contemplarlo mientras Archibald volvía su atención al fuego que crepitaba en el hogar.
—No, no es verdad. No he hecho todo lo que estaba en mis manos para evitar la guerra. McKay será el gran vencedor y terminará de sofocar la rebelión. Si algunos todavía pretenden seguir con la lucha.
—¿Tú no lo harás? —Frunció el ceño contrariada por lo que él decidiera hacer.