Capítulo 12
E ve, inmóvil en el salón junto a la ventana, a través del cristal, veía como Archibald se alejaba junto a un nutrido grupo de hombres del clan Campbell y de los clanes emparentados con este.
Apretó los dientes y cerró las manos con fuerza.
Estaba furiosa consigo misma porque no quería experimentar ese vacío que la inundaba.
No pensó que la marcha de él pudiera afectarle tanto.
¿Dónde diablos se habían quedado su desdén y su frialdad con él?
Con el hombre que le había prometido matrimonio antes de marcharse a Londres y que no volvió para cumplirlo.
Jane regresó al interior de Dudhope y se detuvo de manera abrupta en la entrada del salón cuando vio a Eve con la frente apoyada contra el cristal de la ventana y los ojos cerrados.
¿Qué hacía allí? ¿Por qué no había salido fuera a despedirse de Archibald?
Se preguntó caminando hacia ella con los ojos entrecerrados como si estuviese tratando de averiguar el motivo.
Eve se enderezó observando como los hombres se convertían en un punto en la lejanía. Se apartó de la ventana con un suspiro, pero se sobresaltó al encontrarse con Jane observándola desde el umbral de la puerta.
—¿Te he asustado?
—Es que… no esperaba que estuvieses ahí…
—¿Por qué no has acudido a despedir a Archibald y a los hombres?
Eve entrelazó las manos, fruto de los nervios, y bajó la mirada al suelo. Sacudió la cabeza.
—Ya lo hice antes…
Jane arqueó una ceja con cierta suspicacia. Creía que había algo más que su amiga le estaba ocultando. ¿Era por miedo a mostrar sus verdaderos sentimientos hacia él? El regreso de Archibald Campbell había sacudido la placentera vida de Eve McLean hasta los cimientos.
—¿Sucede algo? Te noto taciturna, callada, como si la marcha de Archibald te estuviese afectando de manera emocional.
Eve levantó la vista hacia su amiga y permaneció contemplándola durante unos segundos en los que se preguntaba si ella intuía algo.
—¿Por qué debería? No creo que sienta por él nada más que…
—¿Estás segura?
Aquella interrupción sacudió a Eve. Sintió el calor agobiante apoderándose de su ser. Volvió a sacudir la cabeza en repetidas ocasiones negando aquella pregunta o, más bien, la respuesta a esta.
Jane la vio vacilar, moverse de un lado para otro por el salón. Darle la espalda en todo momento como si en verdad no quisiera que ella fuera testigo de sus emociones. Jane, por su parte, sonreía al comprender que sus sospechas se confirmaban.
—No lo sé —le respondió girándose con una expresión de duda y desconcierto.
—Su inesperado regreso te ha afectado —le aseguró viéndola asentir—. Pero lo que más te está afectando, y me atrevo a decirte, es descubrir que, a pesar de todo lo que sucedió entre vosotros en el pasado, tú lo sigues amando.
Eve entreabrió los labios para coger aire porque aquella afirmación tan concluyente por parte de Jane se lo había robado. Tenía la impresión de que podía ahogarse de un momento a otro.
—No entiendo por qué diablos me siento de este modo, Jane.
—¿Cómo?
—Oh, vamos… ¿Crees que no he sentido pavor ante la posibilidad de que Archibald no regrese? ¿Qué no he deseado abrazarlo y dejar que me besara? Decirle que… —Se quedó en silencio cuando pensó en que le había gustado decirle aquello mismo que su amiga acababa de referirle.
—¿Y por qué no lo has hecho? ¿Qué te lo ha impedido? Estoy segura de que a él le habría encantado que mostraras algo de cariño si en verdad sigues sintiendo algo por él.
—El orgullo, amiga —le respondió con total franqueza, mirándola de manera directa—.
El no querer reconocer que sigo enamorada de él.
Que a pesar del tiempo y de lo que yo me decía, no he dejado nunca de quererlo y que tal vez por ese motivo…
me haya encerrado en mí misma sin querer saber nada de otras proposiciones.
—Un momento, ¿no estarás diciéndome que no te has casado en estos años…
? —Jane no podía creer que su amiga hubiera sido la que había rechazado las propuestas, cuando ella había creído que en realidad nadie quería casarse con una mujer a la que el Campbell había rechazado de plano con su no regreso a Escocia tachándola de solterona.
—¿Y qué importa ya si así ha sido? —Eve se mostró rabiosa con esa explicación.
—Pero me hiciste creer que ningún hombre había querido cortejarte, Eve. ¿Por qué no me contaste la verdad?
—Porque no quería que me tacharas de ilusa, romántica y soñadora.
—Nunca lo habría hecho, amiga. —Le cogió las manos entre las suyas para acariciarlas, demostrándole su cariño y comprensión—. ¿Por qué no se lo has contado a Archibald? Estoy segura de que te habría acogido con los brazos abiertos…
El rostro de Eve se endureció en ese momento por lo que iba a confesarle a Jane.
—No podía.
—No lo entiendo, si él…
—Yo participé en el robo de los impuestos a los recaudadores.
Aquella confesión dejó a Jane inmóvil al mismo tiempo que sentía un escalofrío reptando por su espalda hasta perderse bajo sus cabellos.
Abrió los ojos al máximo de su expresión mirando a su amiga sin terminar de creerle.
Pero algo en la expresión de esta le aseguró que así era.
Que no le estaba mintiendo como en el caso de las propuestas de matrimonio.
—Eve… ¿Cómo… cómo has podido…? —Jadeó y parpadeó repetidas veces al tiempo que se sentaba porque pensaba que la emoción de conocer la noticia iba a hacerla desvanecerse de un momento a otro. Permaneció con la mirada perdida en el vacío.
—Necesitamos que Jacobo vuelva a sentarse en el trono de Inglaterra.
—Pero robar el dinero de los impuestos… ¿Qué locura has cometido, Eve?
—Me estoy dando cuenta de ello con el paso de los días, Jane. Me dejé llevar por mi sentimiento nacionalista escocés. Desde la cuna siempre hemos sido leales seguidores de la casa Estuardo. Eso me inculcaron de pequeña.
—No solo a ti Eve, sino a muchas otras personas.
Pero no vamos robando a los recaudadores de impuestos del rey.
¿Por ese motivo no has querido mostrarte más atenta con Archibald?
Porque él ha venido a descubrir quiénes fueron los artífices de ello.
—Jane se levantó de manera lenta del sofá sin desviar la atención del rostro de su amiga.
Luego se volvió y caminó hacia la ventana tratando de asimilar aquella confesión e intentar pensar con claridad.
—Si Archibald llegase a descubrirlo…
Jane se giró sacudiendo la cabeza.
—No te delataría. No temas.
—¿Por qué estás tan segura? Ha venido desde Londres con ese propósito.
—Sí, con ese y con el de tratar de impedir una guerra en la que se ha visto envuelto.
Qué irónica es la vida en ocasiones, ¿no crees?
El mejor amigo y la mujer a la que prometió matrimonio son en estos momentos sus dos mayores enemigos.
Graham organizando un ejército de leales seguidores a Jacobo Estuardo, dispuestos a pelear contra el ejército inglés.
Y tú, Eve, asaltando a los recaudadores de impuestos.
¿Lo sabe alguien más? ¿Alguien en el castillo de Duart?
—No. Solo los tres hombres que participaron conmigo y que a estas horas habrán marchado con mi padre y mi hermano para unirse a Claverhouse.
—No me puedo creer que… ¡Oh, por San Andrés, Eve!
—Jane pareció calmarse después del golpe inicial, que había supuesto escuchar a su amiga confesarle lo que había llevado a cabo—.
No creo que al final te suceda nada. Ya sabes cómo son los lugareños de por aquí.
No le dirán nada a Archibald, por muy jefe del clan Campbell que sea o duque de Argyll —le aseguró suspirando y apretando los labios.
—Eso espero.
—Si nadie os ha delatado antes… —Se encogió de hombros haciéndole ver que no pasaría nada.
—Pero Archibald es muy persistente, Jane.
Esta creyó percibir cierto temor en que él pudiera llegar al fondo de la cuestión.
—Aunque así fuera, ya te aseguro que nada tienes que temer de él —le confesó viendo como su amiga bajaba la mirada primero y luego cerraba los ojos—. O soy ciega o muy torpe a la hora de leer los gestos de las personas, y los de él me revelan, sin lugar a dudas, que te sigue queriendo, Eve.
Aquella confesión hizo que esta sintiera el pálpito en el pecho y que abriera los ojos como si de un resorte se tratara. Hizo intento de responder a su amiga, pero a lo que llegó fue a jadear por la emoción que suponía esa afirmación. Se humedeció los labios y pareció más relajada.
—Sí así fuera…
—Lo es. Y deberías estar preparada para cuando regrese. Tendrás mucho de lo que hablar con él, querida.
Eve se mordió el labio, presa de la agitación que aquel comentario había despertado en ella.
¿Hablar con Archibald? ¿Contarle la verdad de lo sucedido con los impuestos?
¿Lo que seguía sintiendo por él? Permaneció con la mirada fija en el vacío y la mente en blanco, mientras el pulso no parecía querer ralentizarse.
—No sé si tendré el valor de hacerlo, Jane.
—Yo creo que sí. Si de verdad lo amas, encontrarás el valor necesario para contarle todo. De lo contrario, él se volverá a Inveraray y tú lo perderás para siempre.
Aquellas últimas palabras fueron como un mazazo que hicieron tambalearse a Eve. ¿Estaba dispuesta a perderlo por siempre?, se preguntó sintiendo el palpito acelerado de su corazón que parecía estar avisándole.
***