Capítulo 11
A rchibald se acercaba a Dundee cuando de repente varios soldados lo obligaron a detenerse apuntándole con sus bayonetas.
—¡Alto! Desmonte. ¿Quién es y qué hace por estos lugares?
—Soy el duque de Argyll. Voy camino del castillo de Dudhope. ¿Está el general McKay con ustedes?
—¿Cómo sabemos que no es usted un espía de los jacobitas?
—Me he presentado como el duque de Argyll, la máxima autoridad de Escocia en el parlamento de Londres. Jefe del clan Campbell. Lléveme ante su general y la cuestión quedará resuelta. Ambos nos conocemos.
—Sin duda que lo llevaremos. Síganos.
—Perfecto.
—Deje el caballo. Mi compañero se ocupará de este.
Archibald acompañó al soldado al lugar donde acampaba el ejército del general McKay. La fortuna le había sonreído al encontrarlos porque, de esa manera, podría intentar averiguar qué se proponía. Aunque a juzgar por el despliegue de sus tropas, nada bueno.
Hugh McKay permanecía hablando con varios soldados cuando de repente se detuvo y al levantar la mirada reconoció a Archibald acercarse acompañado de un soldado.
—Qué sorpresa. El duque de Argyll en persona en mi campamento —dijo extendiendo el brazo para estrecharle la mano—. ¿Qué lo trae por aquí?
—Iba camino del castillo de Dudhope cuando me he tropezado con sus centinelas.
—Uno tiene que ser precavido en estos tiempos y estos parajes —explicó adoptando un tono irónico—. Imagino que ya conocerá las noticias.
—Algunas. No todas.
—Bien, Graham de Claverhouse pretende tomar el castillo de Blair. Según parece, cuenta con un gran número de seguidores de los Estuardo dispuestos a devolver a Jacobo al trono. No parece que su presencia en su país haya servido de mucho.
Archibald frunció los labios ante el discurso de McKay.
—He hecho lo que se me pidió. Venir a mi tierra e intentar hacerles ver a los clanes que Guillermo de Orange podía ser tan buen monarca como su suegro Jacobo.
—Pero no lo ha conseguido a juzgar por los movimientos de Claverhouse. Londres ha tomado una decisión, y es la de reprender estos actos que no hacen sino entorpecer las relaciones entre ambas naciones.
—Hablé con él y le expuse cuál era la situación a la que se enfrentaría si los clanes se levantaban en armas contra Inglaterra.
—Pues para ser su amigo no parece tenerle en buen aprecio, puesto que no ha seguido su consejo.
—Claverhouse es un loco que conducirá a los clanes al desastre.
—Ya, ¿qué me dice de los culpables del robo de los impuestos? ¿Ha averiguado algo?
—Venía precisamente de ello.
—En ese caso… —McKay lo señaló con la mano abierta y la palma hacia arriba, instándolo a continuar.
—Según uno de ellos, eran dos hombres que llevaban cubiertos los rostros. Los amenazaron con sus pistolas y les robaron el dinero. Posteriormente, creyeron reconocerlos cuando se detuvieron a hablar con otros dos.
—¿Por qué dice eso?
—Los siguieron para saber dónde iban y quiénes eran.
—¿Y lograron identificar a qué clan escocés pertenecían?
—No.
—Lástima. —McKay chasqueó la lengua con toda intención—. ¿Y en qué situación lo deja, duque? No ha conseguido aplacar el sentimiento jacobita ni ha logrado averiguar quiénes están detrás del asalto a los recaudadores.
—Debería saber que, en estas regiones, la gente es muy cerrada. No habla con extraños.
—Pero usted no lo es en su propia tierra, duque…
—Muchos me consideran como tal debido al tiempo que permanezco en Londres.
—Sin embargo, es el representante político de Escocia en el parlamento. Es de entender que tenga que pasar tiempo en la capital inglesa, de otro modo, ¿cómo podría defender los derechos y acatar las obligaciones de Escocia?
—Cierto, y yo le repito que las gentes de la Tierras Altas son muy suyas. No delatarán a quienes robaron el dinero. En estas regiones las cosas funcionan de otra manera, como descubrirá —le dejó claro con un tono serió y algo frío al tiempo que le sostenía la mirada como si lo estuviese retando.
En ese instante, la imagen de Eve pasó por su mente. No. No iba a delatarla, aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Ni la sacrificaría por evitar una guerra. Ella era intocable. Innegociable. Por ese motivo no se la había mencionado al general y le dio pistas vagas de lo sucedido.
—En ese caso, tendremos que hacerles ver a estas gentes que no se puede robar el dinero de los impuestos y salir impune.
—Provocará más ira y rechazo hacia lo inglés. Y levantará en armas no solo a los clanes de las Tierras Altas, sino a muchos otros del resto del país.
—Le recuerdo que han sido los ladrones y el propio Claverhouse con sus actos.
No el parlamento inglés, ni su monarca, ni mucho menos yo.
Soy un soldado que se limita a acatar las órdenes que se me transmiten, al igual que usted al venir aquí a petición del parlamento de Londres.
Y ahora dígame, ¿qué postura tomarán los Campbell?
—Aquella que más beneficie al clan.
—¿Entrar en la lucha?
A Archibald no le hizo gracia la cara que puso McKay. Una mezcla de soberbia, ironía y cierta amenaza.
—No he venido a Escocia a organizar una guerra ni a fomentar la de otros.
Abogo por la paz entre ambos países. Creo que mi postura ha quedado siempre clara en el parlamento.
Y ahora, si me disculpa, general. Me gustaría seguir mi camino e intentar aplacar los ánimos de algunos clanes.
No todos han apoyado a Claverhouse, pero vuestra presencia podría inclinar la balanza hacia ese lado. No sé si me entiende.
El general McKay asintió convencido de que así era. Y de que, después de todo, el duque era un hombre de palabra y de honor.
—Márchese e intente que no se sumen más hombres a las tropas de Claverhouse. Por el bien de este y de Escocia.
Archibald asintió y se volvió para regresar por el camino que había sido conducido.
Recuperó su caballo y emprendió el viaje con una sola intención en su cabeza: llegar a Dudhope y poner al corriente a Jane.
Las locuras de su esposo podían salirle caras, no solo al país, sino a su esposa.
Y en cuanto a Eve… Apretó los dientes y obligó al caballo a galopar por los senderos abiertos en los bosques, esquivando las ramas más bajas que amenazaban con golpearlo.
Había tenido que mentir a McKay acerca de la identidad de uno de los asaltantes.
Hubiera sido sencillo contarle que uno de estos era una mujer con el cabello del color del fuego y los ojos verdes como las laderas y los valles de aquellas regiones.
Eve era como la flor de Escocia. Hermosa, pero con púas.
¿Cómo reaccionaría cuando él la hiciera partícipe de lo que sabía?
***
Cuando el hombre anunció a Jane la llegada de Archibald Campbell, esta pareció algo más aliviada. Al menos tenía a su gran amigo a su lado para afrontar aquella situación tan comprometida.
—He venido lo más deprisa que he podido en cuanto escuché los comentarios que circulaban en Perth, Jane.
—Archibald, la guerra es un hecho consumado a estas horas. Dicen que el ejército inglés viene hacia aquí.
—Así es. Lo he visto cuando abandoné Perth.
—¡¿Lo has visto?!
Archibald no pudo soportar la expresión de temor que se dibujó en el rostro de la esposa de su mejor amigo.
—Me dieron el alto y me condujeron hasta el general McKay.
Lo conozco de Londres. Al parecer allí están algo molestos y preocupados por los últimos acontecimientos que se han producido aquí.
El robo de los impuestos y Graham recorriendo las Tierras Altas buscando apoyos para restaurar a Jacobo.
Lo consideran un acto de rebeldía que debe ser castigado.
—Y por ello envían al ejército…
—Sí. No quieren dar señales de debilidad en estos momentos tan convulsos. Con Jacobo en Francia, y Guillermo en el palacio de Whitehall, el parlamento no quiere que la situación se le vaya de las manos. Si al menos Graham me hubiera escuchado…
—No. No te culpes, Archibald. Él es así. Impetuoso, valiente y decidido hasta extremos insospechados. Temo que, si estalla la guerra, él… no regrese —le confesó con una tímida sonrisa y un gesto de dolor.
—No digas eso, Jane. No todo está perdido.
—Lo está, aunque tú pretendas hacerme ver lo opuesto. Si Graham no cae en alguna batalla, lo apresarán, lo juzgarán y lo ejecutarán por traidor a la corona —le aseguró bajando el tono y la mirada hasta dejarla fija en el vacío del salón.
Archibald respetó ese momento de silencio de ella.
Tenía razón, pero él no podía quitársela porque así era.
Si Claverhouse no caía en la batalla y caía en manos de los ingleses, lo ahorcarían por traidor.
No sabía qué más podía decirle porque era verdad.
¡Graham y su maldita locura de restaurar a Jacobo por las armas!
Lo que iba a conseguir era la derrota y la humillación para Escocia.
No hizo falta que él partiera en busca de Eve para averiguar qué sabía del asalto, aunque suponía que le daría largas.
La vieron llegar sobre su caballo acompañada de otro miembro del clan McLean.
Suponía que vendría a visitar a Jane para saber cómo se encontraba, ya que nadie era ajeno a las noticias que circulaban por la región.
—Eve viene a vernos —dijo Jane que había salido de la casa cuando escuchó el sonido de caballos y las voces.
La pelirroja de los McLean se quedó pálida en lo alto de su montura cuando se percató de la presencia de Archibald Campbell allí de pie, al lado de su amiga.
Se enderezó un segundo como si quisiera dejar claro que no le temía.
Luego se apeó pasando las riendas por la cabeza del animal para entregárselo a su acompañante.
Contempló al duque con semblante relajado, no tenía por qué mostrarle respeto ni miedo porque hubiera escuchado que estaba investigando el asunto del robo de impuestos.
Se apresuró hacia Jane porque se hacía una idea de cómo lo debía estar pasando con las noticias que circulaban acerca del regimiento de ingleses al mando del general McKay camino de Aberdeen.