La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Nos estaban esperando, eso estaba claro.

Alguien les tuvo que informar de cuál era nuestra ruta.

No creo que en las casualidades —comenzó explicando mientras miraba a ambos y se frotaba el mentón—.

Eran dos. Armados con pistolas, con las caras tapadas por un pañuelo y la gorra calada hasta las cejas.

Solo se les distinguían los ojos. Amenazadores en todo momento.

—¿Pudieron defenderse?

—Ja, ¿qué se cree? ¿Qué uno puede hacer algo cuando lo apuntan con un arma?

—Entiendo, prosiga.

—Después de entregarles el dinero, se marcharon por el camino hacia Perth.

—¿Volvieron a verlos?

—Sí, porque decidimos seguirlos y ver hacia dónde se dirigían. Tal vez podríamos pedir ayuda y…, bah, ¡qué más da ya! Vimos que se reunían con otros dos jinetes, también embozados con sendos pañuelos.

—¿Podría describirlos? ¿Puede decirme el color del tartán? —No quería presionarlo para que le dijera lo mismo que Alastair, quien permanecía a su lado callado y expectante en todo momento.

—Eso es algo más difícil. Lo que recuerdo es que tanto mi compañero como yo comentamos que uno de ellos nos pareció una mujer.

—¿Por qué llegaron a esa conclusión?

—Las formas de su cuerpo. Era femenino, sin duda. Luego, llevaba el cabello recogido e intentaba ocultarlo bajo la gorra. Pero entonces algunos mechones se soltaron y distinguimos el color del fuego en estos. Y su mirada… ¡No podría olvidarla nunca, aunque me lo propusiera!

Archibald contuvo la respiración durante ese momento, deseando que no le confirmara lo que ya sabía por medio del otro hombre que seguía allí.

—¿Por qué?

El hombre sonrió antes de ponerse serio y mirarlos.

—Era una mirada verde, luminosa, que parecía hechizarte, amigo. Sí, una mirada así no se puede olvidar.

—¿Se lo dije o no? —La voz de Alastair captó la atención de Archibald. No podía ser cierto lo que esas pistas le estaban indicando.

—¿Le contó lo mismo que a mí al preboste de la ciudad?

—Sin duda.

—¿Y qué le dijo?

—Que no conocía a nadie con esos rasgos en la zona. Que podrían tratarse de viajeros, salteadores de caminos que vagaban por esta región.

—¿No le dijo que indagaría hasta encontrarla? A la mujer, me refiero.

—No. ¿Qué va a hacer usted? ¿Tratar de dar con ella?

Archibald asintió apretando los labios, haciéndose la misma pregunta.

Si iba con esa historia al preboste y le confesaba que sabía quién podría estar detrás del asalto…

Entonces no podría desviar la mirada hacia otra parte.

Si él mismo admitía que sospechaba de Eve McLean, no tendría más remedio que preguntárselo y…

detenerla. Pero ¿cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a enfrentarse a ella acusándola de participar en el robo de los impuestos para el gobierno?

¿Solo con la declaración de uno de los recaudadores?

—Veré que puedo hacer. Ha sido usted muy amable. He de seguir mi camino, al parecer tropas inglesas avanzan hacia Aberdeenshire.

Aquella información dejó inmóvil al recaudador. Archibald prefería alejarse de allí cuanto antes por ambos motivos. Eve y Hugh McKay, con quien lo unía cierta amistad de Londres.

—¿Tiene que ver con el robo de los impuestos?

—Podría ser, pero no estoy seguro.

—No lograrán averiguarlo.

—¿Por qué está tan seguro?

—Esos cuatro están ocultos en algún escondrijo de las Tierras Altas; o bien algún clan amigo les ha dado cobijo.

Archibald prefirió no añadir más y se subió al caballo con el ánimo bastante tocado después de conocer la noticia.

Dos personas aseguraban haber visto a una pelirroja que podía estar implicada en el robo.

Y ni el preboste ni nadie más en la taberna lo habían admitido.

Sabía que eso sucedería, pero no esperaba que Eve pudiera estar medita en ello.

Cabalgaría sin descanso de regreso a Dudhope para advertir a Jane de cómo marchaban las cosas, pero apostaba a que a esas horas la noticia de que tropas inglesas marchaban hacia Aberdeenshire habría corrido como la pólvora.

¡Maldito Claverhouse! Lograría que la guerra estallara.

Ya tenía a McKay en suelo escocés, ¿qué sería lo siguiente?

***

Jane temía lo peor después de saber que los ingleses estaban en Escocia buscando a su marido. Se había vuelto completamente loco con su idea de restaurar a Jacobo en el trono. Y nada bueno podría sacarse de todo ello.

—Señora, es usted la que manda en Dudhope en estos momentos, y según las noticias de que los ingleses avanzan hacia la región de Aberdeen…

—Sí, sí. Entiendo lo que quieres decirme.

—Los hombres están dispuestos a defender el castillo si las tropas inglesas vienen con intención de tomarlo.

—Confío en que no haga falta. Pero avisa a todos para que estén alerta ante esa posibilidad.

El hombre asintió en silencio y abandonó el salón dejándola a solas de nuevo con sus temores ante una más que posible guerra.

***

Archibald emprendió el camino de regreso a Dudhope.

Quería llegar lo más temprano posible para poner sobre aviso a Jane.

Y saber qué decisión iba a tomar el clan Graham.

Con Claverhouse recorriendo las Tierras Altas en busca de apoyos a Jacobo, ella era la autoridad en el castillo y tendría que decidir qué hacer.

No le había hecho nada de gracia el giro que estaban dando los acontecimientos.

Pensar en Eve como una de las partícipes en el robo de los impuestos era algo que no podía digerir bajo ningún concepto.

Si era cierto, ¿cómo demonios se le había ocurrido semejante disparate?

Una cosa era apoyar al rey en su exilio, a la casa real Estuardo, pero siempre desde la legalidad, ¡por San Andrés!

Y para complicar más todavía la situación, el general McKay se adentraba en territorio escocés al frente de un batallón de soldados procedentes de la capital.

Si el destino quería ser caprichoso y hacía que se cruzara con Claverhouse, las consecuencias podrían ser desastrosas para todos.

Según le había comentado la tabernera Molly, el general inglés se dirigía a Aberdeenshire, esa región estaba de camino a Dundee, luego apretaría el galope de su caballo e intentaría interceptarlos.

***

Eve permanecía pensativa. Le daba vueltas en su cabeza a si ella había sido la causante de aquella reacción del gobierno inglés, por el hecho de haber robado los impuestos a los recaudadores.

No creía que algo así pudiera desencadenar en una nueva guerra entre ambas naciones y en suelo escocés.

Y luego estaba Archibald, buscándola. Sí, intentando averiguar quiénes estaban detrás de aquella acción.

Solo que él desconocía que ella había sido la instigadora de tal acto.

¿Qué haría si llegase a saberlo? ¿La entregaría a los ingleses para que la juzgaran?

Sonrió con ironía ante esa posibilidad. No lo creía después de sus últimos encuentros.

En especial el último, cuando Archibald le confesó que, de no ostentar el título de duque de Argyll, o ser el jefe del clan más influyente y poderoso de Escocia, proclamaría a Jacobo Estuardo como rey y lo defendería sin paliativos.

Pero estaba la política por medio y debía mantener las formas.

No podía instigar a los clanes a la rebelión contra Londres por mucho que lo quisiera.

Tenía una responsabilidad y una imagen que salvaguardar, lo que la llevó a pensar cuál de las dos versiones del duque prevalecería si tuviera que decidir qué hacer con ella en el supuesto de que averiguase lo que había sucedido con los recaudadores.

—¿Estás aquí?

La voz de James McLean hizo que sus pensamientos se evaporaran. Eve inspiró hondo e intentó poner la mejor de sus expresiones.

—¿Qué ha dicho padre?

—Que nos preparemos para el peor escenario.

—Ya...

—Presumo por la expresión de tu rostro y tu silencio que no apruebas lo que está pasando.

—Una guerra no trae nada bueno.

—Pero tú hablabas no hace mucho de restaurar a Jacobo en el trono. De ir en contra del parlamento de Londres. Echabas en cara que Argyll no consiguiera ningún beneficio para esta nación.

Eve asintió.

—Sí, así es. Y sigo creyendo que debemos hacer algo más de presión en Londres para reclamar para Escocia lo que es justo.

—Pero no parece que se den por enterados. Ya escuchaste al Campbell la mañana de la reunión en Lochaber.

—Sí, lo recuerdo —asintió volviendo el rostro hacia la ventana por la que miraba el exterior en un intento por mantener la mente en blanco.

—Entonces poco se puede hacer. Claverhouse está recorriendo las Tierras Altas en busca de apoyos para formar un ejército que se enfrente al general McKay llegado el caso. Esperemos contar con suficientes hombres. Si los Campbell están de nuestro lado, ganaremos muchos enteros.

—Eso aseguró. Si es un hombre de palabra, no vacilará en cumplirla y reunir a todo el clan Campbell y a los que derivan de este —le dijo con seguridad y aparente frialdad, mientras en su interior era consciente de que no lo sentía.

De que el haber conversado con él las ocasiones en las que se habían visto, le había hecho ver las cosas desde otra perspectiva.

No entendía cómo era posible que pudiera pasar de la frialdad más extrema con él, a temer por su vida si se veía metido de lleno en una guerra.

—Yo también lo espero. ¿Cómo han ido vuestros encuentros? Y no me digas que no lo has visto ni nada por el estilo porque la otra noche en tu cumpleaños alguien os vio charlar fuera de estos muros —le confesó señalando las paredes del salón y esgrimiendo una sonrisa pícara.

Eve frunció los labios y encogió sus hombros aparentando cierta falta de interés.

—Normales.

—¿Solo… normales? ¿A qué te refieres?

¿Qué pretendía averiguar su hermano con aquellas preguntas? ¿O qué sabía? Si alguien le había dicho que la vieron a ella y a Archibald permanecer fuera del castillo…

—Hablamos de la situación política actual.

De su misión aquí en Escocia. Y de lo que podía o no podía suceder.

No hubo nada personal, si es lo que te estás planteando.

—Entornó la mirada hacia su hermano con toda intención para dejarle claro que no habían hablado del pasado.

Lo comentado por él quedaba únicamente para ella.

—Entiendo.

—Como puedes comprender, no me hace la menor gracia recordar lo sucedido con él en el pasado. Ni tampoco creo que a Archibald se lo parezca.

—Pensaba que tal vez te hubiera dado alguna explicación del motivo por el cual no regresó a cumplir lo que te prometió.

—Ni lo ha hecho ni tampoco creo que lo vaya a hacer a estas alturas. De todas formas, ¿qué importancia tendría? —Miró a su hermano con los ojos abiertos hasta el máximo y las cejas elevadas.

James apretó los labios y asintió en silencio para luego añadir:

—Tienes toda la razón. No tendría mucho sentido después del tiempo transcurrido.

—Pues eso…

—Te dejo a solas de nuevo. Voy a ver qué es lo que quiere nuestro padre.

Eve no añadió nada y contempló marcharse a su hermano.

A solas, volvió a pensar en Archibald Campbell.

No quería saber por qué no había regresado.

Si había conocido a una dama inglesa que lo cautivó.

O bien si se había dado cuenta de que había cometido una estupidez con ella, que ni siquiera estaba enamorado como para casarse.

Infinidad de explicaciones a cuál más alocada ocuparon su mente obligándola a cerrar los ojos al mismo tiempo que las manos, sintiendo como las uñas se le clavaban en las palmas.

Solo parecía tener algo en claro, algo que no esperaba admitir en ese momento: su corazón seguía perteneciéndole por mucho que ella se empeñara en que pareciera un témpano de hielo.