La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 10
60%

Capítulo 10

—E spero que no le haya hecho mucho caso —le dijo Molly a Archibald regresando detrás del mostrador—. Qué diablo de cabellera rojiza de ojos verdes ni nada…

—Sin duda que si el diablo fuese tan atractivo como lo ha pintado, hasta yo me pensaría lo de venderle mi alma —ironizó Archibald haciendo que la mujer sonriera de igual modo que algunos parroquianos.

¿Qué había querido decir aquel hombre? ¿Y por qué la tal Molly se había tomado tantas molestias en sacarlo de la taberna?

¿Por qué no le daba credibilidad a sus palabras?

—No me cabe la menor duda.

—De todas formas, creo que averiguaré poco o nada acerca del asalto a los recaudadores de impuestos.

—Temo que así sea.

—En ese caso, es mejor que siga camino.

—¿Hacia dónde va? Se lo pregunto porque hay rumores acerca de que tropas inglesas van camino de Aberdeenshire.

Archibald no esperaba escuchar semejante información. Se quedó mirando a la tabernera con los ojos entrecerrados. Un repentino escalofrío le envolvió el cuerpo.

—¿Dónde ha escuchado eso?

—Un viajero que venía de Glasgow dijo que había visto movimiento de tropas inglesas pasando cerca de Stirling. Contaba que era un tal McKay el que iba al frente y que, según comentaban los que lo había visto pasar, venían por Perth en dirección a Aberdeenshire. Buscaba cortarle el paso al vizconde.

—¿A Claverhouse?

—Sí, a él mismo. Me resulta extraño que Inglaterra haya movilizado tropas para ir en su busca.

—De Edimburgo, estoy seguro.

—Pues si tiene intención de ir hacia el norte, es posible que se encuentre con ellos.

Archibald permaneció pensativo. No había duda de que la situación se complicaba por momentos.

Si su amigo Claverhouse conseguía reunir un ejército de simpatizantes de Jacobo, y se encontraba con McKay, no creía que fueran a compartir un vaso de aguardiente.

Si el asunto del robo del dinero de los impuestos era importante, más lo era la situación bélica que podría darse en el país.

—Sí, tiene razón. Sería mejor marcharme y llegar cuanto antes a mi destino.

Regresaría a Dudhope para advertir a Jane y a los miembros del clan Graham acerca de lo que podría suceder. Y de paso pensaría en lo que aquel parroquiano había dicho sobre cierta persona con el cabello color del fuego.

—Ya le digo. Aunque alguien como usted no tendrá problemas si se encuentra con los ingleses. Usted pasa la mayor parte del tiempo con ellos en Londres —le recordó quitando hierro a la situación.

—Dependerá de las intenciones que traiga el general. Gracias por la atención y la información.

—Me gustaría haberle sido de mayor ayuda…

—Descuide, ya lo ha hecho. —Archibald abandonó la taberna con cierta prisa, esperaba poder encontrar en la calle al tal Alastair para que le aclarara lo que había visto y lo que uno de los recaudadores le contó.

Pero al salir y mirar a todas partes, no fue capaz de distinguirlo entre la gente.

Debió haberle preguntado si sabía dónde podía encontrar al tal Matthew para que este le diera más detalles de lo sucedido.

Ya que, como esperaba, nadie parecía o quería saber nada del asunto.

Se subió al caballo y deambuló de allá para acá, buscándolo, hasta que la fortuna quiso aliarse con él y lo reconoció. Apretó el paso y se detuvo ante él.

El hombre levantó la mirada hacia el jinete y permaneció con los ojos entrecerrados pensando dónde lo había visto.

—¿Qué quiere?

—Que me cuente de nuevo lo de que el diablo asaltó a los recaudadores.

El hombre permaneció en silencio contemplando a Archibald como si no recordara haber dicho algo así. Pero de repente pareció venirle a la mente.

—Ah, sí. Ya me acuerdo de usted. Estaba en la taberna de Molly hace un rato.

—Sí, eso es. Y me interesaría saber qué fue lo que Matthew le contó, o mejor, ¿sabe dónde puedo encontrarlo? —Archibald le enseñó una moneda que el hombre se apresuró a coger, pero no pudo porque el Campbell fue más rápido y cerró la mano—. Primero dígame dónde puedo hallar al recaudador.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Es de vital importancia. Tal vez logre detener una guerra.

—¿Lo dice en serio?

La mirada exorbitada del hombre impactó en Archibald.

—Los ingleses están en Escocia. Avanzan hacia el norte —le confesó sin tapujos porque la situación era de emergencia.

—Malditos sassenach … Venga conmigo.

Archibald no lo pensó dos veces y lo siguió llevando por las bridas a su caballo. Necesitaba asegurarse de lo que aquel hombre le había contado acerca del diablo con cabello del color del fuego y ojos verdes. Un rostro bonito y hermoso. Uno que él creía reconocer.

***

El ambiente en el castillo de Duart era de extrema agitación después de conocer la noticia de que tropas inglesas se adentraban en Escocia.

Y ello solo podía traer consecuencias nada provechosas para sus habitantes.

El jefe de los McLean permanecía sentado con la cabeza gacha, que sacudía como si negara lo evidente. A su lado, su esposa y sus dos hijos.

—No puedo creer que después de tantos años vuelva a vivir una guerra —comentó con una voz llena de pesadumbre. La decepción se reflejaba en su rostro, como pudo percibir Eve cuando su padre lo elevó para mirarlos.

—Deja que James conduzca a los hombres del clan...

Pero las palabras de Flora, su esposa, no calaron en el pecho de John McLean como ella esperaba que hicieran.

—Soy yo quien debe dirigirlos llegado el caso. James estará a mi lado, eso sí. Y ahora, sería mejor que me marchara a hablar con los demás. Deben estar preguntándose quién era el hombre que ha venido y qué quería.

Eve vio a su padre caminar fuera del salón haciendo una señal a James para que se fuera con él.

—Me gustaría creer que al final la situación pueda arreglarse —comentó Flora mirando a Eve—. Pero temo que no será así. Claverhouse se ha encargado muy bien de alentar los ánimos de los seguidores de Jacobo.

—Si el parlamento de Londres no se hubiera empeñado en destituirlo en favor de Guillermo, a estas horas no estaríamos hablando de guerra, madre —le recordó Eve algo alterada por el desarrollo de los hechos—.

Los ingleses siempre tienen que salirse con la suya.

Quitan y ponen a los reyes a su antojo. Estoy segura de que Guillermo será una marioneta en manos del parlamento.

—Pero no creo que la respuesta a esa decisión sea soliviantar a los clanes y conducirlos a una nueva guerra como la que asoló Escocia hace más de cuarenta años.

Entonces reinaba Carlos I y yo era una muchacha en edad de casarme con tu padre.

Lo teníamos pensado cuando la guerra irrumpió primero en Inglaterra y posteriormente en Escocia.

Entonces, tu padre no era el hombre que es hoy.

Me refiero a que era fuerte, joven y decidido.

—No va a pasarle nada porque James y los demás miembros del clan estarán arropándolo en todo momento.

—Si al menos el duque de Argyll hubiera logrado averiguar quién robó el dinero de los impuestos… Entre unas cosas y otras, Inglaterra ha optado por tomar la decisión que ninguno queríamos.

Eve apretó los labios y asintió.

—Sé que no es lo más acertado, pero algo hay que hacer para dejar claro a Londres que no puede hacer y deshacer a su conveniencia.

Y en cuanto al tema de los impuestos, estoy convencida de que fueron algunos hombres que estaban de paso por Perth —le dijo quitando hierro al asunto para que su madre no le diera más vueltas.

—Puede que tengas razón, pero ya ves las consecuencias. —Flora McLean se apartó de su hija y salió del salón, compungida por la situación.

Eve la vio alejarse sintiéndose culpable en cierto modo por lo que ella y varios hombres del clan habían hecho en favor de la causa de Jacobo.

Lo que no había podido imaginar era que Londres enviaría a Archibald a averiguar lo que había sucedido.

Ni tampoco en lo que podía convertirse. No creía que haberles quitado el dinero a los recaudadores diera pie a una guerra entre ambos países.

Más bien se debía a la acción de Claverhouse recorriendo las Tierras Altas con la proclama de restaurar a Jacobo en el trono.

***

Archibald encontró al recaudador como bien le había llevado Alastair.

Era un hombre no muy mayor, de aspecto regio y con una mirada penetrante e intimidatoria.

Vestía con ropa casual. Una camisa y el kilt con el plaid sujeto en la parte posterior de esta.

Se fijó con atención en el duque cuando llegó en compañía de Alastair.

—¿Qué quieres? —Lo miró haciéndole un gesto con el mentón.

—Este el duque de Argyll y ha venido a que le cuentes lo que sucedió con los impuestos. Le he referido lo que tú me contaste.

El hombre dudó unos segundos. Pasó su mirada de Alastair a Archibald y asintió.

—¿Es usted Argyll, entonces?

—Lo soy. He venido desde Londres para averiguar lo sucedido y detener a los culpables.

El escocés se encogió de hombros y sonrió de manera cínica, como si en verdad no lo creyera.

—Seguro. Como las demás autoridades locales.

—¿Qué quiere decir? —Archibald frunció el ceño y entrecerró los ojos sin entender aquella explicación.

—Ya lo ha oído. Ninguna autoridad en la zona se ha molestado en detener a los asaltantes, y mira que tanto Jaimie como yo dimos buena cuenta de lo sucedido —le dijo esgrimiendo un dedo en alto a modo de aclaración o de advertencia.

—El preboste me contó que…

—Sí, ese jacobita declarado. Como tantos otros que hay por aquí. Yo no estoy a favor de lo que Londres ha hecho, pero no ando robando la recaudación de los impuestos para luego repartirlo entre los seguidores de Jacobo.

—¿Eso fue lo que sucedió?

—Ya lo creo.

—¿Cómo sucedió? Necesito escuchárselo. —No podía creer que Eve estuviera involucrada después de la descripción que había hecho el tal Alastair de ella. ¡El diablo, la había llamado! Pensó esbozando una media sonrisa cínica.