La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 9 #2
57%

Capítulo 9 #2

Se detuvo a medio camino en una posada para dar descanso a su caballo y poder comer algo. Aprovecharía para conversar con los lugareños a ver si alguno había escuchado algo nuevo del suceso. Ató el animal a un poste y de inmediato fue objeto de miradas llenas de curiosidad.

Encaminó sus pasos hacia la puerta de la taberna sin mirar atrás. Los pocos clientes que había en ese momento se volvieron hacia él cuando escucharon los goznes.

—Buenos días, ¿dónde puedo dar de comer algo a mi caballo? Lo tengo ahí fuera. —Hizo un gesto con el pulgar hacia atrás, a la persona que había tras la barra.

Un tipo alto y fornido de cabello color pajizo le respondió.

—Puede llevarlo al establo que está al otro lado de la calle.

—Bien, ¿podría irme poniendo algo de comer y beber?

—Claro, estofado de venado y una jarra de cerveza.

—Perfecto.

Archibald abandonó la taberna para llevar al animal donde le había indicado el hombre. Al regresar se sentó en una mesa libre y el tabernero le sirvió.

—Dígame, ¿ha oído hablar del asalto a los recaudadores de impuestos cerca de Perth?

El tipo se rascó la cabeza y puso cara de pensar la respuesta, pero al final la sacudió.

—Algo se comentó aquí cuando sucedió.

—¿Nadie sabe quién ha sido?

El hombre frunció los labios y volvió a sacudir la cabeza.

—Aunque se supiera, nunca se les delataría. ¿No es usted de por aquí? De lo contrario, no andaría haciendo esa clase de preguntas, sabiendo cómo es la gente de las Tierras Altas… —rio como si se burlara de él y luego miró a los demás hombres que había, para que se unieran a sus risas.

—Sé cómo es la gente de estos lugares.

—Entonces…

—Solo quiero saber lo que sucedió.

—Pues ya lo sabe. ¿A qué viene ese interés?

—A que soy el jefe de los Campbell y me han encargado averiguarlo —le contestó señalando su plaid y el broche distintivo de su clan.

—¿Argyll? —preguntó con los ojos exorbitados al escuchar aquel apellido.

—El mismo. Por ese motivo le pregunto.

Hubo un momento de silencio tras aquellas explicaciones. Nadie volvió a reírse. El clan Campbell era el más poderoso y más influyente en el país. Muchos clanes pequeños estaban emparentados con este y le debían lealtad.

—Pues eso que le he contado. Se escuchó y comentó la noticia aquí, pero no se sacó nada en claro. No creo que nadie lo sepa, y de saberlo, no se lo dirán. Todo aquello que perjudique a Londres es bienvenido, pero eso ya lo tiene que saber.

—Sí. Gracias de todas maneras. —Se dedicó a comer en silencio, ya que todo indicaba que sería lo único bueno que podría obtener en aquel sitio; algo con lo que ya contaba, por otra parte.

Llegaría a Perth y daría con los dos recaudadores de impuestos. Era la única solución que veía. Ellos sí podrían darle algo más de información o algún detalle que las autoridades habían pasado por alto.

***

Un hombre a caballo llegó al castillo de Duart. Parecía impaciente por poder hablar con alguien allí presente. Apenas desmontó, dirigió sus pasos hacia el interior y preguntó al primer hombre que vio.

—Necesito hablar con el jefe de los McLean. Es importante.

Eve escuchó las voces de aquel hombre y dejó lo que estaba haciendo entonces, para acudir a buscar a su padre. Este se dio prisa en atender al recién llegado, quien recuperaba el resuello después de haber cabalgado con celeridad hasta allí.

—¿Qué sucede? ¿Por qué estas prisas por verme?

—Vengo de Dudhope, donde me dijeron que estaba el duque de Argyll, pero me han dicho que salió temprano hacia Perth para indagar en el asunto de los recaudadores…

Aquella noticia alteró el pulso de Eve. ¿Archibald en Perth para hablar con los recaudadores? Aquello no era nada bueno. Si lograba descubrir algo que lo pudiera hacer sospechar si quiera…, pensó aferrándose con fuerza a la tela de su kilt y no perdiendo detalle de aquel hombre.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—No es lo importante, sino que el general McKay está camino de Aberdeenshire con cerca de quinientos hombres. Al parecer, viene dispuesto a detener a Claverhouse por su discurso revolucionario.

—Pues no lo encontrará allí porque se marchó a las tierras de Atholl. Al castillo de Blair. De eso hace días. Supongo que estará al corriente de las noticias y que tomará sus precauciones para que el inglés no dé con él.

—¿Qué harán los McLean si McKay y sus soldados irrumpen en esta región? Cameron, Stewart Appin, McDonald y otros clanes están reclutando gente por lo que pueda suceder.

Aquella información sobrecogió a Eve, que en ese momento veía la guerra más cerca de lo que había imaginado. No pudo evitar pensar en Archibald y en el peligro que podía correr si no conocía esta noticia de la llegada de los ingleses a Escocia.

—Hablaré con los principales cabezas de familia para reunirnos y esperar acontecimientos.

—Yo seguiré camino hasta Eilean Donan e Inverness para informar de lo que sucede.

—Come algo, descansa y cambia de caballo —le dijo John McLean acompañándolo al interior del castillo mientras sus dos hijos permanecían en silencio en el exterior.

Eve se limitaba a mirar a todos lados y a ninguno después de escuchar esa noticia. Lo que en un principio parecía algo lejano, ya no lo era tanto. La guerra acortaba la distancia hacia la puerta de Duart.

—Parece que lo que no queríamos va a ser una completa realidad —presagió James contemplándola.

—Sí, eso parece.

—Iré a hablar con nuestro padre para que explique mejor cuáles son sus intenciones.

—Ir a la guerra…

Esas palabras no las escuchó James porque había entrado en la casa mientras era su madre la que corría hacia Eve, presa de los nervios.

—¿Es cierto lo que he escuchado decir a tu padre? ¿Que los ingleses se acercan a Aberdeenshire?

—Sí, madre. Eso parece. Y no creo que vengan a tomar un trago de whisky —le aseguró con una media sonrisa irónica, que buscaba quitar hierro a la situación pese a que ella misma tenía la impresión de que el corazón se le encogía.

***

Archibald se adentró en el camino de Perth serpenteando entre montañas.

Aquella región era conocida como la puerta de entrada a las Tierras Altas, y había sido testigo de cómo las cimas más elevadas iban quedando a su espalda.

De manera gradual, estas iban dejando paso a extensos valles por los que circulaba algún riachuelo.

El viento susurraba entre las ramas mezclándose con el leve canto de los pájaros.

Archibald iba relajado sobre su montura.

Sin duda que aquel lugar era idílico, lo que lo llevó a acordarse de Eve una vez más.

Si era verdad lo que le había confesado a Jane, lo de que todavía seguía sintiendo algo por ella, algo que lo empujaba a quererla retener entre sus brazos, entonces…

Sacudió la cabeza e instó a su caballo a ir más deprisa.

No quería demorarse demasiado tiempo con el asunto de los asaltadores a los recaudadores.

Cuando llegó a la casa del preboste, este lo recibió con efusividad. Era un tipo alto y fornido con densas patillas rizadas. Sus diminutos ojos parecían escrutarlo con atención y cierta sorpresa. Archibald pensó que sin duda no se esperaba verlo por allí.

—Es todo un honor tenerlo aquí, duque de Argyll. Cualquier cosa que precise, dígamela de inmediato.

—Gracias por sus palabras y su predisposición.

—¿Qué lo trae por Perth? Está algo lejos de Inveraray…

—He venido a recabar información sobre el asalto a los dos recaudadores de impuestos que se produjo cerca de aquí —le informó Archibald observando cómo el preboste parecía sorprendido por sus palabras, fruncía el ceño y sacudía la cabeza.

—Pensaba que ese tema estaba ya resuelto…

—¿Resuelto, dice? —Archibald se mostró sorprendido—. Que yo sepa no se ha dado con los responsables.

—Claro, claro…

—¿Dónde puedo encontrar a los dos hombres que fueron víctimas del asalto? ¿Son de por aquí cerca?

El preboste pareció dudar unos segundos ante esa cuestión.

—Supongo que en sus respectivas casas o en la taberna… O lejos de Perth… ¿Quién sabe? —Se encogió de hombros sin saber qué respuesta le podía dar.

—¿Qué le contaron sobre lo sucedido?

—Bueno…, al parecer los estaban esperando, esto es, que podrían conocer su ruta.

—Ya, pero eso es lo de menos. ¿Recordaron algo que pudiera ser de utilidad para identificar a esos hombres?

—Llevaban el rostro cubierto por un pañuelo y gorras.

Archibald asintió convencido de que poco o nada sacaría de aquel hombre. Tenía la impresión de que no estaba siendo sincero con él. Pero con eso ya contaba, como le habían sugerido sus amistades cuando llegó a las Tierras Altas buscando respuestas.

—¿Sabe dónde vive al menos uno de los dos recaudadores?

—Ehhhh… Pues, creo que no son de aquí —le aseguró con un tono que parecía estar pidiéndole que se marchase.

—Entiendo. Gracias por su amabilidad. Dígame, ¿cuál es la mejor taberna de la ciudad? Necesito comer algo.

—Ohhh, sin duda la de Molly. No tiene pérdida, pues está justo al final de esta calle.

—Muy amable.

Sabía que era el sitio idóneo para seguir indagando.

El lugar de reunión de los parroquianos, y estaba convencido de que alguien habría visto u oído más de lo que le aseguraba el preboste.

Sus evasivas le daban a entender que sabía más de lo que le había contado.

¿Acaso los asaltantes pertenecían a algún clan importante en aquella región y por ese motivo no los delataban?

Entró en la taberna y, como era normal, los clientes se volvieron para ver quien lo hacía. Archibald Campbell se convirtió en el centro de atención de todos ellos, y de la mujer que permanecía detrás de la barra sirviendo.

—¿Qué quiere? —le preguntó observándolo con detenimiento mientras se acercaba a ella.

—Una jarra de cerveza.

La mujer no se demoró en atenderlo, ni mucho menos en recoger la moneda que el cliente le entregó.

—¿Algo más?

Archibald la observó con atención, cómo elevaba las cejas con expectación y apoyaba los antebrazos sobre el mostrador, juntado los pechos para llamar la atención de aquel elegante forastero sobre su escote.

—Información.

—¿De qué clase?

—Acerca del asalto a los recaudadores de impuestos. ¿Usted es Molly? Me han recomendado que pasara por aquí a beber.

Ella se incorporó con los ojos entrecerrados y una mirada intrigante. ¿Quién era aquel hombre tan elegante?, se preguntó recorriéndolo de cuerpo entero.

—Soy la mujer que busca, y quien le haya recomendado mi negocio, no se equivoca.

—En ese caso… —Cogió la jarra y bebió un buen trago—. Excelente, sí, señor. Mejor que la cerveza inglesa.

Aquel comentario levantó la suspicacia de la tal Molly y de algunos parroquianos.

—Usted no es un sassenach . ¿Por qué dice eso de la cerveza?

—Porque paso largas temporadas en la capital inglesa y de vez en cuando voy a las tabernas.

—¿Quién es usted? —Molly entrecerró los ojos sin apartar su mirada de él ni de su sonrisa irónica.

—Archibald Campbell, el…

—Duque de Argyll —dijo uno de los clientes levantándose de la silla para acercarse a este y mirarlo con detenida atención.

—Ese soy.

—Lo he reconocido por el tartán de su plaid. —Lo señaló con un dedo—. ¿Quiere saber quién robó el dinero para los jacobitas?

—Eso he preguntado. Si alguien conoce…

—¡El mismo diablo! —expresó apuntándolo a él.

Archibald no le hizo caso pensando que estaba algo bebido.

—Dudo de que este campe por estas tierras, amigo.

—Oh, sí, ya lo creo. Yo lo vi. Y el propio Matthew me lo aseguró. Con su larga cabellera del color del fuego del infierno. No podía ocultarla por más que quisiese, amigo.

Los demás comenzaron a reír y a comentar sus palabras, tomándolo por un loco o un borracho.

—Deberías dejar de beber, Andrew —le dijo Molly saliendo de detrás del mostrador para sujetarlo, pero algo en sus palabras había captado la atención de Archibald.

—Un momento. —Se acercó a la pareja. Molly se lo llevaba fuera de la taberna, pero al escuchar la voz del duque se detuvo y se volvió hacia él.

—¿Qué sucede? ¿No ve que está bebido?

—¿Qué ha querido decir con lo del diablo?

—¿No irá a decirme que cree lo que ha dicho? Usted mismo se ha burlado de ese comentario. —Molly miró con perplejidad al duque.

—Me refiero a lo que ha dicho de que llevaba una cabellera del color del fuego. ¿Qué ha querido decir?

El hombre se soltó del agarre de Molly y se dirigió a él.

—Su pelo era fuego, y algunos mechones escapaban de su recogido por mucho que tratase de ocultarlo. Y sus ojos… Eran verdes y luminosos —le aseguró esgrimiendo un dedo ante el rostro de Archibald.

—¿Está seguro, amigo?

—No le haga caso, duque. Está borracho.

—Puede que ahora mismo lo esté, pero no cuando la vi… Ni cuando Matthew me lo dijo.

—¿Qué le dijo?

—Que después de asaltarlos, los siguieron y los vieron reunirse con el diablo y su ayudante.

—¿Y qué más le dijo?

—Nada más.

—Es mejor que te marches a dormirla —le pidió Molly poco menos que sacándolo a empellones de la taberna, mientras Archibald se quedaba inmóvil en el sitio pensando en aquellas palabras sin querer asociar la imagen del diablo con alguien que él conocía.

Y aunque le parecía una completa locura… , ¿por qué no podía ser cierto?