Capítulo 8 #2
—Buenas noches, Eve —le dijo con una ligera inclinación de cabeza, pero sin apartar sus ojos de ella. Radiante y atractiva como no era capaz de recordarla. Su gesto le indicó que no esperaba encontrarse con nadie y, tal vez, menos todavía con él.
—Buenas… noches… —le costó hablar y sintió que algo le trababa la garganta.
—Hace una temperatura estupenda para salir fuera.
—Sí. Eso he acabado de hacer. ¿Y tú?
—Me dirigía en este instante a tomar el fresco. El ambiente en el salón está algo cargado. No esperaba encontrarte aquí.
Ella se humedeció los labios.
—He salido por el mismo motivo que acabas de dar tú.
Le pareció que ella pretendía mostrarse algo distante con él. No darle importancia al hecho de que hubiera abandonado el castillo.
—De haberlo sabido, podría haberte acompañado.
—Quería ponerla a prueba. Saber si se había visto con alguien.
Si estaba ocultando algo a todos los demás.
La alocada idea de que ella estuviera detrás del robo a los recaudadores le parecía inverosímil, pero él no podía descartar a nadie.
Y Eve McLean era tan acérrima seguidora de Jacobo que sería capaz de cometer cualquier locura por verlo de regreso en el trono.
—Te lo agradezco, pero prefería estar sola.
—Lo entiendo. No soy una grata compañía para ti —confesó consciente de que así era. Por ese motivo se limitó a caminar en dirección hacia la playa sin dar más explicaciones.
Eve lo seguía contemplando con los ojos entrecerrados, como si tuviera interés en él. Estudiando sus gestos. Le parecía arrepentido por lo que había hecho, pero no podía dejarse influir por el tono de sus palabras.
—No es porque me acompañaras, sino porque necesitaba estar a solas —mintió, algo que parecía estar convirtiéndose en frecuente para ella. Lo vio detener sus pasos y volverse hacia ella.
Archibald apretó los labios y asintió dando a entender que aceptaba su explicación.
—No hace falta que te marches si no quieres…
Su reacción la sorprendió a ella misma, ya que se encontraba tan a gusto conversando con él que se había olvidado de lo demás.
Era la primera ocasión en la que estaba frente a Archibald Campbell y podía hablar con total naturalidad.
Sin sentir esa frialdad y ese desdén que se empeñaba en sacar cuando lo tenía cerca.
Lo observó abrir los ojos al máximo de su expresión y cambiar el peso del cuerpo de una pierna a la otra.
—En ese caso, podemos charlar de lo que te apetezca, menos de la situación que atraviesa la nación, por favor.
—Entiendo que todo lo que sucede te tiene muy ocupado y, hasta cierto punto, harto.
—Si te soy sincero, sí.
—Pero es tu cometido aquí en Escocia.
—Lo es. Y como te dije en Lochaber, estaría encantado de ceder mi puesto a quién lo quisiera —le aseguró dando un paso para alejarse de ella.
Caminó en dirección al mar desde dónde soplaba un fuerte viento.
Las nubes parecían irse amontonando de manera rápida porque ya no se percibía ni una sola estrella, ni tan siquiera la totalidad de la luna.
Levantó la mirada y sonrió—. Esto es lo que más he echado de menos desde que voy a Londres.
El cielo, el paisaje, los acantilados y el mar del norte. Mi hogar. Escocia.
Ella caminaba con paso lento hacia él, mientras lo veía contemplar el firmamento y decir aquello que hizo que sintiera una ligera taquicardia.
—Es cierto. No hay nada como nuestra tierra.
Archibald la sintió a su lado, con el mentón elevado hacia el cielo. El viento agitaba los mechones sueltos del recogido. De repente, ella volvió el rostro para quedarse contemplándolo mientras los latidos presagiaban un desenlace tan alocado como deseado en ese momento.
Él se fijó en el hechizo de su mirada. En la manera en la que sus pupilas parecían dilatarse y brillar con mayor intensidad.
Sus labios permanecían entre abiertos, como si lo estuvieran incitando a cubrirlos con los suyos.
Toda una aparición para él. Reconocía que le gustaría besarla, estrecharla entre sus brazos y pedir perdón por haberla dejado tanto tiempo sola.
Pero entonces volvió su rostro a lo lejos para evitar caer en la tentación que ella representaba.
No era conveniente si de verdad quería lograr llevarse bien con ella.
—Por eso que dices, he considerado dejar Londres y todo lo que ello conlleva para regresar a casa.
Esa confesión la obligó a fruncir el ceño y entrecerrar sus ojos sin dejar de observarlo.
—¿Por qué habrías de hacer algo semejante?
—Porque no es lo que yo esperaba. No he conseguido llevar a cabo las ideas y los planes que había concebido para Escocia. Y mira a lo que nos ha llevado. —Abrió los ojos al máximo y elevó sus cejas—. Al borde de una guerra.
—Si llega a producirse, no tienes que culparte por ello.
—Tal vez no. Pero me temo que tampoco lograré evitarla. Ni si quiera puedo encontrar a quienes se quedaron con el dinero de los impuestos —le confesó provocando en ella un leve sobresalto—. Y en el fondo no les discuto su acto.
Él volvió su mirada hacia el horizonte en un gesto de impotencia y rabia.
—¿Lo dices en serio?
No quería poner la atención en ella, pero cuando vio que lo contemplaba con la mirada entornada y un gesto de duda, decidió apartarse un poco más.
Eve se dio cuenta que él daba un par de pasos hacia atrás. ¿Huía de ella? Era la impresión que le estaba dando, pero ¿por qué lo hacía? ¿Temía su reacción?
—Entiendo que no quieran a un monarca extranjero en el trono, aunque sea al yerno de Jacobo. Y hasta cierto punto creo que, si no fuera quién soy, actuaría como ellos. —Sonrió por primera vez ante ese comentario.
—Eso lo dices ahora que estás aquí conmigo y nadie puede escucharnos. Pero delante de los jefes de los clanes…
—Delante de ellos he de guardar las apariencias, Eve. No puedo incitarlos a una guerra contra Inglaterra con las consecuencias que acarrearía para la nación y para sus gentes.
—Pero entonces, tu discurso… —Estaba tan confusa que no sabía muy qué decir ni cómo reaccionar.
—Es el que tiene que dar el duque de Argyll como alto representante de Escocia en el parlamento británico. Pero si fuera Archibald Campbell sin más títulos… —Esbozó una media sonrisa y sacudió la cabeza.
—¿Dirías lo contrario?
—Sin dudarlo.
Ella permanecía con los labios entre abiertos debido al shock que aquella confesión le había provocado.
Y él seguía mirando a lo lejos como si buscara algo en el horizonte.
Apartado de su lado unos pasos como si temiera lo que Eve pudiera hacer.
Lo vio girarse hacia ella una vez más, con los labios apretados y una mirada cálida que no esperaba encontrarse.
—No esperaba que fueses tan franco conmigo.
—Te envidio, Eve.
Una nueva sacudida en su pecho la hizo sobresaltarse. El calor que invadía su cuerpo ascendía de manera vertiginosa hasta su rostro, el cual ella sentía arder.
—¿Por qué? No creo que mi vida sea digna de tu envidia.
—No tienes ninguna responsabilidad. No eres el jefe del clan más poderoso e influyente de Escocia.
Ni tienes que ausentarte de tu casa durante tanto tiempo para acudir a un lugar, donde te consideran inferior por ser escocés.
Donde tu palabra vale tan poco como la de un chiquillo.
Y cuando regresas te das cuenta de que no solo has perdido tu tiempo y has malgastado tus energías, sino que has perdido algo más.
Algo que has sacrificado por el bien común y a lo que le has hecho un daño irreparable.
—La contemplaba de manera fija, pero guardando la distancia.
Si fuese un loco, la besaría como ella merecía y le diría que nunca dejó de pensar en ella pese a la distancia.
Que siempre quiso regresar, pero las obligaciones lo retenían una y otra vez.
Hasta que comprendió que era demasiado tarde para regresar a buscarla—.
Creo que sería mejor que regresáramos. Imagino que te andarán buscando por ser la protagonista de la velada.
Y, si nos ven juntos, las habladurías comenzarán.
Y no quiero causarte más molestias de las que ya te he causado, Eve.
Ella sacudió la cabeza.
—No me importa lo que puedan pensar o decir si nos ven juntos. No hay nada que explicar por mi parte. Y no te preocupes por mí, a estas alturas ya no hay nada que me pueda molestar —le dejó claro retirándose algunos mechones del rostro.
—Pero a mí, sí.
Permanecieron unos segundos contemplándose en silencio sin que ninguno de los dos pareciera querer alejarse del otro.
Eve se humedeció los labios como si esperase que él pudiera ser tan osado de querer besarla.
O tal vez se debía a los nervios que experimentaba al tenerlo allí frente a ella y no sentir el deseo de abofetearlo, insultarlo o golpearlo por lo que le había hecho.
Inspiró hondo y, tras dedicarle una tímida sonrisa, emprendió el camino de vuelta al interior del castillo seguido por él a una distancia lo suficientemente lógica como para que nadie comentara nada al respecto.
Eve pensaba en lo que él le había confesado. ¿Qué haría una vez que él decidiera regresar a su casa de Inveraray? ¿Encerrarse y ver pasar los días? ¿Y si estallaba la guerra como Rowan le había informado? Estaba convencida de que él cumpliría su palabra y los Campbell pelearían por el rey.
Archibald la dejó a solas, mientras él se demoraba unos segundos en la entrada.
No quería que surgieran chismes acerca de que los habían visto volver juntos del exterior.
No era lo que él deseaba para ella. No daría pie a especulaciones sobre ellos.
Bastante había hecho en su día con no regresar a su lado y cumplir la promesa que le había hecho.
—¿Dónde te habías metido? —La pregunta de Maggie despertó la curiosidad de la propia Eve.
—¿Por qué lo preguntas? Estaba fuera, tomando un poco de aire.
—Eres la anfitriona y se supone que no puedes desaparecer. ¿Una escapada con algún amante?
Eve sonrió de manera cínica.
—Sabes lo que pienso de ese tema.
—¿Has cerrado la puerta del todo? ¿Incluso a una aventura pasajera?
Ella volvió a asentir desviando la atención detrás de su espalda como si buscase a alguien; pero no lo halló.
—¿Qué me dices de ti? ¿Algún pretendiente?
Maggie puso los ojos en blanco y bufó.
—No me hables. Mi madre dice que el joven Cameron ha puesto interés en mí.
—¿Y qué problema le ves? Porque a juzgar por tu gesto y el tono de tus palabras, no parece que sea de tu agrado.
—Pues no, la verdad.
—¿Es que tienes a alguien en mente? —preguntó con exacerbada curiosidad mirando a su amiga. Hablar de los posibles pretendientes de su amiga le haría relajarse y dejar a un lado a Archibald Campbell.
Maggie sonrió divertida mirando detrás de la espalda de ella, lo que la obligó a Eve volverse y reconocer a la persona objeto del interés de su amiga.
Tuvo la sensación de que su corazón dejaba de latir.
Entreabrió los labios para coger aire porque el gesto de su amiga le había cortado la respiración.
Giró el rostro hacia ella esperando una aclaración.
Pero el brillo de su mirada la delató y no hizo falta más.
—Admito que es un hombre muy apuesto e interesante. Pero al mismo tiempo creo que no se fijaría en mí.
—¿Por qué? ¿Se lo has preguntado? —Eve se sentía algo molesta por la elección de su amiga.
Que le gustara Archibald Campbell no era nada extraño, ya que coincidía con ella en sus cualidades.
Y no debería importarle que se sintiera atraída por él.
Sin embargo, la sacudida experimentada en su pecho y la falta de aire parecían querer decirle algo.
—No. Y espero que no te importe que el duque me parezca idóneo para ser mi esposo.
Eve esbozó una media sonrisa de corte burlesco.
—¿A mí? ¿Por qué? ¿Por qué estuvimos comprometidos y él no se molestó en regresar de Londres para cumplir el compromiso?
—Decidió optar por una postura fría, distante y que diera a entender a su amiga que poco o nada le importaba lo que el Campbell hiciera.
Pero, en realidad, trataba de mantener la compostura porque se sentía algo celosa de su amiga.
—En cualquier caso, no creo que pueda acceder a él. ¿Crees que seguirá soltero?
—Por lo poco que sé y me ha contado, no se ha casado.
—Supongo que no has considerado la posibilidad de retomarlo donde lo dejasteis.
Eve giró el rostro como si tuviera un resorte que hubiera saltado de repente. Su mirada se volvió fría y amenazante.
—Creo habéroslo dicho a Fiona y a ti. No me planteo regresar con él. Es más, no creo que a él le queden ganas de insinuármelo después de lo que hizo —le recordó con cierto enojo al escucharla decir que le gustaría él como esposo.
—No digas eso. Uno nunca sabe lo que le depara el destino.
—El mío parece estar muy claro, Maggie. —Sentía el rostro arder y decidió apartarse de su amiga.
Inspiró hondo y cerró los ojos durante unos segundos en los que buscó la paz y la tranquilidad necesarias para seguir con la velada.
Sin duda que la conversación con Archibald, fuera de la casa, y la de su amiga habían sembrado mil y una dudas en ella.
O, más bien, la reacción de su propio cuerpo en ciertos momentos.
¡No podía ser cierto que siguiera sintiendo algo por él!
¡No podía seguir enamorada de Archibald Campbell!
, se dijo sacudiendo la cabeza como si ello le bastara para rechazar de plano esa idea.
Pero estaba ahí. Y no solo dentro de su mente, sino posiblemente en su corazón, lo cual lo hacía todo más complicado.